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‘El Cuello de la Jirafa’, o ¿hacia dónde mirar?

julio 29, 2016

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Cuando una compañía ha conseguido mantenerse durante tres décadas y tener una presencia fuera de Galicia y en el extranjero, algo debe tener. Matarile Teatro cumple 30 años de existencia, y tiene una importancia capital en la producción, promoción y difusión de las artes contemporáneas en Galicia, y pioneros gallegos en el mundo del posdrama. Todo ello está fuera de duda, y por eso tiene coherencia que la Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia les haya dedicado un pequeño ciclo conmemorativo en su programación. En resumen, Matarile Teatro ha escrito una página del teatro gallego; una página que va más allá de lo puramente artístico.

Una vez admitido esto, y ante su último espectáculo El Cuello de la Jirafa, cabe sin embargo hacerse algunas preguntas hacia la particular forma de posdrama que trabaja Matarile. Un posdrama de carácter intelectual que podrá haber tenido interés hace años -no olvidemos que la compañía lleva tres décadas funcionando- pero que seguramente empiece a estar algo demodé a día de hoy, por más que el espectáculo mantenga algunas imágenes sugerentes -que las tiene-. Imágenes sugerentes, sí ¿pero qué hay más allá de esas imágenes que van y vienen?

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En el exterior de la iglesia, nos recibe un hombre que nos incita a reflexionar acerca de la relatividad de lo que vemos, y de las constelaciones; al mismo tiempo que una muchacha con una caperuza roja y claros signos de demencia recorre el espacio y se mezcla con nosotros. Avanzamos entonces a la iglesia. Una mesa en la que se sienta el público acota el espacio en forma de U, completado por una grada frontal. Durante casi dos horas, asistimos a un conjunto de citas y reflexiones sobre cartas astrales, el recuerdo, la memoria, la repetición de las cosas, la locura y la cordura, salpicadas por acciones performativas de diversas índoles… sin que todas estas cosas nos lleven en una dirección más o menos concreta que nos mueva a una reflexión. Quizá estos dos sean los mayores inconvenientes que le veo a este espectáculo de Matarile: por un lado, nunca sabemos hacia dónde mirar, cuál es la reflexión que quieren transmitirnos; y por otra parte es un tipo de teatro -incluso dentro del mundo del posdrama- que ya está muy visto, superado… hasta podríamos decir que anticuado. Ni engancha, ni sorprende, ni consigue conducirnos hacia una línea concreta de reflexión… y uno abandona el espectáculo con la sensación de haber asistido a una extraña miscelánea que no se sabe a dónde va ni de dónde viene.

Lo mejor de El Cuello de la Jirafa, más allá de momentos aislados de atractivo acierto estético, es la valía incuestionable de gran parte de su elenco -destaquemos tres presencias: la naturalidad casi campechana con la que Enrique Gavilán se dirige al público -ese profesor de universidad integrado en la propuesta y tan volcado en lo que hace tiene hasta algo de entrañable…-; la fuerte expresividad de María Roja, capaz de intimidar a los espectadores en un tú a tú en las distancias cortas con una mirada poderosa, y el espléndido trabajo expresivo-corporal de Mónica García-; y algunos momentos performativos que dejan alguna imagen interesante… incluso alguna ráfaga de ironía rescatable, por más que nunca mueva a la carcajada -seguramente tampoco lo busque-. Pero regresa una vez más la manía de introducir citas y citas de propios y extraños –Ana Vallés, en su línea…- que por momentos hacen que la línea entre ‘alta cultura’ y ‘pedantería’ se vuelva muy estrecha, algo que parece tener una cierta voluntad de instruir al público; y que personalmente a mí me distancia del conjunto.

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Por otro lado, dentro de la línea de integración del público de este teatro posdramático, Matarile mete la gamba de pleno al increpar como conejillos de indias a personas más o menos públicas -actores que asisten como público, colaboradores de la compañía…-; personas que saben que van a entrarles al trapo de lo que buscan. Esto hace que ese factor sorpresa desaparezca, que el espectáculo pierda enteros y que algo de la originalidad se difumine… Quiero decir: si la interacción y el factor cercanía con el público ha de ser una de las bazas de la propuesta; tiene poco sentido que el propio espectador vea con tanta claridad que los espectadores ‘confidentes’ están tan cuidadosamente seleccionados -posiblemente seleccionados sobre la marcha, sí; pero seleccionados al fin y al cabo-.

Diría también que dos horas es demasiado tiempo para un conjunto que se vuelve repetitivo -¿saben eso que digo siempre de lo bien que le va a algunas cosas durar una hora justa? Pues esta es sin duda una de esas veces-; y, para ser honestos, no creo que la una de la madrugada sea el momento más adecuado para programar este espectáculo, que requiere una concentración especial para su correcto seguimiento.

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A fin de cuentas, tras ver El Cuello de la Jirafa me quedo con la misma sensación de casi siempre que veo algo de Matarile: a nivel actoral, estético y de realización el espectáculo es interesante; pero los contenidos no enganchan -casi entraría en una valoración absolutamente personal y diría que no me interesan…- y creo que este tipo de posdrama ‘culto’ empieza a estar ya bastante superado, incluso a nivel de posdrama. Pero lo más importante: ¿hacia dónde quiere Matarile conducir la reflexión del espectador? ¿hacia dónde debemos mirar? ¿cuál es la temática base de la que parte el espectáculo? O algo más sencillo que decía una espectadora al abandonar el espectáculo y que da una idea del desconcierto: ¿por qué se titula El Cuello de la Jirafa? Hay imágenes, sí; y el talento que todos ponen al servicio del resultado está fuera de toda duda… pero personalmente no me transmite emoción de ningún tipo.

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Termino esta reseña como la empecé. No dudo y valoro muy positivamente el rol de Matarile Teatro en el sistema teatral gallego en todos estos años; pero creo que lo que hacen ya está de vuelta. Que es un teatro dirigido quizá a una minoría instruida muy concreta -porque la respuesta del público fue muy cálida-; pero que harían bien en renovarse con los tiempos. Porque lo que hacen moderno, lo que se dice moderno, ya no es; y el posdrama es algo que hace tiempo que no tiene por qué estar ligado a la ‘alta cultura’. No está de más evolucionar con los tiempos, sobre todo si se pretende la modernidad…

H. A.

Nota: 2/5

El Cuello de la Jirafa”. Dirección y creación: Ana Vallés. Con: Ana Vallés, Óscar Codesido, Enrique Gavilán, Baltasar Patiño, Mónica García y María Roja. MATARILE TEATRO.

XXXII Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia (Igrexa da Magdalena), 24 de Julio de 2016

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