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‘Los Atroces’, o la tragedia nuestra es esperpento

febrero 24, 2017

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Pese a que no ha permanecido demasiado tiempo en cartel en Madrid, había hecho mucho ruido con anterioridad esta función, Los Atroces, una curiosa revisión de la saga de los Átridas traída España y a la actualidad de las diversas épocas del siglo XX y que junta toda una serie de géneros -el drama, la comedia e incluso tintes de absurdo y esperpento- para darle una vuelta de tuerca a la tragedia griega, demostrando que en toda gran tragedia puede haber una gran comedia -o, más sencillamente, que toda tragedia puede nacer de una comedia-, por acidísima que esta resulte.

La función se abre con un prólogo en el que los actores intentan explicar la complejidad de las relaciones que se entretejen en la trama, y a qué -y a cuántos- personajes interpretará cada uno. Es una presentación pretendidamente caótica, que asienta aparentemente las bases de la función: se trata de una comedia -o eso parece…-. A continuación, instigado por su hermana, Orestes acaba de ejecutar la venganza de Electra asesinando a Clitemnestra y a su nuevo esposo Egisto. De alguna manera ahora Orestes quiere saber dónde están las bases que le han llevado a convertirse en un asesino; y para ello, todos sus antepasados -varias generaciones de “Atroces”- aparecen ante él para reconstruir su pasado y ayudarle a entender quién es, de dónde proviene y si hay o no posibilidad de dejar de ser como ellos, uno de ellos. La historia retrocede entonces hacia las primeras décadas del siglo XX en España, y avanza progresivamente hasta la actualidad. Es por esa España convulsa por la que transitan nuestros mitos, salpicados por el pasodoble, lo cañí; e incluso la influencia de esa tierra seca, del calor de la meseta, que terminan siendo elementos indispensables para que nuestra familia sea eso que es: asesinos, incestuosos, y, en definitiva, no más que meros seres golpeados por su tiempo y sus circunstancias… Seres de anteayer que bien podrían ser -son- seres de hoy, que asumen que deben dejarse arrastrar por ese fatum tragico que saben que no pueden controlar, y hasta llegan a reírse de su propia desgracia, cuando entienden que tal vez no les quede otra. Vemos entonces una tragedia griega de hoy, de alguna manera pasada por el filtro de esos espejos que -como decía Max Estrella- dan el esperpento. Hay de hecho mucho de esperpento en este acercamiento -a un tiempo fiel en contenido y libérrimo en forma- al mito griego: historias que hemos visto muchas veces sobre los escenarios, pero con total seguridad nunca como nos las cuentan aquí.

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Puede que la mayor audacia de la idea de Vanessa Martínez a la hora de crear esta original dramaturgia sea la de tomar una historia que es más o menos conocida por todos -puede que no toda la saga Átrida, pero quien más quien menos conocerá alguno de los episodios por los que pasan estos personajes- y darle una vuelta de tuerca insospechada, sin renunciar ni a respetar la historia -con toda su complejidad y densidad de relaciones entre personajes, que es mucha y se mantiene-. Como digo, parece a primera vista que estamos ante una revisión cómica del mito desde lo irónico -hay un algo de esperpento en muchos de los momentos que va que ni pintado a esta historia tan abyecta-; y sin embargo Martínez no renuncia en su escritura a romper una y otra vez la convención de lo que estamos viendo, enfocando ciertas escenas -el asesinato de Agamenón, por ejemplo está enfocado desde un impulso dramático de rompe y rasga-, dando buena prueba del gusto por lo estético y por lo poético de la directora. Este mejunje de géneros bien podría haber acabado en una ida de olla de dimensiones desproporcionadas; y sin embargo no se puede negar que la historia tiene un encanto y un pulso innegables; y que Martínez sabe perfectamente a dónde va con su historia y cómo nos quiere contar lo que nos cuenta. Viendo esta función, hay que preguntarse cómo es posible ese equilibrio sin traicionar el original -y es que ¿acaso no tiene la mitología griega mucho de telenovela latina?-; pero la propuesta funciona.

Sólo por poner un par de peros/sugerencias: quizá la dramaturgia ganase si optase por simplificar un punto de la tremebunda historia -conviene llevársela revisada de casa, o corren el riesgo de perderse, porque el material es mucho y muy denso…-; e incluso puestos a llevar la tragedia griega a estos límites tan originales -y nunca antes vistos-, sería interesante apostar con mayor decisión por la comedia esperpéntica -yo me atrevería a llegar hasta la astracanada: prueba de esto es lo bien que funciona por ejemplo la escena de la Virgen-, aún a riesgo de perder parte del pulso dramático sobre el que se sostiene esta propuesta de extraño equilibrio. Creo que sustentarla en lo cómico, llevando al absurdo aún más algunas escenas -como plena novedad que es; y como apuesta peligrosa, valiente y bien ejecutada- podría ser una de las grandes bazas de la propuesta, y que seguramente ese aspecto debería potenciarse como principal seña de identidad del montaje.

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Dirige la propuesta la propia autora, Vanessa Martínez -que también actúa, en sustitución de una compañera-; y tiene el acierto de no renunciar a un fuerte sentido por lo estético, sin amilanarse ante la intrincada estructura textual. Hay sentido del espacio -se encadenan acciones paralelas, guiando al público a la perfección- y del ritmo -hacer que el tiempo fluya de manera continuada, sin subrayar especialmente los cambios ni de generación ni de tiempo es todo un acierto- y se encadenan como digo momentos de pulso cómico -esa Virgen, esa encarnación de Electra bordeando lo choni…- y dramático -ese asesinato a ritmo de “Alfonsina y el Mar”– verdaderamente prodigiosos. La iluminación -David Martínez- está muy en su sitio y ayuda mucho a crear un clima que se consigue, como digo, con muy pocos elementos muy bien empleados.

Los seis actores -todos se reparten un sinfín de personajes, salvo Mon Ceballos, que aporta su sólida presencia a ese omnipresente Orestes, sobrepasado por los acontecimientos- hacen un trabajo de equipo ciertamente admirable, en una propuesta que es especialmente compleja no tanto por el cambio de personajes, sino más bien por el cambio de género -y por tanto de intensidad y de temperatura- que todos deben afrontar sin titubear en cuestión de segundos, tarea nada fácil y que aquí está bien lograda merced a la versatilidad del equipo. Hay que citar a todos, porque todos contribuyen al éxito de la propuesta -son Mon Ceballos, Pablo Huetos, Gemma Solé, Vanesa Martínez, Pedro Santos y Vicenç Miralles– porque todos se merecen su parte del pastel y trabajan a conciencia; si bien seguramente sean Solé y Miralles quienes se lleven los episodios que dan mayores ocasiones de lucimiento, lo saben y les sacan todo el jugo. Así y todo, la capacidad de este elenco de volcarse en una propuesta tan compleja es digna de admiración.

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Así pues, en Los Atroces encontramos una propuesta llena de personalidad, que difícilmente podrá recordarnos a nada que hayamos visto antes, y que parte de un atrevimiento que hay que calificar de audaz -se podrían haber caído con todo el equipo…-, pero que sin embargo termina convirtiéndose en un todo coherente en manos de este equipo. Puede que, como ya he señalado, a la propuesta le falte condensar más los episodios de la saga; e incluso terminar de dibujar lo esperpéntico de algunas situaciones. Ahora bien, es un proyecto serio, cuidado y original; indiferente, desde luego, no deja de ninguna manera e ingeniosa es un rato largo.

H. A.

Nota: 3.75/5

Los Atroces”, de Vanesa Martínez. Con: Vanesa Martínez, Mon Ceballos, Pablo Huetos, Vicenç Miralles, Pedro Santos y Gema Solé. Dirección: Vanessa Martínez. TEATRO DE FONDO

Teatros Luchana, 13 de Febrero de 2017

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3 comentarios leave one →
  1. febrero 24, 2017 11:57

    A mí ya me atrae tan solo por el título!

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