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‘¿Hamlet… es Nombre o Apellido?’, o a rey muerto, rey puesto

septiembre 21, 2017

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Ya he dicho en anteriores entradas de este blog que el Hamlet de Shakespeare es uno de los textos más recurrentes que se representan actualmente; y que es difícil encontrar una lectura del clásico que aporte algo verdaderamente novedoso. Y en estas llega ¿Hamlet… es Nombre o Apellido?, un texto original de Ozkar Galán que toma como punto de partida el clásico de Shakespeare para crear una mordaz farsa que, de paso, aprovecha para recordarnos que toda historia cambia según quién nos la cuente. Dicen que toda buena comedia nace a partir de una gran tragedia, y eso es más o menos lo que se nos ofrece aquí: el Hamlet de Shakespeare convertido ahora en comedia por obra y gracia de Claudio, un buen hombre en una corte enajenada, que se mete sin comerlo ni beberlo en una espiral de crímenes que ni él mismo sabe cómo gestionar… porque después de todo, el bueno de Claudio sólo hizo lo mejor para Dinamarca y no tenía otra opción ¿verdad? Claudio… ¿salvador de la patria o inconsciente caudillo sanguinario?

Después del discurso de abdicación de Juan Carlos I reproducido en bucle mientras aguardamos el inicio del espectáculo en sala -toda una declaración de intenciones de lo que veremos- se presenta ante nosotros Yorick, el bufón convertido en la célebre calavera del “Ser o no Ser”, pero esta vez vivo y coleando. Nos anuncia que, pese al título, no vamos a ver Hamlet, porque uno de los personajes le ha pagado una generosa suma para poder contarnos la historia desde su punto de vista. Irrumpe entonces Claudio, para hacernos partícipes de una desgracia que se torna en parodia. Un buen hombre que ha de enfrentarse a la manipulación de su cuñada – como si de una Lady Macbeth rediviva se tratase, aquí es Gertrudis quien le aconseja callar el asesinato de su esposo, cuando él se quiere entregar- y a la carga de un Hamlet erigido en una especie de gangster sin oficio ni beneficio, que no parece muy convencido de ocupar el trono que su tío le ofrece sin duda alguna porque tiene otros intereses. Ante este panorama, debemos entender que Claudio se ha convertido en uno de los más célebres villanos de la literatura dramática universal poco menos que por la fuerza. Él no quería, pero todos hemos visto cómo Gertrudis le coacciona y cómo el príncipe heredero no estaba preparado para asumir el cargo. Y, ante este panorama ¿toma Claudio la mejor decisión para la prosperidad de Dinamarca? Eso defiende él hasta el final ante Yorick, que -ofendido por el papel mínimo al que le relegó Shakespeare- se convierte aquí en narrador y maestro de ceremonias de una especie de gran reality-show en el que el público deberá juzgar si la historia es realmente como nos la contaron.

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Sobre la base de un texto suyo anterior –Claudio, Tío de Hamlet– Ozkar Galán no pierde en absoluto la esencia de la tragedia shakesperiana, para reconvertirla aquí en una original comedia de morcillas, canciones y crítica social, que se cuestiona no sólo la veracidad de los hechos contados por el bardo, sino también la validez de los sistemas de reinado actuales que, tristemente, se pueden entender y ver en un texto de hace 400 años. En el universo que imagina Galán, Claudio parece el único ciudadano regio y honesto de entre toda una troupe de personajes más o menos pervertidos, corruptos y codiciosos, que parecen no dejarle al tío de Hamlet otra opción que la de actuar. “Maté a un estadista queriendo estabilizar al Reino (…) libré al pueblo del tirano” dice sobre el asesinato de su hermano; a lo que alguien le responde “sois tan caudillo como lo fue aquel”. Así, Galán nos demuestra que optar por la comedia como fórmula para recontar esta historia no es un mero ejercicio de autocomplacencia con el público; sino una crítica mordaz que va mucho más allá como pronto veremos. No en vano, la función está narrada desde un lenguaje circense, en ocasiones cercano al clown; que permite plantearse algunas cuestiones que van más allá del mero divertimento y nos demuestran no sólo que hay mucho que rascar en esta historia, sino su absoluta vigencia.

Toda esta trama -una comedia que pone patas arriba una de las más célebres tragedias del teatro universal- sirve al dramaturgo vasco para escribir algo que, más allá de parodiar Hamlet, sirve también como una mordaz sátira de la política actual: la política como circo, como ese circo que dirige el bufón Yorick -que termina siendo el más franco de los personajes- y en por el que deambulan el resto de los implicados sin otra opción que entretener al respetable. Estado, pan y circo a fin de cuentas, el pan nuestro de cada día. Así las cosas el tono ácido, en ocasiones casi corrosivo que emplea Galán en unos diálogos aquí rebajados hasta parecer una comedia amable, deja claro que el espíritu del Hamlet shakesperiano no es más que un mero vehículo conductor para tratar cuestiones políticas que permanecen tristemente de plena vigencia en la España actual. No solamente el “a Rey Muerto, Rey Puesto” que se plantea en Hamlet y con el que juega Galán no sólo tiene plena vigencia en los procesos monárquicos españoles recientes; sino que incluso la guerra latente entre Dinamarca y Noruega bien puede recordar a algún proceso convulso que está teniendo lugar en España en tiempo presente: felices casualidades, la sátira de Galán se torna, como digo, de plena actualidad casi sin pretenderlo.

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Más allá del imaginario del dramaturgo -que permite incluso incluir la técnica del guignol para cubrir la ausencia de Ofelia, o una cita musical de El Rey León con total naturalidad- puede que la gran virtud de este texto sea la de contener pequeñas dosis de ironía en sus réplicas que cada puesta en escena ha de saber cómo gestionar. Una diferencia de enfoque sobre el mismo texto -recordemos que este texto se ofreció años atrás como tragedia- puede mover de la sonrisa a la carcajada según el tono escogido. Pocas propuestas presentan esa capacidad de versatilidad, y ese carácter casi poliédrico -extensivo al contenido de lo que se cuenta, que va creciendo y creciendo como una matrioshka- pone de manifiesto el acierto principal de una propuesta que es comedia -pero podría ser drama-, es una relectura de un clásico -pero podría ser puro teatro contemporáneo de crítica política- y es un ajuste de cuentas no sólo con Shakespeare, sino con la sociedad en la que vivimos. Todas esas capas caben en el texto y será cada espectador quien decida hasta cuál quiere llegar, con cuál prefiere quedarse.

De entre los caminos que el texto propone, opta esta versión que firma Gorka Martín por el de la carcajada, exponiendo unos personajes muchas veces cercanos al grand-guignol, y huyendo de cuanto de realista pueda tener la trama. Es un camino perfectamente válido y da como resultado muchos momentos francamente divertidos; pero tengo la sensación de que la apuesta ganaría enteros si se terminase de exagerar el código cómico hasta sus últimas consecuencias, o incluso si se jugase sobre el equilibrio que sugiere el texto mismo: esto es, el texto como tal, permite romper con escenas serias el ambiente cómico, y creo que esto podría dar lugar a una mezcla verdaderamente explosiva que aún se puede explorar en favor de sacar todo el jugo a la obra. Así y todo, Gorka Martín ha apostado por una propuesta escénica ágil -en escena apenas un trono gigante y una H luminosa de grandes proporciones-, que apuesta por lo cómico y no rehuye lo coreográfico; pero sin embargo sí evita sobremanera caer en el esperpento o en una caricatura que creo que, dada la naturaleza de la apuesta, presiento que le irían como anillo al dedo. No quiere decir que el camino escogido esté mal; pero sí que -en consonancia con la duplicidad de todos los aspectos del texto- jugar esa duplicidad ayudará a hacer que el resultado final crezca -tenemos un ejemplo de esto en la cartelera madrileña con el particular código que jugaba Los Atroces, de Vanessa Martínez-. Así y todo, en la propuesta de Gorka Martín hay que aplaudir el sentido del ritmo, la agilidad e incluso su pulso cómico como valores muy a tener en cuenta en una propuesta que apuesta por la comedia y es justo eso lo que ofrece.

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Cuatro actores se reparten diversos personajes, siendo los principales Claudio, Hamlet, Gertrudis y Yorick. Laura García-Marín se encarga de dar vida al bufón, maestro de ceremonias, narrador y presencia casi constante; y debo decir que realiza un trabajo admirable tanto en el manejo del código -puro clown- como en una parte física ciertamente exigente que resuelve con aparente comodidad incluso estando lesionada: su trabajo es digno de aplaudir. También a Eva Bedmar le queda simpática esa Gertrudis que aquí es casi una parodia de la villana de culebrón de sobremesa -de esas mujeres que, de aburridas que están, casi las matan callando por obligación sin que nadie se dé cuenta-: es un tono acertado -nunca pierde de vista la parodia- y la actriz lo juega bien. Como el Hamlet -aquí erigido en héroe casi por accidente- de Ricardo Cristóbal, que irrumpe casi como un mafioso malote de segunda fila; pero enseguida deja traslucir a un inútil despreocupado de la vida. Nos queda, en fin, el Claudio de Antonio Nieves, que sale a bien de la ardua tarea de reconvertir al villano en un hombre que, a fuerza de querer mantener su dignidad, acaba convertido poco menos que en un pelele sin que ni él mismo sepa cómo: Nieves -salvando alguna intervención un punto dubitativa con el texto- se las ingenia para suavizar el tono paródico de su personaje en favor de convertirle en lo que es: la víctima, no el hombre corrupto sino el hombre obligado a corromperse. Un acierto.

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La propuesta tiene interés indudable, porque se vale de la comedia para revisar el clásico; pero también -y puede que eso sea lo más interesante- para realizar una mordaz crítica a la actualidad que cogerá quien sepa cómo coger… Pero, sin duda, es una comedia de fuerte voluntad política que va muy bien a los tiempos que corren. Distorsionar conscientemente los tonos del texto en la propuesta escénica -tanto por arriba como por abajo- seguramente terminará de sacarle todo el jugo al texto en un montaje que, para ser off, tiene la suficiente entidad como para ser visto. Un último apunte: no es necesario conocer Hamlet para gozar de la trama y entender la dimensión de la parodia; pero sin embargo creo que sí es conveniente. El público de mi función la celebró con sonoras carcajadas y generosos aplausos.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

¿Hamlet…es Nombre o Apellido?”, de Ozkar Galán. Con: Antonio Nieves, Ricardo Cristóbal, Eva Bedmar y Laura García-Marín. Dirección: Gorka Martín. TARAMBANA ESPECTÁCULOS.

Sala Tarambana, 14 de Septiembre de 2017

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