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‘Los Gondra (Una Historia Vasca)’, o culpas que pesan como una losa

enero 31, 2017

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Espectáculo en castellano y euskera

Presenta el Centro Dramático Nacional Los Gondra (Una Historia Vasca), una ambiciosa propuesta a medio camino entre el teatro histórico, la autoficción y las sagas familiares en la que Borja Ortiz de Gondra -que además de ser autor interviene como personaje y narrador- revisa no sólo más de un siglo en la historia de su propia familia a través de varias generaciones, sino también toda una panorámica del País Vasco a lo largo de todo ese tiempo, tanto a nivel social e histórico como a nivel costumbrista.

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Diferentes momentos contados desde el presente hacia el pasado en la historia de una familia, los Arsuaga -que, en palabras del autor, no son los Gondra, pero se les parecen mucho-. Un reencuentro en 2015; una boda en 1985; un regreso al hogar en 1940, coincidiendo con un capital partido de pelota vasca; y un episodio oscuro en la Nochebuena de 1898; y una incógnita, un secreto a voces sobre algo que sucedió en 1874 y que ha marcado a la familia de una u otra manera durante todos estos años son los instantes en los que se detiene la trama, para explicar una saga familiar marcada por los secretos, la culpa, el rencor y el peso de lo que se calla. La historia de una familia que se va destruyendo porque calla, la historia de una familia en la que los odios se transmiten de generación en generación, sin que nadie llegue a comprender muy bien dónde y cuándo ha empezado exactamente la cadena; pero también la historia de una familia víctima de su tiempo, de su lugar rural que la ha encorsetado en unas circunstancias y de la propia Historia Vasca. En Los Gondra hay lugar para lo popular y la tradición, incluso mirando con cariño y simpatía algún lugar común, con las romerías, las danzas folclóricas y los partidos de pelota vasca y para el euskera -que se mezcla aquí con el castellano en perfecta armonía y sin necesidad de subtítulo alguno, porque la intensidad de ciertas situaciones marca que ciertas cosas se digan en euskera; y a la vez nos hace comprender de inmediato lo que se debe de estar diciendo-; pero también para las viejas rencillas entre carlistas y absolutistas; para el terrorismo que ha marcado al pueblo vasco de forma inevitable, los nombres pintados dentro de una diana o la problemática que supone lo diferente en un mundo en el que todos se conocen. Pero no sólo eso: en Los Gondra, el autor tiende también la mano a la posibilidad de expresión y de expiación de unos personajes que resultan humanos por sus propias contradicciones. A fin de cuentas -y hay mucho de eso en esta obra- son los humanos del presente los que deben intentar arreglar las rencillas que les han dejado los seres humanos del pasado para intentar dejar un lugar mejor a los que vienen… Pero ¿hay lugar para el perdón en un entorno en el que el olvido parece una tarea casi imposible? ¿podemos desprendernos de las culpas de los otros cuando nos pesan como una losa? ¿son esas culpas de los otros sencillamente culpas de otros aún anteriores? ¿Dónde y cómo termina realmente la cadena?

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Creo que ambicioso es la palabra que mejor describe el proyecto que se nos está presentando. Por todo lo que abarca, por todo lo que retrata, por la complejidad estructural de su escritura -que es uno de sus grandes atractivos-; y, sobre todo, por la capacidad que ha tenido Borja Ortiz de Gondra -que nos explica al comienzo de la función, en primera persona, que el proyecto nace tras un año de silencio en crisis creativa, a partir de un encargo de Ernesto Caballero mientras investigaba sobre su familia- para exponerse de una forma tan generosa ante todo el público, contando una historia que tal vez sea la de su familia -o una relectura, o mera imaginación…-; pero que a la vez tiene el acierto de haber sabido ir más allá, contando una saga familiar sólida, que es un alegato contra los errores que la sociedad vasca haya podido cometer a lo largo de tanto tiempo, y también un homenaje a esa sociedad y a sus tradiciones. Lo genial de Los Gondra seguramente sea que logra trascender lo que podría haber sido una anécdota morbosa -el propio autor despellejando a sus propios fantasmas- para crear algo que tiene entidad propia como función sobre la Historia, como saga familiar y como arma para despertar conciencias. A fin de cuentas es, como reza el sobretítulo, “una historia vasca” -e incluso una historia personal-; pero con el empaque suficiente como para volverse una historia universal.

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Viendo las dimensiones del conflicto, resulta imposible no preguntarse qué parte de todo eso es realidad vivida por el autor y qué parte es ficción; pero al margen de ello no se puede negar que la historia tiene una entidad importante y que engancha por sí sola: al final, que los Arsuaga sean o no alter egos de los Gondra es casi lo de menos… Es posible que sea complicado descifrar todo el puzzle de hechos y relaciones en una única visión -reconozco que he dejado la función reposar un tiempo desde que la vi, y que aún así hay alguna pieza que se me escapa-; pero seguramente sea por una mera cuestión de metraje: rara vez se queda uno con la sensación de que a una función que no es especialmente corta -una hora y cuarenta minutos- le falta aún algo más de tiempo para poder profundizar como se debe en una trama tan compleja como la que nos presenta Ortiz de Gondra. Por otro lado, quizá tenga la sensación de que a veces el autor tiende a tomar partido por algunos personajes sobre otros -siento que el retrato de su madre, por ejemplo, es bastante más antipático que el de su prima, aún siendo la prima un personaje muy complejo-. Este hecho cobra cierta relevancia si consideramos que de alguna manera el autor está retratando a su propia familia; pero se vuelve más irrelevante si tomamos Los Gondra como una mera ficción; y, en este sentido, Ortiz de Gondra -que se interpreta a sí mismo en el presente y apunta ciertos detalles de la escritura durante la función, peroic ha creado un alter-ego, Bosco, para ser su ‘yo joven’- se guarda acertadamente un as en la manga, puesto que casi nunca llega a confesar dónde acaba la ficción y empieza la realidad, ni qué parte del relato es autoficción o qué parte no lo es: teniendo en cuenta la naturaleza de lo narrado, me parece un acierto pleno.

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No estamos ante una función fácil de montar por su estructura y por su alto nivel de intensidad emocional casi constante, y menos en una sala pequeña como la Francisco Nieva. Josep María Mestres ha ideado un montaje ágil y al mismo tiempo sencillo, que se vale de unos pocos elementos escénicos -Clara Notari- y un buen juego de iluminación -Juanjo Llorens- para separar espacios y tiempos. Hay además unas pocas proyecciones, pero bastante pertinentes a nivel de generar clima. Mestres acierta además al hallar el tono idóneo para contar una historia muy marcada por la violencia y el odio; sin pasarse nunca de rosca y evitando que se acabe convirtiendo en una narración de buenos y malos. El resultado es francamente atractivo -y hay que tener mucha mano izquierda para haberlo montado con tanta sencillez-. Tal vez alguna escena paralela tenga algunos subrayados demasiado evidentes -no creo que se necesite escuchar el eco de una escena anterior para entender que la que estamos viendo a continuación transcurre en paralelo con aquella…-, pero Mestres saca el reto con nota; y eso que la cosa no estaba fácil.

En una función básicamente coral -11 actores,en un elenco verdaderamente entonado y estelar que incluye al propio autor-, cada intérprete se revela multifacético -cantan, bailan, manejan la pelota vasca, dominan el euskera…- y se multiplica en varios roles para dar vida a toda la saga. Nadie desentona y todos están en su lugar; aunque seguramente los mejores momentos se los lleven Victoria Salvador -casi una suerte de Bernarda Alba contemporánea y castradora, salpicada por un hilo de costumbrismo que conviene mucho al personaje-, María Hervás -que ha de hacer frente a un extenso monólogo que es pura emoción-, Francisco Ortiz -en ese alter-ego del autor, y que encuentra el punto justo de intensidad en su interpretación, cuando estaba fácil haberse pasado-, Pepa Pedroche y Sonsoles Benedicto -dos valores siempre seguros, que imponen aquí una vez más su maestría. Puede que esos sean los papeles más agradecidos en una función que es, como digo, esencialmente coral, y en la que todos están en su sitio; por lo tanto es de ley mencionar a todo el reparto, completado por Marcial Álvarez, Iker Lastra, Juan Pastor, Cecilia Solaguren, José Tomé y el propio Borja Ortiz de Gondra, que interviene puntualmente. Todos, como digo, tienen su porción del éxito ganado a pulso.

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En mi función -de sábado por la tarde- el público acabó aclamando al equipo en pie. Y es que Los Gondra, a pesar de que maneja una cronología y un árbol genealógico muy complejos como para dominar por completo con una única visión, se encuentra una historia que parece que podría ser un mero ajuste de cuentas del autor con su pasado; pero sin embargo tiene el acierto de armar algo sólido y complejo, que remueve muchos cimientos de la Historia de nuestro país en general y de Euskadi en particular- para trascender mucho más allá de un mero ejercicio de autoficción. Y vaya si lo hace… Buen teatro.

H. A.

Nota: 4/5

Los Gondra (Una Historia Vasca)”, de Borja Ortiz de Gondra. Con: Francisco Ortiz, María Hervás, Victoria Salvador, Pepa Pedroche, Sonsoles Benedicto, Marcial Álvarez, Iker Lastra, Juan Pastor, José Tomé, Cecilia Solaguren y Borja Ortiz de Gondra. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL / INSTITUTO ETXEPARE

Teatro Valle Inclán (Sala Francisco Nieva), 20 de Enero de 2017

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