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‘Nuestra Señora de las Nubes’, o que el realismo mágico fluya

octubre 26, 2016

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Nuestra Señora de las Nubes es seguramente la pieza más recordada y representada de Arístides Vargas (Argentina, 1954). Una obra que se monta con frecuencia -hace unos años di cuenta de una espléndida versión de la Compañía El Óbalo, y actualmente Teatro do Morcego acaba de estrenar la versión en gallego; al mismo tiempo que la Compañía La Escotilla presenta su versión en la sala Labruc, a la que hace referencia esta reseña- y que parte de las premisas del realismo mágico para tratar temas como el exilio, la memoria, el recuerdo, la huella que nos queda y la huella que dejamos.

Una pareja se encuentra en algún lugar indeterminado -en su momento usé la expresión ‘en el limbo de la memoria’ y vuelvo a usarla ahora- y acaban por descubrir que ambos provienen del mismo pueblo, de Nuestra Señora de las Nubes; aunque ni ella ni él consiguen recordar con claridad. Poco a poco, estos dos extraños van configurando la historia de este pueblo a través de las vidas de sus habitantes, desde su fundación -cuando un padre y su hija se deciden a procrear para evadir la soledad- hasta su final. Mediante estampas de recuerdo, los pintorescos habitantes del pueblo van poblando el escenario, dejando una serie de escenas cortas que se mueven entre el drama, la comedia, lo onírico y lo real; que ayudan a formar una idea de lo que es ese pueblo. Vargas construye así lo que podríamos llamar un relato de realismo mágico, que se apoya en una palabra poética, precisa y evocadora de mil y una imágenes: un texto brillante de esos que da gusto escuchar; en un relato que transita a medio camino entre la comedia entrañable, la parodia y la emoción, y que pasa de unas a otras en cuestión de lo que es un fundido a negro de una escena a otra: un paseo emocional por la identidad comunitaria a través de retazos individuales, narrada desde el esforzado recuerdo de los que intentan recordar, no olvidar o no ser olvidados.

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Ignoro cuál será la estructura original prevista por Arístides Vargas para este texto si es que la hay, para dar vida a los 18 personajes que pueblan esta obra: la primera producción, hace unos años, que vi resolvía el montaje con tan solo dos actores -en un imponente ejercicio de virtuosismo actoral difícilmente superable-; la que se acaba de estrenar en Galicia emplea cuatro; y la que ocupa esta reseña trabaja con un amplio elenco de ocho actores que se doblan y triplican para dar vida a los personajes; y que además se encargan de diversos aspectos de la puesta en escena. Personalmente creo que la esta obra luce mejor con el mínimo de actores posibles; porque obliga a un lucimiento actoral extremo que es la base de este tipo de teatro de texto. Ahora bien, asimilando que la opción de la propuesta de Claudio Sierra es proponer un elenco nutridísimo -más aún en una sala diminuta como esta, con capacidad para unos 43 espectadores-, posiblemente por el hecho de cubrir roles para toda la compañía; hay que valorar tanto el hecho de haberse decidido por este texto bellísimo como opción, y el entusiasmo con que trabaja el joven elenco.

La lectura de Claudio Sierra aparece despojada de escenografía -apenas maletas, bártulos y otros elementos que sugieren la idea de desplazamiento constante en la que se mueve esta obra- y se concentra en el trabajo actoral. Resulta bastante evidente que la lectura de Sierra ha querido subrayar los aspectos más amables y simpáticos del texto en vez de aquellos de corte más poético u onírico. Así, ha marcado a sus actores una gestualidad muy amplia -por momentos casi diríamos que excesiva- para buscar una complicidad con el público que las más de las veces se logra. Esta lectura hace que las escenas que mejor funcionen sean las más puramente cómicas -la de los hermanos que piropean a las mujeres o la de la mujer que visita al director de orquesta en un ensayo reclamando desesperadamente su atención-; y que muchas de las más poéticas pierdan quizás algo de fuerza, en favor de una conexión más fácil, más obvia y más primaria con el respetable. Creo que un enfoque más dirigido a potenciar la parte más poética del relato en vez de la más cómica seguramente resaltaría más la brillantez del texto, y ayudaría más a que el género de realismo mágico fundamental en esta obra fluyese con mayor decisión y se colocase en primer plano. Hay, con todo, un par de excepciones a esta regla de que la comedia funciona mejor que lo poético en esta versión: la escena de la mujer que visita a su esposo en el manicomio alcanza momentos de intensidad muy justa y muy lograda gracias a lo acertado de las interpretaciones. Ha planteado además Sierra algunos juegos interesantes y puntuales de transición que abordan cuestiones como la dificultad de comunicarse a través del lenguaje o el maltrato a los inmigrantes: un par de píldoras que quedan muy logradas; y creo que seguramente podrían aumentarse para ganar agilidad en un discurso narrativo que queda algo lastrado por el exceso de fundidos. Muy adecuados por lo sencillos tanto el vestuario como el maquillaje y la peluquería.

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Entusiasta el amplio y joven elenco. Hay que señalar que creo que algunos se exceden en la proyección de la voz -tendencia al grito…-; pero esto ocurre porque la sala es pequeña y no debe ser fácil encontrar el equilibrio. De los ocho intérpretes, todos como he dicho desbordantes de entusiasmo, seguramente quienes más se lucen sean Álvaro Mencía y Carlota Ramos en la escena a la que me refiero algo más arriba; de la misma manera que Jesús G. Alfonso encuentra su momento en la escena del hombre que habla al fantasma de su hija muerta. Los hilos conductores de Beatriz Fernández y David Poveda -personajes rebautizados María y Rubén, cuando en el original se llaman Óscar y Bruna…- generan algún momento de empatía muy de agradecer. Los demás, entre correctos y discretos, realizando una muy estimable labor de equipo -insistir en la idea de que además se encargan de aspectos de la puesta en escena-.

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En resumen, la presente versión permite recuperar un texto teatral interesantísimo; servido con la honestidad y el entusiasmo que siempre aporta la juventud; pero que deja pasar la oportunidad de adentrarse en el texto en sí mismo tanto a nivel poético como a nivel de virtuosismo actoral. Con toda seguridad el texto da para más juego, pero no hay que perder la vista ni la honestidad del producto, ni el entusiasmo del equipo, ni el buen rato que se pasa.

H. A.

Nota: 2.75 / 5

Nuestra Señora de las Nubes”, de Arístides Vargas. Con: Beatriz Fernández, David Poveda, Carla Casares, Jesús G. Alfonso, Álvaro Mencía, Ruth Lorés, Alejandro Reyes y Carlota Ramos. Dirección: Claudio Sierra. LA ESCOTILLA.

Espacio Labruc, 21 de Octubre de 2016 (23:00 horas)

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