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‘Rulos: El Origen’, o agárrame esos fantasmas

marzo 31, 2017

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Después del éxito de Lavar, Marcar y Enterrar -ya un clásico del off madrileño que permanece en cartel durante varias temporadas-, Juanma Pina, lejos de relajarse tras parir la gallina de los huevos de oro, ha creado todo un universo en torno a la peluquería CortaCabeza. Más de un año lleva en cartel No Hay Mejor Defensa que un Buen Tinte -la secuela de Lavar…, centrada en el futuro del personaje de Fer, el asistente de Gabriela en la primera obra-, y ahora acaba de estrenarse Rulos: El Origen, una historia que transcurre en 1983, meses antes de que Gabriela llegue a Madrid en el local que se convertirá en su peluquería; y tiene como protagonistas a los hermanos de Gabriela-. Una obra que conserva la voluntad de divertir a todos los públicos desde una comedia directa y cercana que implica al público; pero que en esta ocasión presenta un trazo más maduro y más ambicioso a nivel de escritura dramática.

1983. María José y José María Cabeza, los hermanos de Gabriela, parapscicólogos de poca monta que malviven de estafar al personal y que podrían estar a un paso de dar el timo de su vida (con el robo de unas joyas de oro de Yanacocha), reciben el encargo de investigar qué ocurre en un local de Malasaña donde suceden inexplicables accidentes cada vez que alguien intenta alquilarlo: ya se suman varios muertos, y todo parece indicar que se trata de una fuerza paranormal… En principio, para los hermanos es un chollo más. Un chollo que se podría complicar con la llegada de Camino -la hija de María José, que ejerce como profesora de aerobic-on-chair– y Jon -el novio de Camino, un actor de porno-soft de los 70 que podría convertirse en una peligrosa amenaza para los timos de los hermanos Cabeza-. Por unas cosas u otras, los cuatro deberán pasar la noche en el local, descubrir el misterio de los accidentes… y salir con vida de un lugar en el que -lo saben quienes hayan visto Lavar, Marcar y Enterrar– las caídas por la escalera del sótano con fatales consecuencias están a la orden del día; en una historia en la que los vivos y los muertos tendrán que convivir y ayudarse en armonía; y una comedia en la que la parte más kitsch y más auténtica de los años ochenta está a la orden del día.

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Se puede decir que Rulos sólo comparte con Lavar el nexo entre algunos de sus personajes. Porque si Lavar… era una comedia de corte ochentero y almodovariano que transcurría en la actualidad; Rulos es una comedia que, directamente, transcurre en los años ochenta. Este hecho permite a Juanma Pina desparramar toda su inventiva para crear un universo auténticamente ochentero y freak, en el que caben desde la jerga de la juventud de la época -tatuado a fuego en el vocabulario de Camino- hasta el retrato de una España que tal vez hoy ya esté superada, pero ha existido: la de las primeras generaciones de españoles que ejercían su nueva libertad tras la muerte de Franco. Caben aquí tanto María José y José María -esos hermanos que llevan ya un tiempo estafando con la parapsicología; pero que ahora se ven en un momento en el que quizá el chollo se les empieza a acabar, ya que se les empieza a ver el plumero-, como todo lo que simboliza Jon -actor de esas películas porno de Serie B tan en boga en la primera Transición-. Así, Pina se sirve de una comedia de diálogos ágiles, que bebe sin esconderse de referencias como el absurdo, el lenguaje cinematográfico o la sitcom para generar un enredo alocado, de personajes extremos y que implica al público en la comedia -aquí más que en Lavar…– para revisar también un momento histórico concreto: el de un momento del país que iba hacia el florecimiento; pero que tal vez no evolucionó como esas generaciones esperaban.

Sin perder de vista el tipo de género que es -ese tipo de comedia tan necesaria de vez en cuando para desengrasar, muy bien situada esta vez en un horario nocturno, tan gamberro como el contenido de la propia obra- sí diría que Rulos: El Origen es una comedia más compleja que Lavar…: tanto por el tono del humor -igualmente absurdo, pero creo que aquí menos blanco, más subido de tono y por tanto más adulto-, como por una apuesta dirigida a un target generacional mucho más concreto que en la obra original (por el universo referencial que maneja); y por una estructura dramática que seguramente resulte menos ‘evidente’ para el público, desde el momento en que el autor opta por jugar con diversos códigos y lenguajes -pienso, claro, en esa extensa y original secuencia inicial que va a descolocar a más de uno- que acaban completando un todo. A todo esto hay que sumar los ingredientes que ya estaban en la obra primitiva: un humor directo, absurdo, alocado, con más de un tinte almodovariano; y, ahora más que nunca, una fiesta absoluta, un homenaje, a ese universo ochentero en que transcurre la acción. Así, se puede decir que con Rulos Juanma Pina no traiciona para nada su estilo; pero lo ha reconvertido en algo más elaborado -también menos obvio, menos políticamente correcto y por tanto mucho más gamberro-. Sin pretender que suene excluyente, ni mucho menos, puede incluso que el target ideal de Rulos no sea exactamente el mismo que el de Lavar…; pero esto, lejos de ser un handicap, me parece un logro que acercará la saga a todavía más público.

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La puesta en escena -que dirige el propio autor- saca partido a un espacio ingrato como es el Off del Teatro Lara, proponiendo una puesta en escena inmersiva -no hay que olvidar que, como Lavar, Marcar y Enterrar y No Hay Mejor Defensa que un Buen Tinte, Rulos nació en una peluquería-, haciendo que el reparto se entremezcle con un público que, por exigencias del texto, será esta vez un personaje más sin moverse de su butaca. Esta opción dota a la puesta en escena -llena de ese toque kitsch ochentero que tan bien va a la trama- de bastante dinamismo; y ayuda decisivamente a que el público se sienta parte implicada en lo que se les está contando. Seguramente por el espacio mismo, las primeras escenas -en las que Pina se ve obligado a emplear ambos extremos- no se vean con toda la claridad necesaria; pero insisto en que me parece una cuestión de difícil solución dado el espacio.

El reparto se maneja a las mil maravillas en este tipo de comedia, tan loca y tan excesiva; un género que, por supuesto, es muchísimo más complicado de lo que parece, precisamente porque pide a los actores moverse todo el tiempo en esa esfera de disparate en la que o das con el punto justo o desbarras -y pierdes toda la gracia-. Mario Alberto Díez -que ya se ha convertido en el actor fetiche de esta trilogía- se desprende aquí de su icónico personaje de Fer, para dar vida a José María -el hermano de María José y Gabi-: este cambio de personaje le permite explorar con el mismo acierto un perfil que transita por unas coordenadas mucho menos histriónicas que las de su otro personaje; pero sabe encontrar también las herramientas para causar la hilaridad al dar vida a este pillastre de poca monta. A Víctor Palmero le hemos visto moverse con comodidad en comedias de diversas índoles; pero seguramente nunca en algo que le permita jugar a convertir en algo tan serio el que puede que sea el personaje con mayores gags para colocar: lo hace siempre desde la seriedad más absoluta, pero despertando la hilaridad en el respetable; hay que ser muy bueno en comedia para lograr eso. Rebeca Plaza le saca aquí mucho juego a Camino, la hija adolescente y modernilla -un rol que ofrece muchas más posibilidades de lucimiento personal que el que interpreta en Lavar…-, tanto por la construcción de esa adolescente que se expresa en lenguaje ochentero machachón como por lo bien que juega esa capital escena de aerobic-on-chair con el público. Y, en fin, Carmen Navarro acierta al dibujar en María José -la hermana de Gabriela- un personaje con una personalidad propia, alejado de algo que recuerde a lo que será su hermana en la futura entrega: juega también sus bazas con el público con una soltura importante.

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El público ríe sin cesar, canta, baila, dialoga y se implica con los actores en todo lo que se le pide, en una función gamberra, ochentera y gozosa; muy bien enmarcada en su horario de sábado por la noche. Una función que, aunque mantiene el espíritu de Lavar, Marcar y Enterrar como esa comedia fresca y directa para que el público desengrase, ha sabido ir un paso más allá con respecto esta, ofreciendo un estilo bastante más elaborado. En su género -que hay que tener muy presente a la hora de hacer una evaluación- esta función es todo un triunfo, destinado a tener larga vida y convertirse en un clásico como lo son ya sus hermanas mayores.

H. A.

Nota: 3.75/5

Rulos: El Origen”, de Juanma Pina. Con: Víctor Palmero, Mario Alberto Díez, Carmen Navarro y Rebeca Plaza. DIRECCIÓN: Juanma Pina. MONTGOMERY ENTERTAINMEINT.

Teatro Lara (Sala Lola Membrives), 25 de Marzo de 2017 (23.15 horas)

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