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‘Tartufo’, o una cuestión de equilibrios

diciembre 6, 2016

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Sucede rara vez que uno se pueda encontrar dos versiones de un mismo clásico en apenas un mes. A finales de Octubre di cuenta en este blog de la versión de Tartufo que firma Carles Alfaro para el Centro Dramático Gallego, y ahora Venezia Teatro presenta otra versión de la obra de Molière en Madrid, con dirección de José Gómez-Friha y dramaturgia de Pedro Víllora. Resulta pues casi imposible no confrontar ambas versiones; que curiosamente encuentran diferencias y similitudes a partes iguales a la hora de revisar el título.

Es cierto que Venezia Teatro, con Gómez-Friha al frente, ha alcanzado últimamente sonados éxitos trayendo diversos clásicos al lenguaje más actual -el más reciente Los Desvaríos del Veraneo, que comenté en el blog el pasado año-. En esta versión de Tartufo -que tiene en su cartelería y su reportaje fotográfico toda una declaración de intenciones ya de partida…- hay muchas de las señas de identidad que tenía aquella: una voluntad clara de acercar la obra al público más joven empleando un lenguaje escénico que trate lo clásico desde un tono contemporáneo; la interacción con el público y la inclusión de recursos -la música en directo, los micrófonos…- cada vez más vistos en funciones teatrales. El resultado es una función entretenida, que sin embargo no acaba de alzar el vuelo como algo memorable; creo que porque, a pesar de sus muchas virtudes, no queda del todo redonda, quizás porque la puesta en escena acaba imponiéndose al resto casi como una condición en la que todo lo demás queda a su servicio. Esto es, creo que a Gómez-Friha se le va un poco la mano en el grado de ‘buenrrollismo’ que toda la propuesta pretende transmitir, y la sensación de que falta equilibrar los sentimientos que ocurren en la historia, enfocados siempre desde una óptica bastante disparada.

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Se apoya esta función en una inteligente versión del texto de Pedro Víllora, que no ha dudado en dejar la trama en lo esencial, podando escenas y personajes para que la trama transcurra con fluidez: es un acierto y la poda es inteligente, beneficiando siempre a la narración. Acaso me sobren algunas morcillas reincidentes que buscan la risotada fácil -sobre todo las que salen por boca de Madame de Perneille-. Hay que señalar que -tal y como ocurría en la versión del Centro Dramático Gallego-, Víllora ha revisado absolutamente el planteamiento del desenlace de la historia, obviando cualquier tipo de moraleja y reservando el triunfo absoluto al villano, en una suerte de metáfora de los desahucios tan en boga a día de hoy: la encuentro una solución ingeniosa, y muy probablemente sea la mejor solución posible para entender la historia desde la actualidad; pero no deja de llamarme la atención que ambas propuestas -esta y la de Alfaro para el CDG- tiren por una vía semejante para resolver la situación.

Quien vea el cartel o algunas de las fotos promocionales seguramente se esté viendo venir una versión polémica o subida de tono; y nada más lejos de la realidad: la cartelería crea una expectativa que nunca llega a cumplirse, o al menos no del todo… La puesta en escena de Gómez-Friha se vale de un espacio casi vacío -tan solo algunos elementos de mobiliario- para armar una propuesta en la que un vestuario de época -gran trabajo de Sara Roma- se da la mano con un lenguaje actual, e incluso con mecanismos meteateatrales: los actores reciben la orden de comienzo desde cabina, y constantemente piden la ayuda de la técnico para echar la función adelante. Lo cierto es que en este caso este recurso metateatral no aporta gran cosa, salvo cuando se sirven de él para integrar al público en la acción -seguro que existen otras formas…-. El Tartufo de Friha es más un mero caradura embaucador que un beato -de hecho, la versión pasa por el tema religioso poco menos que de soslayo; y esto de alguna manera es suprimir o dulcificar toda una parte del sentido de la obra, sin mucha necesidad a primera vista…-, en una decisión que resulta clave en todo el desarrollo de la función. Además, la propuesta ha incorporado canciones -Elmira canta por ejemplo “All the things you are” en su falsa escena de seducción a Tartufo-, que aunque no estorban tampoco suman especialmente.

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Puede que lo más destacable del montaje sea esa sensación de premura, de rapidez, que transmite el todo. Encuentro que Gómez-Friha ha pretendido dirigir una comedia alocada, y por ello gran parte de la acción transcurre a velocidad vertiginosa, incluso a veces demasiado: el inicio viene marcado por gritos, y réplicas pisadas que no siempre permiten el correcto seguimiento del texto. Sólo desde la entrada de Tartufo -que es cuando además empiezan a suceder las escenas más íntimas, de menos personajes- la cosa parece relajarse, y la propuesta entra en un tono mucho más interesante que en su primera parte. Esto es, creo que a base de buscar la frescura en el tono se ha perdido parte de la homogeneidad de la puesta en escena: de hecho -debo insistir- son las escenas más relajadas las que mejor funcionan, las que resultan con mayor encanto. A fin de cuentas, la propuesta tiene cierto encanto, pero no termina de ser redonda por recurrir a opciones que ya se han visto en otras puestas en escena -varias de las soluciones de este montaje recuerdan, por ejemplo, a la versión de Las Amistades Peligrosas que firmase Metatarso hace un par de años; aunque allí daban mejor resultado que aquí…- y porque el atolondramiento inicial desequilibra un poco el cómputo global.

El reparto está bien escogido y todos dan lo mejor de sí. Me gustó mucho el Tartufo de Rubén Ochandiano, uno de esos actores con personalidad como para llenar el escenario; y para llenar de sentido a un personaje que podría haberse enfocado desde lo histriónico, pero que sin embargo el actor sabe manejar con mucho encanto. También la Elmira de Marián Aguilera resulta adecuadamente elegante, sobre todo desde que el tono se relaja -y sale muy airosa de su número musical-. El Orgón de Vicente León -que da también vida a Madame de Perneille- tiene la solidez de un actor que siempre destaca; y esta no es la excepción, afrontando con gran convicción todo cuanto hace -y eso que el enfoque de Madame de Perneille es, como poco, discutible-, acertando al acentuar la dignidad de Orgón como un personaje cuyo único error es ser incapaz de ver más allá de sus propias narices; pero eludiendo siempre el camino de la parodia. Y, en fin, Esther Isla arrasa como la lenguaraz criada Dorina, no dejando pasar ni una oportunidad de destacar: toda la primera parte de la obra es suya por derecho propio; y aquí hay una actriz a la que me encantará ver en nuevos trabajos, porque tiene mucho que decir y muestra un potencial brutal. La pareja de enamorados, Mariana y Valerio, –Nüll García e Ignacio Jiménez– queda algo en segundo plano, y es la más perjudicada por el asunto del atolondramiento de la primera parte del que hablaba al principio, seguramente porque los papeles no tengan demasiada entidad tampoco en la versión en sí misma.

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En este Tartufo, el espectador encontrará una versión interesante, con buenas interpretaciones, un buen acercamiento a la obra y algunos momentos de interés; a la que sin embargo le falta un equilibrio de enfoque global, y que seguramente ganaría si se relajasen algunos pasajes. Es una pena, porque los mimbres son buenos pero siento que no termina de resultar una versión redonda. Una curiosidad final: el programa afirma que la función dura 85 minutos, y la que yo vi duró aproximadamente 110… Incluso una curiosidad final: resulta casi imposible encontrar material fotográfico que dé una idea de lo que es esta función -apenas hay fotos de escena…- a pesar de que el reportaje de Ochandiano ligero de ropa -¿para captar público?- es amplio y generoso

H. A.

Nota: 3/5

Tartufo (El Impostor)”, de Molière. Versión: Pedro Víllora. Con: Rubén Ochandiano, Marián Aguilera, Vicente León, Esther Isla, Nüll García e Ignacio Jiménez. Dirección: José Gómez-Friha. VENEZIA TEATRO.

Teatro Fernán-Gómez (Sala Jardiel Poncela), 28 de Noviembre de 2016

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