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‘Todo el Tiempo del Mundo’, o donde habite el olvido

noviembre 25, 2016

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“Mi tiempo tiembla entre la memoria del pasado y la inquietud del futuro” (Todo el Tiempo del Mundo, Pablo Messiez).

Máxima expectación en el Teatro Palacio Valdés de Avilés para el estreno del último texto del director y dramaturgo argentino Pablo Messiez, que en pocos años se ha ganado por derecho propio un puesto de oro en el teatro contemporáneo de habla hispana. Todo el Tiempo del Mundo es un cuento poético que reflexiona sobre la construcción de la memoria, la necesidad de recordar, el peligro de olvidar y la posibilidad de construir una historia a través de la memoria, tal vez no como la recordamos, sino tal y como nos la han contado; valiéndose de premisas del más puro realismo mágico para armar una historia que araña y acaricia por lo entrañable que resulta, por la belleza de la palabra y por las cuestiones que arroja al aire.

Flores, un zapatero de señoras que regenta su negocio con la ayuda de la dependienta Nené, empieza a recibir cada noche visitas de extrañas personas que conocen detalles de su pasado, de su presente o de lo que le deparará el futuro. En un primer momento, el zapatero le resta importancia al asunto; pero comienza a inquietarse cuando se da cuenta de que la procesión de personas es cada vez más amplia, de que saben algunos datos que ni siquiera él recuerda y de que Nené jamás se cruza con ellos. La dependienta insiste a Flores en que debe, simplemente, descansar; pero el zapatero pronto se dará cuenta de que todo parece formar parte de una extraña paradoja temporal que ni él mismo acierta a explicarse: algo extraño ocurre con el tiempo en esa zapatería… Las progresivas conversaciones con todos los personajes que van desfilando por el establecimiento -un borracho que se resguarda de la lluvia, una mujer embarazada, una pareja de novios vestidos para su enlace y una joven hippie- ayudarán al señor Flores a entender quién fue, quién pudo ser y quién es; y a tomar conciencia de algunos episodios que, misteriosamente, había olvidado. A (re)plantearse cosas. Tal vez sea una oportunidad de saldar cuentas pendientes, tal vez una ocasión de asomarse a su propio abismo; e incluso tal vez para empezar de cero, en una suerte de hipotético renacer.

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A fin de cuentas, esta historia es un cuento de caricia que podría tornarse como un caramelo envenenado. Inicialmente hay en ella muchos aspectos deudores del Cuento de Navidad, de Dickens; pero pronto comprenderemos que Messiez nos quiere llevar por otro lado, en una historia poética y onírica que es, sobre todo, un gran canto al amor -el amor que todo lo salva, el amor de la familia, el amor de los que perdonan-, a la capacidad del amor como antídoto todopoderoso para salvar los recuerdos y al mundo del recuerdo y la necesidad de recordar a través de los nuestros; esos que en algún momento de nuestra vida nos han querido.

Pablo Messiez -que ha inspirado a su protagonista en la figura de su abuelo, sin que esta obra sea ni mucho menos autobiográfica- ha obrado el milagro de construir una historia tierna, cercana y descarnada; de esas que mueven de la risa al nudo en la garganta en un santiamén y que consiguen acariciar las emociones del espectador por lo cercanas que resultan. Seguramente sea su texto más directo, en el sentido de que todos nos entregamos sin remedio a esa extraña paradoja, a las revelaciones y hasta al posible renacimiento de Flores, porque la problemática que toca a estos personajes desde este cuento entrañable con toda seguridad nos toque a todos y cada uno de nosotros, moviéndonos en esferas de lo personal que nos llevarán a lugares muy hondos de nuestro ser. Las relaciones entre los personajes están perfectamente construidas -todos tienen su historia, y todas las historias son cercanas, humanas y perfectamente reconocibles-; y la palabra -como siempre ocurre con Messiez- pero encuentro que aquí especialmente es de una belleza poética que pocas voces pueden alcanzar a día de hoy. Creo que el argentino cuaja aquí uno de sus textos más redondos, por el equilibrio entre belleza del lenguaje, originalidad en el tratamiento del tema y ternura de la historia.

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La historia avanza imparable hacia lo entrañable; y de ahí hacia lo directamente emocionante, dejando un buen ramillete de instantes ante los que es difícil permanecer impasible. Hay mucho amor en Todo el Tiempo del Mundo, y muchos tipos de amor; pero todos esos amores nos acaban acariciando el corazoncito: desde la peculiar relación de esa pareja de novios -marcada por un hecho que es mejor no desvelar…- hasta escuchar la manera en que la historia de la mujer embarazada entronca con la de la joven hippie en la cara de Flores no puede sino estremecer; de la misma manera que el monólogo de Nené a Flores -una de las más bellas declaraciones de amor incondicional que haya visto en bastante tiempo- nos pone inmediatamente un nudo en la garganta. Por no hablar del espectacular momento que Messiez regala al zapatero casi al final de la pieza, en un soliloquio donde el uso del lenguaje se torna capital para expresar el punto de conocimiento al que el zapatero cree haber llegado, casi como en una especie de revelación cósmica: una belleza, redondeada además con un espectacular efecto de iluminación -Paloma Parra- de gran fuerza poética. Sólo una sugerencia: creo que el espectáculo podría y debería terminar directamente ahí, en punta absoluta -no en vano el teatro estalló en ovación en el estreno-; el epílogo que sigue a este monólogo de alguna manera siento que relaja toda la emoción creada hasta ese momento, cuando ya conocemos todo lo importante; además, “Mañana nazco” me parece una frase de una contundencia insuperable como cierre de función.

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La puesta en escena -que dirige el propio Messiez- está cuidada al detalle; tanto en la ambientación de época -la escenografía y sobre todo el vestuario de Elisa Sanz son verdaderamente minuciosos-, como en la administración del silencio -fundamental en una obra donde los personajes se escuchan constantemente los unos a los otros- y en el uso de ciertos detalles de gran belleza estética -Flores en el regazo de la mujer embarazada- y carga poética -atención al simbolismo del uso los zapatos y lo que implica..- que nunca pierden de vista el componente onírico y de cuento que destila toda esta propuesta. Incluso la oportuna selección musical -que nadie firma, así que imagino que corresponderá al propio Messiez- es idónea para llevar esta propuesta al terreno de la delicatessen.

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El reparto además está en estado de gracia, y ternura es la palabra que mejor define al conjunto. Conectar más con unos o con otros seguramente venga más ligado a lo que nos remuevan sus propias historias que a la calidad de todo el reparto en sí, porque todos trabajan desde una verdad y emoción contenidas que son muy de agradecer: aquí no hay lugar para el aspaviento y todo transcurre como una caricia. El zapatero Flores de Íñigo Rodríguez-Claro -un personaje larguísimo sobre el que gira toda la trama- es pura ternura de lo campechano que resulta; por el viaje que emprende desde la incredulidad inicial hasta el progresivo interés, y su estallido liberador del monólogo final: espectacular trabajo de actor. Todos los demás son una especie de cameos recurrentes -todos con su escena, todos con su momento-; y todos dan en la diana. La Nené de María Morales saca oro de una escena bellísima dicha desde una sinceridad que apabulla -aún me estoy desatando el nudo que me hizo en la garganta…-. Duro e intenso trabajo de Carlota Gaviño, que sale airosa con comodidad de un personaje peligroso con una particularidad muy exigente a la hora de expresar sus emociones de la cual no se debe hablar en detalle para evitar spoilers. Le da justa réplica José Juan Rodríguez, siendo su alma y sus palabras; en otro personaje que es mejor que descubran por ustedes mismos viendo la función: ambos están en perfecta simbiosis y arman una hermosura llena de emoción. Me gustó mucho la dulce energía positiva que destila Mikele Urroz en el personaje más joven -¡cuánta verdad en un simple abrazo!-, y tanto Rebeca Hernando -seguramente la más enfática del elenco- como Javier Lara -que tiene la papeleta nada sencilla de hacer quizás el personaje más ‘cómico’ en esta historia tan tierna; rol difícil pero creo que también algo desagradecido por contenido en comparación con los demás- cumplen sobradamente con sus cometidos. Pero encontrar un reparto tan amplio rindiendo a este nivel no es tarea fácil en los escenarios españoles ahora mismo…

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En Todo el Tiempo del Mundo el espectador encontrará un texto realmente hermoso, pellizco de pura emoción, que seguramente hurgue en la memoria de cada uno a través de la memoria de estos personajes tan tiernos, tan humanos y cercanos. Un cuento que arroja preguntas que nos llevamos a casa; y un canto a esa necesidad de amor que todos tenemos. Una obra que conmueve sin remedio, que da qué pensar e invita a buscar esa luz con la que llegar al final del túnel: el texto es casi redondo -me sobra, ya digo, el epílogo-; y las interpretaciones son de alto voltaje.

H. A.

Nota: 4.25 / 5

Todo el Tiempo del Mundo”, de Pablo Messiez. Con: Íñigo Rodríguez-Claro, María Morales, Rebeca Hernando, Carlota Gaviño, José Juan Rodríguez, Mikele Urroz y Javier Lara. Dirección: Pablo Messiez. BUXMAN PRODUCCIONES / KAMIKAZE PRODUCCIONES

Teatro Palacio Valdés (Avilés), 18 de Noviembre de 2016

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