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‘O Conto de Inverno’, o de todo lo universal

enero 25, 2017

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Espectáculo en gallego, portugués y castellano

Fruto de una ambiciosa coproducción gallego-portugesa que implica a algunas de las más prestigiosas instituciones teatrales de ambos lugares llega esta versión de A Winter’s Tale de William Shakespeare -considerada por muchos una de las obras más insondables de entre toda la producción del de Stratford ; algo que para mí tiene mucho de mera leyenda negra urbana- en una revisión del director portugués Marcos Barbosa, que apuesta por universalizar la obra de Shakespeare desde diversos puntos de vista. La versión de Barbosa es pues universal en la lengua -puesto que cada uno de los actores se expresa en la suya propia, y todos llegan a perfecto entendimiento-, en el espacio-tiempo -porque se sirve de un espacio figurativo y estética actual, hasta con un punto de cultura pop-, y en el mensaje -porque la versión es fiel a la palabra shakesperiana, pero sirviéndola con un brillo que denota rabiosa actualidad: estos personajes se expresan en las palabras escritas hace más de 400 años, pero desde hoy, desde el aquí y el ahora-. Estos tres rasgos son las principales señas de identidad de esta curiosa y arriesgada versión que se prolonga por más de dos horas, y que es un homenaje a esa universalidad que está aquí más presente que nunca.

Más allá de esa leyenda negra que tacha esta obra de inabarcable, puede que el mayor reto a la hora de abordar este texto -para mí uno de los más fascinantes de Shakespeare, precisamente por su ambigüedad- sea encontrar el equilibrio entre los dos aspectos que encierra esta obra -que son casi dos obras en una-: el drama de honor, celos, castigo y culpa que envuelve el conflicto entre Leontes, Políxenes y Hermione por un lado -actos I, II y V-; y el ambiente pastoral que encierra la historia de Florizel y Perdita en los actos III y IV-. Más allá incluso de despejar las incógnitas metafóricas que Shakespeare deja en su historia -conscientemente-, nunca es fácil conseguir que una obra formada por dos mitades tan diversas y tan bien diferenciadas se acabe revelando como un todo de continuidad. En la presente versión, sin embargo, Barbosa consigue unir solemnidad y frescura con un ritmo bastante uniforme, haciendo que todo fluya y discurra con una continuidad que consigue el reto de parecer más un único todo que dos partes unidas por las circunstancias.

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Un espacio neutro -tierra seca con algunas sillas y tumbonas, y una gran verja al fondo, tras la cual se esconde una banda de música que toca en directo- muy bien iluminado es lo único con que cuenta Barbosa para narrar la historia. Sus personajes -puede que presos de sí mismos, como simboliza esa verja al fondo, que impide cualquier posible escape- trabajan desde y con la emoción como primer arma; dejando que sean el texto y la palabra los que generen todo el conflicto. Así pues, detrás de esta versión aparentemente desnuda, hay una lectura despojada de artificio, que ayuda al buen resultado final. Los actores dicen el texto desde la verdad -rara vez se ve un Shakespeare tan directo, tan “poco declamado”-, y esta es una baza incuestionable en aquellos pasajes en los que no hay ninguna otra cosa que distraiga del seguimiento del texto. En este sentido, la elección de que varias lenguas convivan en el drama en perfecta armonía es un acierto, porque ayuda a entender que el verdadero conflicto que subyace de esta trama y de estos personajes no es el lingüístico, si no los que nacen de la propia historia. En este contexto de frescura, Barbosa ha conseguido extremar los conflictos respetando a la vez la fuerza de la palabra de Shakespeare: hay rotundidad en la trama palaciega -violencia contenida, pero al tiempo muy expresiva-; y sin embargo también se ha sabido aprovechar el contraste casi retranqueiro con que se expone la trama pastoril: creo que siempre consideré la trama pastoril como el talón de Aquiles de esta obra; y sin embargo esta versión saca oro de algunas escenas entre el Pastor -aquí, oportunamente, Pastora- y Autólico; y no carga las tintas en el aspecto naif que suelen desprender los personajes de Florizel y Perdita, cosa nada fácil a la vista de otras versiones de esta obra. En este sentido del equilibrio -y en lo certero de la exposición del texto de la mayoría del elenco- seguramente estén las mayores virtudes de la idea de Barbosa.

Incorpora Barbosa a su lectura de la obra una banda -Os Náufragos- que subraya, ya sea con canciones originales o con meros efectos de sonido, ciertos aspectos de la obra. Esto obliga a que algunos versos se vean pisados por la música; y por tanto al uso de los micrófonos -ya saben, una moda en el teatro actual- en algunos momentos concretos: aún con los micrófonos -y más en un teatro pequeño como el Salón Teatro compostelano, en el que la amplificación de la banda resultó un punto excesiva-, muchos de esos versos que han de convivir con la música se pierden. Revisar este aspecto en futuros espacios ayudará a redondear la propuesta. Además, siguiendo con ese aspecto de corte pop; Barbosa incorpora de forma ocasional elementos tanto de videocreación -en directo y pregrabados- que subrayan algunos aspectos no sin cierta ironía -de algún modo los más interrogativos, los que dejan obrar al fatum trágico para que se arme la trama: naufragios, casualidades y otros aspectos-. Sin dejar de referirnos al componente de videocreación, hay que señalar que la ubicación y sobre todo el formato de los sobretítulos -proyectados en la propia escenografía y que ofrecen toda la obra subiendo de forma progresiva- incordia bastante si ha de leerse: para quien no conozca la obra o las tres lenguas en las que se ofrece la representación, seguir los subtítulos y el espectáculo a un tiempo se puede convertir en un reto insuperable. Con todo, el mayor hándicap dramatúrgico de la versión de Barbosa puede que sea la peligrosa apuesta de enfoque del quinto acto, que deja en primer término la estatua de Hermione mientras que ubica al resto de los personajes tras la verja, dejando en segundo plano algunos de los más inspirados versos de Shakespeare: es una opción lícita, pero creo que ese riesgo pone en juego algunos de los más brillantes versos de la obra. Pero, a fin de cuentas, creo que la versión que ofrece Barbosa tiene más cosas en el haber que en el debe, sobre todo por esa capacidad de frescura y equilibrio -indispensable siempre en el verso- que se ha logrado en este acercamiento a esta obra siempre compleja.

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En el elenco actoral -en el que las diversas nacionalidades permite que los actores trabajen desde distintas energías, distintas técnicas y diferentes sinergias, que le dan al todo una plurarlidad que se agradece- hay trabajos muy interesantes, comenzando por el intenso Leontes de Ivo Alexandre, que da una verdadera lección de cómo decir Shakespeare: intención siempre cálida, pero nunca pasada de intensidad, midiendo siempre el sentido de cada palabra: es difícil escuchar Shakespeare a este nivel. Puede que en la parte más dramática -la intriga palaciega- casi todos los demás queden unos escalones por debajo de él dentro de la honestidad general; pero es que es complicado rendir a esa altura. Al Políxenes de Xosé Barato se le podría pedir una mejor proyección -alcanzar la misma rotundidad que Alexandre a nivel de caracterización de personaje sencillamente no es fácil-; mientras que la Hermione de Alhelí Guerrero trabaja desde un lugar de intensidad diferente; pero igualmente válido. Por su parte, la Paulina de Anabela Faustino sabe colocar acertadamente algunos de los mejores versos de Shakespeare, consiguiendo un perfil que expone hechos más que ejercer de juez. Es el propio Marcos Barbosa quien interpreta a Camilo; y de alguna manera aparece algo más desdibujado como personaje -el texto titubea alguna que otra vez-: pero no hay que olvidar que ha ejercido además la labor de dirección, y esto puede ser razón más que justificada, máxime cuando la función aún llevaba pocas funciones desde su estreno.

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Así y todo -excepción hecha de Alexandre, lo digo de nuevo, extraordinario- creo que algunos de los mejores trabajos de esta función están en la trama pastoril. La Pastora de Marta Pazos -en el mejor papel que le haya visto- es un acierto de casting brutal: el cambio de sexo del personaje aquí suma -porque, puesto que ha de criar a Perdita, enfatiza el aspecto maternal-; pero además Pazos trabaja en una esfera de retranca que ayuda a colocar cada gag con la ironía justa para meterse al público en el bolsillo merecidamente. Junto a ella, Manuel Fúria -líder de Os Náufragos, el grupo pop que se encarga de la banda sonora de la función en directo- tiene los mejores momentos de la función en ese Autólico canallesco y casi tarantiniano por momentos, incluyendo uno de los números musicales mejor integrados en la trama. De la pareja que forman Florizel y Perdita -dos roles que a mí personalmente se me suelen hacer bastante cargantes en cualquier versión, y en el contexto de la obra misma- hay que señalar sin embargo que Carolina Amaral -que por cierto interpreta un tema en el que recuerda a Cristina Rosesvinge: es un piropo, claro- y Santi Cuquejo logran que los personajes no caigan en ese edulcoramiento que suelen poseer con frecuencia, lo cual dice mucho a favor de ambos como actores.

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Función larga, teatro con buena entrada y público quizá algo descolocado por el mejunje lingüístico que se plantea -es conveniente manejar las tres lenguas, e incluso conocer la obra para poder apreciar la propuesta en toda su extensión-. La versión es sin duda arriesgada; pero acierta al realzar las más de las veces el poder del mensaje de la palabra de Shakespeare desde un entorno contemporáneo. Aunque el quinto acto tal y como está planteado ahora seguramente pierda fuerza -y teniendo en cuenta que el resultado ganará una vez que se revisen los subtítulos y se calibre el contraste entre música y texto-, lo cierto es que el resultado es muy interesante, porque no rehuye los riesgos; pero a la vez deja a Shakespeare como motor universal de la emoción que quiere transmitir. Y debo reconocer que la magia de la universalidad lingüística que tiene este espectáculo -un tema no exento de cierta polémica- es algo que a mí me parece un primer paso para lo que debería de ser un camino a recorrer que puede hacer que ambos teatros -el gallego y el portugués- se nutran y se enriquezcan de forma decisiva.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

O Conto de Inverno”, de William Shakespeare. Con: Ivo Alexandre, Xosé Barato, Anabela Faustino, Alhelí Guerrero, Marcos Barbosa, Santi Cuquejo, Carolina Amaral, Marta Pazos y Manuel Fúria. Dirección: Marcos Barbosa. TEATRO OFICINA / CENTRO DRAMÁTICO GALEGO / TEATRO AVEIRENSE / MOSTRA INTERNACIONAL DE TEATRO DE RIBADAVIA

Salón Teatro, 15 de Enero de 2017

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