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‘El Día que Decidí Olvidarte’, o coqueteando entre géneros

junio 7, 2016

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Ha irrumpido con fuerza en la pequeña Sala Tú del barrio de Malasaña El Día que Decidí Olvidarte, una comedia romántico-dramática escrita por Juan Carlevaris -procedente del mundo del audiovisual- que revisa el amor, las rupturas y las relaciones de pareja en un curioso tono que navega a medio camino entre el drama romántico y la comedia de corte televisivo más propiamente dicha. En resumen, una obra que consigue reírse de la tragedia de la clausura del amor, desde diálogos reconocibles que increpan directamente a unos espectadores que observan a dos palmos de distancia.

Antonio recibe un whatsapp. Lo mira y, dirigiéndose directamente a unos espectadores que ejercerán de cómplices durante toda la función, nos pone en antecedentes: su novia, Ana, le acaba de dejar. Revive el proceso: se pregunta cómo pudo escoger ese ese lugar especial en la Plaza de Oriente para hacerle semejante cosa: una parte de él la quiere, pero a la vez Antonio tiene algo de chulo de poca monta convencido de poder tener a cualquier mujer de su amplia agenda en el móvil… Lástima que la quiera a ella. Irrumpe también Ana e intenta aportar su versión de los hechos: se siente tranquila pero también un punto culpable por acabar de dejar a Antonio: sostiene que cree que se ha apagado la chispa, que ha intentado que él dejase de quererla, pero que no entiende cómo es posible que él la quiera tanto después de cómo se comportó ella… A partir de este momento, y siempre con la complicidad del público, se intercalan una serie de confesiones sobre cómo se sienten los dos personajes con retazos de ese encuentro decisivo en el que la relación se rompió; a la vez que ambos personajes se plantean si se merecen una última noche o si lo correcto es cortar por lo sano con todo.

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Con estos antecedentes, uno podrá pensar que estamos ante un drama romántico del copón; y, sin embargo, Juan Carlevaris es capaz de acercar su escritura a lo que podríamos llamar una ‘comedia romántica dolorosa’. Porque consigue escribir unos diálogos de lo cotidiano, que hablan de situaciones por las que todos hemos pasado o vamos a pasar; pero en un tono que provoca que nos riamos de aquello que reconocemos porque nos es cercano: la risa dolorosa. Es una de esas comedias que ayudan a entender que algo ya se ha superado cuando aprendemos a reírnos de ello; y a la vez una de esas comedias con las que el público empatiza inevitablemente porque entiende que a otros les está pasando lo que antes nos ha pasado a nosotros: y ya saben lo que nos gusta eso cuando vemos ficción. Al factor cercanía hay que sumar el hecho de que los personajes se dirijan directamente al público, pidiendo su opinión y haciendo que nos pongamos en el pellejo de ambos personajes: esto no es una guerra de sexos ni una historia de buenos y malos; y es por ello que los personajes se dirigen absolutamente a todos, lejos de bandos y sexismos. En este factor -el de la cercanía y la frescura de los diálogos: dos aspectos que nadie podrá cuestionar- la función suma un punto muy a favor.

Pero coquetear con dos géneros como son la comedia y el drama a medio camino nunca es fácil, y creo que quizá el tono de comedia televisiva tan directa y casi se diría que tan constante acabe jugando una mala pasada a la representación, porque siento que cae en excesos de comedia que podrían aminorarse equilibrando un poco más la balanza hacia el lado de lo dramático. En este sentido, diría que uno conecta más con el personaje femenino -más natural, más fresco, más cercano- que con el masculino -que acaba resultando un poco cargante en su perfil de majete de teleserie-. Personalmente sentí más empatía con ella -más natural- que con él; y creo que Carlevaris podría haber redondeando más una obra tan sencilla como llena de virtudes inclinando la cosa un poquito más -solo un poquito- hacia el drama…

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En un espacio intimísimo como es la Sala Tú, y en una obra en la que los personajes -despojados prácticamente de cualquier dispositivo escenográfico- buscan constantemente la complicidad del espectador, tanto Pablo Tercero -que tiene la papeleta de defender un personaje más excesivo por la escritura- como Raquel Guerrero -cómoda en un personaje que siento que está mejor escrito que el de él- cumplen sobradamente con los requerimientos de lograr esa complicidad del espectador, y dar vida a dos tipos normales, de la calle, como podríamos ser cualquiera de nosotros: a esta mínima distancia -y hablando directamente al público- no es tarea fácil, y el resultado está conseguido de sobra; porque hay respuesta y hay feeling. El propio Juan Carlevaris dirige una función que tiene en su relación directa con el público -unida a la frescura de los diálogos- una de sus mejores bazas. La función se abre y se cierra con Sofía Comas -de la banda Tucan Morgan- interpretando un bello tema en directo: dada la calidad de la artista, creo que quizá la propuesta podría haber integrado a la cantante como hilo conductor, en vez de limitarla a dos puntadas que abren y cierran el todo.

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Una función cercana, directa, que tiene la cercanía y frescura en sus diálogos su mejor baza; y quizá en la excesiva inclinación hacia la comedia su mayor hándicap. Con todo, una función interesante que tiene la capacidad indudable de conectar con el público y ganarse su complicidad.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

El Día que Decidí Olvidarte”, de Juan Carlevaris. Con: Raquel Guerrero, Pablo Tercero y Sofía Comas. Dirección: Juan Carlevaris.

Sala Tú, 31 de Mayo de 2016

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