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‘La Rosa Tatuada’, o no es esto, no es esto…

mayo 18, 2016

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Sobre el papel, esta nueva producción de La Rosa Tatuada era uno de los montajes que más me apetecían de la presente temporada madrileña ya desde que el CDN presentase su temporada casi un año atrás: un texto que rara vez se sube a los escenarios españoles de uno de mis autores de cabecera, con un elenco de actores a priori perfectos para los papeles que les tocaban. Olía a pelotazo. Olía a función memorable: pues bien, ya me duele decirlo, pero la decepción no puede ser más grande. A veces el papel y la expectativa nos juegan malas pasadas: y el resultado de esta Rosa Tatuada deja la triste sensación de que los ingredientes están todos ahí pero de que la cosa no se ha sabido cocinar debidamente; de quiero y no puedo, de que podría haber sido, pero no fue… Sumen a todo eso el hecho de que llevaba meses muerto de expectación por esta función, y entenderán aún mejor mis niveles de frustración tras ver el resultado ¿Qué ha pasado aquí? Sin duda, una de las direcciones más erráticas y que más juegan en contra ya no del resultado final, sino de la obra en sí misma que haya visto en años.

Puede que quizá La Rosa Tatuada no sea el mejor texto de Tennesse Williams, pero no es en absoluto un mal texto, que es una afirmación que estos días estoy leyendo repetidas veces en redes y medios con una alegría preocupante. Tiene conflicto, tiene temperatura y quizá sea más una función de sentimientos que de hechos: aquí lo importante seguramente sea el retrato social de la Italia conservadora a la que ha de enfrentarse una Serafina a la que los esquemas -y lo que no son los esquemas- están a punto de estallarle. Una historia que, para ser entendida en toda su complejidad, debe leerse sin perder nunca de vista esa Italia ultracatólica de provincias que aún hoy está perfectamente vigente en algunos pequeños pueblos; una sociedad en la que la moral está siempre por encima de lo sensual y en la que la imagen y el qué dirán son prioritarios. Ahora coloquen uno de esos pequeños pueblos en la inmensidad de la Luisiana americana, como si de un microcosmos se tratase, hagan el contraste entre la moral católica italiana y la sangre caliente siciliana y entenderán el conflicto de Serafina delle Rose, una mujer en permanente lucha contra sí misma, hasta límites que podrían llegar a enloquecerla…

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Cualquiera que haya admirado la espléndida transposición cinematográfica de 1955 -con una espléndida y oscarizada Anna Magnani y Burt Lancaster en los papeles principales- y conozca mínimamente el estilo de Tennesse Williams entenderá que esto no pretende ser una comedia romántica. Esto es una obra que habla de moral, de principios morales en conflicto e impregnada de una altísima temperatura erótica: puede mostrarse cierta luz al final del túnel -a diferencia de en otras obras de Williams- pero el camino para llegar a esa luz debe ser tortuoso… Poco o nada de eso hay en esta versión que presenta el CDN: una versión amable, cómoda, para todos los públicos, blandita, para que no se asuste nadie… pero que se deja por el camino la esencia misma de la obra; a pesar de que, como digo, cuenta con todos los elementos para haber sido una función memorable.

No sé en qué estaría pensando Carme Portaceli cuando levantó todo esto. Pero, en mi modesta opinión, casi cada decisión de su puesta en escena es errónea y va contra el espíritu de la obra ¿Por dónde empezar? Hay un error en el tono de lectura que difícilmente admite discusión: Portaceli lee la Rosa Tatuada como una comedia romántica para todos los públicos. La historia de amor de Serafina y Mangiacavallo contrapuesta con la de Rosa y Jack Hunter, como si fueran dos lecturas del primer amor a dos edades distintas… Todo es amable, simpático, hasta se podría decir que descarada y excesivamente naif; y es en esta explosión de ambiente naif donde la lectura de la historia que ofrece Portaceli pierde de raíz el significado de la original: de acuerdo en que es una comedia, pero hay comedias y comedias… Seguramente esté buscando acercar la historia a todos los públicos -porque esto tal y como está presentado aquí igual lo entiende un niño de diez años que una señorona conservadora de 85…-, pero eso flaco favor le hace a la obra de Tennesse Williams ¿Se acuerdan cuando en las transposiciones fílmicas de los grandes éxitos de Williams se modificaban cosas porque no pasaban la censura? Pues esperen a ver esto y verán lo que es reducir una obra a su cara más primaria para que nadie se asuste…

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Una parte del público se ríe, bien ¿y qué si esto tiene poco o nada que ver con lo que quiso contar el autor? Veamos algunos ejemplos: las vecinas de Serafina son ridículas en su conservadurismo rancio, pero desde el momento en que la directora convierte a una de ellas en un travesti para provocar la hilaridad automática del respetable, todos los pilotos automáticos se disparan…; de la misma manera que la fe casi enfermiza en la Virgen que tiene Serafina es un rasgo aún hoy típico de la sociedad italiana, y si hacemos que el público se parta de risa ante el juramento del marinero americano de respetar la inocencia de su hija surge un problema, que es que la risa la debería provocar la perplejidad del pobre marinero, pero nunca la firme creencia de la madre -que lo está diciendo en serio…-; y convertir los encuentros íntimos entre Serafina delle Rose y Angelo Matacavallo en inocentes encuentros de película romántica americana, despojados de cualquier carga erótica es quedarse en la superficie de la historia… A todo eso súmenle la típica parejita de adolescentes ‘vírgenes’ que sobrepasan con mucho la edad de sus personajes cuando hablan de su supuesta virginidad e inexperiencia en materia amorosa -esto lo hemos visto tantas veces en España que ya es casi una anécdota- y se harán una idea de los niveles de error de lectura en los que se mueve esta versión.

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La puesta en escena es carísima, correcto, pero detrás de todo ese dispendio económico revela errores graves de dirección que ni la opulencia puede disimular. La cosa empieza con una estructura de casa cerrada sobre la que se proyectan imágenes de Eugenio Swarrzer que son de verdadero horror vacui -¿recuerdan un largometraje de Disney que llevaba por título Los Tres Caballeros en el que el Pato Donald compartía escenas con Aurora Miranda? Pues por ahí van los tiros…-. A los diez minutos de empezar, todos los segmentos de la casa se abren hasta caer tumbados en el suelo, para convertirse en los distintos espacios de la casa, abarcando más allá de la corbata del escenario: el efecto es espectacular ciertamente -la sensación momentánea en las primeras filas de que la escenografía se te va a caer literalmente encima, también…-; pero ahí se acaban las ideas: en una escenografía de Anna Alcubierre que Portaceli no sabe cómo controlar. Porque mucho delimitar los espacios en la escenografía; pero luego los personajes entran y salen por dónde les conviene -platea incluida-, rompiendo cualquier convención espacial que la escenografía pudiera sugerir: vamos, que no hay lógica entre de dónde vienen, a dónde van, por dónde entran y por dónde salen… Causa perplejidad que una directora con los años de experiencia de Portaceli haya podido dejar al azar premeditadamente -me niego a pensar que no lo haya sabido resolver de otro modo…- algo tan básico como las entradas y las salidas…

Pero puedo seguir: tampoco he entendido qué pinta ahí ese neón horrible que dice ‘COSTURERA’ ni muchas de las decisiones de una iluminación -Pedro Moreno- que es cualquier cosa menos realista, y que además llega a cegar al espectador, a distraer de lo que debería ser lo verdaderamente importante… Añadan muchos figurantes pasando para hacer bulto en escenas que deberían ser de carácter íntimo -curioso, es la segunda vez en menos de un mes que veo un montaje cargado de figuración que no aporta nada…- y rematen el pastel con canciones de nueva creación y dudosa calidad musical que tampoco aportan nada. Sumen todo eso y tendrán una superproducción de esas que engañan si se ven a distancia pero que no engañan a un espectador mínimamente formado. Me gustó, eso sí, el vestuario de Antonio Belart, que creo que es de lo poco del montaje que tiene una verdadera coherencia visual.

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Los actores, todos ellos, van en la tónica errática de lo que es el espectáculo, pero en general hacen lo que se les pide. Que Aitana Sánchez-Gijón -a la que la directora y el vestuarista se han encargado de mantener bellísima e impoluta durante toda la función pase lo que pase, incluso cuando pierde los nervios: olviden los niveles de entrega de la sensacional Medea de Andrés Lima…- y Roberto Enríquez aparezcan blanditos hasta decir basta cuando a priori son una pareja que podría y debería desprender pulsión erótica a chorros da una idea de lo que ha querido hacer con ellos la dirección: parecen Julia Roberts y Hugh Grant en una comedia romántica americana, y están bien en ese registro que es el que les han marcado. Claro que ese registro poco tiene que ver con lo que debería ser esta obra, y eso es una pena, porque queda la sensación de que ambos pueden con lo que les echen: el nivel sube un poco en sus escenas finales, pero ese enfoque de ‘primer amor inocente a los 50’ lastra bastante el tono de las escenas: no es en absoluto culpa de los actores, excelentes, que como digo, se limitan a hacer lo que les manda la directora. La sensación de que ambos hubiesen podido hacer perfectamente una lectura más carnal y apasionada, más acorde en mi opinión con lo que quería el autor, no es sino un plus en esa sensación de que esto podía haber sido y no fue, no es: una verdadera lástima; por más que sus escenas en solitario sigan siendo de lo más interesante de la función -y no desesperen, porque Enríquez tarda un mundo en entrar en escena…-

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El resto del amplio elenco queda bastante reducido a partes episódicas, además de a pasearse por el escenario como figuración cuando la directora así lo cree conveniente. Alba Flores no es ni por edad ni por físico ni por carácter lo que uno espera encontrar en Rosa, la hija dócil y virginal de Serafina; y creo que la cosa no va tanto en sus capacidades actorales -ya ha demostrado otras veces que las tiene- como en que es un error de casting: sumen su esfuerzo por neutralizar un andaluz que a veces amenaza con escaparse y una incomodidad notoria con el italiano y se harán una idea del resultado final. Tres cuartas partes de lo mismo le ocurre a Ignacio Jiménez, que digamos que es demasiado ‘hombre’ para hacer creíble al marinero virgen y apocado ante la presencia de Serafina: sus escenas de amor prepúber junto a Flores no solo no son creíbles, sino que están a un centímetro de mover peligrosamente a la carcajada, en lo que es indudablemente un error doble de casting. Hay cinco actores más –Jordi Collet, David Fernández ‘Fabu’, Gabriela Flores, Paloma Tabasco y Ana Vélez– en papeles que quedan reducidos a nada y menos por la versión: que a las vecinas de Serafina no se les ha sacado ni un cuarto del jugo que deberían tener ya lo he dicho antes, añado ahora que quizás el cura debería tener más presencia… Pero nuevamente todo se debe a decisiones de dirección.

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El teatro está lleno cada noche. Una parte del público se ríe, otros -no pocos, en mi función casi diez- abandonan la sala durante la representación. Al final, tibios aplausos, algún bravo y un par de notorios abucheos desde los pisos más altos. Yo, la triste conclusión que saco de todo esto es que se puede tener un buen texto, un buen reparto y los mejores medios para ofrecer un montaje vistoso -todo ello lo tienen aquí-; pero que una dirección facilona y errática puede acabar por tirarlo todo por la borda sin remedio. Y quisiera acabar como empecé: meses esperando el que para mí era uno de los montajes más apetecibles del año y decepción mayúscula. Porque Tennesse Williams, yo creo, no es esto, no es esto… Pero en este caso me temo que la culpa tiene un único nombre propio.

H. A.

Nota: 2/5

La Rosa Tatuada”, de Tennesse Williams. Con: Aitana Sánchez-Gijón, Roberto Enríquez, Alba Flores, Ignacio Jiménez, Jordi Collet, David Fernández ‘Fabu’, Gabriela Flores, Paloma Tabasco y Ana Vélez. Versión y dirección: Carme Portaceli. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro María Guerrero, 12 de Mayo de 2016

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2 comentarios leave one →
  1. mayo 19, 2016 18:21

    Me ha hundido en un mar de dudas, este, ¿comentario, crítica… no acierto con una definición que me concentre. No hay frialdad en el comentarista. No será que estuvo intentando lograr una participación en la ejecución de la obra? En fin, muy largo, y reiterativo en el tema. El mayor deficit de la obra, particularmente, la encuentro en su autor D. Tennesy Williams, que incluso en su versión cinematográfica, se manifestaron dudas, incluso en sus protagonistas, pues sabido es que Dª Anna Magnani le planteò dudas y equívocos.

    • mayo 20, 2016 00:06

      Gracias por leerme y por comentar. Con todo el respeto, ya se sabe que el problema principal de Anna Magnani a la hora de abordar este proyecto fue el idioma (no dominaba el inglés). La obra teatral fue pensada para ella, pero terminó rechazando el proyecto por una cuestión lingüística.
      Siento si le ha resultado un escrito muy largo. Dice efectivamente que no hay frialdad en el escrito: creo honestamente que tampoco se pretende; ni en este, ni en ningún otro.
      Un saludo,
      Hugo Álvarez.

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