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‘BU21’, o a fin de cuentas la vida sigue

mayo 31, 2017

BU21Cartel

Espectáculo en lengua gallega

Presenta la compañía Avento Produccións Teatrais un montaje de BU21, corrosiva y políticamente incorrecta pieza de Stuart Slade, estrenada con gran éxito en Londres el pasado año y que revisa las consecuencias de un ataque terrorista desde un punto de vista poco o nada complaciente, tumbando tópicos sociales y recordando al espectador –del que se pide implicación activa en todo momento, sin moverse de su butaca- que esos casos que observamos desde la condescendencia no son más que historias que mañana pueden pasarnos a nosotros… Y, si eso ocurriese ¿cómo cambiaría entonces nuestro punto de vista –que los personajes sobreentienden como un halo de curiosidad morbosa- de la tragedia mediatizada ante la catástrofe?

Un año en la terapia de grupo de seis personas directa o indirectamente afectadas por un grave accidente –con claros indicios de atentado terrorista- en Fulham (Londres); donde un mísil tierra-aire –el BU21 del título- derriba un avión que arrasa todo a su paso. Queda en el camino muerte, destrucción y una noticia para el recuerdo, quién sabe si para realzar el sentido patriótico de la nación… Pero la pieza de Slade no habla ni de la tragedia, ni del símbolo de unión patria en que esta llega a convertirse; sino de esos seres anónimos que tal vez no sean noticia –o tal vez sólo ocupen una fotografía en las portadas de los medios durante la primera etapa del conflicto- para reparar en las consecuencias reales de la tragedia: no el morbo que vende, sino las pequeñas historias. En una terapia de grupo con un psicólogo invisible, estos seis personajes toman la palabra e increpan directamente al público, obligando a escuchar aquellas cosas que tal vez no aparezcan en la prensa. Una mujer que ha perdido a su madre, un hombre que descubre que su novia se la pegaba con su mejor amigo cuando ambos mueren por la onda expansiva, una joven que sueña con la cara de un cadáver que fue a caer en su jardín, una mujer paralítica con quemaduras en gran parte de su cuerpo, un joven que se ve señalado por sus rasgos raciales en una sociedad que tiende a prejuzgar y el hombre que dio la primera entrevista a los medios en el momento del accidente, hoy viralizado como estandarte de la tragedia. Seis supervivientes, por suerte o por desgracia; pero esto es lo que hay. Mediante pequeños monólogos que se van alternando, cada uno de ellos estudiará cómo a llegado a ese punto: por qué a ellos si no estaba para ellos, y cómo han conseguido –o no- seguir con sus vidas. Todo ello convirtiendo al respetable en esa suerte de psicólogo invisible, advirtiéndole constantemente de que están ahí para algo más que para asistir a una mera sucesión de narraciones de desgracias.

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Y es que la mayor particularidad del texto de Stuart Slade es que nunca llega a hacer sangre del todo en esas narrativas; sino que aborda más bien las heridas internas de los personajes y sus consecuencias. Es más, en esta pieza hay mucho lugar para la crítica, a través del humor ácido, de unos presupuestos sociales extendidos que por supuesto asumimos de partida como espectadores; pero que los propios personajes se encargan de derrumbar –mientras, de paso, nos abroncan- y mediante un cierto distanciamiento de los personajes hacia su tragedia –por supuesto, para esconder el peso del dolor que en ocasiones se torna insoportable-. Lo dicho: el discurso de Slade toma algunos tópicos de este tema para reírse abiertamente de esa conversión en tópico –y de lo hipócritas que podemos llegar a ser como sociedad- e incluso construye unos personajes con aristas, con recorridos insospechados, que tal vez no sean meras víctimas de algo que, sí, les ha ocurrido, pero con lo que ahora sólo pueden convivir de la mejor manera posible. Y, ante la adversidad, Slade nos muestra que hay varias formas de continuar adelante: opciones que van desde el escapismo hasta el intento desesperado por sacar tajada de la situación; en un viaje que nos lleva a observar la evolución de unos seres a los que en un primer momento juzgamos de héroes supervivientes –ese incómodo tópico sobre las ‘historias de superación’…-; pero que también tienen un lado oscuro las más de las veces que acaba saliendo a relucir y haciendo que tengamos que replantearnos nuestras ideas iniciales.

Nunca se nos llega a aclarar del todo –y es un acierto- si estamos ante una pieza de teatro documental, todo es ficción o entra en juego mitad y mitad; pero el caso es que Slade ha conseguido ir un paso más allá del teatro documento, planteando una trama que deja lugar al thriller psicótico –que no psicológico-, a la comedia romántica a varias bandas, a la parodia del patriotismo rancio, y a un mundo plagado de personajes cuya única salida es la de reírse de sí mismos, de su propia desgracia, ante nosotros. A través de BU21, Slade traza un mosaico de la sociedad mediante unos diálogos en los que no hay lugar para el lloriqueo condescendiente ni para la autocomplacencia… Porque, a fin de cuentas, mientras tal vez nos compadezcamos desde la comodidad de la butaca, para estos personajes la vida debe seguir, mal que bien.

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El texto es lo suficientemente potente por sí mismo; y creo que el presente montaje de Avento –dirigido por Xoán Abreu con la habilidad nada fácil para no caer nunca en el drama lacrimógeno: es un valor- tal vez exponga los monólogos de una manera demasiado clara y reposada; dejando tiempo para que el público asimile sobradamente los mensajes e incluso cortando algunas escenas. Es una opción válida, y hasta hay que aplaudir que el tono irónico del mensaje está bastante bien conseguido en la construcción de perfiles de algunos personajes. Todo está claro, todo se sigue sin sobresaltos; y llegamos al final entendiendo perfectamente el recorrido de cada personaje. Como apuesta, insisto, es válida; pero tal vez también sea la más fácil. Seguramente acelerar más el ritmo del texto –e incluso directamente picar algunos monólogos, casi como si se tratase de flujos de conciencia- podría ayudar decisivamente a que la experiencia fuese más intensa para el público: tal vez se perdería claridad en la recepción del texto algunas veces; pero a cambio ganaríamos en intensidad dramática: un texto como este no puede –ni debe- dar un segundo de respiro al espectador, y es por ello que eliminaría aquellas secciones del montaje planteadas para unir unos monólogos con otros –las cortinas musicales, e incluso ciertos pequeños coreográficos-. Esta función debe ser de texto –es lo suficientemente potente por sí solo- y el texto debe dispararse a cañón, incluso buscando que el espectador se vea algo sobrepasado por tal acumulación y decida con qué quedarse y qué descartar. En espacio casi vacío pero que favorece la movilidad que pide la idea del montaje, aparece sin embargo bastante bien jugada la iluminación.

Honestidad general en un reparto en el que si unos actores destacan sobre otros, seguramente sea por la riqueza de sus personajes en general. Fran Peleteiro juega muy bien las bazas de un personaje machista, ácido, empotrador nato, que por un momento hasta ejerce de maestro de ceremonias o líder de talk-show con el público: un rol rico, de esos que nunca sabes por dónde te va a salir –un machista que al dolor de la pérdida debe sumar la herida en su orgullo de macho ibérico, imagínense…- y al que el actor le tiene el punto francamente bien cogido. Como bien construida está la inestable Flo de una Rocío Salgado a medio camino entre el descaro creepy y una paranoia que nunca llegamos a saber hasta dónde tiene controlada el personaje. O el viaje hacia el abismo del loser al que se encamina el Graham de Machi Salgado, un supuesto líder de grupo que termina hundido entre el alcohol y la hipocresía del hombre que se mete en un follón del quince casi sin querer: su discurso final es uno de los mejores momentos de la función. El Clive de Martín Maez crece y luce más en la segunda mitad del personaje, cuando ya conocemos sus cartas sobre la mesa y nos habla con soltura y fluidez desde la liberación personal: puede que al comienzo –será, seguro, un asunto de dirección- haya que buscar una forma más clara de sembrar cierta desconfianza ante un personaje que, de partida, se muestra como una incógnita y hasta un cabo suelto en algo que espectador cree controlar. Está en general en su sitio la Anna de Fernanda Barrio –en un personaje peligrosísimo: tal vez se le puede pedir mayor implicación dramática en según qué momentos; pero corremos el riesgo de que la catarsis interna del personaje (que debe ser, efectivamente, interna, y esto es importante y está bien logrado por la actriz) se desbarate ante nuestros ojos-. Por su parte, Andrea Dunia asume sin problemas el que siento que es el personaje más desagradecido de la función –tal vez también porque creo que es el rol que asume más distancia directa hacia la tragedia-.

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Así pues, la presente función sirve para traer a la cartelera un texto de todo interés, sumamente reciente; en una puesta en escena que, aún siendo perfectamente válida y bien defendida por el reparto, seguramente no exprima todas las posibilidades expresivas que el texto mismo ofrece –que creo que son muchas-. Pero el espectáculo se ve con interés y agrado y pone sobre la mesa un acercamiento interesante por lo irreverente a un tema –las consecuencias del terrorismo- que se ha explorado muchas veces en teatro, con mayor o menor fortuna. Pero, seguramente, nunca en el tono corrosivo con el que Slade lo enfoca aquí.

H. A.

Nota: 3/5

 

“BU21”, de Stuart Slade. Con: Andrea Dunia, Fernanda Barrio, Rocío Salgado, Fran Peleteiro, Martín Máez y Machi Salgado. Dirección: Xoan Abreu. AVENTO PRODUCCIÓNS TEATRAIS.

Salón Teatro, 28 de Mayo de 2017

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