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‘In Memoriam (La Quinta del Biberón)’, o cerrando heridas que no cicatrizan

marzo 13, 2017

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Espectáculo en castellano y catalán

Puede que inconscientemente -porque creo que el éxito y la repercusión de In Memoriam (La Quinta del Biberón) ha sido, al menos hasta cierto punto, una sorpresa para todos-, el Centro Dramático Nacional ha alcanzado con esta propuesta uno de los pináculos de la programación de su temporada. Se trata de una producción del Teatre Lliure -que presenta a una agrupación denominada La Kompanyia Lliure- en la que Lluis Pasqual obra un ejercicio de teatro documento -en este sentido hemos visto tantos…-; pero que va mucho más allá del mero teatro documento para hablar del horror de la guerra dejando de lado los bandos; y desde el punto de vista de las personas, en una narración que focaliza en el día a día de un grupo de jóvenes que iban -sin saberlo, y quizás sin quererlo…- a dar su vida; alejada de heroicidades y centrada en las personas. Esa es una de las grandes claves de la función: que, desde un punto de vista global, conmueve porque ofrece testimonios reales, en primera persona.

La función nos ofrece los testimonios de un grupo de jóvenes de apenas 17 años reclutados durante la Guerra Civil para la llamada quinta del biberón; desde su llegada a filas hasta su capital intervención durante la ofensiva republicana en la Batalla del Ebro (1938). Como si se tratase de un diario de guerra a varias voces -basado siempre en testimonios reales-, vamos asistiendo al día a día de estos jóvenes que en principio se creen pequeños-grandes héroes engañados; y que se acaban convirtiendo en víctimas del horror, casi sin darse cuenta ni poder si quiera controlarlo. Jóvenes que tal vez no tenían ninguna posibilidad en la batalla, inexpertos hasta a la hora de coger un fusil, y que pronto irán abandonando el frenesí de la heroicidad en favor del temor a perder la vida; a convertirse en asesinos sin quererlo o a dejarse la dignidad por el camino, sin saber ni siquiera si habría merecido la pena. A fin de cuentas ¿qué es y de que sirve lo heroico cuando el precio a pagar tal vez sea demasiado alto? ¿Qué se dejan estos jóvenes por el camino?

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Se han visto muchos espectáculos de teatro documento -y muchos centrados en la Guerra Civil-; pero sin embargo esta dramaturgia de Lluis Pasqual tiene el acierto pleno de haber tomado testimonios y cartas reales -en algunos casos ciertamente íntimos-; de manera que el público se puede parar a valorar el conflicto bélico desde un punto de vista que deja en segundo plano la batalla para hablar de personas. Pasqual no juzga y se limita a exponer, en una historia sin buenos ni malos, en una historia que focaliza en un conjunto de víctimas inocentes que pasan de futuros verdugos a inciertas víctimas. Creo que es precisamente esa voluntad de exponer hechos sin juzgar -corresponde al espectador juzgarlos, y a fin de cuentas víctimas hubo en ambos bandos…-, y lo bien escogido de los textos que se leen para exponer el conflicto lo que hace que este espectáculo -que se sigue en silencio ceremonial, con contenida emoción- sea distinto a otros de la misma índole que se hayan visto. Su voluntad de honestidad, su capacidad de aparcar el conflicto bélico para hablar del miedo, de la incertidumbre, de la pérdida y del precio a pagar por algo que estos jóvenes ni siquiera sabían que iba a ocurrir. Como una manera de que todos -unos y otros- tal vez podamos de una vez empezar a cicatrizar esa herida sangrante que parece que no cesa. La conexión entre público y platea es tal que el público no duda en acompañar en un momento al último superviviente de la quinta en un escalofriante minuto de silencio en memoria de lo caídos en guerra; con la luz en sala encendida, en un momento especialmente mágico; que sin embargo en mi función dio lugar a un desagradable incidente -un espectador, ofendido, intentó boicotear el momento vociferando: “Habéis hecho una función fascista: cabrones, sinvergüenzas, hijos de puta” -muestra de que, efectivamente, aún hay heridas de guerra que curar… y deben ir curando lo antes posible-: un momento que no empañó el respetuoso silencio que público, músicos y actores guardábamos, y que seguramente potenció -sin quererlo- el impacto teatral y emocional de la escena.

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Es una propuesta sencilla -apenas una estructura móvil, proyecciones, un grupo barroco que interpreta en directo páginas de Monteverdi, por un manuscrito que encuentra uno de los protagonistas entre las pertenecncias de su padre (el Libro Octavo de Madrigales Guerreros y Amorosos, con especial atención a fragmentos de Combatimento di Tancredi e Clorinda) y Henry Purcell (el Cold Genious, de King Arthur, que por cierto empieza a aparecer en teatro hasta en la sopa…) y la verdad descarnada de los actores. No se necesita mucho más, porque los textos suenan con una sinceridad apabullante -y esto no es sólo mérito de la selección, sino también virtud del elenco que los expone desde la verdad y sin especiales grandilocuencias-. Aún reconociendo que la puesta en escena -del propio Pasqual- pueda pecar tal vez de sencilla en exceso -esto es un espectáculo de texto y de palabra; no se puede negar que hay algún momento estéticamente hermoso -esas velas del final por los que van cayendo, seguidas de ese sobrecogedor silencio…-. Pero el mensaje y la emoción que transmite el espectáculo trascienden a la sencillez -por momentos excesiva- del montaje, y la tensión y la emoción acaban por inundar el teatro sin remediarlo.

En otro orden de cosas la función -que se ofrece en alternancia entre catalán y castellano- fuerza a los actores a hablar con un acento catalán que acaba resultando algo impostado -¿por qué no haber hecho todo el espectáculo en el catalán original en el que se ofreció en Barcelona?-; e incluso se podría argumentar que las interpretaciones barrocas -que empiezan pareciendo un simbolismo caprichoso para convertirse enseguida en una opción plenamente justificada en los textos- no estén ejecutadas de la forma estilísticamente más correcta -ya saben, estas cosas del historicismo…-. Estupendos el vestuario de Alejandro Andújar y -sobre todo- la caracterización de Eva Fernández -fundamental para ir embadurnando a nuestros personajes en el horror progresivo del que pronto verán que no pueden escapar-.

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Pero, como digo, estamos ante un espectáculo de texto. Y si gran parte del mérito de que esta propuesta emocione reside en lo bien que funcionan los textos seleccionados -reales, de una u otra manera-; tanto o más está en la honestidad y verdad con la que exponen estos testimonios sobre el escenario Joan Amargós, Enric Auquer, Quim Ávila, Eduardo Lloveras, Lluis Marqués y Joan Solé; todos caminando desde lo pequeño -a través de esos primeros e ingenuos alientos de heroísmo que pronto se tornarán en decepción-; hasta lo grande -esos monólogos en los que cada uno va cerrando el ciclo de su personaje bordean lo escalofriante y en el teatro no se oye ni una mosca…-. No es fácil trabajar con este material y conseguir darle este vuelo dramático, y sin embargo aquí lo han logrado. Creo, no obstante, que de haber podido trabajar sin forzar el acento catalán -ya sea en catalán puro todo el tiempo, o en castellano- ayudaría a que se pudiesen centrar por completo en el aspecto dramático -que sacan, pese a todo, con nota-; y redondear aún más el resultado final. Correcto -y bien integrado en la acción dramática- el conjunto musical -al mando nada menos que de un auténtico especialista en materia barroca en nuestro país como es Dani Espasa-; y acaso un poco excesivo en la exposición del estilo barroco Robert González -que da la impresión de poder moverse con mayor comodidad en repertorios más líricos que el primer barroco-.

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Grandes aplausos -y un momento teatral para el recuerdo debido a ese incidente del que hablo algo más arriba- para una función que creo que trasciende de lo teatral: puede no ser perfecta en su estética -la puesta en escena, insisto, me pareció demasiado sencilla-; pero el mensaje que transmite y la honda y profunda reflexión -o revisión- a la que mueve se elevan mucho más allá de eso. Y, cuando hablamos de heridas que deben cicatrizar, creo que eso es lo verdaderamente importante. Un espectáculo necesario, ciertamente -y miren que odio esa expresión-.

H. A.

Nota: 4/5

In Memoriam (La Quinta del Biberón)”, dramaturgia de Lluis Pasqual. Con: Joan Amargós, Enric Aunquer, Quim Ávila, Eduardo Lloveras, Lluis Marqués, Joan Solé. Dirección: Lluis Pasqual. LA COMPANYIA LLIURE / TEATRE LLIURE

Teatro Martía Guerrero, 24 de Febrero de 2017

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2 comentarios leave one →
  1. marzo 14, 2017 09:42

    Aínda que nese caso, discrepo. Non me pareceu impostado o acento catalán, si algo esaxerado, pero tamén é certo que o catalán deses personaxes non era o catalán urbano de hoxendía. Neste punto agradezo a aposta difícil e a contracorrente, e agradezo esa sonoridade.
    Si que me pareceu impostado o minuto de silencio. Para que? Que se me quere dicir? O que debo sentir? A min incomodoume moito. Penso que está pensado dende a emoción subxectiva do creador, na que eu non cheguei a entrar como espectador.
    Foi unha bonita función para min. Porque o espectáculo estaba na escena e nas butacas. Si, quedan feridas por curar. As caras da xente nas butacas, o xeito pesado, de esforzo, co que algúns se ergueron no antedito minuto de slencio, os aplausos aborrecidos do final, os movementos na butaca cando se falaba catalán… pero moi enconadas están aínda esas feridas. Non se curan cun minuto de silencio imposto e impostado.
    Penso que se quedou nas portas do emocional por ser narrativo de máis. Se cadra eu ía con moitas ganas. Isto tamén.
    Como sempre, un pracer lerte.

    • marzo 15, 2017 03:19

      Ola Avelino,
      Grazas pola túa mensaxe.
      Penso que é unha cuestión de gustos. É, dende logo, unha proposta polémica que non deixa indiferente e que xerou, efectivamente, moita controversia no público. Proba diso é o incidente do que falo na crítica, co tipo tentando reventar a función (que cando saía estaba preguntando pola xefa de sala e esixindo ver a Pasqual é/ou aos actores para que deran a cara…). Tratei de recordar durante días algún incidente semellante que vivira nun teatro máis creo que non o hai… Este feito insólito (e non sei se irrepetible) fixo que este momento (incómodo e tensísimo para todos os que nos encontrábamos alí) tivese unha connotación TAN particular ese día… O día que eu a vin, por certo, houbo xente que non se ergueu… Toda esa controversia, todo ese debate; mesmo o debate (interesantísimo!) que abres cando das a túa opinión É UNHA DAS CLAVES DO BO TEATRO, e a proba de que esta función non deixa frío. E, para min, é máis que suficiente…
      Grazas por discrepar tan sanamente (benditas discrepancias cando sexan sanas!), por comentar e por tomar o tempo de lerme.
      Unha aperta.

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