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‘Édith Piaf. Taxidermia de un Gorrión’, o cuando la memoria duele

enero 27, 2017

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En tan sólo un par semanas de funciones, ya podemos decir que Édith Piaf. Taxidermia de un Gorrión -que regresa remodelada a Madrid, esta vez a la Margarita Xirgu del Español, tras un fugaz paso por Kubik Fabrik- se ha convertido en uno de los éxitos inesperados de la cartelera madrileña. Entradas agotadas casi cada noche, y aplauso unánime para una propuesta que toma la figura de la cantante Édith Piaf para diseccionarla en algo que no es ni un mero biopic ni un musical; pero que tiene elementos de ambos géneros, sin renunciar por ello a convertirse en un espectáculo de teatro de texto con plena entidad, que es lo que acaba siendo a fin de cuentas. Seguramente ahí esté su gran virtud.

Camile Schültz, una periodista especializada en fotografiar animales, recibe el encargo de entrevistar en su camerino a Édith Piaf, un mito viviente, una diva inalcanzable y la persona a la que todos querrían entrevistar. Todos menos Camile, que se muestra bastante escéptica ante el encargo; y recibe órdenes de apretar las tuercas de la diva para encontrar algo jugoso que dé bombo a la publicación. El encuentro entre ambas mujeres en el camerino de la cantante no puede empezar con peor pie: al carácter altivo de Piaf hay que sumar el desinterés de una Camile que no duda en pararle los pies a la diva a la primera de cambio… Pero con el devenir de la entrevista, el carácter incisivo de Camile conseguirá ir desmontando progresivamente el mito de Piaf, dejando que aflore la mujer dolida, derrumbada y superada por las circunstancias; en una entrevista en la que la cantante se tendrá que enfrentar (in)conscientemente con los fantasmas del pasado que se presentan ante ella. Será así como la figura de la diosa que ilumina las vidas de tantos y tantos se convierta en un ser vulnerable; una mujer perseguida por una memoria plagada de dolor que no la deja descansar, y una mujer tal vez capaz incluso de ganarse la compasión y el cariño de la propia Camile.

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Se apoya la función en un texto de Ozkar Galán, que tiene el acierto de escribir, por encima de todo, teatro. Teatro con una trama bien definida, que sustenta el conflicto y la emoción de sus personajes en la palabra; y que integra las canciones en la trama como mera herramienta de emoción: para entendernos, podríamos decir que esta Piaf canta cuando la emoción no le permite seguir hablando -vean por ejemplo cómo entona “Milord” casi presa de un ataque de locura-. Pero además, el texto de Galán trasciende la mera entrevista, y se sirve de sus personajes para generar nuevas escenas -no sólo meros flashbacks, sino también momentos que transcurren en la memoria o en la imaginación- que benefician el ritmo del espectáculo. Con sólo tres actores en escena, Édith Piaf se verá las caras con Marlene Dietrich, con Marcel Cerdan, con su padre, con su abuela, o incluso consigo misma. Esta estructura no sólo permite varios planos de acción -con alguna imagen de gran fuerza poética-, mediante transiciones espacio-temporales – es cierto que unas mejor traídas que otras, y seguramente algunas se podrán recortar, o directamente suprimir para darle aún más ritmo al conjunto: en este sentido creo que la distribución de la duración de algunas escenas es de las pocas cosas que se podrían revisar, porque hay segmentos más breves (Dietrich) que resultan más interesantes que otros más extensos pero, a mi juicio, de menor interés (la familia)- sino que además ayuda a que Galán pueda jugar con la imaginación, caprichosa como la memoria que juega un papel determinante en esta función. Decía antes que la obra huye del mero biopic -acierto- para escribir lo que en esencia es un texto teatral: aquí caben hechos reales con otros imaginarios, soñados o intuidos, en una salida que ayuda a que el texto gane en interés por ese carácter juguetón en el que se sitúa; y que culmina con un golpe de teatro final bello y oportuno -por cierto, con un diálogo final para el recuerdo- que nos recuerda que el grueso de esta historia está instalado en la memoria -y que la memoria, como tal, puede ser traicionera, o incluso generar recuerdos que nunca sucedieron-. A fin de cuentas, hay que aplaudir en el trabajo de Galán básicamente dos hechos: el de no encorsetarse para construir algo que tiene pulso teatral indudable -esto es, la historia podría ser sobre Piaf o sobre una cantante anónima de características semejantes, y creo que el texto se seguiría sosteniendo pese a todo- y el de jugar con la imaginación, construyendo una ficción sobre una realidad más que una ficción basada en una realidad.

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De levantar este texto se ha encargado la compañía vasca Kulunka -bien conocida por sus espectáculos de máscaras-, demostrando que pueden además armar espectáculos de texto bastante sólidos. La puesta en escena de Fernando Soto -que, en general, me suele gustar más cuando dirige este tipo de propuestas íntimas que cuando firma montajes más grandilocuentes- da en el clavo con muy pocos elementos. He podido comprobar que incluso se ha reducido parte de la escenografía desde su estreno, para dejar el montaje en lo esencial. Y es un acierto, porque así funciona: Soto tiene a su reparto en el punto justo, y mima las transiciones, sugiriendo además ese espacio de la memoria que acabará resultando capital en la pieza -fundamentales las luces de Javier Ruiz de Alegría-, potenciando siempre la poética de la narración: ya he hablado del momento en el que Piaf se derrumba, fuera de sí; pero la escena del (des)encuentro con Marcel Cerdan está planteada con una sensibilidad teatral de altos vuelos; de la misma manera que el golpe del desenlace se lleva a cabo con la requerida suavidad. Así y todo, la parte musical -voz en directo, con cierta amplificación, y música grabada las más de las veces, salvo algunos pasajes en los que interviene un acordeón- todavía es susceptible de mejora: creo que la amplificación no se necesita, menos aún en una sala pequeña como de esta -la actriz canta de forma espléndida-; y que incluso la propuesta se redondearía si la música se ofreciese íntegramente en directo -quién sabe si se podría incorporar a un pianista,, incluso fuera de escena o en un rincón…-.

Resta hablar del elenco, que está, como ya he dicho, en su punto justo. Garbiñe Insausti encuentra en esta Édith Piaf uno de sus mejores trabajos como actriz de texto -estamos acostumbrados a verla trabajando bajo la máscara-, tanto a nivel de composición de personaje -porque sabe sugerir el divismo de la Piaf sin hacerlo ni cómico ni cargante; y porque alcanza gran intensidad en los puntos más dramáticos- como a nivel vocal: en sus interpretaciones de las canciones evita ‘imitar’ a Piaf o sonar verdaderamente como Piaf ; sino que apuesta por enfocar el canto desde la emoción, el canto como una herramienta expresiva que ayude a sugerir los estados internos de Piaf: en una propuesta textual en el que la impresión que queda es la de que Piaf sólo comienza a cantar cuando no encuentra las palabras, este enfoque es un acierto pleno. Frente a ella, como Camile Schültz, está Lola Casamayor, que es un auténtico seguro de vida, una de esas actrices que nunca fallan y cualquiera querría tener en su función: tiene esa capacidad para crear un personaje contundente pero a la vez humano sin querer ser la villana del cuento ni parecerlo y dejando aflorar la sensibilidad de la periodista; además, encara con acierto las diversas mutaciones a las que le obliga el texto -y una de ellas, la familiar, es bastante fastidiada de defender… y ella lo consigue pese a todo-. Podría parecer finalmente que Alberto Huici -que se encarga del editor del periódico como personaje principal- tiene el rol menos agradecido, incluso pese a encararlo con completa solvencia; pero lo cierto es que acaba formando parte de una de las escenas más conseguidas del texto y del montaje -la de Édith con Marcel-, y por tanto merece su porción del pastel del éxito tanto como sus dos compañeras.

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La función -que dura algo más de una hora- se sigue con agrado una vez que comprobamos que aquí hay teatro por encima de cualquier otra cosa. El público recibe al elenco con una salva de aplausos sonora y prolongada. Así pues, en Édith Piaf. Taxidermia de un Gorrión uno encuentra un texto que apuesta por ir más allá de la mera anécdota, en un montaje sencillo pero con sentido del teatro e interpretaciones de alto calado. No es poca cosa, en absoluto: con razón está gustando.

H. A.

Nota: 4/5

Édith Piaf. Taxidermia de un Gorrión”, de Ozkar Galán. Con: Garbiñe Insausti, Lola Casamayor y Alberto Huici. Dirección: Fernando Soto. KULUNKA TEATRO.

Teatro Español (Sala Margarita Xirgu), 19 de Enero de 2017

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