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‘Furiosa Escandinavia’, o fiera distorsión del recuerdo

marzo 20, 2017

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Con la puesta en escena de Furiosa Escandinavia -que le valió a Antonio Rojano el Premio Lope de Vega 2016- estamos ante uno de los espectáculos más potentes de la temporada 16/17, y de lo que llevamos de año. Una propuesta capaz de aunar un texto de una audacia verdaderamente compleja pero estimulante para ese espectador con ganas de sentirse activo ante el hecho teatral -de esos que es imposible no masticar en casa durante semanas-, con una puesta en escena de estética cuidadísima -que, además pone a prueba las posibilidades de la Sala Margarita Xirgú del Teatro Español como nunca antes-. Uno de esos espectáculos rabiosamente contemporáneos, que exploran varios lenguajes dentro de una misma propuesta y que dan sentido al teatro de hoy y para hoy. Un espectáculo complejo pero indispensable; que difícilmente dejará indiferente a nadie, y que revela en Rojano a una de las voces más originales e interesantes del panorama dramático actual -ya me deshice en elogios en su día hacia La Ciudad Oscura, y esto va en la misma línea…-.

Erika M. -una mujer aparentemente normal- y Balzacman -un hombre que esconde su nombre real tras un nick muy representativo; y que se oculta tras un sombrero de cowboy- se conocen por Internet. Tienen en común que ambos acaban de salir de relaciones tortuosas -ella trata de recuperarse de su ruptura con T., mientras que Balzacman busca desesperadamente a Irene, la mujer a la que amaba y que perdió, o le robaron- y un día deciden dar el salto y verse cara a cara. Estos dos polos opuestos a la hora de decidir cómo afrontar la pérdida se verán lanzados como dos dados hacia un viaje sin retorno; un viaje en el que deberán decidir si son capaces de borrar sus recuerdos -gracias a la existencia de una pastilla que permite bloquear y olvidar estamentos de memoria, falta saber a qué precio…- reconfigurarlos o aprender a convivir con una realidad que tal vez hayan bloqueado… Y un viaje forjado en el mundo de su(s) memorias; y por tanto quizás sólo real dentro de sus propias cabezas, porque la realidad -decía Valle-Inclán- no es como es, sino como se recuerda. A lo largo de este viaje físico espacial y sobre todo mental -un viaje que transcurre en conjunto y en paralelo y que les llevará por distintos universos, reales o imaginarios; hasta desembocar en la fría Noruega- nuestros protagonistas se cruzarán con gatos parlantes, tórridas camareras nórdicas o matrimonios en apariencia sólidos que esconden la mierda bajo la alfombra; en una encrucijada sin retorno en la que cada uno de ellos deberá mirar cara a cara su realidad, sus deseos incumplidos o inalcanzables; eludiendo aquella (i)realidad que han fabricado en su subconsciente -quién sabe si para protegerse, para poder seguir viviendo o para bloquear aquello que no pueden asimilar-.Todo ello enmarcado en una compleja trama que empieza como un thriller psicológico que empieza siendo casi comedia ácida y se va oscureciendo progresivamente; pero pronto se convierte en un universo onírico, psíquico, quizás imaginario o quizás distorsionado, donde realidad, ficción, imaginación y deseo se confunden y se diluyen en un universo (ir)real que pone contra las cuerdas no sólo la cordura de los personajes, sino la capacidad del público -ese público activo que requiere esta función, y que tal vez incluso llegue a cuestionarse si ellos mismos no han modificado su propia realidad dentro de su cabeza en alguna ocasión para salvarse o perderse definitivamente, como parecen tratar de hacer algunos de estos personajes…- para completar aquellas fisuras interrogantes que el relato deja conscientemente.

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Ante la particular y audaz escritura de Rojano uno no sabe qué admirar más: si la capacidad de convertir una anécdota aparentemente sencilla -con mucho sitio para el humor ácido, irónico, e incluso para la carcajada freak- en una verdadera matrioshka en la que cada escena arroja nuevas capas y nuevas oportunidades para indagar; la capacidad de incluir metareferencias de las más diversas índoles -hay desde citas a Proust o Ray Loriga, hasta referencias a David Lynch o The Sopranos, conviviendo en perfecta armonía-; o esa voluntad de arrojar preguntas e interrogantes al público, sin pretender nunca facilitar más respuestas que las que el propio espectador quiera encontrar. Será pues cada espectador quien arme su propio puzzle, construya su propia historia y llegue a su propia verdad sobre lo que está ocurriendo con estos personajes. Como sucedía en La Ciudad Oscura, de alguna manera uno de los temas principales que explora Furiosa Escandinavia seguramente sea el de aprender a vivir con los recuerdos, el de gestionar los recuerdos para configurar aquello que somos; y hasta qué punto podemos alterar nuestra memoria para seguir adelante… y, más en concreto, qué ocurre cuando nuestro cerebro decide bloquear un recuerdo, alterarlo o recurrir al autoengaño… y ese autoengaño acaba derivando en un estallido que puede modificarlo todo. Y es que, de alguna manera, -por más que aquí cada espectador deba trazar su propio camino, y el mío entronque de manera decisiva con el mundo de la paranoia al menos en uno de los dos personajes…- tanto Balzacman como Erika -cada uno en distintos grados- parecen enfrentarse con esta problemática de tener que decidir dónde ubicar sus recuerdos -esta vez en forma de traumas-; sin que ninguno de ellos pueda terminar de salir victorioso sin tener que pagar el precio de unas consecuencias -al menos no en la realidad-. Manejar, en definitiva, una realidad que, en su presente, ambos perciben tan distorsionada como le llega al propio espectador.

Como digo, creo que la mayor audacia del texto no está en su estructura -laboriosa en su aparente sencillez formal- o en todas esas capas y opciones que abre -porque, lejos de cerrarse, Furiosa Escandinavia esconde nuevas posibilidades de lectura a cada rincón-; sino más bien en esa voluntad de no aleccionar. La compleja historia que nos presenta Antonio Rojano -iba a decir de estructura circular, pero creo que es más correcto definirla como de estructura espiral, porque nunca se cierra del todo- ha de tomarse como un juego, un rompecabezas que uno sólo podrá completar en casa. Rara vez se encuentra uno con un texto tan complejo, tan rico y tan lleno de posibilidades y opciones -seguramente todas válidas-, en el que además el autor ha tenido la generosidad de ceder la responsabilidad última de decidir qué sucede, y cuál es la naturaleza de lo que se ve a cada espectador. Un teatro vivo, para espectadores con ganas de ser parte activa de aquello que están presenciando sin moverse de su butaca. Por ponerle un pero -un pero a la hora de pensar en un texto para trasladar al escenario-, quizá se abuse de la información meramente -aquella no pensada para ser dicha por boca de los personajes, pero que aporta información al margen de las meras acotaciones que el espectador debe recibir para comprender el mensaje en su totalidad-: un recurso que puede suponer un problema a la hora de llevar la obra a escena. A pesar de todo, creo que Furiosa Escandinavia es uno de los textos más estimulantes -precisamente por su complejidad y su voluntad de apertura- que se hayan surgido en los últimos tiempos.

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No es fácil en absoluto levantar este texto que es una verdadera incógnita; y, sin embargo, el Teatro Español presenta un montaje imaginativo, de estética portentosa. En una puesta en escena que parece clara deudora del regietheater alemán -rara vez se ve una opción así en un montaje español de teatro de texto-, Víctor Velasco solapa tiempos, espacios y acciones -opción muy acertada, dado que la naturaleza de todo lo que estamos viendo podría ser una distorsión de algo que sólo ocurre en el mundo del recuerdo- sobre una escenografía ciertamente espectacular -cortada en espacios y cerrada mediante vitrinas corrredizas- de Alejandro Andújar iluminada con mimo por Lola Barroso -que realza con su luz el componente onírico de la pieza-; con una integración bastante inteligente de todo el dispositivo audiovisual -fundamental para entender la pieza-. Lejos de amilanarse, Velasco parece haberse divertido ante el reto fascinante de dar forma a una función tan abierta a múltiples interpretaciones; y juega sin miedo con el texto -y con el espectador- a seguir explorando todos esos interrogantes, apuntando nuevas posibilidades y -muchas veces- llegando a desconcertar conscientemente al que sigue el relato, sugiriendo nuevos huecos toda vez que creemos conocer cómo funcionan los códigos en los que se mueve la pieza: en este caso, sugerir -en vez de aclarar- es un acierto pleno. Parece que el director ha querido además subrayar la importancia de esa distorsión de la realidad que es tan importante en la trama -muy oportunamente ha incorporado una machacona interferencia en los audiovisuales hacia el final, cuando todo está por saltar por los aires, potenciando ese aire de paranoia que encierra para mí el mensaje del texto-; e incluso separar de alguna forma el mundo de lo público -el que ocurre de puertas hacia fuera- y el mundo de lo privado -no en vano aquellas escenas que tienen lugar en casas privadas se suelen servir cerradas dentro de la vitrina, como si nos estuviésemos colando en la intimidad de los personajes (o como si formasen parte tan sólo de la esfera de lo cerebral… ¿quién sabe?)-. Hay además mucho cuidado por equilibrar el tono de las réplicas -algunas servidas casi en tono de comedia de salón, otras desde una oscuridad casi poética-, para relajar algunos pasajes de una función que se va tornando más turbia cuanto más compleja se vuelve: se agradece. Tal vez habría que revisar la decisión de esa escenografía inmediata en altura en un escenario a ras de suelo -sobre todo para prescindir de una barandilla que nada aporta, y que dificultará la visión en las primeras filas-; y quizá también -y esto ya es más complejo de solucionar- reducir la cantidad de texto -fundamental para seguir y entender la trama- que se tira mediante proyecciones, básicamente para facilitar su lectura al público. Al margen de estos dos aspectos -y de que esta sala se le queda quizá pequeña a un montaje tan grande y tan ambicioso-, la propuesta escénica es sin duda de altos vuelos, tanto en lo escénico como en lo bien que sirve a un texto complejo, eludiendo la responsabilidad de facilitar, y obligando al espectador a pensar más si cabe.

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El reparto es homogéneo, y todos ponen toda la carne en el asador -entrega emocional y física- para sacar adelante una propuesta compleja. El Balzacman de Francesco Carril es una bomba a punto de estallar, pura amenaza desde su obsesión enfermiza, y el poderoso enfoque del actor enfatiza de alguna manera el componente paranoico que he visto con tanta claridad en el relato. Sandra Arpa sirve en su Erika la otra cara de la moneda: efectivamente, parece la parte más sosegada y meditativa del dúo… pero pronto entenderemos que lleva su procesión desde otro punto, y que también puede estallar -seguramente después de haber tragado mucha, pero mucha saliva…- si se le tocan según qué teclas. El contraste entre ambos personajes es capital para medir el pulso de temperatura de la pieza. Irene Ruiz saca el máximo partido a su doblete -como esposa aparantemente abnegada de la clase media, aunque de doble moral primero; y como camarera nórdica dominatrix después, en una de las escenas más hilarantes de la representación-: no pueden ser dos roles más diferentes, y están muy bien defendidos. En fin, David Fernández Fabu se encarga sin problemas del que seguramente sea el personaje más antipático de la función -un marido baboso que juega a dos bandas-; y seguramente encuentre más lucimiento en intervenciones de aparente menor envergadura hacia el final de la representación. Pero, como digo, el reparto es perfectamente sólido; y se mueve con completa comodidad en una función que es cualquier cosa menos sencilla.

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Seguramente no sea Furiosa Escandinavia -que, por cierto, algunas de las promos del teatro han rebautizado, erróneamente como Furiosa Escandinava (¡!)-una propuesta sencilla -pero con toda seguridad tampoco es eso lo que pretende-. Lo cierto, es que en esta propuesta tenemos un texto rico en referencias que plantea al espectador juegos e incógnitas que debe estar dispuesto a resolver; bien interpretado y servido en un montaje que ha conseguido equilibrar un gusto insospechado por lo estético con ponerse al servicio de la trama. Una propuesta para ver varias veces, y que seguramente crecerá en la cabeza de cada espectador con discusiones pasados varios días desde su visionado -a mí me está ocurriendo-. Y, en definitiva, uno de los espectáculos más potentes, sugerentes y atrevidos que se hayan visto en los escenarios madrileños en una buena temporada. Lo tiene todo para ser una de las funciones más recordadas del año. Y, por supuesto, merece gira.

H. A.

Nota: 4.5/5

Furiosa Escandinavia”, de Antonio Rojano. Con: Francesco Carril, Sandra Arpa, Irene Ruiz y David Fernández “Fabu”. Dirección: Victor Velasco. TEATRO ESPAÑOL

Teatro Español (Sala Margarita Xirgu), 11 de Marzo de 2017 (20.30 horas)

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