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‘Viejo, Solo y Puto’, o farmacia de guardia

noviembre 22, 2016

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Dentro del ciclo Una Mirada al Mundo, el Centro Dramático Nacional ofreció tres representaciones de Viejo, Solo y Puto, obra escrita y dirigida por el dramaturgo argentino Sergio Boris; una de las nuevas voces más importantes del teatro argentino actual. Un texto a medio camino entre el teatro social y el retrato realista, que pinta retazos de una sociedad triste, oscura y sin demasiadas salidas. Un teatro de fotografía, de cuadro; de esos que sugieren un análisis de una sociedad en un momento concreto. Un teatro que apunta, que sugiere, que insinúa, que aborda sin temor temas espinosos y polémicos; pero en el que la acción se vuelve superflua, y la psicología de los personajes termina siendo una mera excusa, en favor de retratar un momento -pero solo eso, un momento- de corte más realista: aquí no importa lo que pasa, sino el retrato social que se sugiere. Y, tal vez, en esa falta absoluta de acción radique uno de los mayores peros de un espectáculo en el que las interpretaciones son excepcionales, pero que termina volviéndose algo tedioso en contenido, debido a la falta de crescendo dramático, e incluso a lo básico de la psicología de algunos personajes.

Un sábado por la noche en una farmacia argentina. Mientras el patriarca se encuentra apostando al poker en algún cercano, se encuentran en la farmacia los dos hermanos: Evaristo, que siempre se ha encargado del negocio con su padre; y Daniel, que regresa recién licenciado para unirse al negocio familiar. Pero esa noche aparecerán también por la farmacia dos travestis que hacen la calle y vienen a hormonarse -y que mantienen una relación evidente de sumisión con uno de los hermanos…- y un visitador médico. Esta reunión parece que va a ser momentánea, porque hay un plan para ir a bailar a una discoteca, El Mágico; pero esa salida nunca se produce, y los cinco personajes habrán de convivir esa noche en la farmacia, como si el tiempo se detuviese durante una hora en el que se palpan la tensión, el desencanto y la falta de oportunidades. Personajes perdedores que, lejos de apoyarse los unos a los otros, prefieren hundirse en una rutina que les golpea sin remedio alguno; en un entorno en el que no parece que mañana vaya a ser más fácil que hoy bajo ningún concepto y en el que las expectativas de mejora son prácticamente nulas.

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Boris ahonda en la miseria de sus personajes -el hermano chulo de putas, el hermano apocado, los travestis peleando por la dignidad en su lucha por la supervivencia…-; y crea una tensión muy interesante en escena. Pero, sin embargo, plantea toda la trama y las relaciones en apenas unos minutos, y genera tal vez una expectativa que nunca llega a dilucidarse, porque no hay ni una progresión argumental, ni un final en punta. Ocurre, claro, en otras obras de lo cotidiano -y a pesar de jugar con estos personajes extremos, esta lo es-; pero en esas los personajes tienen una caracterización psicológica que aquí falta. Porque en su afán por insinuar, por solamente sugerir; pareciera que Sergio Boris nunca termina de profundizar en unos personajes que aparecen con un trazo muy interesante, pero que finalmente no escapan del lugar común: los travestis, por ejemplo, no terminan de resultar creíbles por cómo están escritos, tirando mucho del prototipo en un momento en el que ya se nos ha demostrado que se puede construir este tipo de personajes desde la humanidad -comparen estos personajes con el travesti que interpreta Asier Etxeandia en la película La Puerta Abierta, de este mismo año, y entenderán a qué me estoy refiriendo…-. La premisa es muy prometedora y Boris acierta al crear una temperatura que genera expectativa; pero al ver que la acción no avanza la hora y veinte que dura el espectáculo termina por eternizarse y el interés se va disipando de forma progresiva, porque pronto entendemos que no va a haber ningún estallido -incluso a pesar de un conato de grand finale que al final no se materializa-.

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Si algo hace mantener la atención de este espectáculo con un texto que se va deshinchando tras ese arranque prometedor, es la excepcional actuación de los cinco actores, que interpretan con hondo realismo. Los mejores son los dos hermanos de Federico Liss y Daniel Rubenstein, en dos personajes igual de perdedores que sin embargo están enfocados desde dos puntos dispares de la miseria del ser humano; y que trazan muy bien el contraste existente entre ambos. Los travestis de Patricio Aramburu y Marcelo Ferrari salen airosos de personajes que no escapan de ciertos clichés en su construcción; pero al menos consiguen dotarlos de una energía emocional que se agradece mucho. Y el visitador médico de Darío Guenservaig asume con diplomacia el papel del que se introduce en el microcosmos de la farmacia casi accidentalmente, y ya no sabe cómo salir de ahí en esa especie de mundo que se detiene. Las interpretaciones de los cinco son minuciosas, atentas al detalle, marcadas por un crescendo emocional que denota una dirección -del propio autor- indudablemente muy bien entonada. Como ya he dicho antes, Boris y sus actores consiguen en este montaje generar una temperatura que da interés al espectáculo; porque la intensidad que el texto no termina de encontrar sí que aparece en el trabajo excelente de los actores, que alcanzan momentos de una intensidad verdaderamente fascinante.

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En fin, el público -dividido en la tarde del domingo entre los vítores y la fría indiferencia- asistió a una función que parte de premisas interesantes y que tiene interpretaciones y dirección de altos vuelos; pero en la que el texto -que insiste en sugerir demasiadas veces y no acaba mostrando nada de verdadero peso- no brilla a la misma altura, por su falta de acción y por los lugares comunes desde los que están escritos los perfiles de algunos personajes. Las interpretaciones y la puesta en escena, sin embargo, de diez: pena que el texto en sí mismo pierda interés de manera progresiva e imparable apenas a los quince minutos de empezar. Si a estas interpretaciones y este montaje estupendo se hubiese añadido un texto de mayor calado, la cosa sería mucho -pero mucho…- más interesante.

H. A.

Nota: 2.75 / 5

Viejo, Solo y Puto”, de Sergio Boris. Con: Patricio Aramburu, Marcelo Ferrari, Darío Guersenzvaig, Federico Liss y David Rubinstein. Dirección: Sergio Boris. MAXIME SEUGÉ / JONATHAN ZACK.

Teatro Valle-Inclán (Sala Francico Nieva), 13 de Noviembre de 2016

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