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‘Pedro y el Capitán’, o no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar

junio 29, 2016

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Dos años ha permanecido en cartel esta versión de Pedro y el Capitán, la inmortal obra de Mario Benedetti en el Off de La Latina -uno de esos espacios off que florecen día sí y día también en el circuito madrileño-. De alguna manera la función se ha convertido en un clásico del teatro off de la capital; y, sin embargo, la había mantenido en lista de espera durante todo este tiempo, llegando a ver la que fue su última función en esta sala -volverán a otro espacio después del verano-. La espera mereció la pena y, como dice la ranchera, “no hay que llegar primero; pero hay que saber llegar”. Tampoco esta producción de Círculo Teatro es, ni mucho menos, la primera que se haya visto de esta obra en Madrid; pero sin embargo, es una de esas propuestas con la rara e infrecuente capacidad de aunar en un espectáculo sencillez, honestidad y efectividad para ensalzar la palabra de Benedetti y poner de manifiesto el mensaje en la obra en todo su esplendor.

En plena Dictadura en un país que la obra no determina -pero que en este montaje bien podría ser Argentina o Uruguay, a juzgar por los acentos que presentan los personajes- un torturado aguarda encapuchado la visita de un Capitán que afirma que es ‘el poli bueno’ y que solo quiere negociar con él, sonsacarle lo que quieren saber -nombres y datos de cuatro compañeros militantes- para evitarle más sufrimiento. Así, el Capitán empieza a ejercer sobre Pedro una presión verbal y psicológica que no es más que otra forma de violencia perfectamente comparable a las palizas y descargas que viene de recibir en la habitación contigua; cortada por el silencio sepulcral de la víctima, que se niega a pronunciar un solo monosílabo. De nada valen las amenazas del Capitán ni los datos que da a Pedro sobre su esposa: el condenado calla. En sucesivos encuentros, el Capitán acaba retirando la capucha a Pedro; y es solo entonces cuando el condenado comienza a hablar, porque defiende que le parece indigno expresarse desde la capucha. Es desde este punto en el que la conversación se volverá un arma de doble filo que situará al Capitán contra las cuerdas; porque empieza a observar a Pedro como ser humano, de manera que los interrogatorios se tornan un diálogo de igual a igual, en el que el Capitán ya no busca cumplir con su deber, sino obtener un fin -una confesión- que le sirva como justificación ante la barbarie que está ejerciendo. Esta situación abrirá una suerte de debate moral situado solo en la mente del Capitán -y nunca verbalizado-, porque esconde verdades a las que seguramente el verdugo preferiría no tener que enfrentarse.

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Pedro y el Capitán es, ante todo, un canto a la dignidad humana de unos y otros; porque ambos personajes defienden su humanidad, su derecho a ser hombres dignos -sí, incluso el tirano que parece ir claudicando inconscientemente poco a poco- y su capacidad de entender; es más, es el Capitán -que al principio aparece dibujado casi como un psicópata encubierto- el que más evolución psicológica presenta, casi como si Benedetti quisiera desmontar al tirano a través de un análisis de su perfil psicológico.

El texto presenta dos aciertos de base: por un lado, el de alejar la problemática de la tortura de una coordenada concreta, de manera que permite trazar una reflexión de cualquier tiranía psicológica vista desde la distancia -no importa tanto si esto sucede o ha sucedido en España, Argentina o Uruguay, el verdadero problema es que nos pone ante los ojos algo que sabemos que sucede-; y por otra parte el de profundizar en la psicología de los personajes más que en la violencia misma. Quiero decir, hay obviamente mucha violencia física y verbal en Pedro y el Capitán; pero a menudo son tanto la violencia psicológica -de muchos tipos, tanto la que ejerce el Capitán sobre Pedro, como la manera en la que Pedro llega a violentar a nivel psicológico a su torturador- como los estados mentales de los personajes -las cosas que estallan en su mente aunque no se digan- las que toman el control de la situación, una opción mucho más sugerente para el público. En otro orden de cosas, a la elocuencia del lenguaje que emplea Benedetti hay que sumar la potencia de las bellas ensoñaciones poéticas -Pedro, derrotado, ante el recuerdo de su mujer- que son no solo de una fuerza evocadora importante a través de la palabra, sino también algo cercano a un falso mecanismo de relajación de la tensión dramática que se agradece mucho.

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La presente producción de Círculo Teatro tira mucho por la línea de lo psicológico a la que hago referencia más arriba. Apenas una mesa, una silla y una lámpara ondulante son los elementos escenográficos de los que se sirve la puesta en escena que firman a cuatro manos Blanca Vega y Tomás P. Sznaiderman, que concentra todo su potencial en el duelo actoral que mantienen José Emilio Vera (El Capitán) y Antonio Aguilar (Pedro). Un pulso interpretativo de alto voltaje en el que ambos -con logrados acentos porteños, a pesar de que son andaluces, algo verdaderamente insospechable mientras se ve la función…- aciertan de pleno al huir de aspavientos gratuitos para no presentar las cosas más duras de lo que ya son. Los diálogos pausados e incluso el uso de los silencios cobran una importancia capital en dos interpretaciones que se complementan en perfecta simbiosis, y que consiguen crear un clima atmosférico de tensión, casi deudor del género noir, que ayuda a que el público se implique de manera decisiva -el silencio en la sala corta el aire…-. Llevar la función por esta línea realista -pero nunca artificial ni artificiosa- es un acierto que sirve para poner de relieve el texto de Benedetti, a la vez que confirma que estamos ante dos actores de raza que ofrecen un mano a mano de esos que siempre se agradecen en el teatro: cuando hay actores de este calibre, poco más se necesita.

Hay en la propuesta escénica ecos muy oportunos de Piazzolla -suena “Oblivion”-, ecos operísticos que apuntan a ese tópico extendido de que los tiranos gustan del verismo -el Capitán canturrea “Vesti la giubba” en pleno interrogatorio-, e incluso guiños a la ironía y a la acidez. También hay que señalar que este espacio en particular -oscuro y hasta un punto claustrofóbico- ayuda sobremanera a la función, creando con facilidad un clima que va que ni pintado a la sala de interrogatorios. Quizá haya demasiados fundidos a negro prolongados -no siempre los encuentro necesarios, ni siquiera para separar los cuatro actos-, con las consabidas pérdidas de ritmo; y quizá a la sangre que cubre el cuerpo entero de Pedro se le vea un poco el truco desde las primeras filas…-diría que está extendida de modo demasiado uniforme y reseco…-; pero pocas pegas más se le pueden poner a un espectáculo que se apoya en un notable trabajo actoral y en un texto con la potencia suficiente como para hacer que el público rememore y extrapole esta situación de tiranía a tantas otras que han sido, son y serán.

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Ni ellos llegaron primero -se han visto como ya he dicho otras producciones de esta obra, y eso podría ser algo que se volviese en contra del resultado, cosa que no sucede- ni yo he llegué primero; pero siento que en esta versión -y vuelvo a citar la ranchera- unos y otros hemos sabido llegar: la compañía a contar la historia desde un lugar muy acertado para despertar conciencias de la manera más sutil; y este humilde cronista a tiempo de ver lo que es un notable espectáculo de teatro… Porque más vale tarde que nunca y lo importante, como digo, es saber llegar.

H. A.

Nota: 4/5

Pedro y el Capitán”, de Mario Benedetti. Con: Antonio Aguilar y José Emilio Vera. Dirección: Blanca Vega y Tomás P. Sznaiderman. CÍRCULO TEATRO

Off de La Latina, 25 de Junio de 2016

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