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‘Ushuaia’, o el precio de redimirse

marzo 30, 2017

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La llegada a España de Ushuaia -texto escrito por Alberto Conejero hacia 2013 -y puede que el primer texto que puso al que es uno de nuestros más importantes dramaturgos contemporáneos en primera línea- en un montaje que en principio tenía todas las garantías, estaba destinada a ser uno de los acontecimientos teatrales del año. Máxime después de la paralización del proyecto de estrenar Todas las Noches de un Día, obra más reciente del mismo autor que iban a protagonizar Blanca Portillo y José Luis García-Pérez y que no se llevó a cabo por motivos nunca del todo esclarecidos. Había ganas de tener un nuevo Conejero en cartel, y había ganas de conocer en profundidad Ushuaia. Pero, una vez que avanzan las funciones, lo cierto es que el entusiasmo dista bastante de ser unánime; por una serie de cuestiones que afectan tanto al texto como a la puesta en escena. Cuestiones que, desde luego, en absoluto invalidan la calidad incuestionable de Conejero como lo que es -una de nuestras mejores voces dramáticas- y que conviene observar con cierto detenimiento.

Mateo se ha retirado a una casa perdida en medio del bosque en Ushuaia, el rincón más austral del planeta, donde vive solo y apartado del mundo con la única compañía de los fantasmas de sus recuerdos, Matthaus y Rosa, que son dos sombras de las que no ha podido desprenderse y están ligadas a un momento concreto de su pasado que le pesa como una losa. El ermitaño se verá en un problema cuando, a causa de una ceguera progresiva, no pueda valerse por sí solo y tenga que contratar la ayuda de Nina; una joven que llega a la casa para trabajar como enfermera. Convivir con Nina no sólo hará que Mateo tenga que enfrentarse a la realidad, sino que también pondrá en riesgo una serie de íntimos secretos de su pasado que han permanecido ocultos hasta ahora; puesto que la presencia de la joven en la casa no es, por supuesto, casual, iniciándose así una suerte de trampa para ratones, en la que presente, pasado, realidad y recuerdo se entrelazan y que tiene como fin último la expiación.

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Podría parecer a primera vista que el texto de Conejero es, ante todo, un thriller; pero pronto comprendemos que el autor andaluz ha querido contarnos otra cosa. Por más que la acción avance y los secretos e incógnitas se vayan descubriendo – ¿qué hace Nina en esa casa? ¿qué oculta Mateo? ¿quiénes son Matthaus y Rosa y por qué Mateo no ha conseguido liberarse de su recuerdo?-, la sensación es la de que la obra interesa más por el bello uso del lenguaje -de altos vueltos, llena de metarreferencias literarias en una prosa siempre cercana a lo lírico, como nos tiene acostumbrados Conejero- está por encima de la acción misma. Es en la belleza del lenguaje donde radica el interés de un texto con una intriga que tal vez resulte excesivamente lenta en su desarrollo; pero que, sobre todo, conduce al espectador a una trampa final -porque esto no es un giro, esto es directamente una trampa- que implica, por una parte, hacer casi un dogma de fe para creernos que eso que ocurre haya ocurrido; y por otra cambiar todo el sentido de la historia a apenas cinco minutos del final con el único -y muy discutible- objetivo de redimir a un protagonista al que se desprende de una carga para darle otra aparentemente más liviana; pero que en mi modesta opinión sigue siendo una carga grave al fin y al cabo.

Es complejo hablar del gran pero que, a mi entender, contiene Ushuaia como texto sin entrar en spoilers fatales; pero al margen de que cueste creerse el giro final -insisto, muy forzado y casi bordeando la barrera de lo tramposo: hay otras formas menos cogidas por alfileres de llegar al mismo punto-, lo curioso es esa voluntad de Conejero de querer redimir a toda costa a un personaje del que, incluso después de conocerse lo que ha hecho realmente –(ATENCIÓN SPOILER) resumiendo mucho: descubrimos que nuestro protagonista lleva años suplantando la personalidad de un compañero de batalla (Matthaus, el joven que ahora vive en su recuerdo) al que mató a sangre fría para evitar que asesinase a una mujer judía (Rosa) a la que ni siquiera conoce pero de la que se ha enamorado por medio de la imagen mental que se había creado de ella a partir de los relatos de Matthaus, que era su amante… (FINAL DEL SPOILER)– otro personaje diga que “de haber contado esto en su momento, usted ahora sería un héroe”. No. No nos confundamos. Este señor ha cometido un acto deleznable, e incluso si lo que busca Conejero con este giro es una redención desde el ideal poético -sea cual sea el final del personaje, que no vamos a desvelar aquí-; calificarle de héroe es algo francamente discutible.

Hay después un asunto menor del que no quisiera dejar de hablar, porque me ha llamado la atención poderosamente: durante gran parte de la trama, es importante subrayar la barrera comunicativa que existe entre Rosa -que es griega y no habla ni entiende alemán- y Matthaus -que es alemán, y no entiende griego-. Se insiste mucho en este aspecto; pero sin embargo se ha permitido que ambos personajes continúen expresándose en castellano todo el tiempo, dando lugar a diálogos bastante confusos como cuando ella dice: “no puedo entenderte: no hablo alemán, hablo griego”, en perfecto castellano -que es también la lengua que emplea Matthaus-. Aún asumiendo la convención de que se hable en castellano, tal vez sería conveniente permitir que Rosa diga algunos de sus parlamentos en griego -al menos aquellos que aluden directamente a la falta de comunicación entre ambos- para potenciar esta cuestión de la barrera lingüística, que termina siendo fundamental para entender su relación.

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Ante este panorama, hay que considerar que Ushuaia es un texto hermoso, bien escrito -que anticipa en su desenlace temas que acabarán siendo más o menos recurrentes en la literatura de Conejero, como la memoria y la necesidad de recordar y ser recordado-; pero que desbarra en un final que difícil de encajar; y que de alguna manera pretende posicionar al espectador a la hora de cómo juzgar a esos personajes. No hay que olvidar que estamos ante uno de los primeros textos importantes de Conejero: aunque ya se ve el potencial lírico de su autor, el polémico desenlace -creo que aún susceptible de revisión…- puede ser fruto de un creador que por aquel entonces aún no tenía la plena madurez que hoy sí tiene como voz dramática; no hay que perder de vista la cuestión de la fecha de escritura, porque creo que es la respuesta a muchas dudas.

En cuanto a la puesta en escena, es hermosa pero sencilla; y seguramente luciría mejor en la Sala Margarita Xirgú que en la Sala Principal -más aún dado el carácter íntimo de este texto y de esta propuesta-. Es evocadora en su poética sencillez la escenografía de Alessio Meloni, y la iluminación de Joseph Mercurio le saca algún momento de gran partido. La puesta en escena de Julián Fuentes Reta ha creado algún instante de bellísima estética -el plano final, con Der Leiermann de Schubert sonando mientras cae la nieve y Mateo se encamina a su desenlace, es de una belleza acertadísima; como lo son algunos juegos de sombras-. A pesar de todo, la puesta en escena parece más preocupada en crear imágenes bellas -seamos honestos: hay unas cuantas- que en explorar la psicología de los personajes y construirlos: falta implicación en los actores -y a todos les he visto en estupendos trabajos otras veces-. Incluso el director acaba rompiendo ciertas convenciones dramáticas sin mucho sentido -un ejemplo claro: Nina llama dos veces por teléfono desde el mismo lugar (el despacho) y mientras en la primera llamada el despacho aparece perfectamente montado, en la segunda apenas hay un foco y una silla; algo que tal vez tendría sentido si Nina fuese un personaje que habitase en la fantasía (como Matthaus y Rosa)… pero no lo es-. Más serio es el tema de que algún mecanismo del montaje -que a la vista es, en apariencia, sencillo- obliga a microfonar a los actores todo el tiempo. Y más allá de que microfonar una función de teatro siempre sea un problema; hay que reconocer que aquí hay más acoplamientos de los deseados -y, dicho sea de paso, se han visto funciones de escenografía mucho más compleja que precisaban de microfonía pero estaban mejor microfonadas que esta-.

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Partiendo de la base de que creo que el director no ha terminado de profundizar en el trabajo con los actores -y esto implica una falta de tensión importante entre ellos las más de las veces-, hay que decir que el Mateo de Jose Coronado me pareció bastante sólido por presencia e implicación -es, de largo, el que mejor construcción de personaje ha logrado-; aunque tal vez debiera estar más furioso en algunos momentos para resultar del todo creíble. A la Nina de Ángela Villar -estupenda otras veces- sencillamente le falta implicación ante lo que está viviendo y lo que está escuchando: resulta fría y distante. Daniel Jumillas, por su parte, resuelve con soltura un papel más breve pero no por ello menos complejo; y Olivia Delcán funciona muy bien físicamente en el personaje pero ha de trabajar tanto la implicación dramática -cada vez estoy más convencido de que esto es un asunto de dirección- como -sobre todo- una dicción que aún es mejorable.

La sensación final es la de que estamos ante un texto que ya anticipa el gran autor en el que se ha llegado a convertir Conejero, pero que tampoco esconde que es uno de sus primeros trabajos; servido en una producción con momentos hermosos y mimbres solventes pero que con toda seguridad podría estar mejor dirigida. Se deja ver, pero es mejor verla despojado de expectativas altas para poder disfrutar de los aciertos más que dejarse arrastrar por los errores: de ambos hay, en cualquier caso.

H. A.

Nota: 2.5/5

Ushuaia”, de Alberto Conejero. Con: Jose Coronado, Ángela Villar, Olivia Delcán y Daniel Jumillas. Dirección: Julián Fuentes Reta. TEATRO ESPAÑOL.

Teatro Español, 25 de Marzo de 2017

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One Comment leave one →
  1. marzo 30, 2017 22:22

    Que pena no poder ir a Madrid a verla…

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