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‘Martes de Carnaval’, o Valle, el esteta

abril 30, 2017

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Espectáculo en lengua gallega

No hay dos sin tres…

El gafe del Centro Dramático Galego con Valle-Inclán empieza a ser algo legendario. Después de dos intentos fallidos saldados con sendos escándalos por cuestiones lingüísticas y de derechos -una producción cancelada de Divinas Palabras (iba a ser el primer montaje de la compañía; pero no se permitió traducir al gallego y se optó por detener la producción) y un polémico espectáculo en castellano, Valle 98 (que salió adelante pero incendió a una parte del sector gallego, indignado ante la opción del CDG de representar algo en castellano…) por fin el Centro Dramático Gallego iba a poder montar Valle-Inclán en la lengua de Rosalía, una vez vencidos sus derechos de autor. No lograron sin embargo ser la primera producción de Valle en gallego -se les adelantó Excéntricas con A Cabeza do Dragón; pero esto es casi una minucia: la presente producción de Martes de Carnaval estuvo envuelta en una de las más sonadas polémicas de este año, cuando el proceso de selección acabó derivando en la renuncia de uno de los dos directores previstos, la dimisión de parte del tribunal de selección y ríos de tinta  en los medios sobre la verdadera utilidad del CDG y cuál debe ser el verdadero sistema de las pruebas de casting. Todo esto, antes de empezar los ensayos. Marta Pazos -que se iba a hacer cargo de una de las dos obras programadas- tomó el timón de todo el proyecto, y el equipo llegó a estrenar con la marejada de esa polémica todavía latente… en un espectáculo que podría pensarse que estaba estigmatizado incluso antes de nacer. Como se dice que no hay dos sin tres, el gafe de Valle con la institución gallega parecía regresar; pero aquí estamos, finalmente, en el estreno. Cada uno tendrá su opinión de todo esto, y lo cierto es que, sin pasar por alto este hecho -y la realidad de que alguien debe asentar las bases del CDG de una vez por todas para evitar que estas cosas vuelvan a ocurrir y facilitar los procesos de creación artística, que deben ser la base del CDG por encima de cualquier otra cosa- ahora no se trata de marear más la perdiz, sino de valorar el resultado del espectáculo teatral que, contra viento y marea, por fin se está presentando.

Valle, el esteta

Desde luego que los esperpentos que contiene Martes de Carnaval son textos con la entidad suficiente dentro de la producción de Valle como para convertirse en una apuesta de calado. Nadie parece haber reparado en lo extraño que resulta haber ofrecido sólo dos –As Galas do Defunto y A Filla do Capitán-, de las tres obras que se presentan bajo el epígrafe Martes de Carnaval -se quedó fuera de programa Los Cuernos de Don Friolera-, o al menos nadie le ha dado especial importancia.. Más allá de la cuestión de la duración -con dos obras este programa ronda las tres horas; por lo que de haberse incluido la tercera nos hubiésemos ido a casi cinco- creo que lo suyo hubiese sido ofrecer el tríptico, con todos los peros que una duración desmesurada pudiera suponer: si hay una institución capaz de abordar un proyecto así en Galicia debe ser precisamente el Centro Dramático Gallego -no olvidemos que hace un mes, la pequeña compañía Tribueñe dio el campanazo al ofrecer íntegro el Retablo de la Avaricia, la Lujuria y la Muerte, sobrepasando las siete horas de duración-.

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De sobra es conocido por el público que Marta Pazos es una artista con un imaginario particularísimo y perfectamente reconocible al instante, que lo mismo imprime su sello personal a Shakespeare que a Ionesco o aborda piezas contemporáneas de nueva creación. Ese sello marca de la casa -un marcado gusto por la estética de lo pop, lo hipster y lo cómico- se erige aquí como una de las mayores particularidades de este peculiar acercamiento a Valle-Inclán. El de Pazos es un Valle moderno, un Valle de hoy; un Valle que rehuye lugares comunes y deja de lado cualquier imagen previa que uno pueda tener en la cabeza, para crear un espectáculo donde cabe toda una miscelánea de elementos a favor de un esperpento renovado que a veces se enfoca desde lo freak y lo irónico; y otras desde la estética de lo performativo. Un Valle con un lavado de cara, planteado como un espectáculo total en el que la imagen tiene casi tanta fuerza como el propio texto -y, diría más: un Valle en el que a veces la fuerza de las imágenes acaba devorando conscientemente al texto mismo-. Surge entonces la primera duda: porque, como espectáculo global estamos ante una apuesta muy interesante -una de las que poseen mejor acabado del CDG en los últimos años-; pero si de lo que se trata es de escuchar Valle en gallego como prioridad, tal vez surja el handicap de que el componente visual se acaba comiendo la fuerza del propio texto, que por momentos parece mero complemento de lo que se ve en escena. Personalmente, prefiero valorar el espectáculo en su conjunto, y quedarme con la original y conseguida factura estética -lo vuelvo a decir, muy atractiva-; pero entiendo que haya parte del público que se sienta algo defraudado si esperaban un espectáculo más ‘de texto’. Pese a quien le pese -y eso, al menos para mí, es un valor- nunca había visto Valle-Inclán montado como en esta propuesta.

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Pazos plantea su díptico como un paseo por la historia reciente de España: el espectáculo comienza en la Cuba de 1898 y acaba con un discurso del Monarca al pueblo español, conviviendo de alguna manera entre ambos puntos toda una parte de la historia de nuestro país. Para As Galas do Defunto Pazos ha apostado por una miscelánea de elementos en la que todo cabe. Se inicia con un prólogo que sitúa a los soldados que serán repatriados a Galicia en Cuba, en un momento coreográfico situado en medio camino entre la imagen de La Balsa de Medusa y los zombies de The Walking Dead: una imagen visualmente potente que es, sin duda, una marca de la casa de la propuesta -a lo largo del espectáculo hay muchas transiciones y cámaras lentas, todas resueltas mediante escenas de fuerte estética, que dejan imágenes de gran atractivo. Tras este inicio, como digo, junto a los repatriados -recluidos ahora en un pozo de putas y alcohol, sin duda para olvidar los horrores pasados en la guerra- aparecen toda una suerte de personajes freaks, tanto en la casa del pecado como, sobre todo, en la farmacia de Sócrates Galindo -con esa auxiliar de farmacia ataviada a medio camino entre Pipi Calzaslargas y la Chilindrina, que por momentos se tornará en una suerte de remake de Niña del Exorcista-; y, sobre todo, en las escenas centrales en el cementerio, en las que se ha potenciado el componente más cómico del esperpento saturando algunas escenas tanto con efectos sonoros que acaban moviendo a la hilaridad -Ventolera en el camposanto- como con gestualidades exageradas -la escena entre Ventolera y la viuda del Boticario, convenientemente llevada hacia lo satírico-. Este enfoque -con mucho de cinematográfico, en una estética casi a medio camino entre el slasher y el giallo- potencia como digo el esperpento desde otro prisma -lo que sería un esperpento de hoy-; pero también remarca la ironía -por una vez, en este Valle, hay mucho lugar para la risa, la sonrisa y hasta la carcajada, ante esa acumulación de elementos-; en un acercamiento que acaba cautivando en lo visual por ese desparrame -desparrame es la palabra exacta, sí- de ideas, en el que uno ya no acierta a saber qué será lo siguiente que aparezca en escena; y que deja el listón alto para la segunda pieza por su originalidad: al descanso se va uno con la sensación de que Valle nunca se lo habían contado así.

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A Filla do Capitán empieza también siendo una gamberrada confesa -con el Golfante reconvertido aquí en uno de esos cantautores hipsters del barrio de Malasaña, dispuesto a llevarse a la chica-; pero a pesar de la crítica satírica establecida -ese ejército ridículo que escapa de los sones militares con cascos que reproducen pachangueo a toda tralla, esas beatonas de mantilla que atraviesan la escena-, esta obra tiene un acabado que parece hecho más a conciencia en lo estético -la sensación de miscelánea es menor-, e incluso aborda ciertas cuestiones -como la explotación sexual de la Siri, mostrada en una escena que pretende ser una orgía sin tapujos y que tal vez acabe resultando demasiado ‘coreográfica’ a la vista- desde un punto de vista más oscuro, con menos lugar para una comedia que esta vez sólo aparece aquí y allá. Hay también guiños a lo cinematográfico -y se reconoce el ideario de la compañía de Pazos más en esta obra que en la anterior-; y lo cierto es que, tras algunas escenas algo deslavazadas, la función termina en punta con la imagen del pronunciamiento. Curiosamente, si bien le reconozco un acabado más a conciencia a A Filla do Capitán y una coherencia en conjunto más grande que en la obra anterior -las tiene- creo que la originalidad descontrolada de As Galas do Defunto -en un acercamiento, a mi modo de ver, fresquísimo en lo teatral- me acabó seduciendo más: es más, creo que invertir el orden en el que se ofrecen las piezas podría ser decisivo para mejorar la recepción del espectáculo -aun a fuerza de perder la idea de ‘circularidad’ que busca la directora con su propuesta-.

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En otro orden de cosas, la cuestión de las acotaciones bellísimas, expresivas e interminables en Valle es siempre un problema para subirlo al escenario. ¿Qué hacer con ellas? ¿Cómo resolver momentos descritos al dedillo, pero muchas veces imposibles de subir a escena tal y como están escritos? Ya lo saben, hay muchas formas de abordar esto; pero siempre es una piedra de toque para cualquier montaje del autor gallego que se precie. Muchas producciones, una vez que se ven incapaces de escenificarlas, se limitan a leerlas por boca de algún personaje -error muy extendido…-; y aquí se ha optado por proyectarlas en un LED rojo; sin renunciar por ello a escenificar algunas de ellas -muy conseguido el momento de la muerte de Sócrates Galindo mientras pasa la acotación, por ejemplo-. Es una solución intermedia -porque permite mantener el texto sin detener el ritmo- para un problema difícil de resolver; pero sin duda es más imaginativa que aquellas que se limitan a leer lo que no pueden representar -y esto lo he visto hacer en tantos y tantos montajes…-.

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Se debe aplaudir mucho el trabajo de vestuario -Uxía Vaello- y caracterización -Ester Quintas-, porque es amplio y variado. La escenografía -en plano inclinado- de Fernando Ribeiro se limita a elementos escénicos bien realzados por la iluminación de José Álvaro Correia; y el trabajo de movimiento de Ruth Balbis se torna un factor fundamental para una propuesta en la que -ahora lo comentaremos- los actores se vuelven artistas totales. La música -de Hugo Torres y José Díaz-, seguramente sea demasiada; y deja a partes iguales momentos muy conseguidos en favor de lo cómico -ese comienzo oportunísimo de A Filla do Capitán, por ejemplo- con momentos donde tal vez se vuelva un elemento prescindible; por más que la música se haya convertido en un elemento señero de la compañía que dirige Pazos, de la que este montaje es deudor, de alguna manera.

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Como ya he dicho, hay que ver este acercamiento a Valle como un espectáculo de arte total, donde la palabra -y los actores- se tornan complemento de la idea de puesta en escena; sin que esto deba leerse en detrimento de su trabajo. Los diez intérpretes se deben volcar con una propuesta escénica que no es sencilla en lo físico -al siempre molesto plano inclinado hay que sumar el fuerte factor coreográfico que implica la versión, al que todos responden bien. Puede que los actores, estando todos en su lugar, no encuentren grandes oportunidades de lucimiento personal -porque deben ponerse al servicio del resultado global-. Por encima de todo, creo que se ha buscado reunir un elenco de artistas globales; en los que priman sus capacidades en otras cuestiones al margen de cómo digan el texto; y todos responden bien de alguna u otra manera. Me gustó mucho, sin embargo, la capacidad de María Roja para defender con soltura dos perfiles radicalmente opuestos -lo que hace en As Galas do Defunto, con esas pintas, es cualquier cosa menos sencillo; y ella lo saca como si nada…-, o el buen tándem que forman Miquel Insua -hay que señalarlo: de los mejores de la compañía a nivel de decir el texto- y César Cambeiro en A Filla do Capitán; incluso el trío de repatriados de la taberna de As Galas do Defunto Salgado, Rivero Madriñán y Jato– encuentran momentos de lucimiento a nivel actoral. Sergio Zearreta destaca más por presencia escénica que por dicción del texto. El resto del equipo puede que no tenga tantas oportunidades personales de brillar; pero trabajan en la misma dirección, hacia el buen resultado de lo que se ha de entender como un espectáculo global.

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Quisiera acabar esta reseña con algunas cuestiones que ya he tratado anteriormente. El presente acercamiento a Valle destaca por su diferencia, por su originalidad y por su creatividad como un buen espectáculo de teatro; si bien es cierto que creo que deja el texto de Valle -en traducción de Manolo Cortés- en un aparente segundo plano. Decepcionará a quienes tan solo quieran escuchar Valle en gallego; pero tiene varias razones para ser una propuesta interesante de teatro para aquel público que se decante por ver la propuesta como algo integral. Cada uno deberá decidir. Y no quisiera pasar por alto una última cuestión: para haberse levantado en medio de una marejada de polémicas de la que seguramente algunos aún deban responder, se ha creado un espectáculo mucho más que digno. No hubiese apostado por ello.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

Martes de Carnaval” (As Galas do Defunto y A Filla do Capitán), de Ramón María del Valle-Inclán. Con: Iria Azevedo, César Cambeiro, Mercedes Castro, Anabell Gago, Miquel Inusa, Alejandro Jato, Pablo Rivero Madriñán, María Roja, Machi Salgado y Sergio Zearreta. Dirección: Marta Pazos. CENTRO DRAMÁTICO GALEGO.

Salón Teatro (Santiago de Compostela), 23 de Abril de 2017

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2 comentarios leave one →
  1. mayo 1, 2017 18:08

    Completamente de acuerdo con su crítica. Ya me gustaría a mí poder expresarlo de una forma tan clara e inteligente.

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