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‘He Nacido Para Verte Sonreír’, o emoción relativa

marzo 19, 2017

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Desde luego que el de He Nacido Para Verte Sonreír -un texto del argentino Santiago Loza (seguramente una de las voces dramáticas más relevantes de su país en la actualidad) dirigido por Pablo Messiez e interpretado por Isabel Ordaz y Nacho Sánchez- era uno de los estrenos más esperados de la presente temporada madrileña. Las entradas agotadas para tres semanas de funciones, y emoción contenida tanto en los espectadores siguiendo la función como en las fuertes ovaciones que coronaron la representación que presencié. Pero como ya saben que esto de la emoción es una cosa muy relativa, debo confesar que salí más bien frío; con la sensación de haber asistido a una función muy bien vestida -puede que demasiado bien vestida, incluso- de un texto que, en mi modesta opinión, dista de ser redondo y se vuelve un punto repetitivo. Un texto con un estallido emocional final de hondura incuestionable; pero que quizá habría hecho mejor en ir calibrando esa emoción de forma progresiva, sirviéndola a cucharadas, para que dejase un regusto amargo hacia el final.

En torno a los años 60, Miriam espera en su cocina a que su esposo venga a buscarla con el coche. Hoy por fin van a internar a su hijo -que, después del impacto que le produjo leer algo que no se nos dice qué es, se ha aislado en sí mismo hasta perder todo contacto con la realidad- en una casa de reposo, incapaces de hacerse cargo de la situación. Desesperada, la madre intenta capturar en esa hora la atención de su hijo, para intentar entender cómo él a llegado a esto, para intentar entenderse a sí misma… y quién sabe si para intentar también evitar la pérdida inevitable. A lo largo de su extenso monólogo -porque el hijo, presente, jamás pronuncia palabra alguna ni entabla prácticamente contacto físico con la madre- conoceremos, casi a modo de flujo de conciencia, las circunstancias de esta madre -tierna y desbordada por las circunstancias, pero también con un punto neurótica y hasta un pelín clasista hasta el punto de que algunas aseveraciones que se pretenden irónicas acaban por bordear lo hiriente-, que vive en un estado de frustración en el que el golpe asestado por la enfermedad de su hijo parece ser sólo la punta del iceberg. Una mujer que afirma que vive en un microcosmos normal; pero de la que pronto descubrimos más fisuras de las que parecen: yendo de lo pequeño a lo más grande, desde un trauma por no haber podido cantar en el coro de la iglesia porque no desde la ausencia del esposo -esa figura que está pero no está… por cierto ¿se han fijado que en todo este tipo de melodramas familiares con personaje discapacitado (hemos visto tantos y tan diversos: Nuestro Hermano, Como si Pasara un Tren, Luciérnagas, e incluso Las Neurosis Sexuales de Nuestros Padres…) el padre siempre es una figura ausente o negativa, de una forma u otra?: pues esta no iba a ser menos-, hasta la ausencia -digamos “ausencia mental y emocional”- de ese hijo al que Miriam necesita, pero con el que no puede entrar en contacto quizás porque no sabe cómo hacerlo.

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En torno al personaje de Miriam se genera de hecho una ambigüedad interesante -porque es madre sufriente, madre impotente ante la tragedia, e incluso madre incapaz de actuar; pero también una persona con algún valor moral francamente reprobable, al menos vista desde hoy-. Creo que este es un punto que hubiera podido servir a Loza para explorar la emotividad real de un personaje con el que quizá no conectemos en todas sus vertientes -y eso es tan interesante…-; pero, sin embargo, Loza sólo expone, y el texto -a medio camino entre lo irónico y lo poético, en una mezcla no siempre del todo bien batida- pierde seguramente oportunidades de profundizar en algunos aspectos que hubiesen podido dar más juego, para volverse un punto reiterativo. Por lo que sea, a mí no es que no se me genere la duda para con Miriam; sino es que tampoco llego a establecer con ella esa empatía necesaria para el seguimiento del relato -salvo en el tramo final, en el que la escritura alza mucho el vuelo, y el discurso de la mujer por fin suena sincero, tierno y amoroso hacia la figura del hijo: ahí sí fluye por un momento la verdadera emoción; pero hay que esperar bastante para engancharse…-. Puesto que Santiago Loza toma la decisión -válida- de no meterse en según qué profundidades; creo que el texto -que incide en algunos conceptos una y otra vez- bien podría recortarse. Y, en cualquier caso, personalmente, yo me quedé frío -por más que los últimos diez minutos me lleven a una emoción sincera que, desde mi punto de vista, no encuentro en el resto del discurso ni del relato-. Desde luego, se han visto varias funciones de estructura semejante -tanto en lo formal como en el contenido- más eficaces a la hora de llegar a donde querían-.

Al margen de todo esto -y es una cuestión que no puedo pasar por alto-, creo necesario revisar el proceso de adaptación del español de Argentina al español de España del texto. Podrá ser irrelevante si la historia transcurre en España o en Argentina; pero, puesto que la actriz que se encarga del texto es española, lo suyo es adaptar el texto a la a la realidad lingüística de España, y a día de hoy, ciertos términos que todavía han de corregirse – veamos un caso claro: en España no se compran “chocolates”, sino “bombones”, “chocolatinas” o “tabletas de chocolate”-. Por supuesto, nadie firma la revisión del texto.

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Por suerte, Pablo Messiez tiene todos los mimbres necesarios para armar un buen espectáculo, para vestir este texto con las mejores galas, saca lo mejor de su elenco e incorpora subrayados poéticos de gran belleza estética. Se apoya en una escenografía a medio camino entre lo realista -esa cocina con todo lujo de detalles: hay hasta un reloj en marcha (como se aburran lo van a mirar) y un grifo que funciona…- y lo poético -esas ramificaciones boscosas que brotan de la casa-. Un espacio escénico hermosísimo, verdaderamente espectacular -soberbio trabajo de Elisa Sanz, muy bien iluminado por Paloma Parra- pero que no sé si es del todo pertinente en una función que debería ser de texto y de actriz ante todo; e incorpora algún detalle realmente audaz -¡qué bien puestos están Los Panchos y qué ocurrente esa nevera que rellena con su zumbido los silencios del hijo y que hay que acallar a golpes, o esos dos momentos de corte poético del hijo, ausente, y que sólo parece reaccionar cuando está a solas a estímulos como la música o el agua agua-. En otro orden de cosas, decidir cómo presentar al hijo silente pero presente debe ser siempre un riesgo que implica la toma de toda una serie de decisiones: puesto que Loza nunca aclara la enfermedad del chico -sólo sabemos que se quedó así por el impacto de algo que leyó, pero que hubo un tiempo anterior en el que no sufrió diversidad alguna- es el director quien debe presentar a este personaje de algún modo u otro. Personalmente creo que podría ser un personaje invisible -y que cada uno, en su cabeza, se forme su idea de qué ocurre con él: recordemos que cualquier cosa imaginada puede llegar a ser peor que cualquier realidad-; pero Messiez parece haberlo querido presentar con una discapacidad no sólo psíquica sino también funcional -espasticidad notoria en tronco brazos, manos y piernas-, que parece más de nacimiento que adquirida: algo que va en contra del relato mismo -quizá esta sea la opción más fácil, la más obvia; y creo que puede llegar a condicionar al espectador a la hora de percibir al personaje, sin demasiada necesidad-.

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No lo tiene nada fácil Isabel Ordaz para sacar adelante algo que es un reto enorme para cualquier actriz: por su envergadura, por esa sensación de falso monólogo; y sobre todo porque Miriam es pura contradicción y esto obliga que la actriz recorra un arco muy complejo, desde la acidez hasta el drama descarnado; en un texto que, como digo, además me resultó algo tedioso y repetitivo. Hay que reconocer que Ordaz parte de un perfil en el que quizá está más encasillada; pero conforme avanza la función se crece conforme avanza hacia el drama y da sentido a esta propuesta. No estaba nada fácil calibrar bien la intensidad; pero Ordaz -que se enfrentó en mi función a un inoportuno ataque de tos del que además salió victoriosa con soltura- tiende a dar en el clavo: aquí hay una actriz de raza, con registros -ya lo sabíamos quienes la hemos visto, espléndida, hace algunos años en Lúcido de Rafael Spregelburg (texto bastante superior a este y con algunas similitudes). Con todo, creo que el estupendo trabajo de la actriz es una de las mayores bazas de la propuesta, y que realiza un trabajo digno de admiración. Nacho Sánchez, por su parte, tiene la papeleta de dar vida a ese hijo que ha de mantenerse en segundo plano -y, para colmo, no puede reaccionar a ningún estímulo salvo en contadas excepciones-: cumple sobradamente en una tarea en segundo plano que no es en absoluto fácil -se puede apuntar que creo que hay movimientos que un personaje con su movilidad (la que ha decidido el director) con toda seguridad no podría realizar (alzarse de cuclillas sin apoyo o mantener el equilibrio sobre una mesa son dos ejemplos claros)- pero esto en absoluto empaña un trabajo complicado como el suyo.

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Exitazo de publico, con largos aplausos en pie. Pero no puedo evitar tener la sensación de que la propuesta escénica -montaje, dirección e interpretación- está muy por encima de un texto que no pasa de correcto. Un texto al que le sobra metraje a todas luces y que -al menos en mi caso- no emociona de verdad hasta sus últimas escenas. Pero gracias a lo cuidado de la propuesta -y a la intensidad de Isabel Ordaz- la función se sigue con agrado.

H. A.

Nota: 3/5

He Nacido Para Verte Sonreír”, de Santiago Loza. Con: Isabel Ordaz y Nacho Sánchez. Dirección: Pablo Messiez. TEATRO DE LA ABADÍA / IGNACIO FUMERO AYO.

Teatro de la Abadía, 11 de Marzo de 2017 (18:00 h).

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