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‘Incendios’, o la tragedia de un destino inexorable

octubre 14, 2016

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“Hay verdades que no pueden ser reveladas, más que a condición de que sean descubiertas” (Incendios, Wajdi Mouawad)

Supongo que era sólo cuestión de tiempo -más considerando que se trata de una función compleja- que después de haber invitado al Teatro Español una producción extranjera de Incendios hace algunos años, Mario Gas se decidiese a levantar su propio montaje de la que es ya una de las más importantes tragedias del siglo. Wajdi Mouawad (Líbano, 1968) se ha labrado en pocos años un nombre propio entre los más importantes dramaturgos contemporáneos, y seguramente sea Incendios -que forma parte de una tetralogía de grandes dimensiones sobre los secretos y la familia- su obra más importante -ya adaptada incluso al cine-. Una historia a medio camino entre lo épico y lo poético sobre el horror de la guerra y lo inexorable del destino

Al morir la anciana Narwal, tras años en sepulcral silencio, deja sendas cartas a sus dos hijos mellizos -Simon y Jeanne- para que se las entreguen respectivamente a su padre y a su hermano; de los que en principio desconocían su existencia. Mientras Simon -centrado en su faceta de boxeador- opta por desentenderse del asunto, Jeanne -profesora de matemáticas- se siente empujada a la búsqueda por una extraña fascinación que hace que se desplace al Líbano en busca de respuestas sobre quién fue realmente su madre y cuál es su verdadero origen. Desde este momento, la trama se bifurca entre presente -la búsqueda de respuestas por parte de Jeanne- y pasado -la historia de Narwal desde su juventud hasta su muerte: que incluye amor, supervivencia pura, pérdida, búsqueda y un terrible cúmulo de mala suerte que marca toda su existencia…-, en una compleja trama marcada por el horror de la guerra y la fatalidad de un destino trágico del que nadie puede escapar. Jeanne, en su búsqueda casi obsesiva, deberá hacer frente a verdades incómodas que habían permanecido silenciadas hasta entonces, y que tal vez no esté preparada para entender y que cambiarán la vida de la familia para siempre. Por su parte, Simon, que prefería mantenerse sordo a nuevos descubrimientos, tendrá que madurar y asumir esa dolorosa verdad.

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Durante casi cuatro horas, Mouawad arma una compleja saga familiar que comprende tres generaciones y requiere de más de 25 personajes; que se sirve de un lenguaje poético para narrar no sólo un hecho histórico -porque aquí la pegada de la guerra es un personaje más e influye decisivamente en los destinos de los personajes-, sino también una suerte de tragedia griega vista con ojos contemporáneos: cada personaje que aparece en esta historia -en el presente y en el pasado- viene marcado por un destino que se ríe de ellos y les golpea sin que puedan evitarlo; y los hechos del pasado tienen una importancia decisiva en los del presente, como si no pudiésemos escapar de los errores de atrás. Mouawad narra pues una tragedia contemporánea contada con complejidad, pero con precisión milimétrica -pasan muchísimas cosas, pero todas tienen un lugar en la trama, nada sobra y todo aporta algo- y a pesar de la acumulación de hechos y la concatenación de etapas todo se sigue con interés; y desemboca en un golpe final que navega a medio camino entre la esencia misma de la tragedia griega –con ecos claros de Edipo Rey– y el melodrama de sobremesa. En una historia compleja, Mouawad se esfuerza por cerrar cada cabo suelto, y se vale para ello como digo de un último latigazo que es brillante si observamos la obra como deudora de la tragedia griega; pero que se antoja forzada si la miramos como una historia contemporánea, moderna, de hoy. Cuesta creer que todo, toda esa fatalidad incontrolable, recaiga sobre varias generaciones de la misma familia… y, al menos en mi caso, el último golpe me distancia de lo que estaba siendo hasta entonces una historia fascinante, interesante y bien contada; por más que entienda cuál es la intención del autor al colocar eso ahí…

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Lo que nos cuenta Mouawad es duro, descarnado y sin piedad alguna; pero sin embargo el autor ha optado -muy oportunamente- por narrarlo desde un lugar poético que no se recrea más de lo debido en la violencia implícita y explícita que encierra esta historia; y que deja un buen número de frases memorables que mueven a la emoción más inmediata desde una prosa lírica, exacta y bellísima. Es en esta calidad literaria -tanto por la estructura como por lo hermoso del lenguaje- donde reside en mi opinión la mayor baza de este texto: suena hermoso al oído, y sabe perfectamente hacia dónde va; a pesar de su estructura intricada y mastodóntica. Las tres horas y media de función -ya lo eran en la producción del Español, y lo siguen siendo ahora- pasan en un suspiro; y la estructura del texto tiene, claro algo -mucho- que ver con ello; también, claro, la estupenda traducción -que suena estupenda y desde luego no es la que está publicada- de Eladio de Pablo.

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Por su estructura -que hace moverse a 25 personajes en tres tiempos, muchas veces paralelos y transita por infinidad de emplazamientos- montar Incendios lleva implícita la toma de una serie de decisiones que potencien lo teatral para abordar una historia que parece inabordable sobre el escenacio si se quiere enfocar desde un punto de vista realista. Uno podría pensar que lo más fácil hubiese sido que Mario Gas se inspirase en la producción que se vio en el Español hace unos años; pero afortunadamente lo que presenta el regista catalán aquí no tiene nada que ver con aquello. Gas opta por contar la historia desde su imaginario, desde su idea, imprimiendo al montaje un ritmo y una personalidad propias; y, lo más importante, ha sabido armar un montaje sencillo, despojado de grandilocuencias baratas que podrá girar por tanto con facilidad; pero que al mismo tiempo tiene soluciones de una fuerza teatral verdaderamente ingeniosa.

El espacio escénico de Carl Fillion aparece repartido en tres partes: dos laterales arenosos en los que tendrán lugar la mayoría de los eventos pasados y bélicos; y una pasarela central que cierra un portón practicable al fondo, conectado con una pared en cuya parte más alta se proyectan algunas imágenes que -lejos de ser invasivas- están perfectamente integradas en el relato, y aportan momentos que complementan perfectamente lo que ocurre en escena. Sorprende ver cómo una mera división espacial le da tanto juego a Gas -sobre todo a la hora de montar un relato lleno de problemas de difícil solución-; pero sobre todo lo bien integrado que está lo audiovisual en la escenografía, como un elemento más que no supone el lucimiento del videocreador -Álvaro Luna, gran trabajo- sino de alguna manera tan solo una parte más de la escenografía de Fillion. La construcción es sencillísima -pero se te tiene que ocurrir a uno…-; pero sirve para armar una puesta en escena ágil y variada, despojada como digo de cualquier aspaviento. No estaba fácil la cosa, y quizá sea una de las escenografías más útiles que haya visto en bastante tiempo. Hay un momento mágico en el que todo se da la mano: el relato de Nawal joven de cómo sobrevivió a una bomba en un autobús: la imagen que se crea entre la actriz y la proyección; y cómo Gas va dirigiendo nuestra vista progresivamente hacia lo que quiere que miremos genera un momento de gran teatro.

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Ha trabajado Mario Gas además como un gran director de actores, máxime cuando la mayoría de ellos -8 intérpretes se reparten 25 personajes- se encargan de varios personajes. Hay en general un trabajo psicológico de diferenciación notable, y se nota que Gas es un estupendo director de actores; con una notable excepción: creo que el enfoque del francotirador Nihad -capital en la trama, porque es el gran villano- va pasado de rosca; hablo, claro, del enfoque del personaje más que del trabajo del actor -que se presta sin embargo a ello-. Puedo entender que se ha querido potenciar lo grotesco del villano de la narración; pero siento que la cosa bordea el grand-guignol peligrosamente: en ocasiones -y más en este tipo de personajes tan negros-, menos es más; y creo que aquí a Gas se le va por un momento la mano -con la complicidad del actor-.

Hay mucho y muy bueno que decir del elenco. Sin que nadie esté especialmente mal, sí que puedo señalar que, en general, ellas están mejor que ellos -o a ellas les luce más el material-; y por eso he de empezar por las mujeres. Me he reconciliado con Nuria Espert, que interpreta aquí tres personajes -Narwal anciana, su madre y su abuela- e interviene en forma de largos monólogos con un contenido durísimo; pero que expone sin el más mínimo atisbo de sobreactuación y sin tics de primera dama -que en algunos trabajos recientes aparecía sin remedio…-: por fortuna no aquí; donde trabaja desde la contención, desde la sinceridad, desde la parsimonia a pesar de que el contenido de su mensaje tenía todas las papeletas para haberse convertido en un festival lacrimógeno, cosa que no ocurre. Hay además una escena en la que debe escuchar una larga confesión, y escucha francamente bien -y esto en teatro nunca es fácil-: se nota que cree en lo que hace y que ha habido buena comunicación con Gas en el que es sin duda su mejor trabajo en tiempos recientes. También Laia Marull se puede lucir en Narwal joven, porque transita por un personaje psicológicamente muy compejo sin pasarse de rosca, y sin perder nunca de vista ese aliento poético fundamental en toda la pieza y muy presente en su interpretación: cuesta creerla en la faceta más joven por una mera cuestión de físico -se encarga de Narwal en un espectro que cubre aproximadamente de los 15 a los 40 años-; pero deja bellos momentos, como el relato de la explosión del autobús al que ya he hecho referencia más arriba, o su escena con Sawda, uno de los puntales de intensidad del montaje. Muy bien la parsimonia con la que Carlota Olcina se encarga de Jeanne, la hija que busca respuestas: está siempre alerta; pero hay algo en su enfoque del personaje que transmite siempre serenidad y me parece que consigue un equilibrio muy de agradecer en este aspecto. Y, en fin, Lucía Barrado no deja pasar ni una sola oportunidad de brillar -porque, lo digo de nuevo, brilla- cuando se encarga de Sawda, la compañera de penurias de Narwal en su periplo de desdichas: el personaje desaparece a falta de una hora para el final -y creo que el autor se la quita de encima demasiado pronto..-, pero tiene escenones -la larga conversación entre Sawda y Narwal es una escena de cortar el hipo…- cargados de intensidad; Barrado clava cada escena y es para mí la auténtica revelación del montaje: magnética en cada intervención, exprime el personaje hasta sus últimas consecuencias.

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Entre los hombres, Ramón Barea se las ve con la papeleta de abrir la función con un largo monólogo expositivo de los antecedentes de la historia como el abogado Hermille Lebel, una parrafada de la que no es fácil salir a bien; una vez pasado este inicio, mejora notablemente tanto en lo que resta de composición del abogado como en los otros dos personajes que le tocan en suerte, imponiendo siempre su presencia escénica. Álex García crece en su composición de Simon conforme avanza la trama, y está decididamente mejor en la segunda parte que en la primera, tras unos inicios demasiado atolondrados -más aún en contraposición con Olcina-: la dicción puede y debe mejorar en algún momento. Edu Soto se encarga del personaje del terrorista al que hacía referencia más arriba; y creo que paga el pato de una dirección errónea en cuanto al enfoque del personaje: hace lo que se le pide muy bien y su actuación es muy enérgica, pero a mí no me funciona para visualizar al monstruo. En fin, Alberto Iglesias se encarga de la friolera de seis personajes episódicos y asume el reto razonablemente bien, teniendo en cuenta que ninguno de ellos cuenta con una caracterización psicológica profunda ni mucho menos; lo que no le deja las cosas fáciles ni le permite lucimiento personal alguno.

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Al finalizar mi función, la sala entera se puso en pie casi como un resorte. No hay ni una entrada para este primer mes de funciones, ya se ha programado una prórroga para Junio y las entradas ya vuelan nuevamente… No cabe duda de que, en una visión global, Mario Gas ha levantado un notable montaje -con los altibajos anteriormente expuestos- de un texto muy complejo que es ya historia de nuestro teatro contemporáneo: seguramente a ambos -texto y montaje- les falte un mínimo escaloncito para la redondez; pero no cabe duda de que estamos hablando de una propuesta importante, que se disfruta y que ningún aficionado al teatro debería perderse: hay regreso a Madrid y larga gira, con lo cual todo apunta a que habrá Incendios para rato.

H. A.

Nota: 4/5

Incendios”, de Wajdi Mouawad. Con: Nuria Espert, Laia Marul, Carlota Olcina, Álex García, Ramón Barea, Edu Soto, Lucía Barrado y Alberto Iglesias. Dirección: Mario Gas. YSARCA S.L. / TEATRO DE LA ABADÍA / TEATRO DEL INVERNADERO

Teatro de la Abadía, 8 de Octubre de 2016

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2 comentarios leave one →
  1. octubre 15, 2016 14:57

    Home, hoxe aproveito para escribir, sen poñer pexas ó que ti dis, como sempre.
    Gustoume moito Ramón Barea. Moitísimo, facer ese notario dende a lixeireza e sen minguar para nada a traxedia que o rodea, paréceme de moito mérito. E para min faino moi ben.
    E aproveito para discrepar contigo sobre a escena do francotirador e a de cando contan a traxedia do autobús e as proxeccións. A do francotirador era cruel e choqueira a un tempo, se cadra tes razón no de estar “pasada”, pero non sei medir iso. E na do autobús, incomodáronme as proxeccións (teño que consultarlle ó médico o meu problema cas proxeccións no teatro)
    No segundo acto, a min, faltábame alento. E tamén aplaudín de pé.
    Pero vaia, que só escribía para gabar a Ramón Barea. Coma sempre, sen poñer pexas ó que ti dis. De verdade, é un pracer lerte.

    • octubre 15, 2016 22:14

      Ola Avelino,
      Grazas polo comentario.
      Só dúas cousas. Sobre a escena do francotirador estamos de acordo en que ten algo de ‘choqueira’; mais a min ese choqueirismo non me funcionou ben, porque distánciame do psicópata coma tal: a maxia do teatro, que pode provocar reaccións distintas ante un mesmo feito en distintos espectadores.
      A solución do autobús coa proxección paréceme fermosísima; e penso que é unha das imaxes desta montaxe que vanme quedar grabadas co paso do tempo.
      Gustoume tamén Barea, sen que me parecese o mellor do elenco (que se un lee opinións por aí, haiche xente á que non lle gustou nada de nada).
      É un pracer que discrepes e que as discrepancias deixen lugar ao diálogo!

      Unha aperta grande,
      Hugo

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