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‘El Ciclista Utópico’, o relaciones de necesidad

octubre 27, 2017

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De la mano de Feelgood Teatro -que tan buen sabor de boca había dejado con producciones anteriores como Feelgood La Estupidez– llegó al FIOT de Carballlo El Ciclista Utópico, premiado texto de Alberto de Casso que se anuncia como un thriller que parte de una premisa atractiva; pero, sin embargo, deshecha muchas posibilidades desde ese enfoque inicial para quedarse progresivamente instalado en un tono de comedia negra que no termina de despegar como debería porque rechaza indagar en los aspectos más turbios de la trama en favor de ofrecer al público el encuentro de dos personajes que se retroalimentan en una relación tan tóxica como inesperada.

Manuel -profesor de instituto casado y con hijas- atropella accidentalmente con su coche al ciclista Acebal; aunque este último no sufre daños importantes, y rechaza interponer cualquier tipo de denuncia contra el conductor del vehículo. La anécdota inicial propicia que, casi por compromiso, Manuel acepte salir con el ciclista a montar en bicicleta. Parece que será una salida puntual e inofensiva, pero sin embargo estamos ante el punto de partida de una relación tóxica, en la que Acebal -en principio un tipo socarrón y un punto cazurro- irá absorbiendo la intimidad de Manuel casi sin que él pueda evitarlo: en su casa, en su trabajo, al salir del trabajo… la dependencia del ciclista hacia el maestro se va haciendo más y más grande; y Manuel no sabe, no puede o no quiere quitárselo de encima… pero no ocurre nada, porque a fin de cuentas el ciclista es un tipo inofensivo ¿o tal vez no? Este será el punto de partida de una trama que indaga en la soledad de los individuos, las relaciones de dependencia y el cómo una personalidad potente puede anular a otra, hasta unos límites en los que tal vez no haya vuelta atrás posible.

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Sin duda el planteamiento de la obra de de Casso es atractivo, si bien puede llegar a recordar hasta cierto punto el de Animales Nocturnos, de Juan Mayorga. Pronto vemos, sin embargo, que allá donde Mayorga trazaba una tela de araña oscurísima capaz de arrollar con todo a su paso, de Casso prefiere contarnos una historia diferente, más ácida, más en la línea de la comedia negra; pero a la vez más parca en conflicto. Porque, tras un arranque prometedor, la historia no termina de despegar, puesto que de Casso renuncia a mostrar la parte más turbia de los personajes. El ciclista Acebal, un cazurro sin oficio ni beneficio, pronto se revela como un pobre diablo que está más solo que la una y que necesita la atención de alguien -la de Manuel en este caso, sencillamente porque es el primero que ha pillado por banda; pero podría ser la de cualquier otra persona- y Manuel un tipo indeciso a la hora de perder los nervios -con lo cual tampoco una amenaza muy clara…-. Vemos cómo la relación progresa, vemos cómo Acebal se introduce cada vez más en la intimidad de Manuel; pero a la vez somos perfectamente conscientes de que ni uno ni otro van a acabar estallando más de la cuenta, porque son dos tipos normales que en el fondo se necesitan más de lo que creen. La pieza está bien servida de diálogos -y el tono cargante y cazurro de Acebal francamente conseguido-, e incluso funciona razonablemente bien como lo que es -una comedia más ácida que negra- pero sin embargo creo que de Casso pierde una oportunidad muy rica a la hora de renunciar a darles a ambos personajes un tono más turbio. Se apuntan cosas, se intuyen cosas… pero algo dentro de nosotros nos dice que la sangre seguramente no llegue al río más allá de un enganchón. Y, cuando por fin llega el desenlace -turbio y hasta cierto punto inquietante, como no podía ser de otra forma- uno no puede evitar preguntarse si no hubiese sido más coherente enfocar ese desenlace desde una óptica más oscura que justificase ciertas tomas de decisiones de los personajes. Entiendo que de Casso no ha querido optar por ahí, e incluso reconozco que el texto tiene ciertos valores -sobre todo en la frescura de los diálogos-; pero creo que los personajes -tanto los dos que aparecen como todos aquellos que forman parte de la trama pero no llegan a personarse en escena- piden una mayor definición. En otro orden de cosas, la estructura de la narración -que comienza con Manuel hablando directamente al público- no termina de cerrarse en el desenlace, dejando un curioso fleco que a mi modo de ver se queda suelto, cuando en un principio parecía un detalle fundamental en la forma de narrar la historia.

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La puesta en escena que firma Yayo Cáceres se sirve de una estructura central giratoria en forma de espejo doble que actúa además como pizarra en la que se puede dibujar -esto nos deja alguna idea interesante-; y que ayuda a evocar todos los distintos espacios en los que transcurre la acción. La idea funciona mejor hacia el comienzo; pero se va deshinchando como aparato escénico y termina resultando un tanto pobre sobre todo para sostener un espectáculo cercano a la hora y media. Pese a lo sencillo de la estructura, la función no escapa sin embargo de algunos fundidos a negro que detienen la acción y que seguramente se podrían eludir en favor de darle una mayor continuidad a la trama. Así y todo, no quisiera dejar de señalar que seguramente esta propuesta escénica luzca mejor en escenarios más íntimos que el del Pazo da Cultura carballés.

Así las cosas, el espectáculo queda sustentado en los diálogos, y en la capacidad de ambos actores para sostener lo que es, después de todo, una obra de texto. Y, a decir verdad, Cáceres cuenta con dos actores sólidos, que hacen que la propuesta remonte. Hay que destacar que Fran Perea se encuentra en los últimos años en un interesante momento de crecimiento personal, de buena madurez que le permite moverse con soltura en papeles muy alejados de ciertos prototipos en los que estaba algo encorsetado: su Manuel tiene esa habilidad para conectar con el público, y está bien calibrado en esa circunstancia tan complicada de personificar a un tipo normal, ni más ni menos; algún desliz notorio con el texto seguramente pueda achacarse a que la función se ha retomado ahora tras un tiempo de parón. Y, en fin, Fernando Soto juega con el personaje más agradecido de ambos -el del ciclista-, y consigue la proeza de hacer que un tipo lleno de defectos -cargante, machista y al que le faltan un par de hervores- nos caiga bien, que no nos parezca una amenaza; e incluso que lleguemos a ver el pobre diablo que hay tras él -y esta es, después de todo, la clave de muchas cosas-. Soto -¿cuándo descansa este hombre?- no carga las tintas más de lo necesario en la construcción del personaje, porque el perfil va bastante bien sugerido en el propio texto, y el resultado es una composición que roza lo redondo. Ambos actores encuentran un interesante equilibrio -la química es evidente-, y es en sus interpretaciones que reside lo más interesante de la propuesta.

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El Ciclista Utópico es pues un texto que parte de una premisa muy interesante; pero que siento que pierde la oportunidad de llegar a inquietar al apostar por un tono de comedia que, incluso a pesar de la naturalidad con la que fluyen los diálogos, deja pasar opciones mucho más interesantes que esta. Pero por la fluidez de los diálogos y lo entregado de las interpretaciones, se pasa un buen rato; por más que al principio parezca que la historia irá por unos derroteros que no terminan de llegar.

H. A.

Nota: 3/5

El Ciclista Utópico”, de Alberto de Casso. Con: Fran Perea y Fernando Soto. Dirección: Yayo Cáceres. FEELGOOD TEATRO / EMILIA YAGÜE PRODUCCIONES / TEATRO CALDERÓN DE VALLADOLID

XXVI Festival Internacional Outono de Teatro de Carballo. Pazo da Cultura, 13 de Octubre de 2017

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