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‘Iván y los Perros’, o exposición antes que emoción

junio 26, 2017

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Iván y los Perros lo tenía todo sobre el papel para haber sido uno de los grandes éxitos de la última etapa de la temporada. Un texto avalado por la crítica, un director con garantías y el que seguramente sea el papel más complejo al que se haya tenido que enfrentar Nacho Sánchez -recordado Sebastián en La Piedra Oscura– en su breve pero ya intensa carrera. La función -llena, como casi cada noche- acabó con parte del público en pie. Y, sin embargo, me resulta imposible no quedarme con la sensación de estar ante un espectáculo correcto, con todo en orden; pero que -por la razón que sea- no siempre consigue transmitir la emoción que se propone, ya sea por el enfoque de la propuesta, por la interpretación o -y creo que esta es la clave- el texto en sí mismo.

A medio camino entre el presente y el recuerdo, Iván y los Perros cuenta la historia real de Iván Mishukov, que en la convulsa Rusia de los primeros 90 huyó de su familia desestructurada -madre alcohólica y padrastro maltratador- con apenas 4 años; y se echó a las calles, donde sobrevivió durante casi dos gracias al apoyo de una camada de perros de la que se erigió en líder, antes de que los servicios sociales se hicieran cargo de la situación. Fue gracias a los perros que Iván burló un mundo decadente y marginal, que fácilmente hubiese podido conducirle hacia la droga. Desde un presente en el que entendemos que es adulto -“el ahora” al que se refiere varias veces- Iván relata -sobre los ecos del pasado- los recuerdos parciales de aquel periplo en el que tuvo que ingeniárselas para comer, compartir comida con los canes y burlar las medidas policiales propias del régimen de la época.

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Puede que la mayor cualidad del texto de Hattie Naylor -asumiendo que maneja una historia real- sea la de trazar una panorámica de un momento social muy convulso -el inmediatamente posterior a la Rusia soviética, luego un momento de cambio- sin hacer demasiada sangre en la narración, quizá por estar contándolo a través de los ojos de un niño. En el relato de Naylor -tengo la sensación de que excesivamente narrativo y reiterativo para lo que cuenta; y de hecho me sobra la última escena y creo que el final sería más rotundo de cerrarse en la inmediatamente anterior (“ahora mi alma es un perro”) se intuye más de lo que se relata, a través de anécdotas de niñez de Iván que sólo dejan entrever la verdadera situación social que envuelve la historia; y que debería ser una de las grandes bazas. Quizá en su afán de ceñirse al material original, Naylor parece haber rechazado cualquier atisbo de fabular -y eso que el ver la historia desde los ojos de un niño se prestaría perfectamente a ello-. El resultado es un conjunto de retazos en los que, como digo, es mayor el peso de lo que se intuye que el peso de lo que realmente se narra; en una historia en la que ni siquiera la relación de Iván con sus perros está tratada con una profundidad que nos ayude del todo a comprender no ya el componente de líder de la camada. La emoción fluye verdaderamente en los -pocos- momentos en los que Naylor opta por huir de la ensoñación y enfrenta por un momento a Iván con la cruda realidad; pero son contados en comparación con aquellos más meramente descriptivos. Hay además que asumir algún episodio que casi requiere un dogma de fe –SPOILER: ¿cómo un niño de seis años podrá noquear a su padrastro, descrito como una bestia parda unos minutos antes, por muy borracho que esté? FIN DEL SPOILER– pero esto podemos dejarlo a esa naturaleza de ‘cuento’ de la que tanto tiene este relato. En cualquier caso, si entiendo el camino que ha escogido la autora, creo que mostrar ciertos momentos con más crudeza -incluso desde la ingenuidad, que puede provocar que una situación se vuelva aún más cruda por sí sola- hubiese contribuido decisivamente a aumentar el impacto dramático de un relato que, tal y como está escrito ahora mismo, tan sólo se ve desde la distancia emocional.

La puesta en escena, correcta. Víctor Sánchez Rodríguez soluciona la papeleta de un texto absolutamente narrativo con una gran lona blanca que separa de algún modo el pasado del presente, y el mundo del recuerdo del mundo del ahora -la idea es buena, pero creo que podría haber dado más juego a nivel estético y de posibilidades-; y dotando a Iván de una grandísima carga física que entronca decisivamente con ese componente canino que el personaje ha de tener. Dado que la estructura misma del texto tampoco le deja las cosas fáciles para dotar al todo de una cierta agilidad; sí se puede decir que la propuesta e ve con agrado -ese neón final es perfectamente prescindible-, y el trabajo físico en el que ha basado su idea es encomiable, de la misma manera que es un acierto no abusar del más socorrido recurso en el que uno caería ante este relato: los ladridos, aquí apenas evocados un par de veces. Menos convincentes son los abundantes offs en ruso -¡en ruso!-, que resultan más de los necesarios. Y, a nivel de curiosidad, la función se cierra con la misma nana rusa con la que hace años se cerraba la producción gallega de El Hombre Almohada, de IlMaquinario Teatro: ya es casualidad…

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Es desde luego respetable que, pese a su juventud, Nacho Sánchez se eche sobre los hombros el peso de un monólogo de esta envergadura; que además le exige un fuerte trabajo físico al que hace frente con una entrega fuera de toda duda. Puede que la balanza caiga a favor de ese componente físico antes que del de la composición de un personaje al que yo, personalmente, nunca llegué a visualizar del todo a nivel emocional -me falta, seguramente, ese componente aniñado indispensable para crear a lo que es un niño de entre 4 y 6 años: y no me refiero tanto a una cuestión física, como más bien de gestualidad…-. Sigue habiendo elementos, sobre todo en una mirada que sabe bien cómo jugar y que seguramente es su mejor baza como intérprete, que hacen que, de tanto en tanto, asome todavía el personaje que le dio la fama en los escenarios, que poco o nada tiene que ver con este-. Al margen de todo esto -y reconociendo el esfuerzo de hacerse cargo de este soliloquio, que con toda seguridad ha de resultarle agotador, y salir airoso- sí hay que puntualizar que su proyección necesita revisarse: estamos en la Sala Pequeña del Español -¡!- y los finales de frase tienden a perderse con más frecuencia de la deseable; no hay que olvidar que el querer buscar la intimidad en el discurso no debe estar reñido con una proyección que haga que el mensaje llegue con nitidez al último rincón de la sala, algo que aquí no siempre sucede. Hay, desde luego, madera de gran intérprete; y tiene tiempo para terminar de redondear aspectos que consoliden el estupendo actor que ya asoma.

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El caso es que Iván y los Perros tiene, como digo, todo o casi todo en regla. Un montaje correcto, un actor esforzado y un texto que se sigue con agrado. Pero, al menos en mi caso, la emoción no terminó de invadirme salvo en un par de momentos -seguramente por la estructura misma del texto-; pese a que el producto tiene una calidad incuestionable. Se deja ver.

H. A.

Nota: 2.5 / 5

Iván y los Perros”, de Hattie Naylor. Con: Nacho Sánchez. Dirección: Víctor Sánchez Rodríguez. LAPAVANA.

Teatro Español (Sala Margarita Xirgú), 9 de Junio de 2017

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