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‘Lavar, Marcar y Enterrar’, o una cuestión de confianza

agosto 6, 2016

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Lavar, Marcar y Enterrar es una de tantas funciones que nació en ese Madrid que cada vez respira más al calor de los espacios no convencionales ligados al mundo del teatro. Esta vez, el germen fue una peluquería, en la que la obra se estrenó utilizando todos sus espacios. El éxito incuestionable de la propuesta hizo que inmediatamente saltase a un pequeño teatro de la Gran Vía, para asentarse después en el Off del Teatro Lara, donde permanece en cartel. Pero las cosas han ido más allá, porque ya tiene estrenada -nuevamente con gran éxito- su secuela –No Hay Mejor Defensa que un Buen Tinte-. Así pues, de alguna manera Lavar, Marcar y Enterrar -con más de 120 funciones a sus espaldas- ya se ha convertido en un clásico de la cartelera madrileña; y ahora aprovecha las fechas estivales para realizar una pequeña gira por España.

Al iniciarse la función, Gabriela y su ayudante Fer están retenidos en la peluquería que ella regenta en el barrio de Malasaña, mientras dos raterillos de poca monta -Lucas y Verónica- intentan cavar un túnel en el sótano que les permita acceder al chino de al lado, para robar un botín de 120.000 euros. Nadie tiene por qué salir ileso, la cosa en principio es muy sencilla: cavan el túnel, cogen el dinero y se van… se conocen hace tiempo y confían en el uno en la otra… ¿O tal vez no? Pero Gabriela no está dispuesta a permitir que se destroce así su peluquería, esa en la que lleva trabajando más de 20 años y que es todo para ella; y no parece muy dispuesta a cooperar. Sin embargo, los torpes asaltantes pronto descubrirán que en el sótano se esconde algo más que polvo, y que seguramente su plan no sea tan sencillo como ellos se pensaban, porque los sótanos los carga el diablo… dando así comienzo una larga noche en la que los cuatro personajes tendrán que confiar los unos en los otros y escarbar en el pasado para entender los hechos del presente. Fer, el ayudante gay y con los nervios a flor de piel, estará muy seguro de ponerse de parte de Gabriela y contra los secuestradores… porque él lo sabe todo sobre ella y confía en ella ¿verdad?. Así, salir con vida de la peluquería acaba por convertirse, ante todo, en una cuestión de confianza entre unos personajes que no parecen muy dispuestos a confiar… provocando, claro, que la trama se enrede hasta límites insospechados a priori.

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JuanMa Pina ha escrito una comedia que bebe directa o indirectamente de muchos referentes, desde las primeras películas de Almodovar o la icónica Perdona, Bonita; pero Lucas me quería a mí (Ayuso y Sabroso, 1996) hasta la parodia del género noir pasando por la revisión de lo que bien podría ser un sainete arnichesco traído a la actualidad. Todo ello metido en una coctelera, agitado y aderezado con una estética que pone en primer término la movida madrileña de los 80; y con una estructura narrativa decididamente cinematográfica que juga constantemente con técnicas como los flashbacks o pares de escenas gemelas, así como con metareferencias muy claras tanto a series de televisión icónicas de distintas épocas -desde Se ha escrito un Crimen hasta Breaking Bad– como al propio barrio de Malasaña en el que transcurre la función -conviene no olvidar que nació para escenificarse en una peluquería real-. Considerando que es una comedia sin otra pretensión que la de entretener y ‘desengrasar’ -qué necesarias son de tanto en tanto…-, sí hay que aplaudir en la escritura de Pina tanto la originalidad formal para contar la historia como lo bien dialogada que está en general; así como lo ocurrentes que resultan algunas situaciones disparatadas encadenadas, que sin embargo encajan muy bien en una historia que se nota que el autor tiene perfectamente controlada. También el dibujo de los personajes -sobre todo los dos principales, Gabriela y Fer- es muy acertado, y más teniendo en cuenta el tipo de comedia en el que nos movemos. Estamos pues ante una revisión de la comedia clásica pasada por muchos filtros; que por cierto elude -y esto es un valor- el situarse en la mera sitcom, para ir varios pasos más allá. Tiene el ritmo esperado, conecta con el espectador a través de una comedia -porque conectamos con los personajes, aunque sean diferentes a nosotros- y deja alguna frase para el recuerdo -ese momento en que la peluquera toma el control de la situación y advierte a la secuestradora que no puede salir huyendo de sus problemas en busca de nuevos problemas…-. Acaso el final me resulte un poco precipitado -más si tenemos en cuenta la capacidad de Pina para haber enredado la trama una y otra vez- y hubiese requerido mayor desarrollo; pero como comedia es original por forma y planteamiento, y haberla situado en las coordenadas espacio-temporales en que está me parece un acierto que casi convierte la comedia en una suerte de placer culpable.

En cuanto a la puesta en escena, supongo que no será fácil adaptar a un espacio tan grande como el Teatro Colón algo que nace en esencia para una peluquería; y más adelante al Off del Lara, lugares mucho más recogidos. Pina dirige su propio texto con ritmo, aprovechando el espacio al máximo -ha trasladado varias escenas a la platea-, y consciente de que la cosa tiene que tener ritmo trepidante, como la comedia que es. Quizás siento que algunas escenas -en particular las que transcurren en el sótano- darán más juego en cualquiera de los espacios originales que en un teatro al uso; pero es algo con lo que no se puede pelear a la hora de plantear la adaptación. Me gustó mucho el vestuario -que incluye toda una pléyade de pelucones, plataformas y toda una serie de elementos decididamente ochenteros, muy acordes con la situación y que despiertan la hilaridad de inmediato-; y lo bien hilados que están los cambios de vestuario y tiempo de los personajes, bien meditados pero sin que el ritmo de la trama se resienta nunca.

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Cuatro actores se reparten varios personajes -o el mismo personaje con saltos en el tiempo-. Resulta hasta cierto punto sorprendente encontrar a Miriam Díaz-Aroca encarnado a la peluquera Gabriela; primero porque Lavar, Marcar y Enterrar no es el tipo de comedia de gag al que nos tiene acostumbrados -este personaje es más árido y más negro dentro de lo cómico-, y me alegra que esté explorando nuevos territorios. Como cuando la vi hace un tiempo en Cien Metros Cuadrados, me sigue pareciendo una actriz que conoce bien los mecanismos de la comedia, los tempos, sabe cómo servir las réplicas sin caer en el chiste fácil, y construyendo el personaje desde la convicción -porque el personaje esta vez no va por ahí- y, sobre todo, es tremendamente resolutiva y conecta muy bien con el público. Creo que este tipo de papeles le convienen especialmente, porque le permiten explorar registros más amplios dentro de esa comedia en la que ya se mueve como la veterana del género que es. Pero quizá sea el Fer de Mario Alberto Díez el que se robe la atención, porque sabe atacar un personaje que es una curiosa mezcla entre la contención del hombre neurótico superado por las circunstancias y toda una colección de tics: haber enfocado a Fer desde el cliché de ‘la locaza’ hubiese sido lo más sencillo; pero abordarlo desde este enfoque todo contención resulta mucho más útil para provocar la comedia, sobre todo cuando -como es el caso- se cuenta con un actor que se maneja tan bien en este particular código del ‘todo para dentro’; aborda además un segundo personaje episódico muy diferente al del peluquero, que seguramente sea el que marca el puntal cómico de la representación, con otra composición física para enmarcar. Juan Caballero y Rebeca Plaza se encargan de la pareja de atracadores y saben integrarse en el delirio; y resuelven bien el hecho de tener que abordar muchas réplicas desde interno -desde el sótano-. También ellos tendrán ocasión de desdoblarse en personajes que nada tienen que ver con los principales.

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Manejar una comedia tan alocada como esta sin hacer que caiga en la mera astracanada -nunca cae- no es tarea fácil, aunque pueda parecerlo. Creo que esa es una de las mayores virtudes de una función de la que el público sale visiblemente feliz: el haber sabido tomarse la comedia en serio. Reconociendo el tipo de producto que es, hay que valorar muy positivamente tanto la factura, como el ritmo y el ingenio de la estructura y los diálogos; si bien sostengo que seguramente esta función resulte aún mejor en distancias más cortas y más íntimas -aquellas para las que se concibió inicialmente- que en la inmensidad de un teatro como el Colón. Con todo, como en la trama, todo se reduce a una cuestión de confianza: se nota que todos creen mucho en lo que están haciendo, y eso se refleja tanto en el buen resultado como en la conexión con el público. Hay comedia para rato.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

Lavar, Marcar y Enterrar”, de JuanMa Pina. Con: Miriam Díaz-Aroca, Mario Alberto Díez, Juan Caballero y Rebeca Plaza. Dirección: JuanMa Pina. MONTGOMERY ENTERTAINMENT.

Teatro Colón, 4 de Agosto de 2016

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