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‘Venus’, o tiempo de cuentas pendientes

septiembre 20, 2017

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Presenta el ambigú del Pavón Teatro Kamikaze -un espacio íntimo y agradecidísimo en el que se han visto algunas de las propuestas más sugerentes de la pasada temporada- Venus, la primera obra como autor del director Víctor Conde. Una función sencilla en el fondo, que se agarra con fuerza a una posible distopía -o tal vez sencillamente a algunas reglas de realismo mágico- para dejar que toda una serie de personajes que pertenecen a diferentes generaciones; pero que están interrelacionados entre sí puedan ajustar algunas cuentas pendientes que se han dejado en el camino y que todavía hoy -desde el más allá o el más acá- les pesan como una losa.

Transcurre toda la acción en un pub que resiste el paso del tiempo. El pub en el que Venus, grupo pop nacido a mediados de los 70, con la generación adolescente de la Transición Española, da ahora su último concierto antes de que el destino de Paula -la joven, liberal y liberada cantante de la banda, que ha encontrado no sólo una ocasión para cantar, sino también las dos caras del amor en un triángulo amoroso de difícil resolución junto a Mario y Jaime- quede tal vez sellado para siempre. Pero también el pub en el que Jorge y Alicia se conocen y se enamoran siendo jóvenes; y en el que se reencuentran por una casualidad fortuita ya en la treintena, con sus vidas rehechas -¿o quizás deshechas?- pero también con muchas cosas que se quedaron en el tintero y que aún deben decirse ahora que él regresa a la ciudad para enterrar a un padre con el que nunca tuvo una relación precisamente fluida. Así, estos cinco personajes pertenecientes a dos tiempos distintos, pueden confluir en tiempo y espacio en el pub. Personas cuyos destinos ya están escritos -aunque ellos no lo sepan- y que, ignorantes del hilo que les une, conviven al calor de cervezas, canciones de gramola y acordes de guitarra, intentando hacer un esfuerzo por reconocerse… Será finalmente Jorge -hilo vertebrador de todas las tramas- quien descubra que algo extraño ocurre con el tiempo en ese lugar: algo que hace que tiempo y espacio se congelen, y algo que sirve a los cinco personajes como una suerte de instante libertador para descargar ante los otros todo su peso sentimental. Diálogos imposibles, tal vez improbables; que aquí sirven sin embargo para que todos los personajes puedan cerrar sus cuentas pendientes con su pasado, desahogarse, explicarse, pedir perdón o justificarse, en una especie pausa temporal que actúa casi como una redención sanadora, aunque el pasado ya no se pueda cambiar.

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Para poner a Jorge, su protagonista, cara a cara con toda su vida y hacer que la entienda, como si se mirase en un espejo, Víctor Conde se apoya en algunas premisas narrativas muy en boga en los últimos tiempos en diversos géneros de ficción -en la particular línea narrativa que plantea Venus hay ecos más o menos claros de El Ministerio del Tiempo, o incluso de Todo el Tiempo del Mundo, de Pablo Messiez-. Puede que no logre por ello la sorpresa que pretende una vez que se nos desvela el meollo de la cuestión -nos lo vemos venir a leguas-, pero sin embargo sí acierta al perfilar a unos personajes frescos y cercanos, apoyados en unos diálogos que fluyen y son ágiles las más de las veces. Esta cualidad -y el hecho de saber insertar bastante bien la música en la narración- hace que sigamos la trama con el suficiente interés como para que nos resulte agradable pasar un rato en ese pub, rodeados de esos personajes. Hay en el texto de Conde dos tipos de escenas claramente diferenciadas: aquellas que hacen avanzar la narración y aquellas en las que los personajes desnudan su alma ante los otros y ante el público. En un universo lleno de figuras icónicas propias de varias épocas son las primeras -las meramente narrativas- las que mejor funcionan, porque la escritura resulta fresca y directa, sin artificio. Sin embargo, cuando los personajes buscan esos instantes de intimidad con el público y con los otros -para revelar sus secretos, sus miedos, sus ansias, su manera de ver el mundo…- el discurso se vuelve por momentos algo más ampuloso, hacia un camino más poética no siempre del todo logrado, que creo que tampoco hace falta, porque los personajes podrían habernos contado lo mismo manteniendo el tono más coloquial de la mayoría del relato, que es a fin de cuentas el que mejor funciona; y la emoción y la complicidad con el espectador surgen más de las situaciones que del texto mismo. En otro orden de cosas, parece como si debido a la compleja línea temporal que plantea la historia, Conde quisiera incidir en una serie de cuestiones que se ven duplicadas o sobre las que se hace especial hincapié para que el público no se pierda y asuma todas las conexiones -las llamadas telefónicas de Paula y Alicia son ejemplos claros-: no se necesita, porque la historia se sigue con la suficiente claridad como para no tener que poner el foco sobre nada. Además, si Conde tiene el acierto de dejar preguntas centrales en el aire -la más obvia ¿qué está sucediendo realmente?, que muy acertadamente nunca se aclara- creo que no hay por qué insistir en según qué cosas de la línea temporal.

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Pero, a fin de cuentas, hay que aplaudir en esta obra novel que Conde haya sabido diseñar una historia sencilla, con la capacidad de dejar atrás lo que parece una trama adolescente para adentrarse en temas más trascendentales sin perder nunca de vista el camino al que se dirige. La premisa no será novedad, y seguramente la historia aún puede equilibrarse -el tiempo que el autor emplea en ciertas repeticiones lo podría emplear sin embargo en contarnos más cosas de algunos personajes que quedan más desdibujados-; pero nadie duda de que con esta sencilla comedia dramático-fantástica se pasa un rato agradable -que, por otra parte, parece justo lo que su autor pretende-.

La puesta en escena que firma el dramaturgo novel se aprovecha de forma muy oportuna de situar en un bar el espacio en el que transcurre la acción. El espacio del ambigú ayuda decisivamente a crear una puesta de inmersión casi total, capaz de crear ambientes con muy pocos elementos escénicos que propone Ana Garay, que se lleva sin embargo la palma en un diseño de vestuario muy variado -recordemos que la historia transita por tres décadas- que tiene su punto más fuerte en los pintorescos diseños que luce el personaje de Paula. Sencilla -por momentos puede que demasiado- la iluminación de un Juanjo Llorens que seguramente habría podido jugar con puntos de luz para separar espacios y tiempos. El movimiento escénico que plantea Conde para su puesta en escena tiene la requerida agilidad que exige el hecho de tener que jugar en un espacio tan reducido y con el público a tres bandas, procurando que los espectadores nunca pierdan visión -de hecho intuyo que el espectáculo se verá con mejor perspectiva desde las bandas laterales que desde la banda central-.

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El elenco actoral está bastante entonado. De los cinco personajes que pueblan esta obra, son claramente tres -Jorge, Alicia y Paula- quienes cargan con el peso de la trama, quedando tal vez los de Jaime y Mario algo menos perfilados en la escritura misma. Antonio Hortelano es cada día un actor más sólido, sea en comedia y en drama, y se está reinventando con mucha inteligencia: la versatilidad de registros con que dibuja a este Jorge, sin excederse en el lado más bufonesco ni en el más serio es buena prueba de ello. Frente a él, puede que la Alicia de Ariana Bruguera resulte un poco más apagada e impersonal, pero esto también puede interpretarse como una prueba de que no sabemos hasta qué punto los hechos del pasado han sentenciado su vida: la proyección de la voz, en una sala pequeña como esta, es solamente justa y es un aspecto que debe revisar. Arropada por una gran capacidad para el canto -le caen en suerte Forever Young y Time After Time-, y un diseño de vestuario que permite que se luzca, Nuria Herrero saca todo el jugo de su Paula, llevándose algunos de los mejores momentos de la función -la escena de su casting es de un lucimiento personal incuestionable-. En fin, Carlos Serrano-Clark y Diego Garrido -los dos amores del personaje de Paula- sirven sin problemas unos personajes que siento que seguramente no tengan todo el recorrido que sería deseable.

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El ambigú del Pavón estaba prácticamente lleno en la función -de jueves por la tarde- que presencié; y el público dio muestras de disfrutar de una función que tiene la gran virtud de saber exactamente a dónde quiere llegar: la estructura seguramente aún pueda redondearse; pero la historia tiene la suficiente honestidad como para generar algo tan difícil como es esa complicidad emocional con el público: no es poca cosa para un primer texto.

H. A.

Nota: 3/5

Venus”, de Víctor Conde. Con: Antonio Hortelano, Ariana Bruguera, Nuria Herrero, Carlos Serrano-Clark y Diego Garrido. Dirección: Víctor Conde. VANIA PRODUCCIONS.

El Pavón Teatro Kamikaze (Ambigú), 14 de Septiembre de 2017

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