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‘Refugio’, o teoría de la (in)comunicación: el eclipse

mayo 21, 2017

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Después del estreno de su primer largometraje Las Furias; y en pleno auge de ese nuevo y estupendo proyecto que es El Pavón Teatro Kamikaze, Miguel del Arco volvía al Centro Dramático Nacional para estrenar Refugio, una nueva función escrita y dirigida por él, que posiblemente tome como punto de partida algo de la anécdota de Teorema, de Pasolini; pero que enseguida se va por fueros propios. Y una función en la que el texto -con cuestiones e ideas de indudable interés, sí; pero a mi modo de entender no redondo, ni mucho menos: puede que algo falto de verdadero desarrollo- tal vez quede eclipsado por una puesta en escena formidable tanto en lo visual como a nivel interpretativo.

Suso, político a punto de perder su puesto en el partido tras verse envuelto en un escándalo de corrupción que nunca llega a concretarse, acoge en su domicilio familiar -quién sabe si para mejorar su imagen pública- a Farid, un refugiado sirio. La llegada de Farid a la casa -y la barrera lingüística y comunicativa que se establece entre él y la familia; una familia que además amenaza con saltar por los aires en cualquier momento- será algo así como una especie de balsa de oxígeno para todos los Santiesteban Verdagués quienes, incapaces de comunicarse entre ellos de forma fluida; acuden a confesarse con el refugiado, a pesar de que no pueda entenderles. Pero también Farid -perdido en esa casa como un náufrago- carga con su maleta, con sus fantasmas y necesita hacerse entender por la familia para poder liberarse de ellos tanto como la familia necesita desesperadamente que el extraño les preste la atención que no obtiene de sus semejantes.

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A través de Refugio, Miguel del Arco parece haber querido trazar ante todo un estudio de la comunicación y de la (in)comunicación por varios frentes, pero sobre todo a través del uso del lenguaje como herramienta comunicativa. Por un lado, el lenguaje como herramienta de comunicación política -ese lenguaje que permite tergiversar los mensajes y voltear la tortilla al antojo de los políticos-; por otro lado, el lenguaje como arma de construcción del pensamiento de los individuos -y cómo la manera de verbalizar una imagen mental puede cambiar su percepción en el que la recibe y hasta en nosotros mismos-; Además, el poder de la comunicación no verbal -la esposa de Suso, una soprano con una extraña enfermedad que le impide cantar y que afirma que la voz de la que ahora se ve privada es para ella una forma comunicativa más potente que el lenguaje en sí mismo- e incluso otras formas de (no) comunicación que, aunque traicionarían las más básicas leyes de la lingüística, aquí producen extrañas corrientes de comunicación hasta cierto punto fluida, que por un momento parece poder ir más allá del lenguaje -Farid y la familia en general; y Farid y Suso en particular-.

De todas estas premisas -muy interesantes a nivel de lingüística, sociolingüística y filología- se sirve Del Arco para armar una trama que, sin embargo, muestra más potencial a primera vista del que su autor consigue exprimir llegados al final. Pese a que casi todos los personajes tienen un momento de lucimiento personal, puede que miembros de la familia -esposa, suegra y dos hijos adolescentes- no terminen de estar todo lo perfilados que sería deseable; y lo cierto es que en este sentido la pareja de refugiados -Farid y Sima, su esposa que habla desde el recuerdo como una presencia amenazante generada por su propia mente- acaba captando el interés del espectador -suyos son los mejores momentos- mucho más que una familia con la que no terminamos de empatizar del todo, probablemente porque -más allá de sus rifirrafes- tampoco tenemos información suficiente: el personaje de la esposa deprimida y alcohólica privada del arte del canto, por ejemplo, está apenas perfilado y aquí se pierde una oportunidad que hubiese sido muy interesante. Al margen de esta cuestión, puede que también eche en falta un desenlace más contundente -salí con la misma sensación de ver Las Furias y, como entonces, creo que aquí la historia lo permitía- que muestre y evalúe el recorrido por el que atraviesan los personajes -sobre todo los de la familia-: un recorrido que no siempre llegamos a ver del todo.

Pese a esto, lo cierto es que hay cuestiones que Del Arco resuelve con brillantez -la barrera lingüística existente entre los personajes (algo siempre espinoso, que ya fue problemático en otras obras recientes que requerían sugerir falta de entendimiento lingüístico entre unos y otros) se expresa con contundencia a través de ciertas elecciones de lenguaje y su sonoridad: no era fácil y sin embargo es básico para el seguimiento de la pieza; y el efecto está aquí muy logrado-. De la misma manera, siento que el discurso de algunos personajes puede sonar algo artificioso: al margen de que parezca que Del Arco se esfuerza con especial tesón en que no olvidemos que Suso es más un antihéroe que otra cosa, borrando de inmediato cualquier atisbo de humanidad y simpatía que el personaje nos pueda llegar a generar -casi parece que hubiese una crítica generalizada del autor al mundo de los políticos desde el retrato de Suso, por medio de frases que pueden sonar algo tendenciosas-; hay un discurso de Amaya -la soprano- en términos técnicos líricos que me sonó no demasiado creíble, porque la descripción que hace de su canto parece más un catálogo de términos empleados por un aficionado que lo que diría una verdadera diva de la ópera-. A fin de cuentas, creo que Refugio es un texto con algunas premisas de todo interés -sobre todo a nivel de estudio del lenguaje-, que tal vez hubiese podido dar más de sí si el autor se hubiese centrado más en la trama. Una trama y un texto que se ven, indudablemente, eclipsados por un montaje de gran factura estética y visual, que dirige el propio autor.

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El montaje de Miguel del Arco encierra a la familia Santiesteban Verdagués en una especie de cubo giratorio, casi a la manera de un búnker; que sirve además para separar el mundo de la familia del mundo de Farid y el fantasma de su esposa: así, mientras la esposa de Farid habla desde el tejado de la casa, los soliloquios del sirio suceden fuera del espacio del cubo; mientras que la familia nunca abandona su microcosmos particular, al que Farid sólo puede acceder privado de comunicación válida. La idea del cubo móvil –Paco Azorín– da mucho juego a nivel de perspectivas -no es una idea nueva, se han visto soluciones más o menos semejantes en montajes como Penumbra o Animales Nocturnos, pero está bien empleada-, y la portentosa iluminación de Cornejo -espectacular el efecto en el momento de la oración de Farid- realza de manera decisiva todas las posibilidades de la estructura y se une muy bien a la videocreación -aquí siempre pertinente- de Miquel Ángel Raió.

La puesta en escena de Del Arco hace especial hincapié -con bastante acierto- en los aspectos más poéticos y oníricos de la trama, dejando imágenes visuales de gran belleza. Puede que uno de los mayores hallazgos sea el de hacer permanecer a Sima -un personaje que habla desde otra dimensión- en lo alto del tejado, como una presencia que no merece mezclarse con los demás -ni siquiera con Farid, ni mucho menos, claro, con la familia-: el juego espacial que se establece hace que pongamos el foco en Sima de manera casi constante; e incluso que los personajes refugiados -lo vuelvo a decir, creo que mejor construidos que los de la familia- se acaben robando la atención. El único momento en el que los dos mundos llegan a mimetizarse de forma metafórica lo constituye un sueño de Amaya, que recuerda su pasado de grandeza en el mundo de la lírica: busca su voz, de la misma manera en que Farid busca a Sima, como dos reencuentros imposibles que confluyen mientras estalla el Liebestod de Tristan und Isolde, de Richard Wagner -¿por qué grabar una versión nueva con la cantidad de versiones memorables del fragmento que existen ya libres de derechos?-, en un instante de genuina belleza. Además, con los pocos elementos con que se cuenta -mesa, sillas, sofá…-, Del Arco tiene además la habilidad de resolver bien una escena conflictiva de los refugiados y decisiva para la trama; que sobre el papel parecía harto complicada de resolver. En definitiva, por más que la idea del cubo -que está causando sensación- no sea ninguna novedad; sí que hay que reconocer que la puesta en escena es un acierto por su belleza estética, por su capacidad poética y por la sencillez a la hora de aportar soluciones a según qué situaciones complicadas: el montaje es impecable, y muestra que Del Arco es un hombre de teatro de los que no abundan.

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Está muy entonado todo el reparto; aunque puede que no todos los actores luzcan todo su potencial como podrían, por esa cuestión de falta de profundidad de algunos roles a la que me he referido más arriba. Puede que el mayor logro de Israel Elejalde -el actor sólido de siempre- sea intentar perfilar al máximo la humanidad de un personaje con el que el autor parece no empatizar ni querer que empaticemos especialmente: no es tarea fácil, pero Elejalde no carga las tintas y logra dibujar la cara más amable de Suso, sin perder de vista que parte de sus discursos han de sonar por fuerza algo encorsetados -ya saben, la demagogia de los políticos…-. Junto a él, el otro pilar de la función es Raúl Prieto, que se mueve con soltura en Farid, seguramente el personaje más complejo de la función; el único que transita entre los dos planos. Prieto ha de saber transmitir la incomunicación -potenciando la sonoridad del lenguaje en sus parlamentos- y moverse como un náufrago en torno a esa familia que es una pura marejada; generar momentos de conexión con ellos sin perder de vista que debe faltar el entendimiento, y abrir el plano más emocional en los diálogos con el recuerdo de su mujer, que son, de algún modo, los diálogos con su propia culpa. Son todo dificultades, y todas están salvadas con maestría, en un trabajo dificilísimo que el actor valenciano salva con brillantez, en el que puede que sea uno de sus más completos trabajos. También María Morales -desdoblada como Sima, la esposa ‘fantasma’ de Farid, y como una entrenadora de Suso en el partido- aprovecha el potencial poético y expresivo de Sima, llegando a convertirse en otro de los pilares de la función, ganando nuestra atención en cada aparición en esa posición ingrata, siempre sola, sin poder entrar en un contacto más directo con los demás: la tarea tampoco era sencilla y Morales impone su potencial dramático: sus escenas con Prieto son sin duda lo mejor de la función.

Puede que el resto de los personajes tengan menos oportunidades de lucimiento, porque no terminan de estar del todo perfilados. La suegra que interpreta Carmen Arévalo es casi una presencia anecdótica, hasta que al final de la representación Del Arco le regala un espectacular -e inesperado- monólogo que requiere a toda una primera actriz y da plena razón de existir al personaje: su duro mensaje podría leerse desde el pesimismo; pero sin embargo Arévalo le imprime un tono más amable, casi tragicómico, que deja translucir una nueva opción de lectura. Puede que la esposa de Beatriz Argüello sea el personaje con menos carnaza; y no puedo evitar pensar que una actriz de su envergadura está algo desaprovechada en este rol, un rol que creo que tenía claramente más posibilidades de las que la obra muestra. Como los hijos del matrimonio Santiesteban Verdagués, Macarena Sanz realiza el que es el mejor trabajo que le haya visto en teatro –completamente alejado de ciertas figuras tópicas en las que empezaba a encasillarse-: se nota que Del Arco sabe sacar lo mejor de ella -estaba también espléndida en Las Furias– y el jovencísimo Hugo de la Vega -17 años- no se amedrenta y sabe aprovechar su momento para mostrar una energía poderosísima que presagia grandes cosas para el futuro.

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Con Refugio tenemos una propuesta interesante; en la que sin embargo el soberbio montaje acaba eclipsando de alguna manera a un texto que promete a primera vista, pero que creo que podría haber dado bastante más de sí a nivel de desarrollo de tramas y definición de algunos personajes. Pero teniendo en cuenta que texto y montaje son obra de la misma persona, podemos señalar que Del Arco -que lleva años ganándose a pulso el ser uno de los nombres más relevantes de nuestro sistema teatral- funciona mejor como director de puestas en escena y actores -aquí ambas impecables- y como adaptador de materiales previos que como autor de sus propios textos, en los que casi siempre me quedo con esa sensación de que a un buen punto de partida le falta una conclusión más poderosa -y esta afirmación vale tanto para este Refugio como para Las Furias que, siendo formatos diferentes, son las dos propuestas de creación propia que ha presentado este año-. Con todo, la puesta en escena y el trabajo actoral garantizan una experiencia interesante.

H. A.

Nota: 3.5/5

Refugio”, de Miguel del Arco. Con: Israel Elejalde, Raúl Prieto, María Morales, Carmen Arévalo, Beatriz Argüello, Macarena Sanz y Hugo de la Vega. Dirección: Miguel del Arco. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro María Guerrero, 11 de Mayo de 2017

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