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‘César & Cleopatra’, o ¿por qué?

junio 8, 2016

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Después de ver César & Cleopatra -espectáculo estrenado en el seno del pasado Festival de Teatro Clásico de Mérida- a uno se le vienen a la cabeza preguntas en aluvión. Preguntas como: ¿qué tiene que ocurrir para que una propuesta triunfe o fracase? ¿bastan unos buenos mimbres para un buen cesto? Y ¿por qué ocurren algunas cosas? A uno le asola la duda. Porque en César & Cleopatra hay cuatro excelentes actores, una directora experimentada y una producción costosa; y, sin embargo, el texto es un lastre insalvable que ni la suma de todos los talentos que aparecen en el programa de mano es capaz de torear…

Todo el mundo sabe que para explorar el mundo de Julio César y Cleopatra, el teatro ha dejado numerosas fuentes en todos sus géneros: Shakespeare deja Julio César y Antonio y Cleopatra, Bernard Shaw César y Cleopatra; e incluso, en el mundo de la ópera, Händel escribe Giulio Cesare in Egitto, Jules Massenet Cleopatre y Samuel Barber Anthony and Cleopatra. Cinco fuentes básicas que se me vienen a la cabeza sin pensar mucho; pero seguro que hay muchas, muchas más en todos los géneros teatrales posibles. Con todo esto, uno ha de decidir si montar una obra, o si tomar referencias de todas -o algunas de- ellas para crear un todo nuevo. En cualquier caso, hay muchos caminos posibles por los que tirar. Y, sin embargo, Pentación desestima todas estas opciones y opta por un texto completamente nuevo de Emilio Hernández -que ha dejado adaptaciones de clásicos más o menos interesantes-. Sinceramente no se entiende esta decisión; y menos aún a la vista del resultado: porque el texto tira por tierra sin remedio el resultado del todo.

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César y Cleopatra se encuentran en el limbo de la eternidad cada ciertos miles de años. Y hoy, en 2016, es una de esas noches en las que los amantes se reencuentran de nuevo. Desde la eternidad han visto pasar el tiempo, han envejecido y han sido testigos de cómo la historia ha tratado sus figuras. Junto a ellos, César y Cleopatra jóvenes -en los momentos de sus muertes-. Pasado y presente de Cleopatra y Julio César se dan la mano para revisar su historia y hablar de la eternidad del amor.

Vamos por partes: la idea de partida da juego y es muy buena. Con esa premisa, Emilio Hernández hubiese podido tomar mil caminos para jugar, desarrollar, utilizar metareferencias a la historia y a todos los materiales existentes… Pero, sin embargo, nada de esto sucede: Hernández escribe algo que intenta ir de comedia modernilla con chascarrillos del estilo “César, tienes nombre de ensalada”, “revisemos wikipedia con mi tablet”, “ahora a los germanos les gobierna una mujer”, “los historiadores son unos misóginos de mierda”, “hagámonos un selfie” y todo un festival de comentarios en esta línea que igual buscan provocar la hilaridad o parecer un discurso progre -¿progre?- de cierta tendencia a la modernidad para los de los más conservadores; pero que lo único que consiguen es hacer saltar todos los pilotos automáticos del espectador medianamente inteligente. Sumen a todo esto fragmentos de ópera pasados por el filtro del techno, tangos entonados por César y otras tantas cosas que he luchado por olvidar a la mayor brevedad posible. Aquí este es el percal. Aquí no hay ni documentación histórica, ni profundidad psicológica ni verdadero conflicto, ni temperatura, ni estudio de la erótica del poder, ni tantas cosas que que podrían haber estado si esto hubiese merecido la pena y todo está puesto al servicio de un tono y un humor que probablemente tenga un público -porque, lo crean o no, una parte del respetable se reía mientras yo luchaba por no sonrojarme más y más ante lo que iba escuchando…-; pero yo no sé muy bien cuál es… En mi opinión, este texto de corte experimental -pero experimental en el mal sentido…- no tiene el menor interés real; y se me escapa cómo alguien con medios y capacidad de poner buenos mimbres al servicio de algo -aquí los hay- se puede interesar por este texto tan de otros tiempos, tan rancio, tan imposible de defender y, sobre todo, tan escasito de documentación histórica seria.

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Vuelvo al asunto que planteaba antes de las mil preguntas que le surgen a uno cuando se enfrenta a algo así: ¿por qué un productor que puede permitirse producir lo que quiera escoge este texto? ¿por qué presentarlo en Mérida? ¿por qué cargar el muerto a todo un equipo de profesionales de primerísimo nivel que tienen que luchar como jabatos por salvar un barco que se hunde desde antes de zarpar? ¿por qué con este mismo equipo no haber montado algo que merezca la pena? Sinceramente no comprendo. Me niego a pensar que un hombre de teatro y de negocio como Jesús Cimarro no sea consciente de que esto no merece la pena… Y si él -y casi diría que todos los implicados, todos inteligentes y todos muy curtidos en el teatro- saben que ocurre lo que ocurre, la pregunta vuelve al punto de partida: ¿por qué? La conclusión más dura de todo esto es que tener un equipo notable -permitan que me repita, pero es que aquí lo hay- ya no es garantía de nada cuando la base -el texto- tiene tan poco interés como el que se presenta aquí. Pero esto es lo que hay…

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Vaya por delante mi respeto hacia todos los profesionales que luchan por levantar esto. Tener a Magüi Mira -que ha dirigido algunos montajes muy solventes- intentando insuflar vida a algo que no la tiene desde su montaje -porque aquí, ya lo hemos dicho, no hay ni trama, ni conflicto, ni tensión ni nada- es una papeleta que la actriz y directora resuelve como puede: el montaje no es feo, el espacio escénico que firma la propia Mira es bastante útil y hasta se diría que la iluminación de José Manuel Guerra juega a favor del conjunto; pero por mucho baile y juego de perspectivas que incluya rara vez consigue escapar de un estatismo que nace del texto mismo. Pero bastante hace Mira que es capaz de idear un montaje para darle forma a esto. Solo un par de incisos: el vestuario de Juan Sebastián Domínguez plantea algunos escotes que dejan al descubierto por completo la microfonía… -porque sí, van todos microfonados- y el montaje anuncia “música orignal” de David San José, cuando lo que se escucha son versiones techno de la Obertura y del aria “Se pietá” de Giulio Cesare de Händel: pero el nombre de Händel no aparece por ninguna parte, cuando parte de esta composición de original tiene poco… Estos momentos -que obligan a ambas actrices a cantar- creo que además sobran porque no están bien resueltos… y a falta de escucharse una vez, suenan ¡dos veces!…

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Tener a dos actores de la talla de Emilio Gutiérrez Caba y Ángela Molina -que además se prodigan poquísimo en teatro- haciendo esto es un completo desperdicio. Defienden la papeleta con un aplomo que no tiene cualquiera; pero no pueden pasar de ahí: no pueden ni lucirse ni mostrar todo el talento que ya sabemos que tienen -obviamente no necesitan demostrar nada a estas alturas…-, pero aquí no pueden explotar… Nuevamente, la clave de todo es de un texto que no da más de sí. Y, otra vez, la eterna pregunta: ¿Por qué? ¿por qué dos actores de este calibre apuestan por este proyecto? Vaya usted a saber, pero el asunto no es su culpa. Insisto: bastante que defienden lo que defienden como lo defienden… Y tres cuartas partes de lo mismo cabe decir de la pareja joven -que sustituyen a Marcial Álvarez y Lucía Jiménez, que actuaron en el estreno en Mérida- también otros dos excelentes actores como son Ernesto Arias -que ya ha demostrado su excelencia en más de dos y tres ocasiones- y la joven pero ya prometedora Carolina Yuste -quizá la que más ocasión tenga de lucirse aquí-. Lo dicho más arriba: mis respetos para todos, porque no es fácil defender este texto y sin embargo ahí están todos peleándolo como auténticos gladiadores. Por descontado que no basta, pero se respeta y se agradece el esfuerzo.

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Llegados a este punto, insisto, hay muchas cosas que no alcanzo a entender: teatro a media entrada con los precios por las nubes; una parte del público riéndose y yo luchando por mantener la concentración y pensando que estaba ante uno de los textos más vacíos con los que me haya encontrado en un teatro en bastante, bastante tiempo, y que ojalá todo este equipo indudablemente capaz se hubiese puesto al servicio de otra cosa, de cualquier otra cosa. He revisado también otras críticas, y parece que hay algunas personas a las que el asunto les funcionó bien… Y yo me pregunto tantas, tantas cosas: ¿Por qué? ¿Por qué una parte del público se ríe? ¿Por qué yo siento que este texto no hay por dónde cogerlo? ¿Por qué escoger esta opción de entre todas las posibles? ¿Por qué haber reclutado a una compañía tan brillante para esto? ¿Por qué haber presentado esto en Mérida cuando no deja de ser un pastiche? Todas esas preguntas se me vienen a la cabeza. Seguramente no tengan una respuesta -o no una única respuesta válida-; pero no puedo evitar cuestionarme cosas cuando me topo con algo así. Y, en este caso concreto, nunca lo hubiera pensado…

H. A.

Nota: 2/5

César & Cleopatra”, de Emilio Hernández. Con: Emilio Gutiérrez Caba, Ángela Molina, Ernesto Arias y Carolina Yuste. Dirección: Magüi Mira. PENTACIÓN ESPECTÁCULOS / FESTIVAL DE TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA

Teatro Bellas Artes, 2 de Junio de 2016

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