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‘Battlefield’, o en la sobriedad está el gusto

junio 18, 2016

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Espectáculo en lengua inglesa

Más de 30 años después de su icónico montaje de Mahabharata -con una duración que excedía las diez horas-, Peter Brook vuelve sobre esta base para presentar Battlefield (Campo de Batallla), una propuesta que condensa el extensísimo material en apenas 90 minutos, a partir de un texto de Jean-Claude Carrière que Brook codirige con Marie-Helène Estienne, presentando gran parte de las señas de identidad del que seguramente sea uno de los más destacables creadores vivos de la actualidad.

La guerra y la destrucción. Los dos bandos de la familia Bharata. Los cinco hermanos Pandavas -comandados por Yudishtira- vencen una guerra cruenta a sus cien primos, los Kauravas -al mando del monarca ciego Dritarashtra-. Yudishtira, después de haber acabado con gran parte de su familia, se ve obligado a ascender al reino, con la gloria de la victoria empañada por el peso de la culpa al haber dado muerte a sangre de su sangre tras una guerra que ni siquiera él alcanza a comprender; al tiempo que Dritarashtra acabará retirándose desterrado al bosque. Battlefield deja a un lado el horror de la guerra en sí misma -o toma la guerra como mero elemento conductor- para centrarse en cómo las dos ramas de una misma familia devastada consiguen hallar el equilibrio, la fuerza y la paz interior para sobreponerse a lo inevitable de la tragedia y seguir viviendo.

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Lo cierto es que los presupuestos de esta magna historia -en los que los estados mentales y la meditación como camino hacia la realización del equilibrio casi pesan más que la trama en sí misma- van como anillo al dedo a la poética minimalista del maestro Peter Brook, que vuelve a dar un recital de esos que demuestran que menos es más, creando un espectáculo elegante basado en el minimalismo absoluto -en escena apenas unas varas y algunas piezas de ropa- y en la fuerza expresiva de unos actores en verdadero estado de gracia que trabajan en unos niveles de contención que sin embargo se convierte en un recurso de poderosa elocuencia. Con estos pocos mimbres, Brook construye un espectáculo que atrapa, y narra la (post)guerra más como un estado mental que como una estampa de muerte, cadáveres y destrucción. Tampoco el vestuario -fundamentalmente neutro- se permite ni lujos ni aspavientos gratuitos; ni la iluminación -sencilla pero igualmente efectiva a nivel expresivo, en tonos fundamentalmente cálidos- se presta a aspavientos. En este espacio minimalista, Brook deja todo a la expresividad de sus actores, y al uso inteligente de los pocos elementos que necesita para crear un todo lleno de sabor, dominado por ejemplo por un sentido inusitado y absoluto de los juegos de perspectiva para generar con pocos recursos imágenes de una fuerza expresiva y teatral ciertamente fascinantes. En este sentido, incorpora en escena el tambor japonés de Toshi Tsucitori como único eco real de la guerra que termina y que deja unas consecuencias que son en las que se centra la función, que sugieren cosas que la imaginación del espectador deberá completar. Es un recurso sencillo pero decididamente efectivo para crear un clima en el espectáculo. Además, las distintas fábulas que recorren esta historia -y que conducen a los líderes de los dos bandos a esa ansiada paz interior- están resueltas con las varas y las telas desperdigadas por el escenario, mediante soluciones de gran elegancia estética y expresiva; que son dos de las grandes bazas de la función.

Pero más allá de la elocuencia indudable en esta economía de medios, si algo me fascinó en esta propuesta fue el formidable trabajo de los cuatro actores, que trabajan en unos códigos de contención basados en un cuidado exquisito por el uso y la administración de la palabra, y en una vocalización y dicción cristalinas y perfectas -y no se piensen que esto es una obviedad en estos tiempos en el mundo del teatro…-. Así, Carole Karemera, Jared McNeill,Ery Nzaramba y Sean O’Callaghan despliegan en escena todo un verdadero arsenal de recursos puestos al servicio de una elocuente contención expresiva que es clave en el resultado. Admirar el trabajo de los cuatro intérpretes es motivo suficiente por sí solo como para salir fascinado de este espectáculo, porque pocas veces habremos podido ver interpretaciones de este calibre en estos códigos tan particulares. Y déjenme insistir una vez más: la dicción y la intención son pulcras, perfectas, claras y cristalinas; de manera que cualquier angloparlante pronto abandonará los subtítulos para dejarse arrastrar por este festival interpretativo de primer nivel. Evidentemente, parte de la magia de este espectáculo está en la genialidad de Brook; pero dar con este elenco pluscuamperfecto y no otro también es parte de esa genialidad.

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Hay en el texto lugar para la meditación, para el silencio expresivo -que no pausa dramática-, incluso para la fina ironía en los diálogos -permítaseme puntualizar siento que a veces están enfocados hacia una retórica que creo enrevesada en exceso…- y todo lo domina Brook con mano maestra. Todo salvo algunos mínimos detalles que quizá escapen al espíritu pausado y minimalista del espectáculo y sean concesiones de cara a la galería que están fuera de lugar: un chascarrillo cómico en que uno de los personajes se dirige directamente al público y que rompe innecesariamente y por un momento -gracias a Dios es solo por un momento, pero no entiendo cómo esto se le pudo ocurrir a Brook…- el sentido de la poética del espectáculo, una única concesión a un grito de dolor desgarrador que va por un segundo contra el espíritu meditativo de la propuesta, y cierta reiteración en las historias fabularias, que quizá se tornen excesivamente largas -me hubiese gustado escuchar más siendo cada una de ellas de menor duración…-.

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Salvo por dos o tres detalles revisables, el espectáculo ha de verse no solo como una verdadera declaración de intenciones de una manera de hacer teatro; sino como una auténtica demostración de la realidad de esa máxima que dice que menos es más, e incluso como una muestra de que el horror de la guerra se puede mostrar en toda su crudeza desde lo esencial y lo conciso, desde un lugar bien alejado de la opulencia, el oropel y lo evidente: un lugar sobrio, abierto a la imaginación y dispuesto a alimentarla, pero igualmente elocuente.

H. A.

Nota: 4/5

Battlefield”, un montaje basado en Mahabharata y la obra de Jean-Claude Carrière. Versión y dirección: Peter Brook y Marie-Helène Estienne. Con: Carole Karemera, Jared McNeill, Ery Nzaramba, Sean O’Callaghan y Tori Tsucitiori. C.I.C.T / Thèâtre des Bouffles du Nord.

XXXIII Festival de Otoño a Primavera. Teatros del Canal (Sala Roja), 11 de Junio de 2016 (17.00 h).

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