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‘Tom en la Granja’, o lo que se calla y lo que se dice

junio 22, 2016

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Estreno en España -ojo al dato: estreno en España, pero no ‘primera producción en español’ como se anuncia, porque se ha montado al otro lado del charco…- de Tom en la Granja, la pieza del canadiense Michel Marc Bouchard que fue objeto de una celebrada transposición fílmica de Xavier Dolan en 2013.

Tom viaja a casa de la familia de su novio después de la muerte prematura de éste para darle el último adiós. Cuando llega, no solo se topa con un mundo rural que le es completamente ajeno; sino también con una familia que desconocía su existencia, del mismo modo que él hay cosas de la familia de su novio que Tom ignoraba… Presentándose como un amigo del difunto, el protagonista tendrá que convivir con Agatha -la madre desolada y fervorosamente religiosa- y Francis -el hermano del finado-. Lo que en un principio iba a ser una visita de cortesía para el funeral, acaba convirtiéndose en una estancia más larga a petición de una madre a la la llegada de Tom parece darle la paz. Pero esta estancia estará inevitablemente marcada por dos presiones: la obligación de Tom de callar quién es realmente para no herir a Agathe; y la compleja relación que se establece entre el protagonista y Francis, el hermano que conoce toda la verdad y que transita a medio camino entre el deber moral y un irreprimible deseo oculto hacia algo que desconoce y que seguramente ni él mismo acierte a explicarse.

En primera instancia, Tom en la Granja podría parecer una historia de temática queer, que explora la presión a la que se ven sometidos los homosexuales cuando se enfrentan a un entorno -en este caso el rural- incapaz de ver más allá de sus propias narices. Pero, sin embargo, lo que escribe Bouchard va más allá de eso, al tornarse en un thriiller psicológico donde los personajes callan más de lo que dicen, y valen por tanto más por lo que callan. La compleja relación que se va estableciendo entre Tom y Francis -¿debe Francis alejar a toda costa a Tom por ahorrarle un disgusto a su madre, o es por evitar la tentación?- es solo uno de los vértices de un triángulo que completan esa madre que calla y traga para no enfrentarse a verdades dolorosas, y un cuarto personaje, una joven que llega para hacerse pasar por la novia del muerto y que será quien termine de dinamitar la tensión creciente que se palpa en esa casa. Pero Tom en la Granja es, ante todo, un thriller psicológico de relaciones entre personajes que se enfrentan a lo desconocido; o, mejor dicho, a lo que prefieren desconocer: el factor de la homosexualidad no es más que otro elemento de conflicto que sirve para provocar algunas situaciones que convienen a la dramaturgia; pero aquí los tiros van enseguida por otros derroteros… Quiero decir, pronto vemos que en esa familia ya hay tensión suficiente por otros caminos -incluyan aquí ciertos giros inesperados que hacen que la cosa bordee peligrosamente el melodrama…- como para que el secreto del muerto tenga más poder que otros. Además, Bouchard se sirve de muchos elementos simbólicos -a veces, pero no siempre, de cierta carga erótica- para ayudar a dibujar esa atmósfera de thriller psicológico de la que hablo más arriba. Aquí, lo importante muchas veces es lo que se ocurre en la cabeza de los personajes, en su cerebro; lo que no se dice, lo que subyace mucho más de lo que se ve: y por eso siento que quedarse en una lectura de la obra que subraye solo lo más evidente es perder toda una parte de lo que Bouchard quiere transmitir; y esto vale tanto para el público como para los niveles de lectura a la hora de idear una puesta en escena. Tom en la Granja es una obra de personajes en la que hay mucho -pero mucho…- que rascar, y que deja muchas cuestiones interesantes en el aire.

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La presente puesta en escena la dirige Enio Mejía, y creo que ha sido capaz de armar un espectáculo digno y que se ve con agrado; pero que se queda sin embargo en la base de la lectura, dejando de lado cuestiones importantes: es un acercamiento, pero se puede ir más allá. De hecho, mientras Mejía opta por subrayar sobremanera la pulsión sexual que se establece entre los personajes de Tom y Francis como hilo conductor de su propuesta; si se revisa por ejemplo el trailer de la adaptación fílmica de Dolan pronto se ve que la cosa va por otro lugar mucho más turbio, más oscuro y hasta se podría decir que de corte más ‘pinteriano’, que intuyo -y solo he visto el trailer…- que sí focaliza la narración sobre otras cuestiones que subyacen de la trama pero que yo siento que están muy claras en el texto y no tanto en esta propuesta escénica, que opta más como digo por poner en primer término lo que podríamos llamar el conflicto meramente erótico entre los dos personajes principales. Es, insisto, un camino; pero siento que la obra da más de sí como para quedarse ahí. Un inciso: si se opta por subrayar el componente sexual, no se deberían esconder ciertas cosas en escenas de fuerte carga erótica que aparecen perfectamente medidas para que no se vea justo aquello que no ha de verse…

Se vale Mejía para su versión de una escenografía sencilla pero a la vez tremendamente útil de Alessio Meloni, capaz de solucionar mucho con muy pocos elementos muy bien empleados y mucha imaginación: el resultado funciona, y eso que esta obra plantea no pocas cuestiones espaciales complicadas de resolver en un espacio pequeño como es el de esta sala; pero, sin embargo, Meloni trabaja siempre a favor de la obra y a favor de la propuesta escénica, como ocurre con la estupenda iluminación de Jesús Almendro; que termina de vestir francamente bien el montaje.

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El resultado del elenco es bastante desigual, y es por ello que creo que se debe más a una cuestión de dirección que del talento del reparto. La función pertenece por derecho propio a Yolanda Ulloa, en el papel de esa madre que calla y que vive anclada en un universo religioso como alternativa para salir adelante: da un recital por fuerza, tono e intenciones; y dibuja perfectamente todos los matices por los que pasa el personaje de Agatha, una olla a presión a punto de estallar y una mujer que calla tanto o más como el resto, aunque el resto ni reparen en ella. Ulloa está, como digo, rotunda, en el buen sentido. Frente a ella, creo que tanto Gonzalo de Santiago (Tom) como Alejandro Casaseca (Francis) están faltos de fuerza y carácter, cada uno desde su prisma, en sus acercamientos a los personajes. De Santiago personificando a un prototipo de homosexual blandito y educado que es exactamente eso, un prototipo; y Casaseca algo impostado en sus exposiciones de violencia de un personaje que debe parecer en primera instancia un gañán en el más estricto sentido de la palabra. Intuyo que todo esto se debe a que Mejía ha querido potenciar el nivel de lectura por el que apuesta a través de sus actores; pero a mí no termina de funcionarme por completo, y creo que no se le saca todo el jugo ni a intérpretes ni a personajes. En fin, Alexandra Fierro resuelve bien un personaje breve pero decisivo y agradecido, porque de alguna manera aporta un mínimo contrapunto cómico entre tanta oscuridad.

El mayor valor de estas funciones seguramente sea el de presentar en España un texto complejo, multicapa y de indudable interés; en una versión que se queda de alguna manera en la lectura más evidente de la obra, con todo lo que eso conlleva.

H. A.

Nota: 3/5

Tom en la Granja”, de Michel Marc Bouchard. Con: Gonzalo de Santiago, Alejandro Casaseca, Yolanda Ulloa y Alexandra Fierro. Dirección: Enio Mejía. PASIONARTE / PINCHEFORN PRODUCCIONES

Sala Cuarta Pared, 16 de Junio de 2016

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