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‘Animales Nocturnos’, o el poder como mecanismo de autodefensa

mayo 30, 2016

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Acierto pleno el de recuperar un texto que Juan Mayorga estrenase hace más de una década, y que al parecer nació como un proyecto de encargo para el Royal Court londinense: Animales Nocturnos (2002), una obra que parte de una rocambolesca anécdota de corte social para crear un intenso y oscuro thriller de personajes sobre peces grandes y peces pequeños y sobre los mecanismos de dominación; pero también sobre la necesidad de dominar, de sentirse superior al de enfrente, como mecanismo de defensa ante la soledad, la incomprensión o la vida desordenada.

El Hombre Alto escribe solo en un bar. Entra un segundo hombre -el Hombre Bajo- y le dice que quiere que se tome una copa con él para celebrar algo. Aunque el Hombre Alto no se da ni cuenta, el Hombre Bajo le recuerda que son vecinos y coinciden cada mañana en la escalera del portal… y también que sabe que es un ‘sin papeles’ y que, ante la nueva Ley de Extranjería, podría denunciarle consiguiendo su deportación inmediata: para evitarlo, el Hombre Alto tendrá que hacer todo aquello que el Hombre Bajo le pida. Pero, curiosamente, todo parece indicar que todo lo que el Hombre Bajo busca es mera compañía, tal vez un amigo: desde un principio deja claro a su vecino que no quiere sexo ni dinero, y parece que realmente viene de buen rollo… Desde este punto, se inicia una relación de dependencia mutua en la que el Hombre Bajo absorbe a toda costa el espacio del Hombre Alto, mientras que el Hombre Alto -quien sabe si fascinado por la poderosa capacidad del vecino para embaucar- se deja absorber. Aparentemente, el Hombre Bajo es el perfecto vecino, un hombre afable dispuesto a ayudar a todo el mundo; pero, entonces ¿qué hace que intente esta extorsión? ¿y por qué el Hombre Alto no hace nada por pararle los pies? En esta extraña relación entran también en liza las esposas de los dos hombres: dos personajes que en un principio parecen colocados ahí para que Mayorga pueda exponer mejor las vidas de los dos hombres, pero que acabarán cobrando un peso insospechado en el inesperado desenlace de una historia de intrusión en la intimidad que se va tejiendo y enredando como tela de araña.

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Y es que a Mayorga no le interesa el asunto de la inmigración (i)legal más que como mero punto de partida: Animales Nocturnos logra trascender la anécdota para convertirse en un thriller psicológico en el que un personaje va anulando al otro sin poder evitarlo. Esta vez, parece, el pez pequeño se va a comer al grande… Pero tampoco se queda ahí la cosa, porque Mayorga también explora las necesidades de afecto a través de unos personajes rotos, solitarios, incapaces de comunicarse; que necesitan de la ayuda del otro y del apoyo del otro para no terminar por hundirse en su propia rutina sin sentido… Y que están dispuestos a conseguir a ese otro a cualquier precio, incluso aunque sea a través de un chantaje.

No conocía esta función, pero tiene muchos de los rasgos clásicos del teatro de personajes de Mayorga: parte de una anécdota en principio mínima, estúpida y hasta rocambolesca; para derivar en una intriga que se les va de las manos a los propios personajes y que el espectador sabe que acabará estallando de la peor manera, aunque no pueda ni sospechar por dónde. Revisa además un tema que retomaría años después en una de sus grandes obras –El Chico de la Última Fila-: el de los peligros de los mecanismos de sumisión y la invasión de la intimidad. Engancha como intriga por el crecimiento de la anécdota, por lo natural de los personajes; y por esos diálogos mayorguianos tan marca de la casa que resuenan como verdaderas bofetadas para al espectador, al tiempo que suenan perfectamente coloquiales en el tono de la escritura. Y reserva además un final típico de la factoría Mayorga. Un final tan inesperado como inevitable; de esos en los que el autor nos ha ido colocando pistas a lo largo del relato, consciente de que no seríamos capaces de reparar en ellas hasta que el final estallase en nuestras narices: es entonces, cuando abandonamos el teatro, cuando nos toca ‘repensar’ la función, masticarla, y comprobar que efectivamente nada está dejado al azar. A través de Animales Nocturnos Mayorga construye algo que va más allá del thriller de intriga; pero que engancha irremediablemente como thriller de intriga en sí mismo: en esos dos planos, en esta doble lectura, radica la genialidad del texto, sencillo en apariencia pero complejo en el fondo.

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La pequeña sala Jardiel Poncela es bastante ingrata como espacio; pero si ustedes hacen una rápida revisión de mis críticas verán que es en esta sala en la que el Fernán Gómez programa las cosas verdaderamente interesantes -en la sala grande se han visto algunas propuestas para salir huyendo sin mirar atrás-. Esta producción de El Aedo no es una excepción, y constituye una notable experiencia de gran teatro en una sala de dimensiones mínimas y escasas posibilidades para jugar: sin embargo, la propuesta es puro juego hasta el punto de que casi parece imposible que algo así se haya podido montar en este espacio… Pero ahí lo tienen.

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El montaje de Carlos Tuñón parte de una baza importantísima que es contar con una de las mejores escenografías que he visto en teatro en bastante tiempo: Alfonso Pizarro ha diseñado una gran ca de madera -ya saben, de esas de ‘muy frágil’- que se mueve abriéndose en dos mitades para mostrar las casas de los vecinos; pero también puede convertirse al cerrarse total o parcialmente en una suerte de terrario metafórico para evocar el bar, el puesto de trabajo del Hombre Bajo o un zoológico. Es una escenografía ingeniosa, vistosa y que atrae como mecanismo visual; pero lo más importante es que no resulta accesoria, y está al servicio de la puesta en escena y de la narración: en un tiempo en el que se han visto en Madrid escenografías aparatosas que aportan nada y menos, hay que aplaudir sin embargo el recurso de esta suerte de casita de muñecas, que se monta y se desmonta a unos centímetros del espectador: desgraciadamente las fotografías que he encontrado no hacen justicia al resultado ni permiten entender bien el juego; pero bravo a Pizarro por el trabajo. Muy destacable también la iluminación de Jesús Díaz Cortés, perfectamente integrada en el mecanismo escenográfico -y de capital importancia en una trama en la que las idas y venidas de la luz son fundamentales…-. Carlos Tuñón sabe bien cómo sacarle todo el partido posible a este juguete, y el resultado es una función vistosa y plagada de hallazgos de dirección para perfilar situaciones y estados emocionales de los personajes, con pulso, ritmo, sentido del thriller; y una secuencia final muy planteada de manera muy interesante, que implica que el montaje se prolongue tanto tiempo como el espectador decida que quiere permanecer en su butaca: me gustó mucho esta idea. Quizá revisaría la cuestión de las entradas y salidas de personajes en aquellos momentos en que ‘invaden’ el espacio del público, porque me parece que va contra la tónica del resto del montaje…

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De entre los cuatro actores y sin que ninguno esté mal ni mucho menos, me gustó más la pareja de Bajos que la de Altos; pero creo que el texto mismo tiene algo que ver -vamos, que la pareja de Bajos tiene más juego y más chicha que la de Altos…-. Jesús Torres -el Hombre Bajo, el que extorsiona- está perfecto en el contraste entre un físico de hombrecillo que es poca cosa y la mirada mefistófelica del loco obsesivo que todo lo controla: parece inofensivo, pero a la vez tiene algo que hace que sea el hombre con el que no te querrías quedar a solas en tu casa… Por trama es el auténtico protagonista de la función y el actor lo clava. Como también se marca un trabajazo Irene Serrano en la Mujer Baja -la esposa apocada, insomne, depresiva y enganchada a los tarotistas del extorsionador-: durante gran parte de la función ha de parecer que no está, que no es más que una presencia que vaga por casa sin demasiada personalidad -¡qué difícil es hacer eso…!-; pero hay algo en ella que nos mantiene alerta, como si supiésemos que en algún momento va a estallar: y efectivamente Mayorga le reserva un par de escenones hacia el final de la función, en los que la actriz crece inesperadamente haciendo que valoremos aún más todo el trabajo de contención anterior, mostrando un gran trabajo.

La pareja de Altos -el extorsionado y su esposa- queda un escaloncito por debajo. Puede que al Hombre Alto de Pablo Gómez-Pando le falte un puntito de tensión, como para que veamos con toda claridad que está acojonado ante la que se le puede estar viniendo encima: tiene presencia y mirada penetrante, pero para mi gusto está demasiado relajado para lo turbia que es la situación. En fin, Viveka Rytzner como su esposa tiene el papel menos agradecido de los cuatro: el de una mujer normal y corriente que permanece gran parte del tiempo ajena a la movida que está ocurriendo a su alrededor: lo resuelve bien, pero creo que el papel tampoco permite que la actriz juegue demasiado sus bazas.

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Más o menos media entrada en una sala no especialmente grande para una propuesta que sin embargo garantiza una noche de buen teatro, tanto a nivel de la calidad del texto -recuperando un Mayorga poco habitual, pero muy interesante- como por una propuesta escénica atractiva, ingeniosa y notablemente interpretada.

H. A.

Nota: 4/5

Animales Nocturnos”, de Juan Mayorga. Con: Jesús Torres, Pablo Gómez-Pando, Irene Serrano y Viveka Rytzner. Dirección: Carlos Tuñón. EL AEDO TEATRO.

Teatro Fernán Gómez (Sala Jardiel Poncela), 26 de Mayo de 2016

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