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‘La Cocina’, o retazos de vida a fuego lento

noviembre 29, 2016

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En el punto de mira de todos -y con todo vendido desde apenas unos días después de su estreno- se encuentra la presente superproducción de La Cocina, de Arnold Wesker -voz fundamental de los llamados angry young men-; sin duda el montaje más complejo que haya presentado el Centro Dramático Nacional en varias temporadas. Un elenco que incluye la friolera de 26 actores -con varios nombres de peso…- y una escenografía compleja que ha obligado a levantar la sala grande del teatro Valle-Inclán, como hacía tiempo que no se veía; para un espectáculo que recupera un texto complejo de 1957, que pretende trazar una panorámica social muy ligada al momento de su estreno a través de un enfoque de corte realista que muestra a una gran masa social enfrentada al día a día en una situación de presión laboral.

Un día completo en la cocina de un restaurante londinense que sirve más de 1000 menús diarios. A lo largo de dos horas y media, el espectador asiste a la progresiva incorporación del personal, a sus relaciones personales -servidas en píldoras y a velocidad de crucero- y a cómo un ambiente de camaradería y tranquilidad se va convirtiendo progresivamente en un infierno de trabajo y sobre-explotación. Se reciben comandas, se cocina, se sirven los menús… mientras el ritmo va en intensidad creciente y las relaciones personales se entremezclan con la locura de un día de trabajo. El entorno multirracial y multicultural de los personajes -tan marcado en el momento político de la época- va formando una barrera -un muro, como dice uno de los personajes en un momento de la representación- insalvable, que resulta decisiva a la hora de armar sus relaciones personales. El racismo, la pobreza, la necesidad de trabajo, las diferencias sociales, el orgullo de raza… y, a fin de cuentas, la miseria de estos personajes que trabajan en lo único a lo que pueden aspirar expuestos a unas jornadas extenuantes y seguramente por unos salarios. En este contexto de desencanto, transcurren una serie de anécdotas personajes -relaciones amorosas, amistad, odio, rencores-, que no son sino retazos que quedan vagamente apuntados por el autor, que plantea un sinfín de perfiles -la actual versión cuenta con 28 personajes, pero el original supera la treintena- para configurar un mosaico social propio de una época. Un entorno desesperanzado en el que no pasa aparentemente nada; pero que a su vez es como una gran olla a presión a punto de estallar.

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No dudo que en el momento de su estreno, La Cocina de Arnold Wesker -un clásico que no conocía y que me parece un texto muy de su tiempo, con todo lo que ello conlleva- causara gran revuelo, tanto a nivel formal -por su complejidad, casi irrepresentable- como a nivel social. Visto hoy, sin embargo, encuentro que es un texto que se puede entender bien -fíjense qué cosas, el Brexit hace que la premisa del odio británico a los foráneos que rige esta obra se vuelva de plena actualidad-; aunque no evita tampoco caer en ciertos tópicos sociales e imágenes preconcebidas que quiero pensar que empiezan a estar superadas por cualquier persona con un poco de sensibilidad y cultura a fecha de hoy, 2016 -y quien no las tenga superadas, seguramente no lo vaya a hacer viendo una obra de teatro…-. Apenas dos o tres historias -la de Peter y Monique, que es central en la función; la de Kevin, por lo simbólica que resulta al ser el recién llegado; y las de Mangolis, Paul y Ramone, por la carga poética y simbólica que conllevan- llegan a tener recorrido. El resto -y son 28 personajes…- son apuntes, retazos, bocetos que sirven para colorear el conjunto aquí y allá. Hay que señalar de nuevo que la revisión del texto -que firma Sergio Peris-Mencheta- ya ha podado el número de personajes; y aún así creo que siguen siendo demasiados porque algunos no tienen peso -un ejemplo claro: hay demasiadas camareras, y algunas son mera comparsa…-. Además, personalmente, reconozco que me pasé gran parte de la función esperando una resolución potente -¿quién sabe si algo de carácter simbólico?- que sin embargo nunca llega.

Todos esto -la presencia de algunos tópicos, la falta de definición de algunas historias y personajes y la falta de un verdadero clímax final- hacen que veamos el texto de Wesker -a menos desde el presente- como una maniobra dramática compleja que supone un reto para cualquier director que quiera levantar un montaje más que como un texto de entidad en sí mismo. En otras palabras, sin que el texto sea malo -es entretenido, pero tengo la sensación de que ha envejecido mal en algunas cuestiones- encuentro que se vuelve casi una excusa para levantar un montaje complejo, ágil y que deslumbre al público. Y, no nos engañemos, el CDN presenta un montaje ciertamente vistoso que es la razón de ser del espectáculo; pero que termina quedando muy por encima del texto. Y aquí llega la pregunta obvia: levantar este espectáculo requiere una grandísima inversión a todos los niveles -seguramente una inversión que sólo un ente público como el CDN se pueda permitir-; para algo condenado no sólo a no girar -porque ya saben que lamentablemente cada vez menos propuestas del CDN giran fuera de Madrid; pero girar esto es tarea imposible por sus dimensiones…- sino también casi condenado a morir después de un puñado de representaciones -porque me parece improbable que se cuadren 26 agendas para una reposición-; ante esta perspectiva ¿merece la pena el esfuerzo? Será algo a lo que cada uno tendrá que responder; pero creo que es una pena que un esfuerzo de este calibre esté destinado a ser visto por tan poca gente…

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No es sencillo dar ritmo y equilibrio a un texto que obliga a jugar con tantos actores a un tiempo, con unos diálogos trepidantes -muchas veces mero bocadillo- y una orfebrería que obliga casi a recurrir a una frenética coreografía. Lo cierto es que Sergio Peris-Mencheta no se amilana ante el reto, y arma un montaje verdaderamente admirable en lo visual, en un espectáculo que no da respiro y nunca cae de ritmo a lo largo de las casi dos horas y media que dura. La compleja escenografía rectangular de Curt Allen Wilmer dispone al público a 4 bandas y deja ante nuestros ojos una completa cocina a tamaño real de corte realista reproducida con todo lujo de detalles, bien secundada por la iluminación de Valentín Álvarez. La caracterización de todos los personajes -fantástico trabajo de Elda Noriega en el vestuario- es espléndida, con los actores muchas veces directamente irreconocibles.

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Ante este complejo panorama, el resultado podría haber sido un caos de auténtica impresión si no se contase con una mano capaz de darle un sentido a todo esto; y sin embargo Perís-Mencheta -que me parece un director extraordinario que siempre deja montajes impecables- demuestra buena mano con los fogones, cocinando su montaje a fuego lento, logrando armar un espectáculo de precisión milimétrica, trepidante y vistoso; en el que hay varias disciplinas perfectamente integradas -el baile, los números musicales…- y en el que sin embargo el público nunca se encuentra abrumado por la marabunta. Hay mil acciones paralelas y distintos hechos transcurriendo a un tiempo en varios planos; pero Peris-Mencheta ha sabido siempre subrayar dónde está lo importante, y no es poca virtud. Asimismo, la sensación de caos que se respira en muchas de las escenas queda perfectamente natural -y a la vez denota que debe estar absolutamente organizado, aunque no lo parezca-. A fin de cuentas, el espectáculo es visualmente deslumbrante -y deja claro que si ha podido levantar esto con esta eficacia, es capaz de dirigir con brillantez cualquier cosa-. Ritmo implacable, organización casi increíble, y coreografías constantes que, o están perfectamente integradas en el conjunto; o directamente no lo parecen. Y todo esto, claro, es un elogio enorme cuando se trata de trabajar con un elenco de 26 actores -se nota la mano de Chevy Muraday- Hay que tener mucha visión, mucha mano, mucha sangre fría y mucha inteligencia para levantar esto; y queda claro que el director madrileño las tiene.

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Dejando de lado el asunto de la microfonía -evidentemente es imposible llevar adelante una función de estas características sin micrófonos, y a veces resultan descompensados, sobre todo según la distancia que tenga cada espectador respecto a algunos actores- muchas de las cuestiones de esta compleja puesta en escena giran en torno al universo de la convención, tan importante en el mundo del teatro. Veamos: hay una cocina, se cocina todo el tiempo de manera frenética… pero no vemos ni un solo alimento en escena; sin embargo, sí percibimos toda una gama de olores de todo lo que se cocina, en un gran efecto de puro teatro que es uno de los mayores aciertos del montaje -por cierto, nadie firma este trabajo con los olores en el programa de mano-. Otra cuestión importante -en la que también entra el universo de la convención- es la de los acentos. En esta obra -que transcurre en Londres- hay personajes ingleses, chipriotas, franceses, italianos, alemanes, irlandeses y griegos conviviendo en armonía. En su montaje, Peris-Mencheta opta por despojar de cualquier tipo de acento a los personajes que se asume que usan el inglés como lengua madre -los locales más Kevin, el irlandés-; y hacer que todo el resto de personajes trabajen en un castellano marcado por distintos acentos: es una decisión compleja -y no siempre lograda, porque los acentos les quedan a unos mejor que a otros; y juegan alguna mala pasada en algún caso concreto…- que creo que no aporta nada si decidimos movernos en el universo de convención. De la misma manera que no aparecen alimentos en escena y asumimos que se está cocinando -vemos una chuleta y un rodaballo donde no los hay-; creo que también se puede asumir la convención de las distintas nacionalidades sin ningún tipo de acento, solo a través del texto mismo -y esto hubiese ayudado a que se luciesen más algunos intérpretes..-. De la misma manera, las ‘cámaras lentas’ -varias- se convierten en una opción discutible, una vez que queda claro que no conducen a un lugar concreto -me pasé buena parte de la función convencido de que conectarían con algún hecho del desenlace, pero no es así…-. Todas estas cuestiones -que muchas veces responden a gustos- no empañan en absoluto el trabajo de orfebrería que ha logrado cuajar Peris-Mencheta con este montaje que deslumbrará a cualquier espectador que lo vea. Hay que ser muy talentoso para levantar algo así.

Ya he dicho más arriba que los personajes son, en líneas generales, meros retazos; con lo cual no hay muchas posibilidades para que el elenco pueda lucirse. Vaya por delante mi aplauso a los 26 intérpretes, que se entregan a una propuesta escénica absolutamente agotadora. No hay espacio para mencionarlos a todos, pero todos se llevan su porción de la tarta. Diría que -salvo un par de excepciones- los papeles masculinos tienen, en mi opinión, más chicha que los femeninos. Entre ellos, los mejores momentos se los llevan Xabier Murua -estupendo en el personaje de mayor recorrido-, Javivi -que alcanza un gran momento de intensidad en su monólogo, muy alejado de cualquier estereotipo que tengan de él-, Mario Tardón -estupendo por presencia y acento en el repostero italiano-, Víctor Duplá -estupendo en su intensidad-, Ricardo Gómez -que hace un trabajo extenso, duro e impecable en un personaje muy alejado de su icónico rol televisivo: aquí hay un actor preparado, y me ha supuesto una sorpresa mayúscula-, Javier Tolosa, Aitor Beltrán y Pepe Lorente -tres actores que no dejan pasar ni una oportunidad de destacar-, Alejo Sauras -muy en su sitio como el novato irlandés-, el siempre carismático Luis Zahera, que se roba la atención en cada aparición en su doblete o la rotundidad de Roberto ÁlvarezPatxi Freytez en sus respectivos roles. Entre ellas, hay que destacar el acierto de cast que resulta Paloma Porcel, el partidazo que le saca Marta Solaz a su número musical en el que por un momento parece una suerte de Ute Lemper patria-, o lo bien que administra sus réplicas Natalia Mateo. Pero ya digo que -con la salvedad de un par de acentos que suenan muy forzados y empañan el resultado global- todos suman para que la cosa llegue a buen puerto, en un montaje que exige un gran esfuerzo de todos, y por eso vaya otra vez a todos mi aplauso.

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Teatro lleno para un espectáculo apabullante por impecable su puesta en escena, que consolida a Peris-Mencheta como un hombre capaz de dirigir cualquier cosa, y que da probada muestra de la entrega de todo el elenco para levantar un espectáculo que es lo más complejo que haya puesto en escena esta institución en años -puede que desde Pelo de Tormenta o La Visita de la Vieja Dama en tiempos de Juan Carlos Pérez de la Fuente-. Me quedo con la sensación de que el texto sirve a la puesta en escena más que la puesta en escena al texto; pero eso no debe hacer que perdamos de vista lo grandioso y lo complejo de esta propuesta que tiene un buen puñado de cosas que admirar, incluso a pesar de que el texto en sí mismo pueda interesar más o menos.

H. A.

Nota: 4 / 5

La Cocina”, de Arnold Wesker. Con: Ricardo Gómez, Paloma Porcel, Javier Tolosa, Ignacio Rengel, Óscar Martínez, Javivi Gil Valle, Mario Tardón, Fátima Baeza, Xenia Reguant, Carmen del Valle, Almudena Cid, Marta Solaz, Natalia Mateo, Diana Palazón, Aitor Beltrán, Pepe Lorente, Silvia Abascal, Patxi Freytez, Romans Suárez-Pazos, Nacho Rubio, Víctor Duplá, Alejo Sauras, Xabier Murua, Roberto Álvarez, Luis Zahera y José Emilio Giménez. Director: Sergio Peris-Mencheta. CENTRO DRAMÁTIICO NACIONAL / BARCO PIRATA / FACYRE

Teatro Valle-Inclán, 25 de Noviembre de 2016

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