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‘Proyecto Homero (I): ‘Ilíada’, o disparar la imaginación

noviembre 16, 2016

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Varias temporadas lleva ya La Joven Compañía siendo una hermosa realidad que da cabida a jóvenes actores debidamente formados de entre 18 y 26 años, constituidos como compañía profesional -es importante remarcar esto: no se trata de una escuela ni de un centro de formación ni nada por el estilo- y presentando más o menos cuatro espectáculos por temporada, tanto en Madrid -tienen su sede en Conde Duque- como en gira por España. En estos años han acometido proyectos ambiciosos –El Señor de las Moscas, Fuente Ovejuna, el estreno en España de Punk Rock de Simon Stephens con la presencia del autor en un coloquio, o una versión libre de Romeo y Julieta ambientada en un reality show casposo al más puro estilo Gandía Shore que llevó por título Hey Boy, Hey Girl!– siempre con éxito. Por unas cosas o por otras nunca había visto un montaje suyo hasta ahora que he alcanzado a ver el que seguramente sea su proyecto más complejo hasta la fecha por su envergadura: Proyecto Homero, que incluye sendas versiones de la Ilíada -revisada por Guillem Clua- y la Odisea -revisada por Alberto Conejero-, que se pueden ver por separado o en una sesión continua -los sábados- superando entre ambas las cuatro horas de duración. Después de perdérmela en su estreno el pasado abril, la he recuperado en esta primera reposición. Elegí la opción del doblete y tanto esta entrada -que se ocupará de la Ilíada– como la siguiente -que tratará sobre la Odisea– corresponden a las funciones del pasado sábado 12 de Noviembre.

Lo primero que hay que destacar de este trabajo es la sensación de haberse encontrado con un producto completamente profesional, serio y trabajado a conciencia. Lo digo una vez más a riesgo de repetirme, pero me parece un detalle de capital importancia: aquí no hay una función de escuela ni nada parecido, aquí hay teatro de calidad con actores que podrían estar en cualquier montaje sin desmerecer en absoluto -y en algún caso incluso destacando-. Súmenle a eso lo ambicioso que resulta encargarse del ciclo homérico -con todas las complejidades de extensión y montaje que supone-, y conseguir funciones que no sobrepasen las dos horas cada una -sin irnos muy atrás, recordemos que hace escasamente dos años se presentó en el CDN una Ilíada en griego que sobrepasaba ampliamente las cuatro horas, que es lo que aquí duran los dos montajes-; y ricen el rizo con esta atractiva posibilidad del doblete. No me dirán que no es una opción de lo más atractiva. Pues además de eso, el asunto les sale bien; y uno sale del teatro con la sensación de haber visto una representación de calidad. Es cierto que en un cómputo global Ilíada resulta mucho más redonda que Odisea -pero creo que esto es una cuestión de que la versión del texto de Ilíada es menos ambiciosa y en principio hasta menos ‘teatral’ en la forma, pero sin embargo está más conseguida, y eso se traduce también en los resultados de la puesta en escena; porque lo cierto es que la energía poderosa de todo el reparto nunca decae a pesar de las cuatro horas de función-; y que quizá se note demasiado que hay dos adaptadores distintos y esto le robe algo de cohesión al Proyecto Homero -porque cada obra está abordada desde un tono y un lugar muy distintos, y ese seguramente sea el mayor hándicap del proyecto global-; pero la valoración global de ambos espectáculos es francamente notable tanto por lo ambicioso del proyecto como los estupendos resultados -que superan desde luego cualquier expectativa que pudiese tener-. Una vez hechas estas consideraciones previas -que sirven para evaluar el Proyecto Homero en su totalidad- paso a comentar exclusivamente la Ilíada. La Odisea llegará en la próxima entrada.

***

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Un giratorio central, una grada al fondo, picas y una pantalla en la que se proyectan algunas imágenes sirven como únicos elementos escénicos para llevar adelante una representación que se apoya en una estupenda versión de Guillem Clua. La versión del texto es una de las bazas de la función, tanto por su particularidad formal como por lo bien asimilado que está ese estilo narrativo en la puesta en escena. En poco menos de dos horas, Clua ha sabido condensar la historia con una prosa que puede parecer por momentos excesivamente descriptiva -se nos cuenta lo que ocurre, aunque no siempre lo vemos directamente, y puede que esta sea la mayor particularidad del acercamiento de Clua a la obra-; pero que va al grano avanza con paso firme hacia el desenlace y -sobre todo- ofrece su momento de lucimiento personal casi a cada personaje, por pequeño que este sea, generalmente en forma de monólogos. Teniendo en cuenta que la labor de condensación de la historia era tarea difícil, hay que reconocer que Clua ha encontrado soluciones inteligentes. No renuncia tampoco a integrar acotaciones dichas al público desde el presente -entiendo que por los actores más que por los personajes-, que encajan una especie de valoración de los hechos de la obra de Homero mientras la historia avanza. Hay también algunos juicios sobre los personajes que se pueden compartir más o menos; y decisiones que directamente son más de Clua que de Homero -aquí Aquiles y Patroclo mantienen una relación de convivencia y sexo que está admitida abiertamente incluso de palabra: ¿rigor o mera provocación? Será cada espectador quien decida-. Por otro lado, siento que a la hora de resumir, Clua pasa de puntillas por algunos de los episodios que pueden resultar más conocidos para el gran público -el triángulo Helena-Paris-Menelao es bastante secundario en comparación al notable peso que adquieren por ejemplo los personajes de Aquiles, Patroclo y Héctor- en favor de las escenas previas a la guerra o la guerra en sí misma, que ocupa mucho más espacio en el metraje; pero también esto es comprensible porque había que condensar el asunto. En definitiva, la historia se sigue con ritmo y sin plantear dudas; y esa particular escritura tan descriptiva de la que hablo un poco más arriba -que podría haberse convertido en un problema para la puesta en escena- encuentra sin embargo buena correspondencia en una puesta en escena que ha sabido trasladar el particular discurso de Clua a las tablas: la versión, en líneas generales, funciona.

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La puesta en escena de José Luis Arellano se apoya en una sencilla escenografía de Silvia de Marta, formada por un giratorio central y una grada al fondo, en la que se agrupan los personajes que aguardan para entrar en escena, ejercen de coro u observan los hechos desde la distancia sin poder influir sobre ellos. Es en el giratorio -en primer plano de la escena, y del que por cierto no se abusa a la hora de hacerlo girar: me suelen molestar los giratorios, y en este caso a veces hasta me aportó- donde ocurren los hechos principales, ya sean las escenas de acción o los monólogos de mayor peso. A pesar de contar con un elenco muy copioso, Arellano siempre focaliza la acción en los personajes que centran cada escena, renunciando -salvo en un par de momentos- a añadir figuración gratuita, un acierto de contención al que es difícil resistirse siendo director: pero haber puesto figuración porque sí no habría aportado nada. Algunos personajes están obligados a hablar desde lo alto de la grada -esto es, desde el fondo del escenario-, lo que podría suponer una seria dificultad para la proyección de las voces de los actores, al menos a simple vista: afortunadamente, no parece que este elenco tenga dificultad alguna con el tema de la proyección, y por tanto esta opción no se vuelve nunca un problema. Hay que añadir también en el apartado de los aciertos el haber sabido trazar puentes entre esta Ilíada y la Odisea que está por venir -Penélope, que interviene sin texto, pasa parte de esta obra tejiendo, esperando por Ulises, en una solución que me parece un hallazgo-; puentes que seguro se captarán mejor si se ven las funciones con continuidad, como en este caso, que si se ven por separado.

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La iluminación de Juanjo Llorens aporta algún instante de sugestiva belleza. Por otro lado, la videocreación de Álvaro Luna -que suele basarse en proyecciones en blanco y negro de los personajes que hablan- solo algunas veces aporta; otras parece un mero complemento de adorno o, directamente, distrae del actor. Bastante variopinto -en algunos casos hasta puede que demasiado- el vestuario de Silvia de Marta, de corte en principio bastante atemporal tirando a contemporáneo; y muy bien planteada toda la selección musical -tanto la música nueva como el acierto de emplear a Edith Piaf para evocar según qué historias de amor-.

Párrafo aparte merecen las coreografías de Andoni Larrabeiti, que son lo mejor del montaje. Tienen muchísimo peso a todos los niveles en la propuesta, y sirven como anillo al dedo a esa estructura tan descriptiva que tiene el texto de la versión de Clua. Las escenas de lucha y de guerra -que muchas veces están narradas- aparecen resueltas mediante coreografías con una economía de medios que dispara la imaginación del espectador; y por tanto son teatro puro. Ese disparar la imaginación -somos perfectamente capaces de completar todo aquello que no se ve o sólo se sugiere- es una de las claves que hacen de esta versión una estupenda apuesta estética, que muestra que a veces se puede resolver mucho con muy poco. Hay elegancia, están perfectamente medidas y ni siquiera a cámara lenta parecen meras coreografías. No debe ser fácil ni idearlas, ni encajarlas ni mucho menos ejecutarlas para los actores; y sin embargo acaban resultando de una belleza cautivadora que -al menos en mi caso- consiguen el fenómeno de proyectarme una imagen mental paralela a lo que se ve en escena que amplifique y complete todo lo que no se ve. No es poco elogio; y menos considerando que todas estas escenas son pura coreografía sin apenas elementos. En fin, una belleza y un acierto pleno.

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En otro orden de cosas, hay mucho que decir sobre el amplísimo elenco -quince actores, que además repiten en la función siguiente-. Al margen de que todos escapen de la mera etiqueta de ‘reparto joven’ para consolidarse como actores bien preparados para cualquier reto, lo primero es que, siendo un reparto joven, todos proyectan y vocalizan sin problema alguno -y esto, que podría parecer una obviedad desgraciadamente no lo es…-; y eso deja mucho trabajo hecho. Además, todos trabajan con una convicción, una entrega y una energía absolutamente contagiosas que son muy de agradecer y que rara vez aparece en un elenco tan amplio. Es cierto que puede que ese derroche de energía general juegue alguna mala pasada -al comienzo de la función todos están disparados durante aproximadamente diez minutos; pero por fortuna se relajan con el paso del tiempo-, aunque finalmente esa energía y esa entrega se acaban volviendo más una baza -impagable en las escenas de lucha- que un defecto. Puede, eso sí -y esto quizá sea una cuestión de dirección-, que relajar el tono de algunas escenas -sobre todo hacia el comienzo- ayude a mejorar la temperatura global de la función.

Como ya he dicho algo más arriba, aquí todos encuentran su momento y todos rinden a buen nivel sin que nadie desmerezca. Imposible mencionarlos a todos sin que esta crítica se vuelva interminable; pero no se puede negar que la Helena de Troya de María Romero deja en su monólogo unos minutos de actuación de primerísimo nivel. Destaca por formas, intención y por la sinceridad serena de su discurso -me recordó a Eva Rufo, nada menos…- consiguiendo que no podamos apartar la vista de ella: aquí hay una actriz como la copa de un pino de la que deberíamos oír hablar mucho y bueno en el futuro, y es sin duda lo mejor de la noche; aunque no lo único francamente bueno ni mucho menos. También la pareja formada por Aquiles (Álvaro Quintanilla) y Patroclo (Jesús Laví, que sustituye a un compañero por ausencia y también encuentra un momento de gran intensidad en su monólogo en el que se debate entre el amor y el poder) se entrega a fondo en defender algunos de los momentos más complejos del montaje, en otro ejemplo de entrega que denota en ellos a actores de gran calibre. En roles de menor calibre pero con momentos muy remarcables, no dejan pasar ni una oportunidad de destacar ni el Héctor de Alejandro Chaparro -muy bien de carácter y presencia- ni la Casandra de Cristina Gallego -estupenda en sus visiones alucinadas, aunque dado que ya existe otra actriz que se llama igual que ella le aconsejo revisar su nombre artístico ahora que está a tiempo…- ni la Andrómaca de Katia Borlado, llena de personalidad y empaque en su enfrentamiento con Héctor para evitar el fatal desenlace. Todo el resto del elenco cumple con esa entrega contagiosa -y muchos de ellos encuentran mejor posibilidad de lucirse en la Odisea-.

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En resumen, esta Ilíada acaba resultando una gran experiencia de teatro, por el rigor de esta compañía joven pero ya madura a la hora de levantar esta propuesta, por la entrega y la energía que desprende todo el elenco, y por la habilidad de Arellano a la hora de casar su puesta  con la versión, demostrando que se puede disparar la imaginación con muy pocos elementos -y en ese juego está gran parte de la magia del teatro-, y aportando momentos de hermosa plasticidad. La Odisea que sigue -de la que hablaré en el próximo post- está construida sobre una estructura textual más compleja aunque también creo que más teatral en esencia; y sin embargo, siento que esta Ilíada -que acaba luciendo mucho más como espectáculo en términos globales- es la joya de este programa doble por todas las dificultades que ha sabido salvar con plenas garantías.

H. A.

Nota: 4/5

Proyecto Homero: La Ilíada”, de Homero. Versión libre de Guillem Clua. Con: Jesús Lavi, Katia Borlado, Alejandro Chaparro, Juan Frendsa, Víctor de la Fuente, Cristina Gallego, Jota Haya, Samy Khalil, Juan Carlos Pertusa, Álvaro Quintana, María Romero, Álex Villazán, Cristina Bertol y Carmen Ibeas. Dirección: José Luis Arellano. LA JOVEN COMPAÑÍA.

Conde Duque, 12 de Noviembre de 2016 (18 horas)

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