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‘El Amante’, o endulzando a Pinter

septiembre 28, 2017

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Como mínimo curiosa y con personalidad propia esta versión de El Amante, de Harold Pinter, que dirige el joven actor Nacho Aldeguer y que regresa al Pavón Teatro Kamikaze después de haberse estrenado con éxito la temporada pasada. Un espectáculo que trasciende la mera función de teatro para convertirse en toda una experiencia, tanto gastronómico-degustativa como casi a modo de happening teatral; y una propuesta que desde luego muestra la cara más dulce y sensual de Pinter, un autor a menudo hermético, frío e interrogante.

La función comienza ya en la cola de entrada, cuando diversos ganchos repartidos entre los asistentes nos saludan y nos preguntan que qué hacemos nosotros invitados a esta fiesta. Seguidamente, el público accede al ambigú del teatro -dispuesto como un salón de boda- donde nos enteramos que estamos asistiendo a una fiesta sorpresa para celebrar el décimo aniversario de boda de Sarah y Richard, los protagonistas de El Amante. Durante más de media hora, los espectadores -entremezclados con ‘actores gancho’- asistimos efectivamente a una especie de cóctel en el que se nos invita a degustar cerveza, pequeños pinchos de diseño e incluso un cóctel de ron; al tiempo que se crea un ambiente distendido en el que se juega, se canta, se baila, se ven trucos de magia; y aquí y allá diversos ganchos se integran con el público para darnos datos que nos metan en situación. Llegan al salón de boda los novios, recibidos por los invitados al sarao; y, después de ser felicitados por algunos de los invitados, se retiran. Al cabo de un rato, se nos invita a bajar a la sala principal, donde se anuncia la proyección de un vídeo como regalo de aniversario a los novios: es entonces cuando comienza El Amante de Harold Pinter propiamente dicho -1 hora de duración- la historia de un matrimonio que lucha por combatir la incomunicación y el tedio del día a día y el paso del tiempo con prácticas que pueden llegar a ser degradantes, pero que ellos necesitan para que el matrimonio funcione: se retan -luego veremos por qué- ante la existencia de sendos amantes y se cuentan los pormenores de lo que hacen cuando no está el otro…

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Vamos por partes: muchas de las obras de Harold Pinter encierran grandes interrogantes en sí mismos, y el estilo del autor americano siempre se caracteriza por jugar con el silencio, con lo que se calla y con lo que se intuye. Solemos identificar a Pinter -autor que por cierto se ha montado mucho y muy bien en España- con la alta burguesía, y ese componente burgués es por lo general una de sus grandes señas de identidad. Poco de eso hay -conscientemente- en la versión que firma Nacho Aldeguer, que sin duda busca endulzar y acercar el aroma de Pinter al gran público: su Richard y su Sarah no son burgueses, sino gente de clase media; gente como nosotros que se enfrenta sin miedo ni tapujos a la gran incógnita del tedio de la pareja. Ya la fiesta inicial -un prólogo particularísimo, en el que hay que aplaudir el buen ambiente festivo que se alcanza, y la complicidad del público- invita a relajarse, a dejarse llevar y, de alguna manera, a quitarle hierro al asunto. La verdad es que, por un lado, no termino de ver qué aporta verdaderamente al texto original -esto es, dónde se nos quiere situar como espectadores con este prólogo-; pero a la vez aplaudo lo lograda que está la secuencia, en la que el auditorio se implica sin dudar: se pasa un rato estupendo; y, de no haberse conseguido ese ambiente la cosa hubiera quedado en nada. Se apoya Aldeguer no sólo en un ejemplar equipo de ganchos -no aparecen mencionados en el programa, y deberían-; sino también en el trabajo del chef Diego Guerrero -dos estrellas Michelin-, encargado de diseñar el aperitivo que degustamos. Bajamos a la sala con ese aire animado y contagioso; y tal vez por eso observamos El Amante desde un prisma más cercano, más cálido y que acorta esa distancia emocional que muchas veces puede surgir en el auditorio con este autor: es, desde luego, un camino curioso, directo y cercano; que busca sin duda la complicidad y la comodidad del público para con el material que juega.

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También la puesta en escena -estilizada y muy bien aprovechada escenografía de Mónica Boromello, con cierto recuerdo a las casas japonesas en la disposición del espacio- juega unos códigos mucho más cálidos y cercanos de lo que acostumbran las obras de este autor. Los diálogos están bien subrayados, y el tedio de la pareja no pretende aquí esconderse; sino mostrarse en toda su sutil monotonía. Aldeguer se apoya en un lenguaje muy cinematográfico -fundamentales para esto las luces de Juanjo Llorens y la sugerente banda sonora de Luis Miguel Cobo-; y calibra acertadamente tanto el sentido del humor que siempre está presente en Pinter a través de lo ácido de algunas réplicas como lo que podríamos llamar la ‘falsa sensualidad’ de la trama -porque, lejos de esconder, Aldeguer pronto nos muestra el juego que esconde la obra-. Desde la lectura de Aldeguer, Sarah y Richard suenan cercanos y actuales; son una pareja que podría estar en cualquiera de nuestras casas. Es un enfoque que funciona con gran parte del público al que va dirigido esta propuesta -se oyen sonoras carcajadas aquí y allá-; pero que tal vez esté lejos del espíritu de lo que estamos acostumbrados a ver cuando nos enfrentamos al autor americano. El texto se ofrece bastante completo -se incluye, por ejemplo, la brevísima intervención del lechero, frecuentemente cortada, y que aquí viene dotada de una importantísima carga erótico-festiva-; y acaso habría que revisar el cierto anacronismo que se produce entre los nombres extranjeros de los personajes -Richard y Sarah- y el hecho de que las referencias espacio-temporales nos demuestren que, efectivamente, la versión transcurre en España: lo suyo tal vez sería hispanizar los nombres. En otro orden de cosas, puede que uno de los aspectos más discutibles de la propuesta sea el uso de microfonía para ambos actores sin una necesidad que veamos de todo clara; aunque tal vez ese espíritu audiovisual y cinematográfico del que bebe la propuesta pudiera tener algo que ver. A fin de cuentas, puede decirse que Aldeguer acerca la obra al público, quitándole mucho de su supuesta densidad: tal vez se pierda por el camino algo de ese misterioso sabor pinteriano -me hubiese gustado un enfoque más críptico, o incluso mayor carga dramática en según qué momentos-; pero a la vez se gana en cercanía a la hora de exponer el conflicto. A esto hay que sumar, sin duda, ese prólogo tan bien ejecutado que -aunque sea confuso a la hora de decidir dónde nos quiere situar como espectadores- está muy bien ejecutado y se convierte en la seña de identidad de esta representación. Surge entonces una duda razonable, porque uno se queda con la impresión de que ese ágil prólogo acaba por resultar más logrado que la función en sala en sí misma; o al menos yo lo sentí así, sin que ninguna de las dos sea sin embargo especialmente débil.

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Tanto Verónica Echegui como Daniel Pérez Prada responden bien a la idea planteada por la puesta en escena, y se manejan con comodidad en ese particular código de corte cinematográfico en el que se mueve la propuesta, desprendiendo la necesaria química para hacer creíble esta historia de crisis de pareja. Si bien el asunto de la microfonía no permite evaluar su actuación en toda su extensión -asuntos de proyección, ya saben…-; sí puede concluirse que ambos se mueven en un código distendido, capaces de generar una cierta tensión asfixiante sin cargar nunca las tintas en exceso. Aunque juegan bien una escena coreográfica bastante comprometida -que resuelta de otra forma podría haber rozado el ridículo-, lo cierto es que tal vez no estaría de más aumentar la carga sensual -y hasta sexual- de ciertas escenas, conforme la caída al abismo de los personajes se va haciendo más evidente. Junio Valverde resuelve sin problemas su brevísimo cometido como el lechero; y todos los ganchos distribuidos en la escena de la fiesta -sólo reconocí a Álex García y el propio Nacho Aldeguer, pero hay alguno más- cumplen sobradamente con el difícil cometido de hacer que el público se suelte la melena en esta original secuencia de apertura.

En definitiva, este acercamiento a Pinter tiene el atrevimiento de lo novedoso y las suficientes señas de identidad como para recordarse. Tal vez el tono escogido -intuyo que para acercar el texto al público- no termine de sacar todo el jugo posible a la obra, y el equilibrio entre el prólogo y la obra aún deba matizarse un punto extra; pero se pasa un rato agradable y, sobre todo, es una función de la que se recordará su seña de identidad de la sorpresa inicial.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

El Amante”, de Harold Pinter. Con: Verónica Echegui, Daniel Pérez Prada y Junio Valverde. Versión y dirección: Nacho Aldeguer. Dirección artística: Álex García. Creación gastronómica: Diego Guerrero. EL LOCO PRODUCE / BELLA BATALLA.

El Pavón Teatro Kamikaze, 17 de Septiembre de 2017

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