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‘Tierra del Fuego’, o seis verdades absolutas sobre el horror

mayo 27, 2016

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Llevo varios días intentando pensar qué es lo que ocurre cuando un teatro casi en pleno se pone en pie al final de una representación; y sin embargo el que suscribe tiene la sensación de haber visto un espectáculo con todos los elementos en orden, correcto de ejecución, pero que no ha logrado ni conmover ni mover a la reflexión a pesar de que contenido y temática lo tenían todo para ello, al menos a priori. Y, ante la respuesta del público, tal vez deba pensar que seguramente sea yo el que se equivoca, o tal vez sea un insensible… O no. Pero el caso es que me fue prácticamente imposible dejarme arrastrar por la catarsis colectiva innegable que invadió el pasado domingo el Matadero en la función de Tierra del Fuego, obra del argentino Mario Diament que dirige Claudio Tolcachir con un reparto de campanillas.

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Por unas cosas o por otras, este año he visto hasta tres montajes que tratan el tema del terrorismo en distintos territorios y que dan voz a víctimas y victimarios en distintas circunstancias. Primero fue la estupenda Los Esclavos de mis Esclavos, más adelante la menos lograda La Mirada del Otro y ahora esta Tierra del Fuego: ocurre rara vez que en un intervalo de tiempo de apenas cinco meses el tema del terrorismo esté tan presente, y seguramente esto condicione sobremanera mi recepción del espectáculo.

Tierra del Fuego es un texto dramático que parte de la experiencia real de Yulie Cohen, una azafata israelí atacada en Londres por un terrorista palestino del Frente Popular por la Liberación de Palestina en un atentado en el que resultó muerta una amiga suya. Veinte años después de este hecho, la protagonista -que se ha convertido en una activista por la paz- siente la imperiosa necesidad de visitar en la cárcel al terrorista que cumple condena en Londres, para tratar de entender sus motivos y sus razones; y quién sabe si tal vez también para sentirse en paz consigo misma y terminar de cerrar un capítulo de su vida. En el periplo hacia el encuentro entre el terrorista arrepentido y la protagonista -rebautizada Yael en la ficción- se cruzan además las figuras de su marido -que desaprueba la decisión-, su padre -un antiguo militar de guerra-, la madre de su amiga muerta y el abogado del terrorista -que busca que Yael firme un documento que podría suavizar la condena de su defendido-.

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Al margen de lo recurrente del tema del terrorismo en teatro últimamente, me atrevo a pensar que a este texto le juega una mala pasada el hecho de basarse en un personaje real. Mario Diament presenta -mediante flashbacks y flashforwards- a seis personajes que presentan sus verdades absolutas sobre el conflicto: como siempre en estos temas, cada uno defiende su verdad y todas las verdades son perfectamente válidas porque están bien argumentadas. Echo de menos por ejemplo cierta capacidad de dudar, de que los personajes se planteen si su verdad es la válida, una cualidad -la de la duda- que solo encuentro en la protagonista, único personaje que presenta una evolución expuesta mediante la duda razonable que genera la acumulación de acontecimientos a los que se ve expuesta: el resto de los personajes presentan su tesis, su verdad, pero rara vez se mueven de ahí. En resumen, el texto de Diament presenta una buena visión panorámica del conflicto, pero creo que trabaja más desde la exposición de los hechos que desde algo que mueva a una verdadera reflexión. Y quizá el punto más débil de la trama -ignoro hasta qué punto esto sucedió así en la historia real…- sea una carambola final que el autor se reserva para que las historias confluyan -y para aportar un rayo de luz bastante improbable a la historia…-, que casi parece un recurso de película de sobremesa: sea como sea, demasiadas casualidades juntas para redondear una historia de perdón y redención, y creo que este cúmulo de casualidades final fue el que acabó por terminar de distanciarme de la historia.

En otro orden de cosas, a nivel de estructura, solo dos de los personajes -la protagonista y el terrorista- están verdaderamente desarrollados; los otros cuatro tienen su momento y su función concretas; pero seguramente puedan ser prescindibles ‘físicamente’ en la narración: todo podría quedar reducido a un diálogo entre Yael y Hassan en el que se incluyese la información que aportan los otros cuatro personajes que, como digo, no pasan de episódicos. Incluso -y esto es una sugerencia, a riesgo de traicionar la historia real para hacer más poderoso el material meramente dramático, que al fin y al cabo es de lo que se trata aquí- me resultaría interesante que Yael tuviese algún tipo de tara física notable provocada por el atentado, más allá de la cicatriz a la que se hace referencia varias veces pero que nunca vemos: algo que remarcase que la protagonista ha quedado irremediablemente marcada por este terrible evento…

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Claudio Tolcachir trabaja desde lo esencial: apenas un muro, una mesa que los actores cambian de posición movida a pulso y sillas en las que los personajes permanecen constantemente en escena observando el mano a mano entre Yael y Hassan como si de jueces silentes y omnipresentes se tratase hasta que deben intervenir le bastan para diseñar un montaje sencillo y esencial, teñido de ritmos y elementos árabes -los cantos, el djembe, la arena…-, basado en el trabajo actoral. Puede que el mayor hallazgo del montaje -que dista de ser de las propuestas más logradas de Tolcachir- sea diseñar un par de momentos a modo de flujo de conciencia de Yael, como si la presión de toda la información recibida estallase dentro de su cabeza, mediante las voces de los personajes que no están presentes en escena: es un detalle que funciona muy bien; pero siento que al montaje -siendo correcto- le falta algo que vaya más allá, algo más propio de la genialidad probada del director argentino. También es cierto que esta es de las pocas veces que el director argentino dirige un texto que no firma como autor; e indudablemente los pocos textos que solamente dirigió -en España Todos eran mis Hijos y en Argentina Agosto (Condado de Osage)– tenían un peso como obras dramáticas del que siento que este texto carece.

Lo mejor del reparto sin duda son los monólogos de Malena Gutiérrez y Juan Calot: tienen poco que hacer, pero son momentos muy dramáticos -y creo que sus personajes defienden las verdades absolutas más cercanas a mi punto de vista- pero ambos aciertan al exponerlos desde unos niveles de contención muy sinceros que evitan tajantemente un desparrame al que se hubiesen prestado perfectamente. Los papeles de Tristán Ulloa -el marido de Yael- y Hamid Krim -el abogado de Hassan- sencillamente no dan más de sí, porque son retazos de personajes que se diluyen inexplicablemente… Y, en el mano a mano entre Yael y Hassan -que ocupa más de la mitad de la pieza- se baten Abdelatif Hwidar -Hassan- y Alicia Borrachero -Yael-: en pocas palabras, la contención de él -se agradece y está muy en su sitio- contrasta decididamente con cierta impostación de ella, a la que encontré bastante pasada de revoluciones con respecto al resto del equipo; seguramente esa cierta sensación de falta de verdad por su parte también haya ayudado a distanciarme.

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El éxito y la cálida respuesta del público fueron incuestionables; y sin embargo yo nunca conseguí entrar por completo: el tema es sin duda interesante, pero ni el planteamiento ni el desarrollo -que se inclina bastante hacia las verdades absolutas- terminaron de cautivarme, ni mucho menos de emocionarme, de la misma manera que la pulcritud general que se recibía desde la escena tampoco me transmitió mayor emoción real. El espectáculo está muy bien realizado, pero me hubiese gustado viajar con ellos a un lugar más hondo. A pesar de todo, sería mentir no reconocer que la gran mayoría del público presente en la función indudablemente entró en catarsis e hizo ese viaje.. Cuestión de gustos o de sensibilidades, supongo.

H. A.

Nota: 3/5

Tierra del Fuego”, de Mario Diament. Con: Alicia Borrachero, Abdelatif Hwidar, Tristán Ulloa, Malena Gutiérrez, Juan Calot y Hamid Krim. Dirección: Claudio Tolcachir. PRODUCCIONES TEATRALES CONTEMPORÁNEAS.

Naves del Español-Matadero (Sala 2), 22 de Mayo de 2016

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2 comentarios leave one →
  1. mayo 27, 2016 10:13

    Oes, cadro contigo no teu primeiro párrafo. Completamente. Teño as mesmas sensacións e non sei se os mesmos por que?
    Por que a xente aplaude en pé e eu aplaudo so, sentado?
    Por que teño a sensación de que debería emocionarme pero non chego?
    Saín do espectáculo pensando niso. Teño as miñas ideas, claro, pero inútiles de tan subxectivas.
    Tamen cadro co que dis das personaxes que estan en escena e non están desenvolvidas, logo para que están?
    Misterios do teatro que non invalidan para nada o valor do espectáculo e o seu interese.
    Nota de rodapé: Por críticas coma esta, que sen ser favorables son boas, (cadre eu con elas ou non) préstame ben lerte. Unha aperta

    • mayo 27, 2016 10:39

      Ola Avelino,
      Moitísimas grazas pola túa mensaxe. Sei que é una críttica complexa de desenrolar, pola ampla cantidade de persoas que están a favor desa catarse da que falo e que penso que está a ter lugar tódolos días. É delicado: eu tamén teño as miñas razóns persoais (noutras palabras, que sei perfectamente o que penso da idea de sentarse a falar cun tipo que lle fodeu a vida á outra persoa), pero prefiro que non contaminen o meu discurso…
      Vou darche un dato: vin a función cun bo amigo actor, que disto de teatro algo saberá: as súas sensacións foron calcadas ás miñas. Frialdade… É unha tranquilidade saber que haiche máis xente que pensa igual ca nos. Eu me sentía moi soíño e até un chisquiño insensible…
      Unha aperta e grazas de novo!
      H.

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