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‘Una Hora en la Vida de Stefan Zweig’, o de lo relativo de las emociones

mayo 20, 2017

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El hecho de ver teatro en diferentes Comunidades Autónomas permite algunas veces carambolas como la que aquí sucede. A pesar de tratarse de un texto relativamente reciente, esta es la segunda vez que hablo en este blog de Una Hora en la Vida de Stefan Zweig. Podrán ustedes comprobar cómo por aquel entonces, con motivo de la versión gallega de la tristemente desaparecida compañía Lagarta Lagarta -que, por cierto, se dio en este mismo ciclo de abono hace algunos años- hablaba de absorción, de texto descomunal y de verdadera emoción. Ahora, seis años después, me vuelvo a ver las caras con el mismo texto en una producción en el castellano original, dirigida por Sergi Belbel e interpretada por un sólido elenco de actores a los que hemos visto brillar en otras ocasiones. Y, sin embargo, esta vez el resultado ha sido bastante decepcionante.

Una Hora en la Vida de Stefan Zweig transcurre, a medio camino entre realidad y ficción, en la tarde del 22 de Febrero de 1942, tan solo unas horas antes de que el escritor Stefan Zweig y su esposa Lotte, tomen la decisión de suicidarse en su exilio en Brasil. Cuando comienza la función, Zweig acaba de terminar de redactar su Declaración, esa suerte de despedida del mundo; y Lottte la revisa con algo de desconfianza. La franqueza con la que Zweig asume la necesidad de dejar este mundo tal vez contraste con las dudas que expresa su esposa al respecto: el autor insiste en que no ha de acompañarle si no se siente plenamente segura, pero ella muestra una suerte de falsa determinación. La llegada de un extraño que viaja avalado por una carta de Richard Strauss solicitando ser recibido por Zweig será un inesperado imprevisto que retrasará durante una hora el desenlace del matrimonio. Pero ¿quién es este extraño individuo nervioso, excitado y que enseguida comienza a contradecirse? ¿por qué ese interés en ver a Zweig? ¿qué viene buscando?

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Antonio Tabares construye como digo una historia a medio camino entre realidad y ficción, para arrojar al aire cuestiones socio-políticas e históricas; pero sobre todo para construir un teatro de personajes, de seres vivos, humanos e individuales sufriendo ante las diversas calamidades que les presenta ante sí la vida que les ha tocado vivir -una vida regida por el momento histórico, que en ningún caso es la vida que ellos han escogido- desde una escritura que incide, efectivamente, en la humanidad de los tres personajes, aunque puede que todos tengan sus claroscuros -y sus motivos para ellos-, como buenos personajes en evolución que son. Lo dije entonces y lo repito ahora, porque me parece una característica importante del éxito y el interés del texto: a Tabares no le interesa el morbo, no pone el foco en algunas escenas que no por esperadas podrían dejar de ser escabrosas -omitir el ya conocido desenlace es todo un acierto-. En Una Hora en la Vida de Stefan Zweig encontramos pues una historia de personajes, de humanos que hablan desde la sinceridad; y sólo desde esa sinceridad se puede alcanzar toda la emoción que el texto destila. Insisto en que, ya hace unos años, vimos que es posible montar este texto desbordando esa emoción de altos vuelos.

Habida cuenta de la calidad del texto, sobre el papel, el presente montaje tenía garantías suficientes como para resultar harto interesante. Sergi Belbel es uno de los más reconocidos directores del panorama actual -y ha dado montajes muy interesantes-, y los actores ya habían brillado en otras ocasiones. Y, sin embargo, poca justicia le hace esta propuesta al texto de Tabares, por razones diversas que acaban uniéndose en un todo que nunca termina de despegar.

Primer problema: estamos ante una propuesta de pequeño formato que aquí se exhibe en un teatro de unas 800 localidades distribuidas en cinco pisos. Últimamente lo he dicho varias veces, pero dar con el recinto idóneo para mostrar una función puede ser sin duda una clave de éxito o lanzarla al fracaso sin remedio, casi independientemente de los valores intrínsecos de la función misma. Y creo que hacer esta versión en un teatro de estas características no tiene demasiada razón de ser.

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Todo en la propuesta de Belbel parece requerir un aire de intimidad que en la inmensidad de este teatro se pierde sin remedio. El sucinto espacio escénico de Max Glaenzel -acotado en el trailer por los propios espectadores, opción que aquí no se dio- queda en nada en un espacio como el del Rosalía Castro; y, lo que es peor: las dimensiones del recinto jugaron una mala pasada irrecuperable a los intérpretes, acostumbrados seguramente a trabajar en espacios más íntimos que permiten una atención por el recogimiento y el detalle que se debería haber medido mejor aquí. El resultado: la deficiente proyección de las voces impedía escuchar bien los diálogos en la novena fila de platea -no quiero imaginarme qué habrá ocurrido en pisos más altos…-, provocando incluso una bien audible protesta desde el público. Dado que, como ya he comentado, el elenco es de probada solvencia; habrá que achacar este hecho seguramente a que no se estaba representando la función en el recinto más idóneo, o a que no se produjo una debida adaptación o toma de contacto con un espacio distinto a aquellos para los que la representación parece haber nacido. Sea como fuera, esa intimidad susurrada -y aquí mal calibrada- podrá ser un valor en otro tipo de recinto; pero aquí fue un lastre casi irrecuperable.

Y, al margen de esto, sorprende que un hombre de teatro como Sergi Belbel haya dirigido la función tal y como lo ha hecho, lejos de los aciertos de otras veces. Primero: sobran todos los subrayados musicales de aquellas escenas que esconden claves, como si quisiese decir al público “atención, que esto va a ser importante en un rato”, a la manera televisiva. Segundo: el texto está dicho en un código monocorde, carente de emoción; en el que los actores parecen empeñados en terminar lo antes posible más que en generar una emoción y una temperatura. Por ejemplo falta a todas luces la química entre Roberto Quintana -un Zweig encerrado en su propio hermetismo, hierático y carente de emoción- y Celia Vioque -que asume toda la función en un tono más bien cantarino que, supongo, le habrán marcado; pero personalmente me aleja de la tragedia-. Más allá de que ambos estén en un código casi declamado -e insisto en que he visto a ambos mejor otras veces, así que supongo que será asunto de dirección-; lo más preocupante es esa falta de química que impide hacer creíble el sacrificio que va a ocurrir. Por su parte, Iñigo Núñez mejora como el visitante la proyección de sus compañeros; pero -en un personaje complejo porque lo que esconde y no puede revelarse incide decisivamente en la composición del rol- tengo la sensación de que ya está demasiado disparado desde el comienzo, como si fuese una supuesta amenaza desde su misma entrada: el pastel debería irse descubriendo de manera progresiva. En cualquier caso, no se consigue crear un clímax entre los tres, por más que la función vaya in crescendo desde un comienzo en el que parece que nunca alzará el vuelo.

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Parece que esta era la idea original de un montaje que aquí se ofreció, sin embargo, en un teatro a la italiana. El resultado de lo visto en A Coruña poco o nada tiene que ver con lo que se observa en esta imagen.

En definitiva, nada ayudó esta noche: ni el recinto -que no era, claramente, el indicado-, ni la idea escénica, ni el tono actoral escogido supieron poner de relieve la fuerza poética de un texto que ya hemos visto como montado de otra manera, sí funciona. De no conocer el texto previamente, puede que hubiese caído en el error de que no estamos ante un texto interesante: hubiese sido, ya digo, un error. Esta vez fueron otras las circunstancias que no ayudaron a que la función alzase el vuelo, aún cuando todos los elementos -texto, intérpretes y director- eran de primer orden. Puede que por eso la decepción haya sido aún más grande. La emoción es una cosa relativa, ya lo saben; y aquella que me produjo este mismo texto entonces no ha aparecido ahora por ninguna parte. Lástima. Una última cuestión: no se entregó programa de mano alguno; pido disculpas de antemano si algún dato de la ficha técnica -consultada en Internet- no fuese correcto.

H. A.

Nota: 2/5

Una Hora en la Vida de Stefan Zweig”, de Antonio Tabares. Con: Roberto Quintana, Celia Vioque e Íñigo Núñez. Dirección: Sergi Belbel. HIPERBÓLICAS PRODUCCIONES / STTARTIST PRODUCCIONES.

Teatro Rosalía de Castro, 5 de Mayo de 2017

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