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‘La Mudanza’, o entender el pasado para afrontar el presente

julio 1, 2017

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Última función, tras amplia temporada en la Sala Lola Membrives del Teatro Lara, de La Mudanza, un texto que escriben e interpretan Celia Nadal y Javier Manzanera, que revisa en forma de comedia dramática de tintes costumbristas por un lado distintas épocas de depresión económica de la historia de España -que llevaron a unos y otros a desprenderse ya sea de raíces, ya sea de pertenencias-; y por otro, el mundo de los recuerdos y la memoria como fórmula para la construcción de la identidad. Porque viendo La Mudanza uno llega a la conclusión de que somos lo que formamos, somos lo que tenemos; pero, sobre todo, somos lo que podemos recordar: lo que dejamos atrás o lo que se borra, tal vez sencillamente pierda su identidad, carezca de sentido y desaparezca como ente de existencia.

Dos historias paralelas. En 2011 Emilia y Paco apuran la mudanza de la casa que han hipotecado para poder mantener su trabajo como artistas, y de la que el banco se apropiará en apenas tres días, con la correspondiente orden de desahucio: no tienen dónde ir, no saben qué llevarse; pero sin embargo consiguen mirar al futuro con cierto optimismo, incluso a pesar de que una tragedia personal aún más inevitable que el desahucio se cierne sobre sus cabezas, porque la carrera que han de jugar contra el tiempo es todavía más compleja. 50 años antes, en 1960, Mari Carmen y Emilio -los abuelos de Emilia- apuran su emigración a Alemania, con la esperanza de una vida mejor que les permita pagar esa casa de la que sus descendientes tienen que desprenderse en el presente. El conjunto de ambas historias constituye no sólo dos formas distintas del concepto de ‘mudanza’ como forma de desplazamiento; sino toda una honda reflexión acerca de la necesidad de mirar a un futuro crudo siempre con esperanza. Porque sabemos que ni Mari Carmen ni Emilio ni Emilia ni Paco lo van a tener fácil para seguir dejando todo lo que dejan atrás -una vida en el caso del pasado, y un puñado de recuerdos que forman una identidad que corre el riesgo de perderse en el presente-; y sin embargo, unos y otros procuran mirar a ese futuro turbio con la mayor alegría posible. Pero es que además, La Mudanza pone ante nuestras narices que ciertas situaciones estás condenadas a repetirse sin remedio; y que tal vez haya que buscar en algunas formas de crisis del pasado para entender las crisis del presente en toda su extensión. Porque las crisis siempre vuelven, siempre se repiten.

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Más allá de hablar de la crisis, La Mudanza tiene el acierto de contar una historia sencilla, de personajes, que sabe oscilar en el ámbito de la comedia tierna -lo que podríamos llamar la “comedia de caricia”-, haciendo que asomen las miserias de los cuatro personajes que habitan la función, pero sin mostrar nunca lo más turbio, ese abismo al que se asoman. Porque no se necesita, porque con pocos elementos el espectador sabe que todo ello está ahí. El realismo costumbrista invade la función ya sea en el presente como en el pasado -y este es otro particular acierto, el de explorar la evolución de un estilo de teatro a lo largo de los años-. Hacer comedia de la miseria ante la pretendida ingenuidad de unos personajes que ignoran -o prefieren fingir que ignoran- la que se les viene encima es un buen recurso para que esta función -pequeña y sencilla en apariencia, pero con mucho más que rascar de lo que parece- vaya directa al éxito. De hecho, creo que más allá que el tema del doble desplazamiento, seguramente sea el haber introducido la vida misma con suavidad pero a la vez con ritmo implacable, como elemento capaz de tragarse los recuerdos, de la misma manera que toda mudanza se deja cosas por el camino. Porque, efectivamente, hay una tercera trama, un tercer elemento del que es mejor no hablar; pero que creo que es la que termina dándole verdadero sentido al todo y la que mueve verdaderamente a la reflexión, aquella que nos recuerda que hay cosas peores que una mudanza, un desahucio o una emigración forzosa: aquellas cosas que el ser humano no puede si quiera controlar.

En su voluntad de mantenerse en ese tono de comedia dramática, La Mudanza -que es teatro histórico y social, pero logra trascender esa etiqueta y avanzar hacia el teatro de personajes- nos ahorra ver en primer término algunos momentos -muchos de los correspondientes a a esa tercera línea argumental que prefiero no desarrollar- que, sin embargo, sabemos que van a suceder de manera inevitable. Es un acierto, porque mostrarlos hubiese sido caer en la vía de la lágrima barata y este tipo de montaje ni lo busca ni lo requiere. Puede que los personajes -los cuatro, pero los dos del pasado especialmente- estén un punto enfocados hacia el borde de la caricatura; pero siempre es una caricatura amable que casa bien con ese doble tono de realismo costumbrista en el que se mueve la propuesta textual.

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A la puesta en escena de Joao Mota -sin más elementos que los meramente necesarios y adaptada para un espacio ingrato como es el de esta sala- hay que aplaudirle ese mimo a la hora de perfilar esos personajes que transitan con comodidad en el siempre difícil terreno de lo costumbrista, sin caer nunca en la parodia. No es fácil, está logrado y Puede, eso sí, que se abuse del recurso de proyectar imágenes en tiempo real a través de ordenador -también es cierto que vengo observando este recurso en un buen número de montajes últimamente: den un vistazo a las últimas críticas si quieren comprobarlo-. La iluminación deja detalles y momentos de hermosa carga poética. En otro orden de cosas, convendría rellenar las transiciones para los cambios de vestuario de los personajes con algo más que música; para agilizar más el conjunto -claro que este espacio tampoco ayuda especialmente a solucionar las transiciones de otra manera-.

En las interpretaciones de Celia Nadal y Javier Manzanera radica otro de los pilares del éxito de la propuesta en su sencillez; porque, como digo, saben manejarse con la debida comodidad en dos formas de realismo costumbrista en una misma función, aportando buena diferenciación tanto a nivel de personajes como -sobre todo, y esto es lo más complejo- a nivel estilístico. Globalmente puede que las escenas que transcurren en el pasado estén más redondas que las del presente -también son más agradecidas de actuar-; si bien en un cómputo general podemos decir que de la misma manera que Nadal encuentra sus mejores instantes en Mari Carmen -con ecos de dos grandes del género como Rosario Pardo y Marisol Memrbillo- de la misma manera en que él acierta al perfilar esa peligrosa caída al abismo sin control de Paco. Pero en lo que más hay que incidir es en esa capacidad de abordar el género sin cargar las tintas más de la cuenta que ambos intérpretes logran con la necesaria holgura.

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A fin de cuentas, en una función en la que la conexión emocional con el público es más que evidente; La Mudanza acierta al recuperar un género poco frecuente -el del realismo costumbrista- abordado aquí en toda su extensión, a través de una propuesta pequeña; pero que deja en el aire algunas preguntas que obligan a escarbar en el pasado para comprender nuestro presente, e incluso mostrarnos que, en este mundo contemporáneo en el que vivimos, hay males peores que perder todo lo material. Y que, a pesar de todo, el optimismo siempre es un elemento necesario. Mueve a la reflexión.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

La Mudanza”, de Javier Manzanera y Celia Nadal. Con: Javier Manzanera y Celia Nadal. Dirección: Joao Mota. PERIGALLO TEATRO.

Teatro Lara (Sala Lola Membrives), 29 de Junio de 2017

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