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‘Los Amores Oscuros’, o híbrido en torno al mito

julio 6, 2017

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La figura de Federico García Lorca es un filón que reaparece en nuestros escenarios una y otra vez; ya sea con algunas de sus obras subidas a las tablas -prácticamente no hay año en el que no se escenifiquen Bodas de Sangre, La Casa de Bernarda Alba o ambas-, con antologías poéticas más o menos dramatizadas -este año hubo en Madrid al menos dos, Los Caminos de Federico y Leyendo Lorca-, o textos dramáticos de nueva creación inspirados más directa o indirectamente en la figura del autor granadino: de este último grupo, seguramente sea La Piedra Oscura, de Alberto Conejero, el ejemplo más reciente y exitoso. Para seguir con esa cierta saturación lorquiana que impregna siempre la cartelera -y es que de Federico casi siempre se montan las mismas obras…- llega ahora Los Amores Oscuros, un espectáculo híbrido entre el teatro y el concierto; que por un lado sirve como vehículo de presentación del último cd de Clara Montes, sobre poesía lorquiana y, por otro, arma un intento de teatralizar una novela de Manuel Francisco Reina centrada en la figura de Juan Ramírez de Lucas, último amante del poeta, reconocido por ser el destinatario de la última misiva de Federico antes de su muerte y de algunos de los Sonetos del Amor Oscuro. El resultado de este espectáculo híbrido es una miscelánea no siempre bien conectada; que aunque tiene algunos puntos de interés -en la parte musical- no termina de funcionar en lo global, sobre todo porque la parte teatral -que no deja escapar ni uno de los tópicos en torno a la figura del poeta- no tiene la fuerza suficiente como para engancharnos, por más que siempre nos quede la belleza de la voz de Clara Montes -que no es poca cosa-.

En forma de recuerdo o confidencia mientras ayuda a preparar una exposición, un decrépito Juan Ramírez de Lucas rememora toda su relación con Federico, desde el momento en que son presentados por Margarita Ucelay hasta la muerte de éste. Afirma varias veces con rotundidad apabulllante Ramírez de Lucas que “yo fui el último amor de Lorca y tal vez la razón de su muerte”. Y así, la historia bascula entre presente y pasado; entre realidad y recuerdo: la secretaria de la exposición se va fascinando por la historia que relata de Lucas, mientras que el pasado que construye la relación de Federico y Juan se presenta ante nuestros ojos a través de una pantalla translúcida: mitad ensoñación, mitad pesadilla. Las canciones del disco de Clara Montes -transfigurada aquí en varios personajes- sirven de conexión a las diferentes escenas, en las que se recrean el pináculo artístico de la carrera del poeta, su turbulenta relación con el joven Juan Ramírez de Lucas, su intento frustrado de fuga y su muerte.

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Al margen de la dificultad de decidir si estamos ante un concierto dramatizado, ante una obra teatral musicada o ante un híbrido de ambos géneros, la verdad es que nunca resulta fácil teatralizar un material no pensado para lo teatral, y creo que aquí radica una de las mayores debilidades de este espectáculo. Puede que Los Amores Oscuros sea un éxito como novela -un trabajo a medio camino entre lo ficcional y la investigación periodística-, pero lo que queda sobre las tablas -adaptación del propio autor y dramaturgia de Juanma Cifuentes- es un texto teatral que se antoja endeble, sin demasiado interés como trama real -y se han escrito grandes funciones teatrales sobre conflictos reales- y creo que aporta un punto de vista unidireccional, que cae en una serie de afirmaciones que pueden resultar discutibles. Por otro lado, ya sabemos que el amor es siempre una cosa relativa según desde dónde se vea; y esta función habla desde el punto de vista de Juan Ramírez de Lucas -que parece “herido, muerto de amor”-. Es ese caer en juicios de valor personales que recibimos por boca de Ramírez de Lucas es, hasta cierto punto lógico; pero al mismo tiempo resta interés a la propuesta en sus valores históricos. Y quisiera detenerme en una escena que resulta más oportunista que oportuna: aquella en la que Juan Ramírez de Lucas “pilla in fraganti” a Lorca con Rafael Rodríguez Rapún -a la sazón, protagonista de La Piedra Oscura– y se provoca un grave conflicto de pareja es, indudablemente, un guiño que tira por tierra -quiero pensar que de modo meditado- muchos de los presupuestos que planteaba la ficción de Conejero -como si se nos dijese: “¿Recuerdan todo lo que les contaron en aquella obra? Pues ha llegado el momento de olvidarlo”. En otro orden de cosas, todo el texto está escrito en un tono que se pretende elevado y poético, pero que acaba resultando cargante por su poca enjundia; y el retrato de algunos personajes -el más evidente, el retrato de Lorca- se apoya en ciertos tópicos que habría que replantearse. Esto último, claro, no sabe uno si achacarlo más al original o a la dramaturgia. Lo que sí es cierto es que la dramaturgia no siempre ha sido capaz de integrar las canciones del disco de Clara Montes en la situación dramática con la debida coherencia argumental: de acuerdo en que los textos y las canciones del disco son las que son y todas tienen que entrar; pero acaban siendo un mero elemento decorativo, más que sirviendo a la progresión de la historia que se nos está contando.

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La puesta en escena de Juanma Cifuentes -en dos planos y generosa en proyecciones- pierde quizá la ocasión de proyectar o emplear elementos reales -cartas, grabaciones- que creo que le hubiesen dado seguro mayor interés al conjunto, al menos como factor histórico. Porque las proyecciones -hay muchas y de muchas clases, a veces de texto, a veces de imágenes- acaban cayendo en en el mismo error que las canciones: parecen un mero adorno más que algo que realmente aporte a la trama. A pesar de ese juego de planos, que aporta algunos momentos de belleza estética; no escapa la propuesta de Cifuentes de un cierto estatismo a nivel narrativo. Hay, además, alguna cuestión de dirección manifiestamente mejorable: al margen de que la escena de sexo este resuelta con escasa credibilidad; sorprende comprobar cómo la secretaria continúa ordenando el material de la exposición en el momento mismo en que Juan Ramírez de Lucas le está confesando algunos de los momentos más intensos de su relación con el poeta… Lo suyo hubiese sido que se detuviese a mirarle. Al margen de que se repita la idea de que gran parte de la acción transcurra en el interior de una especie de cubo -esta temporada hemos visto unos cuantos-, hay que reconocer que el juego del espacio, la iluminación, las proyecciones -de tintes surrealistas que van muy bien a Lorca; aunque, como digo, dejar pasar la oportunidad de utilizar material real me parece un error- y , sobre todo, el vestuario que firma Felype de Lima seguramente sean lo mejor de la propuesta escénica.

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En consonancia con el tono general de la propuesta, se puede decir que el elenco actoral -que forman Antonio Campos, Alejandro Valenciano y Ángeles Cuerda; con el añadido de la propia Clara Montes y el guitarrista José Luis Montón– es más bien discreto: salvo en puntos concretos, faltan química emoción real e implicación en sus interpretaciones -doy en el párrafo anterior un ejemplo que demuestra la falta de implicación en lo que se nos está contando que sirve muy bien para hacerse una idea…- ; pero la estructura del texto tampoco ayuda en lo más mínimo a que construir algo creíble. Y, en fin, quedan la hermosa voz de Clara Montes que -aún sin contar con los mejores arreglos que se le hayan hecho a la poesía lorquiana- se escucha con mucho agrado, y termina siendo la gran razón de ser de un espectáculo que; aunque falla en lo teatral, funciona como herramienta de presentación del último disco de una de nuestras mejores cantantes: es ahí, en escuchar cantar a Clara Montes, donde reside lo más interesante de una propuesta que pretende ir más allá pero, a mi juicio no lo consigue.

No quiero faltar a la verdad: entrada escasa en el Teatro Español; pero el respetable recibió a todos los artistas con una ovación en pie que reconozco que me pilló por sorpresa y que dejaba ver muchos rostros francamente emocionados. Puede que se trate de un nuevo ejercicio de mitificar de nuevo la figura de Lorca; pero en mi opinión esta propuesta hubiese hecho un mejor homenaje a la figura de Federico de haberse quedado ni más ni menos que en el -hermoso- concierto que tendría que haber sido; o incluso acercándose más a una lectura dramatizada con canciones. Clara Montes, como cantante, tan espléndida como acostumbra. La parte teatral, confusa de estructura y escasa de emoción; por más que la idea fuese interesante sobre el papel. El público, lo digo una vez más porque es de justicia señalarlo, aplaudió en pie.

H. A.

Nota: 2/5

Los Amores Oscuros”, dramaturgia de Juanma Cifuentes sobre la novela homónima de Manuel Francisco Reina y el disco de Clara Montes. Con: Antonio Campos, Alejandro Valenciano, Ángeles Cuerda, Clara Montes y José Luis Montón. Dirección: Juanma Cifuentes. ALBACITY CORPORATION / AYUNTAMIENTO DE MÁLAGA / TEATRO CERVANTES / DIPUTACIÓN DE ALBACETE.

Teatro Español, 1 de Julio de 2017

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