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‘Navidad en Casa de los Cupiello’, o Navidad… ¿dulce Navidad?

diciembre 25, 2016

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Recuperar para la cartelera española Navidad en Casa de los Cupiello, uno de los textos más célebres de Eduardo de Fillippo -uno de los autores principales del teatro italiano- es un acierto particularmente oportuno en estas fechas. Primero porque no es una obra que se represente con frecuencia en España; y segundo porque encierra tras el tema navideño toda una crítica y una estampa social ácida muy ligada a un tiempo y a un espacio -el Nápoles de los 30- pero a la vez universal. Es una función que aborda el espíritu navideño -hay mucho- desde una óptica que aboga más por el realismo que por la mera fotografía entrañable. Hay en Navidad en Casa de los Cupiello -como en casi todo Fillippo- una voluntad de plasmar personajes vivos y humanos, con sus virtudes, sus defectos y sus miserias, en una función que tiene mucho de sainete contemporáneo. Y, al fondo de este marco, el pesebre y la cena de Navidad como elementos en torno a los que gira ahora la vida de la familia.

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Vísperas de Nochebuena. Luca Cupiello, el patriarca de la familia, invadido por el espíritu navideño más optimista, se afana con mimo en terminar el Belén para que estas Navidades sean perfectas. Mientras pasa la vida, se queja de lo aprovechado que es su hijo pequeño, Tommasino -protegido por su madre, Concetta, que hace malabarismos para llegar a fin de mes en un entorno de crisis y pobreza- y ha de ver cómo su hermana Paqualina -poco menos que acoplada en casa- tiene constantes rifirrafes con su sobrino. Y aunque el patriarca sólo busca un poco de paz para acabar su Belén, no puede evitar que el clima que reine en la casa sea un caos… Con la llegada de la cena, los problemas aumentarán cuando Ninuccia -otra de las hijas de Lucariello y Concetta- llegue con su matrimonio completamente roto y un amante a cuestas que, por avatares del destino, acabará quedándose a cenar; provocando la ira del marido que, empeñado en que aún se puede salvar la relación, se siente ultrajado al creer que su esposa ha tenido la desfachatez de invitar a su amante a la cena familiar y promete venganza. En este ambiente -y con el patriarca ajeno a gran parte de todas estas problemáticas, absorbido por su espíritu navideño- tendrá lugar la cena de Nochebuena, en la que todo puede saltar por los aires en cualquier momento.

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Sobre esta anécdota, Fillippo traza como digo un trozo de vida realista -muy cercano en esencia al sainete español-; que tiene sin embargo trazos netamente italianos -las anguilas de la cena, la vendetta del marido deshonrado…-. Una historia que, a fin de cuentas, funciona como si metiésemos una cámara en una casa y nos limitásemos a observar… Más aún en una fecha tan señalada como esta en la que transcurre. Es una comedia dramática -porque nos reímos de la miseria de sus personajes-, ácida e irónica en la mejor tradición de Eduardo, que sitúa a estos personajes tan humanos en ese núcleo familiar en el que uno puede decirle a otro la cosa más terrible y más violenta para acabar haciendo las paces a los cinco minutos, porque al fin y al cabo todo queda en familia. Sobre esa premisa -y creo que sobre el deseo que se va generando en todos nosotros de ver cómo esa cena se va al garete…- basa Fillippo las claves de esta comedia que da una revisión al concepto del ‘espíritu navideño’ -o, según se mire, tal vez afronte ese concepto desde su naturaleza más básica y primaria-.

La versión de la obra que firman Aitana Galán y Jesús Gómez Gutiérrez respeta las bases del original -ha cambiado el sexo de un personaje central, ha recortado personajes y ha introducido a una especie de narradora-acotadora con guiños de Commedia dell’Arte-; pero en esencia es la obra perfectamente reconocible. Sin embargo, ha tomado la decisión de traerse la historia a la actualidad, añadiendo un trasfondo de Euros y desahucios que colea ya desde el comienzo de la obra y acaba siendo fundamental para el -renovado- desenlace. Con esto, la historia gana en proximidad para el espectador de hoy; pero a la vez siento que pierde un poco de ese sabor italiano, esa ‘italianitá’ que es básica en las obras de Fillippo. La transición no molesta ni estorba especialmente; pero tengo la sensación de que es más lo que perdemos que lo que ganamos a la hora de acercarnos a la obra: después de todo, la problemática es tan reconocible que se entiende perfectamente enfocada desde las coordenadas originales en que la concibió el autor.

Más compleja -siempre en lo que respecta a la versión- resulta la opción de haber convertido a la familia Cupiello casi en una especie de Torre de Babel: en el reparto congregado -supongo que de forma plenamente consciente- hay actores españoles, italianos, argentinos y chinos; todos hablando en perfecto castellano pero cada uno con su acento correspondiente. Este hecho -que no sé muy bien a qué obedece- descoloca en un principio, aleja decisivamente a la trama de la Italia en que transcurre y por ende universaliza el conflicto -¡y de qué forma!- pero a la vez es uno de los motivos base para que la cosa pierda esa italianitá de la que hablo más arriba y que, a mi juicio, debería tener.

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No es fácil montar esta función -en la que impera la violencia en tono de comedia- en la minúscula Sala de la Princesa. Acorde con los principios de su versión a los que hacía referencia más arriba, Aitana Galán equilibra una escenografía -José Luis Raymond- que podría parecer hasta cierto punto de época con unos figurines -Ana Rodrigo- que llaman más a la actualidad, y que dan pie a que aparezcan desde hipsters hasta una máscara de Commedia dell’Arte en un mismo espectáculo. Interesante la iluminación de Alfonso Pazos. Este ambiente tan variopinto -que tiene su punto álgido en el hecho de que hayan sustituido la figura de la Madonna, fundamental en el ideario italiano creyente como es el de esta familia, por algo que es mejor no desvelar- parece abogar por la descentralización que busca Galán en su puesta en escena, pero acaba por generar una cierta sensación de mejunje que a veces puede llegar a descolocar. La función va bien de ritmo, las transiciones están solucionadas de forma bastante inteligente teniendo en cuenta el espacio -una revisión del recurso metateatral- y la cosa en términos generales fluye. Es cierto que me quedé con la sensación de que los momentos de mayor intensidad -aquellos en los que se discute, se rompen cosas y el caos se adueña de la casa- están un poco pasados de rosca, pero seguramente el hecho de las pequeñísimas dimensiones de la sala ayuden a esta sensación de violencia un punto fuera de control: nunca sucede nada que no deba, pero la sensación de que algo se va a salir de la marcación es frecuente. Creo que relajar un peldaño estas escenas ayudaría a mejorar el resultado; y me sigue faltando sabor italiano en la puesta en escena, en una obra que para mí lo está pidiendo a gritos. Cerraría este párrafo con un pero y un pro: creo que la trama -añadida- del desahucio está excesivamente presente desde el principio; y, sin embargo, que lo último que se escuche en la función sea algo tan netamente napolitano como la Tarantela del Gargano me parece un acierto, como un intento final de recuperar algo de esa italianidad que se perdió por el camino.

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El reparto es bastante sólido, y reúne a todo un conjunto de actores muy variopinto. Cada uno de su padre y de su madre, cada uno con su técnica. Esto quizá le reste algo de unidad al conjunto, pero a la vez aporta frescura y variedad al resultado. Entre actuaciones muy diversas -unas más inspiradas que otras-, sí se puede destacar la rotunda curva que traza Fernando Sansegundo en el patriarca Lucariello, especialmente inspirado en su escena final; el enérgico Nicolino de Mariano Rochman, que tiene muy bien cogida la pose de galán despechado, mitad furioso mitad calzonazos, llevándose algunos de los mejores momentos del montaje en su patética comicidad; la Ninuccia de Huichi Chiu, que acaba tomando un vuelo inesperado e imponiendo su gran capacidad actoral a una dicción a veces aún compleja; o el equilibrio matrimonial que aporta Rosa Savoini a Concetta, la otra cara de la moneda de Sansegundo. El resto del elenco oscila entre la correcta Pasqualina de Gloria Albalate; el Tommasino algo exagerado en sus malas pulgas de Críspulo Cabezas -es complejo decidir si por cuestión actoral o de dirección, pero no se les ha sacado todo el jugo a los enfrentamientos entre ambos-, el cumplidor Vittorio de Daniel Moreno y el encanto italianísimo de la presencia de Maria Filomena Martignetti, en esa suerte de acotadora-narradora que podría haber quedado en nada pero acaba encontrando su sitio por derecho propio.

La función se ve con agrado y el trabajo es muy digno y tiene buenos momentos, sobre todo a partir de la segunda mitad del segundo acto; pero me quedo con la sensación de que la apuesta de la dirección por universalizar y descentralizar la acción no termina de aportar algo que verdaderamente justifique esta decisión, y por momentos impera la sensación de mejunje que le quita al todo el aroma italiano tan importante en las obras del autor y esa unidad que en algunos momentos sería muy de agradecer de cara a redondear el resultado final.

H. A.

Nota: 3 / 5

Navidad en Casa de los Cupiello”, de Eduardo de Fillippo. Con: Fernando Sansegundo, Rosa Savoini, Críspulo Cabezas, Gloria Albalate, Huichi Chiu, Mariano Rochman Daniel Moreno y Maria Filomena Martigneti. Versión: Aitana Galán y Jesús Gómez Gutiérrez. Dirección: Aitana Galán. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL

Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa), 18 de Diciembre de 2016

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