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‘Pieza Plástica’, o las neurosis de los nuevos burgueses

julio 4, 2017

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De la figura del dramaturgo alemán Marius von Mayenburg (1972-) ya he dado cuenta en estas mismas páginas en varias ocasiones anteriores, con motivo de producciones de El Feo y Perplejo, en dos montajes gallegos. Ahora, la Buenos Aires Compañía Independiente presentó en Madrid por una temporada limitada de apenas 3 funciones Pieza Plástica, una corrosiva comedia a medio camino entre el absurdo y la sitcom, en la que Mayenburg plantea una dura crítica a los estamentos y los convencionalismos sociales; así como a la verdadera utilidad del arte, retratando con un patetismo tan marcado que resulta inevitablemente cómico el devenir de la vida de una familia de clase media-alta.

La casa de una familia argentina en la actualidad. Mientras el hijo, de apenas 14 años, ha desarrollado una afición casi enfermiza por filmar cuanto sucede a su alrededor para comprender el mundo de los adultos y así madurar cuanto antes de la mejor manera posible, se van presentando ante nosotros los miembros de una familia. Ulrike, la esposa, trabaja como asistente de Haulupa -artista conceptual que diseña vídeo-instalaciones, obsesionado con que no hay nada por encima de ese arte suyo que los profanos no llegan si quiera a comprender-; mientras que Miguel, el esposo, médico, es casi un monigote en manos de su mujer, aunque lucha sin demasiado éxito por imponer su carácter de macho dominante. Entre ambos se establece enseguida una corriente verdades no dichas, incomunicación, que sólo consiguen gestionar con inesperados arrebatos de violencia física y verbal, que demuestran que el matrimonio se va al garete… La llegada de la dócil Jessica, una colombiana contratada como nueva empleada del hogar, terminará de dinamitar las cosas, al verse casi cosificada por todos los demás personajes. Porque mientras Haulupa ve en la chacha a su nueva musa, el pater familias enseguida la convierte en incontrolable objeto de deseo; del mismo modo que la matriarca está obsesionada con solucionar el pestilente olor que desprende su empleada. Y para Vincent, el hijo, la llegada de la muchacha de servicio será el paso decisivo hacia un muy particular e insospechado despertar sexual.

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Leyendo la trama, uno podría pensar que estamos ante una mera comedia de salón de corte francés; y, sin embargo, Marius von Mayenburg toma este argumento lleno de clichés para ahondar -desde la sátira y la farsa más crueles- en lo más zafio y oscuro de esa sociedad bien educada, con posibles y de consumo que en un principio preferiría esconder la mierda bajo la alfombra. Deformados hasta lo absurdo, estos personajes no dudan sin embargo en dejarse arrastrar por sus pulsiones, neuróticos, desesperados y fuera de control; como luchando por no perder esa moral que ellos necesitan tanto y que aquí se les escapa. El resultado es toda una serie de situaciones puede que previsibles -porque están tomadas del vodevil, puesto que esto es a fin de cuentas un gran vodevil contemporáneo-; pero que mueven sin remedio a esa carcajada que nos produce ver cómo se va desmontando esa familia incapaz de escapar a su propio conservadurismo rancio. No se comunican, no se escuchan, cada elemento va a a lo suyo -y,en este sentido, la declaración de intenciones inicial del artista de Haulupa, obsesionado con su éxito y con crear, es toda una declaración de intenciones del mensaje de lo que está por venir- y eso les lleva al fatal desenlace que, de algún modo, es una gran patada a los estamentos sociales a priori inquebrantables. El autor alemán se sirve para ello de un código a medio camino entre el absurdo más contemporáneo y una sátira decidida del existencialismo situando en el tablero a una serie de personajes reconocibles pero aquí desbordados por la neurosis. Algo que pone ante nuestros ojos una realidad que podemos entender bien -lo de menos es que la historia transcurra en Alemania, Argentina o España, porque la crítica corrosiva que hace Mayenburg va más hacia toda una sociedad universal-; pero pasada por el filtro de lo absurdo hasta bordear lo patético, de manera que nos reímos por lo exacerbado de algunas situaciones pero sin perder de vista cierta piedad hacia esos personajes que se hunden en su propia basura sin remisión.

Con la salvedad de aquí hay una trama más o menos lineal donde allá no la había, tiene esta Pieza Plástica no pocas similitudes estructurales con Perplejo, sobre todo en la forma en que Marius von Mayenburg se vale de una comedia aparentemente blanca y vacía; para denunciar toda una serie de mecanismos sociales que dejan por el suelo a esa sociedad ‘fecunda y próspera’. Como ocurría con Perplejo, Pieza Plástica funciona casi en un doble nivel de lectura: habrá quien quiera verla como una mera comedia de situación -estos personajes tan grandes y disparatados bien podrían estar emparentados con los de Family Guy, por ejemplo-; pero el conjunto permite a la vez observar toda una fiera crítica soterrada bajo la risa y la parodia. Vislumbrar todo este componente crítico permite evaluar el mensaje de Mayenburg en toda su extensión.

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El montaje que plantea Luciano Cáceres pretende parecer una comedia absurda de situación -la escenografía plantea un juego de puertas muy propio del vodevil, más la pantalla en la que se ve todo el material que el hijo graba en directo- y sitúa a sus personajes en una esfera de ‘lo grande’, muy cercana por momentos casi al esperpento y al clown, como queriendo esconder bajo la comedia toda la violencia implícita y explícita que desprende este texto. Es el camino más apto para catapultar al público a la comedia, a la carcajada; una carcajada que llega sin tardanza y el resultado es una propuesta tremendamente ágil, que nos enamora precisamente por todo ese exceso bien controlado que en el que se mueve, y por esas caricaturas tan precisas en que se ha convertido a los personajes. Su opción no es sencilla -porque en este tipo de comedias atolondradas no es fácil encontrar el punto justo entre la comicidad y la exageración; y sin embargo aquí incluso la exageración está puesta al servicio de la comicidad-, pero en fondo y forma. Puede que, sin embargo, eche en falta que en algún momento el asunto se relaje un poco -todo está arriba desde el comienzo- para que quede claro todo el mensaje que hay por debajo: no estaría más relajar u oscurecer el tono de algunos pasajes, o introducir en la versión alguna cita de corte más decididamente social.

Los cinco actores del elenco han de actuar en un registro a medio camino entre el clown y las marionetas de grand-guignol, y todos responden de forma admirable a este planteamiento. Es siempre un goce observar esa energía tan auténticamente argentina que desprende esta compañía, y a uno le cuesta imaginar esta misma propuesta con actores patrios después de ver el gran nivel que se alcanza aquí. La palma se la llevan la criada colombiana de Daiana Provenzano -su caricatura de esa mucama de culebrón con la única misión de servir, oír y callar es, sencillamente, perfecta; y por ello desternillante- y el Haulupa de Julián Calviño, pasado de rosca en su encarnación con la fuerza de una catapulta, personificando a ese artista que en su amor enfermizo por su propio arte -y el desprecio hacia los demás- parece estar bordeando la locura: es también una caricatura muy lograda, pero quien más quien menos habrá conocido a artistas de la calaña de este Haulupa, y es ahí donde reside su potencial cómico. El matrimonio que forman Florencia Benítez y Joaquín Berthold es también una perfecta parodia de la burguesía rancia a la que esta propuesta quiere dar una patada en el estómago: lástima que el montaje no les deje más momentos de intimidad para que aflore su ira contenida. Y, en fin, el hijo de Santiago Magariños tiene una importante evolución desde ese inicio como voyeur prácticamente silente -empeñado en crecer cuanto antes, y en no repetir los errores de los que le rodean- hasta esa inesperada explosión final que le permite los mejores momentos de lucimiento, que el actor sabe bien cómo jugar.

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Trepidante propuesta con interpretaciones formidables para un texto muy complejo, que esconde en su aparente formato de comedia toda una serie de pulsiones que nos recuerdan que -como sucede siempre en sus obras- el propósito de von Mayenburg va mucho, pero que mucho, más allá. Sólo dar algún instante de respiro que mire con mayor decisión a esa mugre que retrata la obra hubiese terminado de redondear esta ya de por sí notable propuesta. Una propuesta que vuelve a demostrarnos la buena salud del teatro argentino como escuela misma.

H. A.

Nota: 4/5

Pieza Plástica”, de Marius von Mayenburg. Con: Florencia Benitez, Joaquín Berthold, Santiago Magariños, Daiana Provenzano y Julián Calviño. Dirección: Luciano Cáceres. BUENOS AIRES COMPAÑÍA INDEPENDIENTE / EUNIC / GOETHE-INSTITUT / CIUDAD CULTURAL KONEX / FESTIVAL INTERNACIONAL DE DRAMATURGIA ESPAÑA + AMÉRICA

Teatros del Canal, 30 de Junio de 2017

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