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‘La Rebelión de los Hijos que Nunca Tuvimos’, o nunca escupas al cielo…

junio 10, 2017

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Dentro del Proyecto Escritos en la Escena, los hermanos QY Bazo -seudónimo que agrupa a Enrique y Yeray Bazo, creadores de diversos éxitos teatrales recientes, siempre centrados en la temática social (como Nada Que Perder, sonado espectáculo off que se mantuvo en Madrid durante varias temporadas pero que por cierto nunca llegué a ver)- presentan La Rebelión de los Hijos que Nunca Tuvimos, una fábula que, en primera instancia, pretende trazar un paralelismo con la estadística real de la desaparición de más de 10.000 niños refugiados en suelo europeo; pero que, desde sus claros ecos kafkianos, acaba imponiendo su voluntad de fábula por encima de una vertiente social que subyace, aunque finalmente cada espectador pueda trazar varios paralelismos con la realidad actual, sin necesidad de que sea por fuerza el que los propios autores nos plantean.

Érase una vez el pueblo de Proel, un lugar tranquilo, un pueblo de mar. Progresivamente, van atracando en su puerto sendas barcas: una con hombres, que el emperador dejará pasar al pueblo para usar como mano de obra; y otra con mujeres, de igual modo bienvenidas. Pero el emperador rechazará sin embargo la entrada de un tercer barco, el de los niños náufragos que buscan un lugar donde restablecerse tras la guerra. La negativa del emperador -que desatiende a razones y manda además enterrar a un mago bajo la arena- será el comienzo de una doble pesadilla cuando, unos días más tarde, el pueblo se empiece a llenar de un ejército casi fantasmagórico de niños que devuelve el mar, convirtiéndose en una auténtica amenaza para el pueblo. A partir de aquí, y con unos y otros en convivencia, empezarán a vislumbrarse imágenes oníricas de un pueblo que ve amenazada su normalidad: mujeres que sueñan sueños que no pueden controlar, buques fantasmas, hombres de arena que ciegan a los habitantes de Proel, serenos que caminan aterrados por las calles sobresaltados ante ruidos que tal vez ni existan, incendios que destruyen -y, de algún modo también limpian y purifican- todo a su paso… y ese ejército de niños espectrales que acabarán siendo una amenaza para los verdaderos niños del lugar. Sólo una batalla campal -narrada por los objetos que quedan en pie en una escuela tomada, en una escena en la que hablan dibujos, ventanas rotas y cristales; personificados en un recurso muy propio y oportuno de este tipo de relatos- será la única posibilidad de que los humanos echen un pulso imposible a lo sobrenatural, en una fábula cuya moraleja bien podría ser que no hay que escupir al cielo, porque todo lo que hacemos o dejamos de hacer tiene unas consecuencias; y violencia genera violencia… Y, entonces, cuando todo se haya convertido en una especie de efecto dominó incontrolable, ¿entonces qué?

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Como digo, creo que el texto que escriben los hermanos Bazo funciona mejor como fábula mágica que como herramienta de denuncia social. Creo que ha de ser el propio espectador quien escuche la fábula, como tal la analice y arroje sus propias conclusiones sobre el mensaje, sin necesidad de que los Bazo nos dirijan a un lugar concreto. Porque esta fábula se basta por sí sola; e incluso la puesta en escena es capaz de ir más allá y sugerir posibilidades muy estimulantes que podrían sobrepasar la que nos ofrecen los autores.

Mediante una estructura narrativa polifónica -porque todos conocen el cuento, pero cada uno lo conoce tal y como lo concibe, con pequeñas variantes que aluden a la diversidad de puntos de vista: un acierto-, los Bazo logran un relato que es, al mismo tiempo, poético e inquietante, rico en imágenes sugerentes que se expresan a través del lenguaje. Porque, puede que conscientes de lo irrepresentable de muchas de las imágenes y elementos que aparecen en el cuento; y potenciando ese componente oral que tanto tiene que ver con el cuento, aquí es más lo que nos cuentan que pasa que lo que realmente vemos que pasa; y, sin embargo, las escenas tienen a menudo la fuerza suficiente como para generar imágenes lo suficientemente potentes y sugerentes en la cabeza del espectador. El relato -que comienza como un cuento, pero enseguida se torna una historia de terror psicológico que linda muchas veces con el esperpento, con la que el mismísimo Tim Burton podría hacer virguerías- va bien servido de situaciones ingeniosas tanto a la hora de vertebrar la idea principal como a la hora de dibujar pequeñas píldoras que den una idea de los habitantes del pueblo. Tal vez, eso sí, haya una voluntad de circularidad en el relato demasiado firme; que haga que lo que comienza enganchando empiece a deshincharse en los últimos minutos, cuando un par de giros algo forzados pretenden llevarnos a una supuesta regeneración del todo: la historia hubiese podido acabar en otro punto y resultar igualmente apocalíptica.

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Apenas una gran red y unas cajas le sirven a Eva Redondo para levantar una puesta en escena que no se amilana y resulta rica en imágenes plásticas para ayudar a completar ciertas situaciones. Sabe que esto es un cuento, y por lo tanto huye con decisión de lo realista y se lanza a jugar con sus actores y la imaginación del espectador, haciendo mucho con muy poco y sin renunciar por ello a un espectáculo que tiene una impronta estética personal muy bien definida. Hay en la idea de Redondo mucho de coreográfico; y ayudada por una acertadísima iluminación -nadie la firma en el programa de mano, pero es fundamental para el éxito del montaje- sugiere imágenes narrativas de altos vuelos: no es fácil contar naufragios o ensoñaciones de personajes encaramados a proas de barcos usando solo los cuerpos de los actores en un espacio prácticamente vacío; y aquí sin embargo hay muchos aciertos estéticos, en algo que demuestra que un texto que es esencialmente narrativo -algo que muchas veces es un lastre insalvable en teatro por la falta de verdadera acción- puede sin embargo tener fuerza teatral. Porque Redondo tiene la voluntad de contar, tiene bellas ideas y sabe cómo llevarlas a cabo: y, después de todo, con eso basta. Hay además algo de pretendida suciedad en la caracterización de los personajes -gran trabajo de Karmen Abarca- que aporta un extraño pero sugerente plus a la naturaleza del relato que permite que el espectador se pueda hacer nuevas preguntas sobre hasta dónde podría llegar la realidad de la fábula… lo que apunta es, desde luego, interesante.

El elenco trabaja como una piña en la misma dirección; y, aunque todos tienen su momento de gloria personal, creo que es esa sensación de trabajo en equipo -en un montaje que no es fácil ni por la estructura del texto ni por la idea de la propuesta escénica, y que sin embargo aquí funciona sin titubear- la que hace que el barco llegue -y nunca mejor dicho- a buen puerto. Hay que citarlos a todos -son, por orden alfabético Rebeca Hernando, Marina Herranz, Rafa Núñez, Ricardo Reguera, Carmen Soler y Juan Vinuesa– hay que señalar esa labor grupal como algo muy positivo; y quedarse sin embargo con tres momentos especialmente inspirados que alcanzan una capacidad expresiva de altos vuelos: la larga secuencia del sereno aterrado, la historia de la mujer atrapada en un sueño y la narración de ese barco que encalla están en su punto justo -por interpretación y montaje- y disparan la imaginación.

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Así pues, esta entrega de Escritos en la Escena es algo que -consciente o inconscientemente- trasciende al mensaje social que la acompaña -insisto: yo no la ligaría a ninguno en concreto; porque todos van a encontrar una forma de trasladar la fábula a la realidad; y, de la misma forma que el cuento tiene varios puntos de vista, también puede haber diversas realidades según la lectura de cada espectador- y funciona mejor como una fábula que entretiene y hace imaginar, aunque tal vez le sobre alguna vuelta de tuerca; en un montaje sencillo pero con ideas, a cargo de un reparto entregado que se nota que cree con firmeza en el espectáculo que está defendiendo.

Un último apunte: la exposición que se exhibe al término de la función -no voy a desarrollar sobre qué para no introducir spoiler- es un acierto que completa la propuesta de modo muy interesante; enhorabuena a quien haya tenido la feliz idea. Se disfruta.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

La Rebelión de los Hijos que Nunca Tuvimos”, de QY Bazo. Con: Rebeca Hernando, Marina Herrranz, Rafa Núñez, Ricardo Reguera, Carmen SoleC y Juan Vinuesa. Dirección: Eva Redondo. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL / LABORATORIO RIVAS CHERIFF / ESCRITOS EN LA ESCENA.

Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa), 3 de Junio de 2017

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