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‘Vientos de Levante’, o lo que el viento se dejó

marzo 16, 2017

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Como parte de un proyecto del Teatro Español -que programó tan sólo dos días sendas obras de Lola Blasco (La Armonía del Silencio, que desgraciadamente no alcancé a ver…) y Carolina África Martín Pajares- después del éxito de Verano en Diciembre -aquella conmovedora dramedia familiar-, Carolina África presenta ahora su siguiente espectáculo, Vientos de Levante, una comedia dramática de historias cruzadas que arrancan en un tren y que acaban confluyendo ante una puesta de sol en la bahía de Cádiz. Nuevamente, la autora actúa y dirige la función, al mando de su compañía La Belloch, en una trama en la que se abordan temas como la incomunicación familiar, las consecuencias de enfermedades terminales o el valor de la amistad como punto de apoyo a la hora de reconocer quiénes somos, qué tenemos y a dónde vamos.

Ainhoa -una escritora en crisis creativa- viaja a Cádiz para visitar a su amiga Pepa -psicóloga que trabaja además con enfermos terminales y mentales-; y coincide en un vagón de tren con Ascen -una mujer con la que tiene un encontronazo- y Juan. Al llegar a Cádiz, gracias a Pepa, Ainhoa entablará relación con Sebas, un paciente de la psicóloga enfermo de ELA y que tiene por supuesto algún tipo de conexión con los personajes que viajan en el tren del comienzo. Así, ante la bahía de Cádiz, todas estas personas se unirán para pasar juntos unos días; dando lugar a un relato de vidas cruzadas en el que deberán apoyarse, ayudarse, retroalimentarse y enfrentarse a sus verdades y a sus cuentas pendientes… Unos días después de los que nadie volverá a ser el mismo; y unos días cotidianos que se volverán una auténtica enseñanza para todos ellos, al amparo de ese viento de levante que sopla con la llegada de Ainhoa a Cádiz y, lejos de resultar cargante como podría imaginarse, aquí al final termina por oxigenar -como la presencia de la mujer, que llega y se marcha con el cambio de viento como Mary Poppins en una simpática y oportuna analogía- de alguna manera a todos los personajes que pueblan esta historia; dejando que cada uno saque también su propia enseñanza y su propia herencia del paso de la joven por Cádiz.

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Lo mejor que se puede decir de la escritura de Carolina África es que -como ya ocurría en Verano en Diciembre– es directa y fresca; natural y nunca impostada. Todo suena realista, y las réplicas -no exentas de cierto ingenio- suenan como pensadas al instante. Además, tiene esa rara capacidad -no siempre frecuente- de hacer que el público conecte con unos personajes humanos y cercanos; de manera que nos sentimos cómodos con ellos y -por tanto- nos implicamos más en lo que nos cuentan. Se podría añadir que Vientos de levante no necesariamente se parece ni recuerda a Verano en Diciembre. Y esto es, por una parte, un elogio -porque muestra que Carolina África tiene la suficiente versatildad como para abordar con acierto diferentes estilos-; pero quizá también el mayor handicap de un texto que no deja de ser interesante en su frescura y ternura pero que creo que no es tan redondo como aquel. Porque mientras Verano en Diciembre focalizaba en un grupo concreto de personajes; Vientos de levante prefiere contar varias historias -conectadas y paralelas-, y el resultado es que ni todas las historias son igual de interesantes ni todas están igual de desarrolladas -la de Sebas con Pepa, por ejemplo, resulta más lograda a todos los niveles que la de Ainhoa con Juan-, y esto provoca un cierto desequilibrio en la pieza. Además, la autora ha optado por incluir a una serie de personajes que son casi figuración con frase, de los que bien se podría prescindir porque se quedan en meros retazos, que seguramente valgan para situar la narración en lo cotidiano pero que nunca terminan de tener un peso. Quiero decir, a pesar de que reconozco en Vientos de levante un buen texto de hoy y para hoy -qué oportuna y qué hermosa la referencia a Silvia Pérez Cruz, que termina siendo de alguna forma puntal de la trama y ayuda a desembocar en una de las escenas más hermosas de la obra-; creo que hubiese ganado más de haber focalizado en una única historia -en este sentido, insisto, Sebas y Pepa son los personajes más redondos, mejor escritos; y todos los demás pivotan de alguna manera alrededor de ellos dos, con lo cual ya hubiesen tenido un peso en la trama sin necesidad de que cada personaje desarrolle además su propia trama…-. Hay momentos de emoción, hay momentos de comedia costumbrista y hay sobre todo un gran sentido de la humanidad en la escritura de Carolina África -en este sentido, pone en primer término una enfermedad como la ELA, sin hacer sangre y con un personaje plagado de dignidad y fuerza de vida, cosa que siempre se agradece-; pero mientras la historia principal se sigue con interés y emoción, seguramente el resto de las historias no tengan ni el mismo interés ni la misma fuerza… y en ocasiones creo que ni siquiera era necesario desarrollarlas. Todo esto sin perder de vista ni ese manejo de lo cotidiano tan difícil -y tan logrado aquí- ni esa capacidad para la conexión y la emoción, que son las principales armas de la escritura de Carolina África; y elementos más que suficientes como para que encontremos en ella a una autora de lo cotidiano a seguir de cerca.

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El montaje -que dirige con pulso y ritmo muy firmes la propia autora, quien además se encarga del rol protagonista- transita por varios espacios -desde el tren hasta la playa o la clínica en la que trabaja Pepa- es ágil, y está bastante bien resuelto con muy pocos elementos; incluyendo alguna solución cómica francamente ingeniosa para sugerir los efectos de ese levante que sopla y oxigena. Acaso una escena multiplano que no termine de fluir como debería -curiosamente ocurría justo lo mismo con una escena de estructura más o menos semejante en Verano en Diciembre…-; pero todo lo demás funciona, y la capacidad resolutiva de montar el espectáculo con tan pocos elementos es digna de aplaudir. Muy bien, por cierto, la iluminación.

Por lo que he podido observar, hay varias combinaciones de repartos que han interpretado esta función; y el que se encargó de ella en el Teatro Español está en su lugar. Si los que más brillan son la Pepa de Paola Ceballos -fresquísima en la administración de sus réplicas- y el Sebas de Trigo Gómez -que une a su calidad actoral un gran cuidado del trabajo físico; en el arco de la degeneración progresiva de la enfermedad: sólo debe cuidar la postura del pie (tuve la sensación de que demasiado apoyado por completo sobre la planta) en aquellas escenas en las que se sienta- seguramente sea porque son los personajes más brillantes: preciosa su escena final. Muy bien también Pilar Manso en el enfoque costumbrista de Ascen -esa madre cargante en apariencia, pero de gran corazón-; y sobradamente cumplidores tanto Carolina África como Jorge Mayor en Ainhoa y Juan -dos roles que creo que ofrecen menos lucimiento actoral real, pese a tener mucho peso en la trama-. Como ya he dicho, hay muchos personajes secundarios, y casi todos los actores doblan con acierto; aunque la palma se la vuelve a llevar Trigo Gómez con su Antonio, en un gran trabajo de diferenciación psicológica entre ambos roles.

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El público -no muy numeroso en la última de las dos sesiones programadas- rió con sinceridad e intensidad; y recibió al elenco de forma muy calurosa al término de una función que revalida perfectamente a Carolina África como una voz capaz de no encasillarse y mañosa a la hora de plasmar lo cotidiano, en un texto que quizá hubiese sido más redondo de haberse centrado más en la trama principal -cortando algunas de las ramificaciones que salen de la historia de Sebas y Pepa, auténticos protagonistas de la trama-.

No quisiera acabar esta reseña sin un pequeño apunte, que se refiere más a este pequeño ciclo que a la función en sí misma. Aquí se han programado -casi de tapadillo- dos funciones de dos obras de dos voces femeninas fundamentales de nuestro teatro contemporáneo -Lola Blasco, cuya función, insisto, no alcancé a ver por falta de tiempo; y Carolina África-. Ahora mismo, el Español tiene en cartel -cada una durante varias semanas- dos funciones de dos autores igualmente indispensables de nuestro teatro actual -a saber, Antonio Rojano y Alberto Conejero- cada una durante un mes. Me resulta imposible no pensar que resulta algo ilógico, dar tan sólo dos días a obras de autoras femeninas y hablar de supuesta igualdad de género en el mundo del teatro: creo que estas dos obras merecerían un recorrido más largo e la cartelera del Español; tal y como lo van a tener -merecidamente también, claro, las de Rojano y Conejero. Lo dejo como idea final.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

Vientos de levante”, de Carolina África. Con: Carolina África, Paola Ceballos, Trigo Gómez, Jorge Mayor y Pilar Manso. Dirección: Carolina África. LA BELLOCH TEATRO.

Teatro Español, 26 de Febrero de 2017

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