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‘Ensayo’, o las voces del desencanto

septiembre 27, 2017

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Después del éxito de La Clausura del Amor -un espectáculo que no dejó indiferente a nadie- lo cierto es que había mucha curiosidad por conocer un nuevo texto de Pascal Rambert. Y ha sido El Pavón Teatro Kamikaze el encargado de ofrecer Ensayo, un espectáculo que mantiene todas las señas de identidad del dramaturgo francés y que seguramente fascinará a quienes ya se hayan visto interesados por La Clausura…; pero que a la vez va un paso más allá que aquella, puesto que ahonda en temas mucho más profundos que el amor, incluso a pesar de que el amor -otro tipo de amor- sigue siendo aquí el gran motor que impulsa las vidas y las decisiones de los personajes.

Cuatro amigos se reúnen en una sala de ensayo para preparar un nuevo espectáculo. Son Israel -director-, Jesús -autor-, María -actriz- y Fernanda -actriz-. Llevan cerca de 20 años trabajando juntos, se conocen desde la universidad, mantienen lazos afectivos de diversas índoles pero aparentemente sólidos y conforman una estructura sólida que, sin embargo, estará a punto de saltar por los aires cuando Fernanda les comunique su firme decisión de abandonarla. El grito de Fernanda, su reivindicación, su necesidad de establecer ese cambio, es el punto de partida a cuatro largos monólogos en los que iremos conociendo las posturas vitales y sociológicas de cada uno de estos cuatro personajes que, aunque creen conocerse, tal vez no estén preparados para mirarse por una vez tal y como son. Y, sobre todo, afrontar -como en La Clausura…- la demolición de lo establecido, de ‘la estructura’ tal y como ellos la conocían, darse cuenta de que tal vez haya que echarlo todo abajo para poderlo reconstruir, regenerarse, recomenzar.

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Hay en estos cuatro amigos no sólo deseos callados, sino también mucha frustración; una frustración que ahora, por una vez, van a poder vomitarse a la cara los unos a los otros, sin importar cuál sea el precio. Ya desde ese pistoletazo de salida Fernanda, que pone en tela de juicio el buen funcionamiento de esa estructura en apariencia sólida -y, en fin, el deterioro inexorable de esa amistad de tantos años- cuando exclama que “tenemos tan poco que decirnos en la vida real (…) ¿recuerdas cuando empezamos cómo fluían las frases / ¿cómo fluía el lenguaje? / ¿qué poco pesaba la estructura, qué poco visible era y qué ligero era todo?” al tiempo que advierte que “nadie va a salir indemne” de lo que suceda ahí y ahora.

Y así, ante la sugerencia de Fernanda acerca de la estabilidad del grupo y su deseo de abandonar, comienza esta suerte de combate de boxeo dialéctico a cuatro bandas en el que los cuatro amigos se quitan por una vez las caretas, para mostrarse ante los demás tal y como son: con sus miserias, con sus anhelos reprimidos, y con ese deseo de liberarse a través del lenguaje. Así, mientras Fernada reconoce al final de su intervención que se ha quedado vacía y lista para morir; María defiende en la suya su derecho a amar abiertamente y con la misma sinceridad a dos hombres a la vez -algo que, por supuesto puede ser visto en el grupo como una grave traición a la amistad y la estabilidad de la estructura- y apela a la pureza de ese amor plural con total sinceridad, a la esfera de lo sensorial como motor del amor, e incluso al amor como única salvación posible cuando algo se viene abajo: “aunque hayamos fracasado en todo, gozar y amar eso lo habremos conseguido”. Con graves cartas puestas sobre la mesa, interviene Jesús; que, reconoce que cree que los humanos “hablamos demasiado” y no duda en ofrecer enseguida su perfección del mundo del arte cuando exclama que “un artista es un psicópata que no dudará en matar por la correcta ejecución de su obra”. Pero pronto vemos que Jesús esconde un profundo sentimiento de necesidad hacia Israel, una suerte de retroalimentación energética que le hace sentirse vivo cuando él está cerca, una especie de espejo en el que mirarse, una suerte de cuerpo a través del cual expresarse -no en vano en un momento Jesús le dice a Israel que escribe para saber cómo sonarían esas palabras dichas por él-; y, por tanto, un hombre desencantado ante los últimos hechos que se acaban de conocer. Será finalmente Israel -erigido en una especie de profeta, mensajero del desencanto- quien dé el último golpe en la mesa cuando afirme que, desde esa figura del mensajero que llega, habla y muere, va a hablar sobre los escombros. Y será Israel quien verbalice del todo el desencanto que es uno de los grandes motivos de esta obra, será Isra quien se muestre plenamente consciente de que el presente no se parece en nada al futuro que el grupo soñó construir cuando eran jóvenes, y que no queda otra opción que echarlo todo abajo y regenerarlo, reconstruirlo. Encendido, aclamará a los jóvenes a alzarse para dirigir ese cambio estructural necesario que, seguramente, ante la podredumbre que observa, sea la única salvación ética y moral y ante la falta de valores que observa. “Hay que volver a empezar el mundo”, concluye en una sentencia a medio camino entre el pesimismo y la esperanza.

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El desencanto es uno de los motivos principales que transitan por la prosa de Ensayo. De alguna manera, parece claro que Rambert quiere dibujar un paralelismo entre la caída estructural del grupo de amistad -que, después de saberse tal y como son, ya no podrán ser como antes- y la caída del mundo que imaginó toda una generación que ahora observa un panorama ciertamente poco alentador. Los personajes están pues doblemente desencantados: al saberse traicionados -tal vez no directamente ni ciertamente; pero traicionados al fin y al cabo, o al menos ellos lo sienten así- por aquellos en los que confiaban y aquellos a los que amaban; pero también al ver cómo la caída de lo que podrían considerar ‘su círculo de seguridad’ les deja solos, desprotegidos ante un mundo que no les da demasiada opción. En estos cuatro personajes hay desencanto personal, sí; pero también un fuerte desencanto generacional, y ambos les resultan igual de dolorosos. Así pues, en primera instancia Rambert parece usar una alegoría para hablar de un asunto tremendamente político y social; pero, sin embargo, el dramaturgo francés no se conforma con quedarse en la mera alegoría y opta por enfrentar a esos personajes a la verdad de un mundo en el que parece que los valores, la ética y las oportunidades escasean. Esta duplicidad presente en el texto le da una tremenda complejidad; porque precisamente en el momento en que Rambert decide abandonar la alegoría para hacer un teatro conscientemente político -en el que, por momentos, casi parece que se oyese hablar al autor por boca de sus personajes- en el que busca concienciar y hasta aleccionar al público: a Rambert no le basta con que el respetable se lleve la alegoría a su casa, sino que da abiertamente las claves reales de aquello sobre lo que estaba construyendo la parábola, y hasta indica el posicionamiento que cree que se debe seguir para enfrentarse a este mundo en plena crisis de valores. Puede que esta decisión no esté exenta de cierta polémica -se podría decir que el texto llega por momentos a coquetear con lo panfletario…-; pero no por ello deja de cautivarnos esa capacidad de Rambert para abordar lo público y lo social desde la esfera de lo más íntimo. En este sentido, Ensayo va un paso más allá que La Clausura del Amor: porque ahora Rambert ya no se conforma con escarbar en la intimidad de sus personajes; sino que esta vez emplea a sus personajes -desde su intimidad- para lanzar un rotundo mensaje no ya a los espectadores, sino casi diría que al mundo.

Puede que después de ver La Clausura… la estructura en monólogos ya no nos sorprenda tanto. Pero lo que vuelve a resultar fascinante -y puede que incluso más aquí que allí- es esa capacidad del autor para utilizar el lenguaje con fines semánticos, lingüísticos y filológicos. A Rambert le importan sobremanera la significación del lenguaje, la manera en que empleamos el lenguaje para nombrar algo, y la relación existente entre significante y significado. El habla y la lengua, en definitiva. Dice el personaje de Jesús al comienzo de su monólogo que “lo bueno de los animales es que se callan, nosotros hablamos demasiado. El lenguaje se ha puesto a punto para soportar el abismo”. Y en estos versos se encuentra otro de los grandes hilos conductores de esta función, que ha de leerse como un gran combate dialéctico. Como ocurría en La Clausura del Amor, aquí el lenguaje es un arma arrojadiza, la única forma de defensa que encuentran estos personajes desvalidos. Necesitan hablar. Expresarse, ser escuchados. Si se callan, mueren y asumen la derrota. De esta premisa se vale Rambert para jugar con toda una serie de conceptos relativos a la semiótica del discurso, que demuestran que, más allá del bello lirismo poético que alcanza muchas veces su prosa, lo que más parece importar al autor es la capacidad del lenguaje como forma de expresión. Tal vez por eso aquí esta forma monologada reduce la comunicación a la fórmula más básica, y tal vez por eso la comunicación que se alcanza aquí siempre es fluida: porque, ante el silencio como única respuesta posible, los personajes no tienen otra opción más que escuchar y procesar. En cualquier caso, más allá de la duplicidad temática que arroja Ensayo, también ha de verse y leerse como una verdadera fiesta del lenguaje desde su expresión más primaria. Y en este uso del lenguaje radica con toda seguridad uno de los aspectos más fascinantes del texto: no en vano hay que apuntar aquí que el título original de la obra –Répétition- alude a una polisemia que se pierde en la traducción, que se refiere a ‘ensayar’; pero también a ‘repetir’, en clara alusión a la imparable bocanada rítmica a la que se suben estos personajes condenados de algún modo a seguir hablando sin fin.

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El propio autor dirige su puesta en escena, y sitúa la acción en una aséptica e hiperrealista sala de ensayo, envuelta en cegadores neones. Esta impersonalidad buscada de la escenografía permite que nos concentremos tanto en el duelo estilístico que plantean los cuatro actores como -y esto es lo más importante- en la capacidad de escucha, en ese rol de receptores que -como ocurría en La Clausura del Amor– acaba tornándose casi más importante que la palabra en muchos momentos. Cuenta el autor para esta puesta en escena con un verdadero dream-team actoral, sin el cual resultaría impensable levantar la función. Hay desesperación en los cuatro personajes; pero no por ello se debe caer en la monotonía. Los cuatro monólogos se sirven aquí desde diferentes prismas, y esa variedad se agradece en una función que ya es compleja de por sí. Fernanda Orazi dispara verdaderamente como una ametralladora desquiciada el que seguramente sea el más difícil de los cuatro monólogos -porque resulta el más frío al oído-: la intensidad y energía que le imprime la actriz argentina resulta decisiva para que permanezcamos atentos a ella. Por contraste, María Morales, que asume el que se diría que es el personaje más pacífico del conjunto, el que busca abogar hacia la cordura aunque puede que el resto de los personajes no sean capaces de encajar la sinceridad de su discurso pronuncia su alegato acerca del amor desde las entrañas, desde una sinceridad tal que casi se diría poética candidez -el contraste entre ambas es verdaderamente fascinante-; y, a fin de cuentas, luminoso. Jesús Noguero seguramente tenga en sus manos el más hermoso de los cuatro monólogos, y encuentra un precioso y preciso equilibrio entre lo apasionado y poético de sus palabras y la rabia dolorida desde donde las pronuncia: pareciera que hace verdaderos esfuerzos por no romper en lágrimas. Y, en fin, Israel Elejalde tiene entre manos un texto que exige sacar toda su vehemencia y ponerse constantemente al límite de emoción e intensidad: no ha de ser fácil para un actor gestionar este torrente de intensidad sin pasarse de rosca, y lo cierto es que Elelajde mantiene aquí el tipo de manera verdaderamente admirable, controlando siempre todo su potencial expresivo, que es mucho. No hay que pasar por alto tampoco la capacidad de escucha y recepción de los cuatro actores -observen a Orazi derrumbarse en la platea durante el monólogo de Jesús; o a Noguero reprimirse a duras penas mientras escucha como el mundo se abre bajo sus pies, de la misma manera que Morales (acorde con la naturaleza de su discurso) parece intentar conservar la calma en la medida de lo posible-. Ahí, en observar la relación entre los caracteres de los personajes y su capacidad de recepción y procesamiento del discurso de los otros, radica gran parte del éxito del espectáculo. Hay además un momento musical inesperado hacia la mitad del espectáculo que tiene todas las papeletas para resultar hortera; pero sin embargo se convierte en un innegable acierto de elección por contexto y puesta en escena: es un momento extraño, casi excéntrico y al tiempo lleno de emoción y encanto. Ver a la primera pareja derrotada abrazarse a un palmo del espectador, como si la música -esa música- fuese su única balsa para continuar tiene una fuerza expresiva incuestionable: ambos están muertos de amor -como en La Clausura…-, pero como dice la canción “de amor ya no se muere”; y es que puede que ahora haya motivos más serios por los que morir o seguir viviendo.

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Ensayo está llamado a ser uno de los grandes espectáculos teatrales de este año, por más que no haya que perder de vista la enorme complejidad que entraña tanto el texto como su estructura. Pero, por el dominio de la palabra que posee Rambert, por esa capacidad de ir desde lo pequeño hacia lo grande, y por el goce que supone ver un duelo actoral múltiple de esos que se ven pocas veces sobre los escenarios, es un espectáculo que nadie debería dejar de ver; y es una apuesta realmente valiente de un teatro privado como El Pavón Teatro Kamikaze el hecho de programar esta pieza que huye de la comercialidad. La pieza es apabullante y conscientemente recargada en su dialéctica; y puede que una única visión no alcance para capturar la fuerza del lenguaje y el mensaje en toda su extensión -personalmente necesité releer toda la función antes de escribir estas líneas, peor la necesidad de regresar a un texto creo que es una gran virtud-. No gustará a todos -e incluso algunos aspectos del texto quedan a un centímetro del aleccionamiento político-, pero es una apuesta valiente, imprescindible y de un acabado formal cercano a lo impecable, con muchos y muy variados puntos de gran interés. Y, sobre todo, es un teatro arriesgado en fondo y formas, y apegado a la actualidad. Teatro de hoy y para hoy.

H. A.

Nota: 4.5 / 5

Ensayo”, de Pascal Rambert. Con: Fernanda Orazi, María Morales, Jesús Noguero e Israel Elejalde. Dirección: Pascal Rambert. BUXMAN PRODUCCIONES.

El Pavón Teatro Kamikaze, 17 de Septiembre de 2017

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