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‘Magnani Aperta’, o Arrivederci, Roma!

junio 10, 2017

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Vivimos en un presente teatral en el que parece que casi cualquier cosa está ya vista. Es difícil inventar nuevos formatos, crear nuevas ideas; y, sobre todo, apartar al público de esa zona de confort que es el patio de butacas para someterle a nuevas experiencias que no sean un capricho y queden plenamente justificadas por el espectáculo. Casi un año después de las desapariciones de La Casa de la Portera y La Pensión de las Pulgas, aparece ahora este Magnani Aperta, en el que Arantxa de Juan se convierte en alma mater de todo el proyecto -dirige, escribe, interpreta, produce…-. A priori uno podrá pensar que se trata de otro espectáculo en una casa -esta vez la casa de la propia actriz-. Pero nada más lejos: cuando se asiste a Magnani Aperta, uno entiende enseguida que la casa no es, ni mucho menos, un mero complemento; sino un espacio que sirve perfectamente a las intenciones -tremendamente teatrales, y por momentos casi cinematográficas- de un espectáculo que de ninguna manera se podría haber levantado en otro espacio… ni siquiera en otra casa.

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Roma, Agosto de 1973. Aquejada de un avanzado cáncer de páncreas y pendiente de que el quirófano quede libre, Anna Magnani amanece entre dolores en su casa de Roma. Abre la ventana. Apura un cigarro y observa -sabe que por última vez- la inmensidad de los tejados de la ciudad. Sabe que su final se acerca, sabe que la casa está rodeada por paparazzi carroñeros que buscan el morbo de contar las últimas horas de la diva, el ocaso de Nannarella, que se esfuerza por mantener su dignidad hasta el último momento, tal y como ha venido haciendo hasta ahora. Magnani Aperta narra las últimas horas de la actriz en su domicilio, mientras aguarda el regreso de su hijo Luca con la única compañía de una enfermera: después de este día, Magnani ingresaría en un hospital en el que moriría un par de semanas más tarde. Así pues, de alguna forma asiste a su adiós a la vida, a su ajuste de cuentas con el mundo, a esa puesta en orden que todos necesitamos cuando sabemos que se acaba el tiempo. Lejos de hundirse en su cama, se desplaza hacia el salón. A veces como confidencia a la enfermera y a veces como un flujo de conciencia, Magnani revive los episodios más relevantes de su vida: sus romances, la compleja relación con su hijo Luca -enfermo de polio, y que pasó gran parte de su vida alejado de ella-, el escandaloso affaire triangular con Roberto Rossellini e Ingrid Bergman, sus inicios en el mundo del teatro, su estrecha amistad con Tennesse Williams, el inesperado éxito en Hollywood con La Rosa Tatuada, y el declive de su carrera en Italia con la llegada al estrellato de Sofia Loren; casi como si se tratase de ese momento en el que una ve su vida pasar antes de morir. Addio alla vita, Arrivederci Roma… Y, mientras todo esto sucede, el público asiste, furtivo, a este adiós a la vida, a esta invasión de la intimidad, a apenas dos metros de distancia.

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Lo crean o no, esta belleza es una escena del espectáculo sin trampa ni cartón.

Cuenta Arantxa de Juan que este proyecto nace en Nueva York, en 2014, como una sugerencia de la coach Susan Batson; que lanza a la actriz a un arduo proceso de investigación sobre el personaje de Anna Magnani. Un proceso que culmina en este personal espectáculo que, como digo, De Juan escribe, dirige e interpreta. Afirma también que la opción de situar la propuesta en una casa -su propia casa: un piso alto en la calle Desengaño- no obedece a una cuestión de azar ni de necesidad; sino a que le parecía el entorno justo para la propuesta que quería ofrecer. Y no cabe duda de que en este espectáculo se nota un trabajo estudiado a conciencia. En primer lugar, en la labor dramatúrgica hay que destacar que el texto no es un simple biopic ni una mera sucesión de datos biográficos, sino que se vale de flashbacks, flashforwards y otros recursos que permiten dotar a la narración de un fuerte sentido del ritmo y la teatralidad: puede de hecho que las escenas más logradas sean aquellas que no transcurren en tiempo presente, sino en el recuerdo -el número de revista, el enfrentamiento con Rossellini desde la isla de enfrente, el regreso a casa de su hijo adolescente tras años de ausencia o la cogorza con la que recibe la inesperada noticia del Oscar son de una audacia teatral de primer orden-. Además, si hay algo en lo que Arantxa De Juan ha hecho especial hincapié es en el retrato de la persona: en construir a una Magnani sólida, a una mujer fiera que oscila a medio camino entre la luchadora que siempre tiene esa capacidad de levantarse ante la adversidad -incluso hoy, en su última noche en casa- y una mujer dolida por haber tenido que forjarse todo cuanto tiene a base de una soledad y una historia de constante abandono de la que tal vez ni ella sea consciente: el dibujo del personaje -que potencia la vertiente más ácida y mediterránea del personaje, evitando hacer sangre, sin caer nunca en el melodrama pese a lo dramático de algunas situaciones:- y lo inteligente de la ordenación no siempre lineal de las escenas permiten además un lucimiento actoral que implica todo un tour de force en el que se debe ir de una emoción a otra de forma extrema. Un regalo para cualquier actriz, que podría ser no obstante un caramelo envenenado. Puede, por ponerle un pero a la dramaturgia, que el personaje de la enfermera -complemento casi silente, basado en la escucha, en otro ejemplo de ese género que doy en llamar el monólogo interruptus– merezca al menos un momento de desarrollo personal: un saber de sus circunstancias, cómo han dado con ella y qué ha llevado a una mujer de pocas luces a acabar atendiendo a una estrella mediática.

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Lo primero que se debe decir de la puesta en escena es que es completamente cierto que el espacio -la casa- se convierte en una verdadera necesidad. Por supuesto que he visto otros espectáculos en casas, pero casi siempre acababan siendo espacios más o menos adaptados para el hecho teatral. La Casa Aperta -como ha dado Arantxa De Juan en llamar a su domicilio- sin embargo, tiene el encanto de ser una casa en la que apenas se han colocado una veintena larga de sillas para que observemos. Y es sencillamente increíble el juego que dan los espacios: no ya las espléndidas vistas, sino la disposición -el salón tiene incrustada una cocina americana que De Juan sabe bien cómo explotar en favor del juego teatral. Se nota que estamos en su casa, se nota que conoce las posibilidades de cada rincón: los cortinajes del salón pueden servir de telón improvisado cuando se trata de evocar el número de revista, el recibidor es la excusa perfecta para colocar las escenas en off -que ayudan además a agilizar los cambios de vestuario (espléndidos trajes de Manu Berastegui)-, y los espejos reflejan aquellas escenas que, por la posición de la actriz, quizá no podríamos ver desde nuestra posición de espectadores. Aquí todo está perfectamente calculado, con el pulso de una superproducción, de corte casi cinematográfica, y este juego -efectivamente- no se puede llevar a cabo en otro espacio. El diseño de luces -David Omedes-, que juega con las luces de la casa y la luz real de la calle ofrece momentos espectaculares: la primera imagen que recibe el espectador en un dormitorio a oscuras es el rostro de Magnani fugazmente iluminado por el fogonazo de una cerilla segundos antes de encenderse un cigarro y permitir que entre la luz de la calle… el efecto es espectacular y da una idea del mimo con el que se ha diseñado un espectáculo que tiene, sin duda alguna, el mejor diseño de luces que haya visto en un espacio no convencional.

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Resta hablar del trabajo actoral de Arantxa de Juan, que se lanza sin red a ese tour de force que ella misma ha creado. Realizar este tipo de espectáculos -que implican jugar con una curva salvaje de sentimientos- a pocos metros del espectador es siempre un peligro; porque a esa distancia no se puede actuar, se debe ser, o el resultado no será convincente. Arantxa de Juan le tiene bien cogido el punto a un personaje al que nunca se le ven las costuras técnicas, porque ha sabido no cargar las tintas: su Anna Magnani está salpicada de una dignidad que convierte en reales hasta los más furibundos arrebatos de una mujer temperamental e incontrolable. Esta Magnani es una mujer en la cuerda floja constantemente, cuya fuerza le permite mantener la dignidad ante los golpes: y es sobre ese sentido de la dignidad del personaje que De Juan perfila un acercamiento con el que enseguida nos tiene a todos en el bolsillo. Algunos momentos: la forma en la que se desmonta en la escena en la que conoce que ha ganado el Oscar -un momento en el que ni la fiereza puede salvar al personaje de caer en la desesperación-, el pintoresco enfrentamiento con Rossellini de isla a isla encaramada a la mesa de la cocina -¡teatro puro!-, la decepción frente al hijo invisible, o la manera en la que le entona “Reginella” a la enfermera, casi a modo de despedida resacosa a un turbulento pasado que sabe que no regresará y con el que parece que está en plena paz ahora: un instante impregnado de inusitada dignidad. Todo esto y mucho más hay en la interpretación de De Juan, y desde luego que aquí se muestra como una actriz válida, valiente, versátil y entregada. Como la enfermera, Nerea Portela asume con dignidad la papeleta de la escucha -y ya saben que los papeles basados en escuchar nunca son fáciles-, en un personaje que seguramente aceptaría un poco más de recorrido.

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Resulta complejo separar el hecho teatral que es la función de la peculiar experiencia en la que la convierte el espacio; pero lo cierto es que la suma de todos los factores convierte a este espectáculo en algo lleno de encanto, con personalidad propia; que ya está siendo un éxito lógico gracias al boca a boca y que va camino de convertirse en un clásico de los site-specific madrileños. Insisto en una última idea: he visto mucho teatro en espacios no convencionales; pero pocas propuestas se ajustan tan bien al espacio como esta. La experiencia -me gusta llamarla así- es inolvidable; y por tanto se convierte en un evento teatral de primer orden. Sin duda, algo especial y lleno de encanto.

H. A.

Nota: 4.5 / 5

Magnani Aperta”, interpretación, texto y dirección: Arantxa de Juan. AVALANTXA PRODUCCIONES / ASOCIACIÓN CULTURAL GRUPPO.

Casa Aperta, 3 de Junio de 2017

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