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‘Los Temporales’, o trabajadores al borde de un ataque de nervios

junio 19, 2016

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Ya les he hablado varias veces del proyecto Escritos en la Escena que gesta el Centro Dramático Nacional y que cada año ofrece dos propuestas que se escriben en tiempo real durante el proceso de ensayos, a cargo de importantes nombres de la dramaturgia española contemporánea. Son, por lo general, espectáculos breves -de entre 60 y 75 minutos- y se muestran en la pequeña Sala de la Princesa del María Guerrero durante una temporada limitada de aproximadamente diez o doce funciones. De aquí puede salir, obviamente, de todo: desde desastres que es mejor olvidar cuanto antes a espectáculos experimentales o propuestas memorables. Y Los Temporales, de Lucía Carballal está en el último grupo: en el de las propuestas memorables, perfectamente engarzadas y construidas; las propuestas que no parecen salidas de un laboratorio, que ya lo tienen todo. Creo que no exagero si digo que Los Temporales -cuando lean esto aún quedará una función…- es posiblemente la mejor comedia que haya visto esta temporada: parte de una premisa manida y mascada y dura una hora justa de reloj, pero pronto demuestra que no es una función más.

Los trabajadores de una empresa de trabajo temporal, cansados, hastiados e hinchándose a hacer horas y horas por unos sueldos basura, enfrentan una sesión de coaching impartida por Samuel, un tipo de esos que escriben libros de autoayuda y que se creen en posesión de la verdad. Una estúpida sesión en la que las supuestas finalidades son valorarse más, conocer a la persona que trabaja a tu lado y demás sandeces que supuestamente harán que los trabajadores estén más felices en su puesto. En la empresa trabajan Olivia, que ha sufrido un desmayo y no ha recibido la ayuda de unos compañeros que ni se han fijado en ella, así que ahora quiere la baja: no puede más; René, un sindicalista convencido de que las cosas pueden cambiarse; Bruno es el último mono, el recién llegado, el que ha de conformarse con lo que hay sencillamente porque no tiene otra cosa; y Tere, el alma mater, una mujer que dejó por el camino una frustrada carrera como cantante para conformarse con la rutina del funcionario. Son un grupo de personas que han ido viendo cómo la crisis ha ido empeorando no solo sus perspectivas laborales, sino también sus condiciones de trabajo; personas atacadas por el estrés que les produce una oficina en la que pasan horas y horas día tras día a cambio de muy poco… Con esta perspectiva -y con Olivia al borde de la depresión implorando la baja, una situación que podría dinamitar la armonía de todos- aparece el coach, y a la hora de intentar mejorar la situación hará salir lo más interno del alma de cada uno y pondrá en riesgo no sólo el funcionamiento de la empresa sino también el clima familiar que se respira. Porque ante jornadas de trabajo tan intensas, los trabajadores son ya como una pequeña-gran familia; y, como en cualquier familia, aquí la mierda amenaza con aflorar a nada que se rasque un poco.

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Si ustedes leen esta sinopsis, posiblemente pensarán:“otra comedia sobre el mundo de la empresa en España pasada por el filtro de la época de la crisis económica y laboral”… y es que hemos visto tantas, cómicas y no tan cómicas… Pues no. Los Temporales está llena de virtudes que hacen de ella una propuesta memorable y distinta al resto, a pesar de tratar un tema que se ha tocado una y mil veces en el teatro español contemporáneo. Esto no lo han visto; o, por lo menos, no lo han visto contado así.

Es una función inevitablemente apegada a la realidad del aquí y el ahora, algo con lo que cualquiera puede identificarse. Está contando una gran tragedia social contemporánea enfocada hacia la comedia: la situación es desoladora, pero el desarrollo hace que no paremos de reírnos ante las desgracias de esta pobre gente; y ya saben que la clave de las buenas comedias es estar armadas desde grandes tragedias… y aquí no hay discurso aleccionador de nada, porque todo está puesto al servicio de la comedia. Tiene la función además unos personajes bien definidos, que parecen reales y que no parece que estén escritos sino simplemente en su hábitat natural. Y, lo más importante, los diálogos del texto de Lucía Carballal son veloces, mordaces, punzantes, ácidos, frescos y naturales: tienen que estar escritos para tener ese ingenio y ese punch que mueve a la hilaridad más inmediata -hay réplicas absolutamente inolvidables e inspiradísimas- pero al escucharlos parece que no lo estuviesen. Nos reímos, pero a veces duelen, como en las buenas comedias. Pocas comedias de personajes tan reales y tan bien escritas he visto últimamente. Hay, por supuesto, un conflicto; pero la obra en sí misma bien podría ser el día a día de esos trabajadores en la empresa, porque los diálogos son brillantes. El público, con razón, ríe constantemente, interpela a los personajes y aplaude con gusto los gags más brillantes. Comedia, comedia de la buena. Además, el asunto reserva un número musical inolvidable para el desenlace, conscientemente grotesco pero que funciona como un tiro: me dio un ataque de risa inmediato y estallé en un aplauso espontáneo que de pronto vi que compartía media sala… Pocas veces pasa eso. Acaso lo único revisable de este texto sea que debería sobrepasar la hora clavada que dura, porque siento que el asunto aún se podría haber estirado más, bastante más: me quedo con ganas de saber algunas cosas de los personajes… De cara a una futura reposición, quizás se pueda estirar un poco el chicle.

Tengo la certeza -lo digo una vez más- de haber visto una de las mejores comedias de esta temporada, por temática, escritura y construcción; aunque sin embargo creo que no he visto nada de Lucía Carballal antes que esto, y hasta diría que ni siquiera la tenía ‘fichada’ -la temporada pasada dejé escapar Mejor Historia que la Nuestra, y no me interesaba mucho a priori A España no la va a Conocer ni la Madre que la Parió porque el título no pinta demasiado seductor; pero ahora la veré con urgencia en cuanto se reponga, no vaya a ser que, como me huelo, me esté equivocando…-. Los Temporales deja entrever que aquí hay una autora con un talento incuestionable para los diálogos y las historias de personajes. Hay que seguir a Carballal de cerca…

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Pero hay que seguir. La puesta en escena -en esa sala minúscula e incómoda para montar casi cualquier cosa, que se le ha hecho cuesta arriba como espacio a tantos montajes- es un acierto pleno. Por la escenografía ingeniosa y surrealista de Mireia Vila, muy bien amoldada al espacio -y esto no es fácil aquí…- y porque la dirección de Víctor Sánchez Rodríguez no solo no deja pasar una sola réplica, sirviéndolas todas a velocidad de crucero; sino que además se ha ocupado de llenar de vida y sentido los silencios, las miradas y las acciones de los personajes cuando no son parte activa de la trama: estos personajes escuchan, miran, piensan y están activos durante toda la función, y es muy difícil lograr que lleguemos a olvidar que están actuando: aquí se logra. Además, el número musical final -que todo director debe decidir cómo resolver- está ejecutado de forma brillante, y no era fácil desde luego. El montaje es, desde luego, sobresaliente.

Y queda el reparto, muy bien escogido y con todos en su sitio en una perfecta labor de conjunto. Porque la mayor parte del tiempo da la sensación de que no actúan, sino que son esos seres anónimos y tirando a grises a los que personifican. Lorena López lo clava en la empleada que quiere pedir la baja: es muy difícil empezar tan apagada y tan impersonal por exigencias del texto y acabar imponiendo todo su carácter; y sin embargo ella lo consigue. Y si López es la oda a lo impersonal como Oliivia, Carlos Heredia -el sindicalista- es la otra cara de la moneda, un hombre todo nervio… y el choque de trenes entre ambos no se hace esperar: se marcan un par de escenas memorables. La Tere de Mamen Garcia está para que le den un premio: porque todos conocemos a alguna señora como ella, con lo cual nos encariñamos de inmediato, por lo bien que calla cuando calla -y en teatro no hay cosa más difícil que sentarse y callarse a observar, procesar y recibir el mensaje de otro personaje: García da un recital de ello-; porque compadecemos su frustración, y porque se lleva ese número musical que incendia la sala. Nacho Sánchez está bien como el novato un punto panoli, aunque quizá su mirada -que tanto furor causó en La Piedra Oscura– esta vez me haya resultado un punto demasiado agresiva para hacer comedia: se supone que acaba de llegar a la empresa hace poco, pero ya se le ve derrotado…; con todo, el talento está. Y, en fin, David Boceta consigue caer mal en el papel de ese tío que parece que viene de buen rollo a arreglar las vidas de esta gente, pero que pronto se muestra como un ‘sobrao’ cargante en su falso e impostado buenrollismo: tampoco es fácil hacer eso y Boceta -en otro alarde de versatilidad- sin embargo lo hace..

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La pequeña sala no estaba llena el pasado domingo -pero el boca a boca ha corrido como la pólvora y creo que para esta segunda semana que acaba hoy no queda ya ni una entrada disponible-, pero las carcajadas fueron constantes y ruidosas, y la respuesta entusiasta con gran parte del público -en mi función, prestigiosos nombres de la escena y auténticos gurús de la crítica- puesto en pie y saliendo del teatro con una amplia sonrisa. También quien suscribe. La cosa acaba hoy domingo -si en el Centro Dramático Nacional son un poco listos harán bien en repescarla cuanto antes-: si pueden conseguir una entrada, ni se lo piensen. Comedia de la buena, y ¡qué difícil es hacer una buena comedia!

H. A.

Nota: 4.25 / 5

Los Temporales”, de Lucía Carballal. Con: David Boceta, Carlos Heredia, Lorena López, Mamen García, Nacho Sánchez. Dirección: Víctor Sánchez Rodríguez. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL / ESCRITOS EN LA ESCENA / LABORATORIO RIVAS CHERIFF

Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa), 12 de Junio de 2016 (18.00 horas)

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