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‘El Trompo Metálico’, o danzar en equilibrio en la cuerda floja

mayo 17, 2016

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Cuando el río suena, en general agua lleva. Si no me he informado mal, la autora Heidi Steinhardt mantuvo este texto en cartel durante la friolera de cinco temporadas en Argentina antes de montar la versión española: un éxito del copón, vamos. Y, sin embargo, yo llegué a El Trompo Metálico gracias a la advertencia del personal del Teatro del Arte casi en el descuento: aquí me estaba perdiendo algo de interés. A la salida de la función, escribí en el libro de visitas de la compañía algo así como: “Verdaderamente, una sorpresa: la recomendaré”. Y es que eso es lo que es El Trompo Metálico: una función distinta, extraña, estimulante. Una aparente comedia que no deja de tener presente en la superficie un dramón del copón que por algún lugar va a tener que estallar, a pesar de que nos estemos riendo sin piedad alguna con y de los personajes durante buena parte de lo que dura la obra… Farsa, sátira, drama y absurdo; todo junto metido en una coctelera para crear una función de indudable interés.

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Catalina es una adolescente criada en casa con férrea disciplina, atosigada y ahogada con mano de hierro para dar siempre lo mejor y solo lo mejor de sí misma: las mejores notas, todas las medallas, cultura vastísima… Es capaz de memorizar cualquier dato; y su vida personal queda en segundo plano en favor de una educación impecable que hará de ella una grande, una mujer de provecho el día de mañana. O al menos eso piensa Ricardo, el progenitor que mantiene a la pobre jovencita sometida a unos niveles de tensión que enloquecerían a cualquiera: el hombre recto, casi el dictador que busca lo mejor para su hija, convertirla en una mujer de provecho el día de mañana a cualquier precio. Ricardo y Catalina se mantienen en duro combate para ver quién sabe más, quién da más de sí. Y entre estos dos mastodontes de la sabiduría; Magdalena -la esposa de Ricardo- una mujer bien, de una cultura pretendida e impostada tan marcada como su verdadera ignorancia, que lucha por aparentar estar a la altura de ambos; pero que acaba resultando ridícula, y constreñida y moviendo a la compasión, avasallada por la inmensa sabiduría de los dos seres que comparten con ella la casa: Ricardo, directamente, la ignora; Catalina querría reírse de su propia ignorancia pero no puede por respeto… y Magdalena, desde esa ignorancia que ella desconoce, intenta hacerse escuchar en una casa en la que no pinta un pimiento…

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Decía más arriba que El Trompo Metálico es una obra distinta y extraña. Primero porque, durante buena parte de ella, uno no sabe muy bien por dónde van los tiros ¿Es farsa? ¿Es sátira? ¿Es drama? ¿Se trata acaso de una encendida crítica a los sistemas totalitarios a través de las frontera de la educación mal entendida? A través del texto de Heidi Steinhard nos estamos riendo casi constantemente, sí; pero ¿de qué? Frente a estos personajes extremos, la risa nos hace recordar y no nos hace perder de vista, que estamos riéndonos de un drama, de una panda de pobres diablos y que esa presión cómica para el espectador pero absolutamente trágica para los personajes debe salir, debe estallar por alguna parte ¿pero por dónde? Esa es la gran pregunta que se hace el espectador constantemente: ¿adónde me quieren llevar?. Conforme avanza la historia, Steinhard comienza a sugerir cosas más y más feas, más turbias -a veces desde la ironía ácida, incluyendo un par de escenas de carga sexual que no solo son absolutamente pertinentes, sino que además están bien escritas y bien resueltas para perfilar cosas importantes de los personajes- que demuestran que el verdadero infierno de Catalina podría ser algo peor que el mero hecho de verse constreñida a una educación que le roba cualquier tipo de identidad, de la misma manera que el verdadero infierno de Magdalena es vivir en una casa en la que inconscientemente -y eso es lo peor- ha quedado reducida a un fantoche; pero todas estas cosas siempre sugeridas y casi nunca aclaradas, que hacen dudar de lo que creemos que sabemos y prever lo peor de cara al desenlace: la risa va dejando paso a la incertidumbre, a la incomodidad y a la sensación de que se viene encima una bomba atómica que acabará con ellos y con nosotros. Como digo, la mayor virtud del texto de Steinhard es hacer que varios géneros en apariencia muy alejados -lo trágico, lo cómico, lo absurdo, lo satírico..- bailen en perfecta armonía en la cuerda floja en un texto que nunca sabemos por dónde nos va a llevar. Puede que tal vez cojee un poco en un final que de pronto se va más por la línea de lo coherente que por la línea de lo explosivo -en mi cabeza había por lo menos tres o cuatro posibles finales, todos bastante más pesimistas que el que escoge la autora-; pero no por ello deja de resultar un material dramático ciertamente fascinante, por esa sensación de sorpresa, de miscelánea y de distinto que desprende el todo.

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Arduo trabajo para los actores: Anabel Alonso se encarga de Magdalena, la madre; un auténtico caramelo envenenado porque ha de saber encontrar el equilibrio entre la comedia, el histrionismo y el mover a la compasión que nos haga no perder de vista que, a fin de cuentas, Magdalena no es más que una víctima más del entorno en el que vive: el público debe reírse con ella, pero no de ella… y si llegase el caso de tener que reírse de ella, ha de ser con esa sensación de culpabilidad, de pobre mujer. Y Alonso -en un momento especialmente dulce de su carrera- lo sabe y lo clava dando el registro exacto para hacer una caricatura desternillante sin caer en el desparrame, y sobre todo sin que perdamos de vista la compasión que hay que tener hacia esa mujer sí o sí: es un papel difícil, muy difícil; pero Alonso le encuentra la temperatura idónea. En perfecto contraste con ella está el Ricardo de Jesús Ruyman, casi un sargento de infantería que no duda en cuadrarse o elevar la voz… pero que esconde capas ciertamente más turbias que van aflorando conforme avanza la representación: son dos caras de la misma moneda; las dos formas de mostrar que uno y otra son lo peor que le podría haber pasado a Catalina. Y me gustó mucho también la composición de la niña que hace Marina Cruz, en otro personaje difícil de enfocar: primero porque hay que tragar con la convención de que una actriz que supera los 20 está haciendo un personaje de edad mucho menor -y lo cierto es que Cruz da el pego bastante bien en escena-; y después porque la actriz sabe dibujar el contrapunto entre la adolescente repolluda que han intentado crear Ricardo y Magdalena y la cara de la adolescente normal que lucha por salir a la superficie: en otras palabras, que el personaje no se hace nada cargante, y supongo que la actriz tiene bastante que ver en ello.

La puesta en escena de la propia autora explota todas las posibilidades de espacio de la sala -que son muchas más de las que otros montajes han permitido demostrar- y sobre todo tiene la virtud de saber guiar la mirada del espectador para que no nos perdamos ni uno solo de los detalles importantes que podrían parecer una pequeñez en un primer momento. Muy estimable también el diseño de vestuario, sobre todo en el personaje de Magdalena.

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No sabría decirles en qué genero han de encajar El Trompo Metálico: es una de esas funciones extrañas, inteligentes, en las que nos podemos estar partiendo de la risa gran parte del tiempo; pero sin perder nunca de vista que esto no es una comedia y sin dejar de ser perfectamente conscientes de lo terrible que se esconde detrás de aquello de lo que nos reímos: y de que cuando lo terrible salga por fin a la luz, igual ya no nos reímos tanto… Esperen, solo esperen. Lo dicho: una sorpresa que hace que varios géneros bailen en la cuerda floja en perfecta armonía.

H. A.

Nota: 4/5

El Trompo Metálico”, de Heidi Steinhard. Con: Anabel Alonso, Jesús Ruyman y Marina Cruz. Dirección: Heidi Steinhard.

Teatro del Arte, 8 de Mayo de 2015

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