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‘Judy Garland y el Gigante Ónix’, o las dos caras de lo vulnerable

julio 7, 2017

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Muy pocas veces puede uno ver, en menos de tres meses, dos producciones radicalmente distintas de una misma obra contemporánea recién estrenada; con todo lo enriquecedora que llega a ser esa experiencia para el buen aficionado al teatro. Judy Garland y el Gigante Ónix es, en esencia, el nuevo título con el que se está presentando -esta vez en el castellano original- Judy Garland, alén do Arco da Vella, texto de Ozkar Galán cuyo estreno absoluto tuvo lugar en el Teatro Colón coruñés el pasado Abril. Pero, como digo, se trata de dos producciones absolutamente diversas en el enfoque; que muestran las posibilidades de acercarse a un mismo texto desde distintos ángulos. Tanto es así que, mientras en la producción gallega era una actriz quien interpretaba el monólogo, ahora es un actor, Armando Buika, el encargado de dar vida y voz a este falso biodrama polifónico. Ni que decir tiene que, aún tratándose del mismo texto, la elección de actriz o actor conlleva de inmediato la toma de toda una serie de decisiones que hacen que nos veamos las caras con dos funciones distintas.

El actor se confiesa al público al entrar, y nos pide que nunca nos fiemos de un actor; porque los actores no tienen honor y harán cualquier cosa por llevarnos al huerto. Nos recuerda que él es Armando Buika; y no Judy Garland, y que sólo será Judy Garland por un momento cuando él así lo quiera. Siguen diez cuadros, una agresión y una epifanía; que revisan no tanto la vida de Judy Garland, sino más bien la (de)construcción el mito a través de las voces y las miradas de aquellas personas que han contribuido a formar el mito tal cual es hoy: a saber, su madre, Mayer, algunos de los hombres que marcaron su vida laboral y sentimental -reencarnados aquí en el león cobarde, el espantapájaros y el hombre de hojalata- y hasta el perro Totó, que tiene su opinión de la estrella estrellada. Mientras, un micrófono va introduciendo, casi a modo de combate de boxeo, los diversos asaltos por los que atraviesa el relato.

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El texto de Ozkar Galán -salpicado siempre por la ironía en sus puntos de vista- no pretende un mero biopic de Garland, ni siquiera una especie de falso talk-show; sino conducir al espectador a un punto concreto, que examine la marcada influencia de la Garland como símbolo, como icono, como bandera. De esta forma, Judy Garland y el Gigante Ónix propone un doble viaje hacia lo vulnerable: porque examina la vulnerabilidad de esa Judy que siempre tuvo algo de juguete roto; pero a la vez -como vulnerable llama a vulnerable- busca erigir a Dorothy en mártir de aquellos que, zapateados por la sociedad de la época hasta convertirse también en vulnerables- la veneraron hasta sus últimas consecuencias. Y, al final del viaje, el arcoiris; la fantasía como única posibilidad de salvación, no sólo para Judy. Así pues, la pieza de Galán esconde un importante componente simbólico y de denuncia social tras esa falsa apariencia de biopic que puede esperar el espectador que asista. Así y todo, la extensión y, sobre todo, la amplia cantidad de datos que contiene la función podría jugar como arma de doble filo: puede dificultar el seguimiento por momentos; pero también puede provocar que el espectador curioso rebusque y complete algunos de esos datos -sobre Garland o sobre el contexto en el que se ubica la obra-, generando un aumento de la curiosidad hacia la Historia y/o el personaje.

Judy Garland y el Gigante Ónix es la primera propuesta de The Black View, un proyecto impulsado por Pilar Pardo y Armando Buika que busca dar visibilidad, apoyo, normalización y referencia a los actores, actrices y artistas negros en España, procurando huir de ciertos roles estereotipados a los que, las más de las veces, ven reducidas sus posibilidades los artistas negros; pero a la vez un proyecto inclusivo, que -fruto de esa normalización- está abierto a colaborar con todo tipo de artistas. En la presente versión es el actor Armando Buika quien se echa el peso del texto sobre sus hombros, en una puesta en escena de Gorka Martín, que difiere notablemente de la propuesta gallega de unos meses atrás.

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Es casi extraño decir esto; pero esta vez el peculiar espacio del Off de La Latina -una suerte de fría cueva de piedra- ayuda decisivamente a crear un clima, un ambiente. Porque la pieza empieza casi como una confesión entre actor y público; y transita hacia un lugar que no podemos desvelar, en un registro a veces muy similar al stand-up. Gorka Martín juega este aspecto en su propuesta, haciendo que el actor hable directamente con el público en más de un momento, sin rehuir casi nunca a mostrar la naturaleza teatral de un relato que acaba teniendo, como mínimo, dos planos -lástima no poder desarrollar este aspecto sin reventar la esencia de la función…-. Diré que el lugar, íntimo y un punto decadente, esta vez suma; y Martín, perfectamente consciente de ello emplea muy pocos elementos, pero casi siempre con un marcado valor simbólico. Además del micrófono -que acaba teniendo vida propia, casi a modo de letanía radiofónica- y un sofá, por el escenario hay desperdigados elementos de las más diversas índoles -tazas, una tarjeta de casting, los carismáticos zapatos rojos de Dorothy, unas gafas… elementos generalmente de ese mismo amarillo que tenían las baldosas que llevaban camino a Oz, y que, de algún modo, contrastan con esa muñeca negra que aguarda y observa todo, y que acabará siendo fundamental en el montaje-. Martín no se la juega, y no quiere sobrecargar ni el simbolismo de la pieza -tal vez se pueda jugar más y mejor con la iluminación- ni las caricaturas de los personajes que aparecen en ella; siendo acaso lo más discutible de su propuesta escénica el alternar voz en directo con voz pregrabada a la hora de abordar los fragmentos que debe decir el actor al micrófono: no alcancé a comprender el sentido de esta alternancia… Puede además que -como ya ocurría en la puesta en escena gallega que dirigiese José Leis- en algunos de los cambios de cuadro se pierda más tiempo del necesario.

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Así las cosas, todo el peso de la propuesta para este monólogo polifónico en las manos de un entregadísimo Armando Buika, que juega cada una de sus transformaciones con una entrega nada menos que admirable, mostrándose como un actor versátil, capaz de dibujar desde la petulancia de Mayer hasta la más absoluta vulnerabilidad con la misma convicción. Y lo hace desde lo pequeño, desde el detalle; huyendo de aspavientos o trucos grandilocuentes que con toda probabilidad resultarían mucho menos efectivos. Una vez superado algún desliz con el texto, Buika se lanza y nos lanza a un juego que sitúa esta propuesta en otro ángulo respecto de su antecesora gallega: porque aquí los personajes se juegan con una caracterización que resulta más profunda en el resultado; pero que nace mucho más de algo tan sencillo -y a la vez tan difícil- como es el mero uso del gesto como herramienta de caracterización, y porque la elección de un actor frente a una actriz obliga a hacer cambios, pero permite profundizar mucho más en el mensaje final de la función. Y un detalle más: en una obra en la que lo vulnerable es tan importante; ver a un actor de un físico tan rotundo como el de Buika arrancarse la camisa con rabia y desmontarse hasta las lágrimas para mostrar la vulnerabilidad de sus personajes es un matiz como mínimo inesperado, que pone de manifiesto esa versatilidad a la que hacía referencia más arriba. Porque ahí donde le ven, la de Armando Buika también puede ser la más auténtica cara de lo vulnerable. Por si todo ello fuera poco, fue capaz de sacar adelante la función con completa normalidad, entregándose por completo ante un aforo limitadísimo -he visto ensayos generales con mucho más público…- en una obra que exige un cierto grado de conexión directa con el respetable. La entereza con la que Buika dominó el monólogo y encaró la difícil situación con la misma entrega que si la sala estuviera repleta tampoco la tiene cualquiera; y le da, de inmediato, mi más sincero respeto y admiración, incluso al margen de su indudable talento expresivo.

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En Judy Garland y el Gigante Ónix hay una función que esconde una profunda reflexión social tras esa falsa apariencia de biopic; y el regalo de la entrega de un actor para muchos desconocido, pero sobrado de registros, recursos y honestidad. Suena, por supuesto Over the Rainbow; en hermosa versión, nada menos que de la incomparable Concha Buika, especialmente creada para esta representación.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

Judy Garland y el Gigante Ónix”, de Ozkar Galán. Con: Armando Buika. Dirección: Gorka Martín. THE BLACK VIEW.

Off de La Latina, 1 de Julio de 2017

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