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‘Solitudes’, o madurar por el buen camino

octubre 10, 2016

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Debo de ser uno de los pocos espectadores del mundo -y no es exageración, porque la aventura emprendió giras mundiales durante años- que, aún reconociendo su excelente factura técnica, se quedó emocionalmente frío ante Andre y Dorine, el primer espectáculo de Kulunka Teatro que lleva largo tiempo girando por medio mundo y emocionando hasta al apuntador: una propuesta muda y de máscaras que abordaba el tema del Alzheimer y que a mí me pareció impecable en ideas y ejecución; pero sencillo y previsible en estructura y escritura dramática… Quién sabe, tal vez yo no tenía el día. En cualquier caso, muchos años después -el blog me recuerda que vi aquel en 2012…- me acerqué con algo de precaución y mucho de esceptismo a Solitudes, la nueva propuesta de Kulunka que se ofreció en el marco del Festival Internacional Outono de Teatro de Carballo y que aborda el tema de la soledad y la incomunicación desde el seno de una familia, pero enfocada a toda una sociedad y una propuesta que muestra un avance, sobre todo en términos narrativos, que ha constituido toda una agradable sorpresa.

A través de la figura de un anciano que, ante una situación inesperada de soledad extrema intenta a toda costa seguir con su vida manteniendo su día a día… Un día a día para el que necesita de un entorno que, incapaz de comprender su estatus de soledad, le da la espalda de manera tajante. Así, nuestro protagonista emprende una búsqueda hacia la realización personal… Una realización personal que para por un anhelo tan simple y tan sencillo que sin embargo -puede que precisamente por minúsculo- escapa a la vista y a los intereses de todos aquellos que le rodean. Y una realización personal basada en lo pequeño, en lo sencillo, en un pequeño placer de la vida; pero para la que necesita desesperadamente de ese entorno que -inconscientemente- le pone escollos y le da la espalda sordo ante su petición. Ante este panorama ¿es posible que nuestro protagonista salga adelante? ¿qué consecuencias puede tener el futuro de nuestro hombre en sus seres más cercanos, aquellos que permanecen mudos ante lo que ven por mera comodidad o mera incomprensión? Al drama de la soledad, de la incomprensión y del silencio hay que sumar también el drama de la incomunicación intergeneracional, que aquí acaba mostrándose como una realidad inapelable contra la que es difícil luchar; pero que puede acabar volviéndose en contra en una de esas ironías que tiene la vida. ¿Escuchamos a quienes nos escuchan? ¿Van a estar ahí en los momentos importantes aquellos a los que les damos verdadero valor? Son cuestiones que afloran también en esta trama.

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Como sucedía en André y Dorine, Kulunka Teatro vuelve a abordar el tema de la vejez y la soledad en un espectáculo que, a primera vista, puede resultar una continuación de lo que para ellos resultó poco menos que la fórmula de la Cocacola -aunque en este género y en este sentido la sombra de Familie Flöz sea alargada…-. Sin embargo, pasados apenas diez minutos la línea narrativa de Solitudes opta por tomar una decisión arriesgada que nos demuestra que este espectáculo es más maduro y arriesgado que aquel: nos habla de lo pequeño, de lo cotidiano, de un problema que podría estar en las casas de todos nosotros; pero lo hace desde un lugar que camina en perfecto equilibrio entre cotidianeidad, drama y comedia, teniendo pinceladas muy logradas en todos los aspectos -a destacar un pequeño pero memorable gag sobre los efectos del Jaggermeister en una adolescente…-; e incluso llegando a convertir en decididamente dramáticos algunos guiños que comienzan siendo cómicos. Así, en Solitudes a la trama principal hay que sumar también hay un buen número de tramas secundarias que tienen un peso en la que hace pivotar la historia para completar el todo: todo aquello que se ve tiene un peso en la historia, y todos los personajes una importancia; incluso las pequeñas cosas pueden adquirir un valor poético casi insospechado -pienso, claro en esa mosca invisible que habita la casa del protagonista, y que acaba regalando uno de los mejores momentos del montaje hacia el final-. La escritura -sin palabras- de Solitudes aparece desde luego más meditada y más trabajada; y esto puede ser un arma de doble filo: habrá quien crea que en Solitudes se manipulan más las emociones del espectador, pero en mi opinión lo que se consigue es un juego dramático que tiene mucho más presente la ficcionalidad del discurso y lo vuelve más interesante, incluso con sus sorpresas perfectamente colocadas para impactar y que a veces son tan necesarias para evocar la realidad desde la ficción -en André y Dorine apenas las había…-.  Hay además guiños a varios clásicos del género cinematográfico que conectarán de inmediato con un nutrido sector de los espectadores. Iñaki Rikarte ha sabido plantear el espectáculo con el debido ritmo, y se vale de una escenografía en dos -y podría decirse incluso que hasta en tres- planos de Ikerne Giménez que también es un paso adelante en términos de ambición y que navega a favor de la agilidad del espectáculo.

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La factura del espectáculo sigue siendo impecable -ya lo era en André y Dorine– tanto por lo expresivo de las máscaras de Garbiñe Insausti como por el uso del cuerpo por parte de los tres actores para complementar las máscaras -son Garbiñe Insausti, José Dault y Edu Cácamo-: personalmente puede que sienta que la máscara, como técnica en el teatro nos priva de estudiar y admirar la auténtica gestualidad del actor -y esto, de alguna manera,  ‘castra’ el conjunto- pero a cambio tenemos una capacidad física a prueba de bombas para recrear con igual acierto la movilidad reducida de un anciano que los efectos del alcohol en una pareja de jóvenes. Los cambios de personaje en tiempo record se ven aquí incrementados por el aumento de personajes que pueblan esta historia: todos, insisto, con un peso específico en el desarrollo; y por tanto rara vez episódicos. Hay también otra cuestión que ha mejorado mucho y es el uso de la música -que se torna un elemento fundamental en un espectáculo como este-: esta vez se le encomienda la partitura a Luis Miguel Cobo, que ha sabido crear un conjunto variado, que se mantiene en segundo plano para servir a la historia y -lo más importante y el gran avance con respecto a André y Dorine– esta vez no es tan omnipresente y sin embargo nunca invasiva cuando aparece: creo que el haber sabido integrar la música en la narración es uno de los grandes avances de esta nueva propuesta; y dado el carácter mudo de la función uno se puede imaginar hasta que punto encajar la música en el todo es de capital importancia.

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Lo que en absoluto ha cambiado es esa capacidad innata del lenguaje de la compañía de conectar con el público -cómplice en todo momento- a través de una historia que es tan universal como su antecesora; pero que -lo diré de nuevo- siento que está mejor desarrollada. Señal inequívoca de tres cosas: de que, efectivamente, Kulunka ha encontrado la fórmula mágica y va a ser abanderada de este género en España por méritos propios, de que va por el buen camino y de que aquí hay teatro para rato.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

Solitudes”, de Kulunka Teatro. Con: Garbiñe Insausti, Edu Cácamo y José Dault. Dirección: Iñaki Rikarte. KULUNKA TEATRO.

XXV FIOT Carballo, Pazo da Cultura de Carballo, 2 de Octubre de 2016

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