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‘Premios y Castigos’, o ayer nos salió muy bien

noviembre 15, 2016

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Se exhibe estos días en el Teatro de la Abadía Premios y Castigos, un proyecto de colaboración de la compañía catalana T de Teatre y el director argentino Ciro Zorzoli, que constituye un sorprendente montaje que revisa en clave de alocada comedia con tintes de absurdo conceptos como la técnica teatral, los tics, la gestualidad barroca; e incluso los estamentos de poder tiránico, los egos y los divismos que se establecen y pueden aparecer durante los ensayos de una compañía teatral; tratados en clave cómica.

Un espacio central neutro en blanco y casi vacío, con extremos verdes que agrupan diversos y curiosos elementos, aparentemente de atrezzo. La compañía -toda una troupe con unas pintas de otro tiempo que no pueden con ellas y que generan la carcajada solo con entrar al escenario…- se presenta en escena; y uno de los actores, a modo de maestro de ceremonias que acabará comportándose casi como el domador de fieras de un circo, nos explica que a diario realizan sesiones intensivas de práctica actoral buscando perfeccionar su técnica para alcanzar el virtuosismo absoluto y que la sesión de hoy será abierta al público. Desde este punto, se suceden de forma frenética ejercicios aparentemente ridículos en los que los actores deben simular cómo se bebe con una taza, cómo se representan animales en escena, cómo se muere, cómo se simula una pelea, cómo se cose y toda una pléyade de pequeñas situaciones que los actores repiten una y otra vez, de forma casi enfermiza y buscando alcanzar la perfección con una tensión que se torna casi angustiosa -e hilarante para nosotros los que observamos-. Entre ejercicio y ejercicio vamos asistiendo a pequeñas confesiones que dibujar a los personajes: toda una galería de prototipos de la actuación en forma de pequeños egos que parecen trabajar en conjunto pero que pelean por tenerla más grande que sus compañeros -el galán trasnochado, la primera actriz diva, la eterna segundona apocada…-. Y no sucede nada, y aparentemente el espectador asiste durante algo más de una hora a todo un festival de parodia que pone patas arriba toda esa gestualidad teatral tan propia de una época -esa gestualidad barroquista, casi operística, exacerbada y de otros tiempos- en algo que es a la vez comedia farsesca, ejercicio actoral y homenaje al teatro. Después de varias prácticas, el espectáculo culmina con una abreviada -y por supuesto hilarante por lo problemática que se vuelve- versión de Barranca Abajo, pieza teatral uruguaya escrita en 1905 por Florencio Sánchez. Para finalizar, una de las actrices culmina el delirio con una hilarante reflexión sobre el concepto de ensayo y el metateatro. Ante las carcajadas del respetable, otra actriz afirma convencida: “ayer nos salió muy bien”, subrayando esa máxima del mundo del teatro que afirma que jamás hay dos funciones iguales.

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No es fácil explicar esta función si no se ve; y es complejo decidir el nivel de lectura en el que debemos entenderla. No hay una trama propiamente dicha, y sin embargo se intuyen muchas cosas que jamás se dicen y que no se llegan a aclarar. Pero lo importante es que la propuesta resulta fascinante tanto por lo original de la idea como por la perfección en la ejecución. A primera vista, parece una parodia, un complejo y medido ejercicio de clown en torno a una forma de hacer teatro cada vez más pasada, quizás un mero ejercicio de virtuosismo interpretativo metateatral. Pero la cosa no se queda ahí, ni mucho menos: a nada que uno rasque un poco, verá que esto es algo más complejo. Aquí se establecen interesantes luchas internas de poder y de egos entre personajes, y detrás de la comedia se vislumbra una especie de poética de la tiranía teatral. De hecho ¿quién es esa chica que aguarda en un rincón vestida de blanco y con cara de amargura? ¿por qué la compañía ensaya con esa tensión casi enfermiza, casi con miedo a fallar? ¿por qué algunos actores alcanzan momentos de perfección ‘seria’ que son cortados por sus compañeros de cuajo, como si la cosa no pudiese salirse de ese desmadre que es? Preguntas que -más allá de la comedia que lo inunda todo, y que surge de manera inevitable- aparecen casi como una amenaza entre tanta risotada.

Ciro Zorzoli ha creado una dramaturgia genial, porque hace mucho con muy poco, y porque consigue que estemos siempre con cuanto pasa en el escenario a pesar de que la acción sea la justita: se me suelen hacer pesadas las funciones que tiran del metateatro, pero reconozco que en este juego entré de inmediato por cómo administra la genial parodia. Además, crea una ambigüedad en el ambiente muy de agradecer que acaba siendo una de las cosas más interesantes de la propuesta más allá de la comedia misma. Los niveles cómicos se sitúan tan arriba en toda esta serie de prácticas que quizá sienta que la ‘segunda parte’ de la función -las escenas de Barranca Abajo– decaiga un poco, sencillamente porque no conocemos el original para poder apreciar la parodia en toda su magnitud: ¿por qué no haber optado por La Malquerida -que tengo la sensación de que es una obra bastante semejante a la aquí escogida- o incluso Terra Baixa, algo más cercano al público español?

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La puesta en escena que firma también el argentino se basa en un espacio prácticamente vacío en blancos -que subraya no obstante esa duda al plantear los dos extremos en verde con elementos que nos pueden hacer pensar que esto es algo más que un mero ensayo de teatro…- y acierta al imprimir a su dirección escénica un ritmo frenético que potencia la comedia; pero sin embargo consigue que no perdamos de vista la oscuridad que podría esconder -¿esconder?- todo este asunto. No hay un segundo de respiro, y a veces es imposible apreciar todo lo que sucede en el escenario porque hay muchas acciones simultáneas; pero a la vez se ha tomado la comedia y la astracanada muy en serio, y esa es una de las claves para que nos tronchemos de risa: la cosa está en su punto justo para no pasarse -porque la cosa se hubiese quedado en una payasada- ni quedarse corto -en cuyo caso no hubiese tenido la menor gracia-; y créanme que encontrar el punto justo en una función como esta no es en absoluto fácil. Me sobran absolutamente los micrófonos -ya hacía un tiempo que no veía una función que incorporase micrófonos a la escenografía, cosa cada vez más en boga, y esta última semana me los he encontrado un par de veces…-: en este caso concreto creo que no aportan nada a la dramaturgia. Entre el minimalismo de la puesta en escena, es casi obligado destacar el vistoso y adecuado vestuario de Alejandro Andújar.

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Los nueve actores -son Mamen Duch, Jordi Oriol, Marta Pérez, Carme Pla, Albert Ribalta, Jordi Rico, Ágata Roca, Marc Rodríguez y Carolina Morro– están inspiradísimos en un tremendo trabajo de equipo a la hora de personificar tanto las parodias como los prototipos de los que se hacen cargo. Son unos cómicos como la copa de un pino, unos payasos en el mejor sentido de la palabra, que se mueven con la misma comodidad en el gesto desaforado que en la parodia aplicada al detalle tanto en lo físico como en el decir; y además se revelan como estupendos actores dramáticos en los -pocos- retazos de seriedad que el montaje les permite; en esos instantes de lucidez que se cortan de raíz como si ponerse serios estuviese prohibido. Hay muchos momentos para el recuerdo: la primera actriz explicando la relación entre su físico y los roles que puede interpretar; la desesperación de ese actor que se siente absolutamente incapaz de hacer de pobre; las indicaciones del ‘maestro de ceremonias’ a los actores de la compañía o el hilarante monólogo final en el que una actriz reflexiona sobre el metateatro son sólo algunos de los más hilarantes en un montaje en que todos trabajan en grupo; pero a la vez todos encuentran su momento de lucimiento individual; incluso la enigmática Muleta, que observa todo en un rincón con gesto de estar bastante amargada y ejerce como servidora de escena, manteniéndonos siempre instalados en esa duda razonable jamás resuelta que rige esta función: ¿qué hay detrás? ¿quién es ella? En cualquier caso, el conjunto actoral es de muchos quilates y se deja el alma para que disfrutemos: seguramente la cosa esté coreografiada al dedillo -de otra manera sería imposible llevarla adelante-; pero lo importante es que en ningún momento lo parece.

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Cualquier persona con unos mínimos de sentido del humor le verá su gracia a este asunto -que tiene elementos del clown, del absurdo, de la astracanada…-; pero sin duda será buen aficionado al teatro el que disfrutará más que nadie si domina todos los códigos que se están parodiando y capta exactamente de qué nos estamos riendo -porque toda esa gestualidad y esa manera de hacer las cosas ha existido, y en algunos casos incluso existe todavía…-: intuyo que ese público más teatrero entrará en la parodia de una forma más profunda. En otras palabras: puede que este sea un montaje muy dirigido a público y personal de teatro… Ahora bien, si se entra en el juego se va a disfrutar de una propuesta original en su idea y su forma, divertida e interpretada de forma impecable. Tal vez le falte ese centímetro que la acerque a todos los públicos; y emplear un material más ‘patrio’ para la parodia -Casona, Benavente, Galdós, Guimerá: cabrían tantos y tantos-; pero me parece un divertimento espléndido y una función indispensable para el público de teatro y trabajadores del mundo del teatro. Un más que notable trabajo que, a mí personalmente, me resultó divertidísimo.

H. A.

Nota: 4/5

Premios y Castigos”, dramaturgia de Ciro Zorzoli. Con: Mamen Duch, Carolina Morro, Jordi Oriol, Marta Pérez, Carme Pla, Albert Ribalta, Jordi Rico, Ágata Roca y Marc Rodríguez. Dirección: Ciro Zorzoli. T DE TEATRE.

Teatro de la Abadía, 11 de Noviembre de 2016

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2 comentarios leave one →
  1. Pablo R. Fernandez permalink
    noviembre 15, 2016 16:53

    Hola! Vicky y yo estuvimos viendo la estupidez, de Perea y Toni Acosta el viernes…

    La viste? Te gustó?

    Bicos

    Enviado desde mi iPad

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