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‘El Hijo que Quiero Tener’, o toda una vida ante nuestros ojos

octubre 4, 2017

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En una edición con un programa especialmente atractivo -que conjuga estrenos, algunos de los espectáculos más relevantes del panorama nacional en la presente temporada y una fuerte apuesta por los formatos innovadores- el Fiot de Carballo incluyó en su programación El Hijo que Quiero Tener, una propuesta de la compañía valenciana El Pont Flotant, a medio camino entre un falso teatro del yo y un falso teatro documento; con la colaboración de una veintena de vecinos de la localidad más tres actores profesionales de la compañía. Una historia sencilla, que revisa las relaciones entre padres e hijos, el concepto de la herencia que dejamos de generación o la manera que tiene un ser humano de percibir el pasado de su familia para encajar su presente y proyectar su futuro. Una historia sobre la familia, sobre el recuerdo, y sobre lo que queremos -o no- generar. Sobre la necesidad y voluntad de perpetuarnos, de crear, de continuar con la saga, desde un lugar directo y sincero -a menudo de una sencilla pero eficaz poética-.

Padres, hijos, abuelos y nietos se van dando cita desde en una escuela hasta en un parque o en esa tradición oral del cuentacuentos -que por cierto tan bien encaja en nuestra Galicia- en una serie de sketches en los que los actores guían pequeñas tramas que ayudan a reflexionar sobre cuestiones como qué supone tener un hijo, cuál es nuestro concepto de responsabilidad para con ellos o cómo influye lo que recordamos de nuestro pasado ya no en lo que somos, sino en lo que serán los que vendrán. Estas situaciones se entremezclan con los testimonios de los vecinos de la localidad, ya sea a modo de figuración; o ya sea a modo de teatro documento, en píldoras donde ponen a nuestro alcance sus miedos, sus deseos o lo que compone lo que son a día de hoy.

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Hay mucho que admirar en la sencillez del planteamiento de esta función. Lo primero, que el hecho de estar construida a partir de talleres con los vecinos de la localidad no esté reñido con que la historia tenga una continuidad y unos fines dramáticos muy bien hilados: se han visto muchos espectáculos de este estilo; pero aquí la mezcla entre lo profesional y lo amateur sobre el escenario es capital para hacer que la representación sea un ente bidireccional -abierto y cerrado al tiempo- que le da al resultado una cohesión muy interesante en la que conviven lo teatral con lo natural y la improvisación con la investigación en unos equilibrios muy ajustados. Lo segundo, la voluntad de crear un espectáculo de fuerte carácter teatral, que nos deja escenas inolvidables por su fuerza visual e imaginativa -la escuela se reconvierte en un parque en el que un padre y una madre cuidan a sus hijos, dos figuras abstractas de plastilina, en un momento que entronca casi con una modalidad muy particular de lo que podríamos llamar ‘teatro de objetos’ y que resulta de un ingenio y una eficacia difíciles de explicar: teatro en estado puro-. Y, lo tercero -puede que lo más importante- esa capacidad de ir de la infancia a la vejez, trazando casi sin quererlo todo un homenaje ancestral a la vida, que hará a buen seguro que cada miembro del público conecte automáticamente con lugares, imágenes o momentos de su infancia; o con el recuerdo de los que ya no están. Toda la propuesta está impregnada de un alto sentido de la poética mediante imágenes a medio camino entre fotográficas y coreográficas de las que a menudo forma parte el grupo de participantes de la comunidad, dando lugar a varias imágenes de una belleza plástica importante. Además, la secuencia final -en la que, después de un chapoteo en el agua del que participan todos los integrantes, el adulto (actor) se queda solo junto a un niño y un anciano y bascula entre el niño que fue y el abuelo que, tal vez, será algún día- coloca al espectador en un punto emotivo de búsqueda, repaso o reordenación de las raíces personales con una sencillez tan eficaz como el efecto que, inevitablemente va a causar en todo el que la vea. La sensación a la que nos lleva esta escena es sin duda el pináculo del montaje, su razón de ser; y creo que sólo por las sensaciones -emociones se me queda corto- a las que lleve a cada uno ese momento, El Hijo que Quiero Tener se justifica por sí solo.

Tanto la dramaturgia -sencilla pero bien hilvanada- como la puesta en escena -que saca oro de apenas unos pupitres de colegio- está a cargo de los tres actores que además interpretan la propuesta. Ellos son Àlex Cantó, Jesús Muñoz y Pau Pons; y lo cierto es que es de admirar la fluidez con que transcurre una función que -pese a partir de un taller con participantes amateurs- tiene un acabado sólido y se ve preparada a conciencia. La clave va más allá de haber sabido armar una continuidad coherente; sino en esa doble función de intérpretes y directores que aquí se vuelve casi un ejercicio que hay que ejecutar sobre la marcha, porque se trata de tres actores profesionales que están dirigiendo a una gran compañía amateur sin experiencia previa en las tablas -requisito este último indispensable para poder participar del taller- que por tanto uno no sabe por dónde pueden salir en el momento de la verdad. Y, sin embargo, no hay ni un instante de titubeo ni de incertidumbre. Se palpa la complicidad entre la compañía y los participantes del taller -no es frecuente que cada uno de los tres actores sepa sin titubear los nombres de cada persona participante sin dudar, señal de que se ha generado una química durante el proceso de preparación- y esa sensación lúdica, de juego a la vez libre y muy responsable -de nuevo un equilibrio difícil de lograr- es clave en el éxito. Sobre la parca escenografía, está muy bien jugada sin embargo la iluminación.

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En otro orden de cosas, puede que esta propuesta no sea tan inmersiva como otras de la misma compañía -que implicaban a todo el público-; e incluso que el afán de que todos los participantes intervengan activamente de la experiencia alargue alguna escena más de lo necesario; pero eso en absoluto invalida el impacto sencillo y al tiempo emocional que consigue este montaje capaz de comenzar pareciendo una especie de estudio antropológico para ir pronto a algo mucho más general, mucho más cercano y al tiempo mucho más directo.

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En definitiva, El Hijo que Quiero Tener es un espectáculo que tiene dos grandes virtudes: la de ir más allá de un mero taller de teatro para convertirse en una propuesta teatral sólida y hermosa; y, sobre todo, la de llevar de manera individual a cada espectador a lugares de su intimidad que seguro estimularán sus sensores más emocionales. Un viaje desde la sencillez hacia la emoción; que además hace visiblemente felices a todos aquellos que participan de ello.

H. A.

Nota: 4/5

El Hijo que Quiero Tener”, una creación de Àlex Cantó, Jesús Muñoz, Pau Pons y 20 vecinos de Carballo. Dirección: Àlex Cantó, Jesús Muñoz y Pau Pons. EL PONT FLOTANT / LAS NAVES / XXVI FIOT CARBALLO

XXVI FIOT Carballo. Pazo da Cultura, 23 de Septiembre de 2017

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