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‘Reikiavik’, o donde habitan los vencidos

octubre 12, 2016

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Desde el momento mismo de su estreno, Reikiavik -una de las últimas piezas teatrales de Juan Mayorga y la última que incluye su integral, publicada en 2014 por LaUñaRota- no ha dejado de recibir premios y elogios de manera casi unánime. Tras colgar el cartel de ‘No Hay Entradas’ en Madrid cada noche la temporada pasada y tras una larga gira por España acaba de regresar a la capital, donde por fin he podido verla.

Un muchacho pasa por un parque camino del instituto: en pocas horas tiene un examen final decisivo, pero sin embargo se detiene ante un tablero de ajedrez con una partida a medio jugar. Aparece un hombre, que le reta a mover y le advierte que le hará jaque mate en cuatro movimientos. El chaval mueve y, efectivamente, el mate se produce en cuatro movimientos. Entra en escena un segundo hombre, y entre los dos captan la atención del chico, representando con exactitud milimetrada la partida que en 1972 enfrentó a Bobby Fischer y Boris Spasski en Reikiavik, en la final del campeonato mundial de ajedrez. Una partida que alcanzó marcados tintes políticos, al ser ambos jugadores representantes de potencias enfrentadas, como eran Estados Unidos y la Unión Soviética. Bailén y Waterloo -que así se llaman nuestros dos hombres misteriosos- comienzan a interpretar así para el chico no solo las partidas, sino también toda una serie de hipotéticas cosas que ocurrieron -o pudieron ocurrir- en torno a este enfrentamiento; profundizando así no solamente en un evento deportivo histórico, sino también en su dimensión política y personal. El Muchacho observa con atención, enganchándose sin remedio en esta alocada escenificación, e integrándose en ella casi sin darse cuenta… Quiere saber más, quiere saber cómo acaba: no entiende algunos aspectos y no está de acuerdo con otros. Poco importa ya aquel examen que le obsesionaba al principio, porque sin darse cuenta el chico se ha convertido en uno de ellos, en otro Bailén o en otro Waterloo… Pero ¿quiénes son en realidad Bailén y Waterloo? ¿por qué hacen esta puesta en escena en un parque? ¿por qué captan la atención del joven? Todas estas preguntas -reveladas sólo hacia el desenlace- acabarán abriendo -como sucede casi siempre con la literatura de Mayorga- una doble lectura para la obra; que encierra preguntas muy interesantes que creo que el dramaturgo madrileño tal vez no haya terminado de equilibrar en términos del peso que adquieren en el texto.

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Digo que, como siempre en Juan Mayorga, lo que empieza siendo una curiosa revisión de un hecho histórico en todas sus vertientes -porque el autor se vale de Spasski y Fischer para evaluar la importancia socio-política de la partida- encierra algo más: el verdadero drama de Waterloo y Bailén -personajes perdedores, no en vano llevan simbólicamente nombres de sendas derrotas napoleónicas-, si es que para ellos es un drama, aflora al final, y da a la obra una nueva -y a mi juicio muy interesante- nivel de lectura. Me explico: son dignos de aplaudir la audacia y el ritmo con que Mayorga evoca los prolegómenos y el desarrollo del duelo Spasski-Fischer; pero una vez que al final se nos desvela qué es lo que está ocurriendo, me hubiese gustado saber más de Bailén y de Waterloo, de lo que les sucede y de lo que les ha llevado a estar ahí: se nos explica, pero se emplean para ello apenas 15 minutos de una función de 1 hora 45 minutos.

Siempre he dividido el teatro de Mayorga en dos tipos: el que habla de personajes -donde caben obras como Animales Nocturnos, Hamelin, El Chico de la Última Fila o El Arte de la Entrevista, por poner algunos ejemplos- y aquellas que quieren buscar una excusa para revisar aspectos históricos, políticos o filosóficos -como podrían ser Cartas de Amor a Stalin, Últimas Palabras de Copito de Nieve, Famélica, La Lengua en Pedazos…-: siempre me han interesado más las del primer grupo, las de personajes. Reikiavik, sin embargo, recuerda no poco a Himmelweg en el sentido de que ambas se sirven del teatro para examinar un hecho histórico; pero en ambas hay también un plano meramente teatral que subyace con claridad: sin embargo, siento que en Himmelweg el equilibrio entre ambos planos está mejor conseguido que en esta, en la que el relato histórico lleva todo el peso, representado de forma curiosa; pero sin embargo me quedo con ganas de saber más de la vida ‘real’ de nuestros dos personajes protagonistas, cosa que no parece ser lo que Mayorga ha querido contar, pero sí es lo que siento que a mí más me interesa como espectador. Considerando que es -o se hace…- una función extensa, que empieza bien pero siento que llegado un momento empieza a dar vueltas sobre sí misma, sobre Spasski y Fischer y se torna repetitiva; con gusto me hubiese quedado media hora más para que esos personajes -Bailén y Waterloo- me contasen algo de su verdadera tragedia, que sólo queda apuntada como si de pronto entrase la prisa por terminar pasada la rigurosa hora y media que suelen durar todas las funciones. Las vidas de Bailén y Waterloo y su problemática dan casi para otra obra.

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Se encarga en esta ocasión el propio Mayorga -como ya ocurriera en La Lengua en Pedazos– de la puesta en escena; y opta por un minimalismo total -en escena sólo la mesa con el tablero- que hace que el público deba completar todo con su imaginación -y que defiende una de las premisas principales del teatro mayorguiano-. Hay un trabajo excepcional con los actores, que deben afrontar todo el relato en un código alocado, que roza en muchas ocasiones el más puro absurdo beckettiano -Waterloo y Bailén salen y entran de ellos mismos, hacia Spasski, hacia Fischer; pero también hacia los casi veinte personajes que pueblan esta historia, con muy pocos elementos y a velocidad de vértigo. La idea es muy buena, muy sencilla, está muy bien ejecutada; y funciona a partes iguales para captar el interés y mover a la hilaridad. Requiere de un trabajo minucioso con los actores, que Mayorga ha sabido plasmar bien -en este sentido, este montaje está a años luz del que el propio autor firmase de La Lengua en Pedazos-. Ahora bien, puestos a jugar con el minimalismo escénico, me sobran toda una serie de proyecciones que aparecen en una pantalla, que para mí son un mero adorno: sinceramente, creo que el montaje funcionaría mejor sin ellas, porque no les veo una necesidad específica.

Función dificilísima para los actores, tanto por la escritura -que obliga, como digo, a navegar en varios personajes a velocidad de vértigo- como por la idea trepidante y alocada del montaje. En este sentido, la propuesta viene sostenida por un excepcional trabajo actoral, que permite que tanto César Sarachu -en un registro diferente a cualquier cosa que le haya visto hacer antes- como Daniel Albadalejo -uno de los actores más versátiles que conozco, y siempre un seguro de vida en cualquier función- se luzcan en un espectáculo que les permite mostrar todos sus -muchos- registros actorales: afrontan sin miedo un trabajo extenuante, nos llevan con ellos en su trepidante viaje y consiguen que no separemos nunca nuestra atención de cuanto hacen. Al Muchacho de Elena Rayos -otra actriz que es un seguro de vida- le ha tocado la difícil papeleta de afrontar un personaje con poco texto, que debe sin embargo observar la acción constantemente de forma activa, transmitiendo la fascinación progresiva del personaje, que es casi la nuestra propia: nunca es fácil afrontar un personaje que consista en la observación, y Rayos hace un trabajo de fuerte expresividad; en un personaje que podría haber quedado en nada, pero que gracias a Elena Rayos nunca olvidamos que está ahí.

Hay no obstante un aspecto que llamó poderosamente mi atención, y que no sé si achacar a algo de la puesta en escena -pude apreciar que el texto ha sido revisado con respecto al publicado en la integral- o a despistes de los actores: asumo que Elena Rayos hace un papel de chico en travesti -el Muchacho, dice el texto; y dada la naturaleza de lo que se cuenta resulta difícil de encajar que sea un personaje femenino…-, sin embargo, tanto Albadalejo como Sarachu se refieren al personaje varias veces en femenino -chica- y otras tantas en masculino -chico, muchacho-: dado que ocurre con ambos actores -y asumiendo el carácter frenético de la propuesta- no sabría decir si es producto del despiste o un efecto buscado; pero en cualquier caso es algo que me llamó poderosamente la atención.

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Fuertes aplausos para un espectáculo que presenta un texto interesante muy bien interpretado, e incluso podríamos decir que muy bien montado, potenciando lo teatral. Ahora bien, siento que a mí el drama personal de Bailén y Waterloo me interesa más que el hecho histórico sobre el que nos están hablando: equilibrar más ambos planos habría terminado de redondear un texto que es ya de por sí interesante.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

Reikiavik”, de Juan Mayorga. Con: Daniel Albadalejo, César Sarachu y Elena Rayos. Dirección: Juan Mayorga. LA LOCA DE LA CASA / ENTRECAJAS PRODUCCIONES TEATRALES

Teatro Valle-Inclán (Sala Francisco Nieva), 7 de Octubre de 2016 (19.00 horas)

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